Vallekas 2084 Capítulo 15 En Utopía 20AB #2
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Capítulo 15 En Utopía 20AB #2

—Ese es el proceso —indicó la mujer en un tono didáctico—.

Todo tiene que pasar por dos fases. La primera es el proceso «Bio», para el que se deben seguir unas reglas estrictas desde que se planta algo hasta que llega a la mesa.

Igual con la carne de los animales, desde qué nacen hasta que se sirven.

La segunda, un proceso de manufacturación que lleva todo alimento: nada se puede ni vender ni comer directamente.

Argumentan razones sanitarias, pero la principal razón es el envase para añadirles una fecha de caducidad.

La mercancía debe rotar, o el cibercapitalismo se muere.

—Entiendo. Todo se hace en aras a la salud del ciudadano, pero en realidad están creando productos que no existen en la naturaleza.

—Así es. No hay naranjas o chuletas de cordero, pero el zumo de naranja y la carne de cordero empanada o en albóndigas están por todos los lados.

—Voy a ir a lo clásico —dijo, mientras apretaba el botón de «Huevos rancheros» y luego el de «Agua con limón».

Ella pidió a la máquina una pizza cuatro estaciones de tamaño pequeño y una Coumenn-Cola. Entonces pasó su reloj de pulsera por una pantallita para pagar con bizum.

—Está asociado a una cuenta comente de un ciudadano de una Utopía perdida en el espacio y el tiempo, que ni él lo sabe. Todos confían tanto en el sistema que nadie chequea el registro de gastos.

—¿Cómo enlaza usted esos artefactos con personas desconocidas?

—Lo hace Carla, nuestro enlace con Mundo Utópico. Es un genio en esas conexiones.

A los dos minutos, una compuerta en la pared se abrió para entregarles el pedido.

—¿No hay camareros?

—Hace mucho tiempo que todo está automatizado.

—¿Cuáles son los oficios más habituales en Utopía?

—Precisamente los ligados a la fabricación de robots.

La Artificial Wisdom, antiguamente llamada Inteligencia Artificial, se emplea para construir desde libros a tazas de café de diseño.

Por si no lo sabe, le informo que están utilizando las antiguas fotocopiadoras 3D para construir armas de guerra con sofisticados ajustes de la AW .

—¿Y a qué otras cosas se dedican? —preguntó Da Costa mientras examinaba los huevos rancheros.

—La diferencia salarial y la productividad de todos los ciudadanos es enorme si se compara con las zonas no integradas en alguna Utopía. Eso les permite trabajar pocas horas a la semana, unas veinticinco como mucho, y dedicar su tiempo libre al entretenimiento.

—Y a pasear la mascota.

—Recuerdo leer a teóricos marxistas y anarquistas que defendían que el reducir la jornada laboral permitiría que los ciudadanos tuvieran más tiempo para enriquecerse intelectualmente.

Sin embargo, no se dieron cuenta de que el cibercapitalismo iba a absorber ese tiempo libre con la industria del entretenimiento, la búsqueda del placer y la huida del esfuerzo.

Eso, junto con las drogas evasivas de la realidad, ayudó a crear este presente…

En el local comenzó a sonar la voz de Elvis Presley:

Lest’s rock

Everybody let’s rock

Everybody in the whole cell block

Was dancin’ to the Jailhouse Rock…

—Es una sociedad muy débil. Creo que prestan atención a la letra de este tema. No soportan el dolor o el sufrimiento. Por eso entregan su libertad.

—Viven en reservas de millones de habitantes, desconfían de los nómadas, comen productos procesados, aman de forma extraña a los animales, han creado una nueva religión laica en la que adoran al Dios-Planeta…

—Y así murió el «No Pain No Gain» —añadió Hetty con una sonrisa cínica.

—«Los placeres, cuando traspasan cierto umbral, se convierten en un castigo», escribió Marco Aurelio hace muchos siglos.

—No vaya tan lejos. Saint-Just sostuvo que la Revolución francesa había descubierto la felicidad.

Claro está, se refería a la felicidad en esta vida y no a la felicidad en la otra, pregonada por el oscurantismo religioso.

Yo diría que ahora, trescientos años después, la felicidad en las Utopías ha pasado de una aspiración a un problema que se debe resolver.

—¿Cómo se defenderían ante una invasión?

—Existe un Ejército de la Coumenn inmensamente poderoso, que protege todas las Utopías. Está compuesto por mercenarios muy bien pagados. Si ve por la calle paseando a alguien que no sea extremadamente grueso, será sin duda un soldado o un deportista.

—¿Y qué relación hay entre la Esfera y las Utopías?

—Cada Esfera controla, vigila y supervisa la vida de unas diez Utopías en el mundo. Desde ahí les bombardean con datos.

—Un mundo dividido en varios tipos de ciudades: la Esfera, las Utopías y los Estados no integrados.

—No se olvide de los Estados Fallidos, los que se encuentran más allá, en la Frontera, a los que solo visitan las empresas con ejércitos de mercenarios para extraer las materias primas.

Allí han de combatir contra los King Ciborg, esas bandas nómadas armadas formadas por antiguos delincuentes expulsados de las Utopías por delinquir y que han transformado sus cuerpos con prótesis inteligentes y se dedican al pillaje de todo lo que pueden.

—Es curioso. Siempre escuché que se necesitaba un mundo libre de trabas, de barreras, de nexos sociales, de fronteras fortificadas y controles. Sin embargo, ahora se vive en ciudades-fortaleza, como si se hubiese regresado al Medievo.

Se hizo un silencio de unos minutos, mientras los dos daban cuenta de la comida. Al terminar, Da Costa preguntó:

—¿Qué cree que ocurriría si se destruyera la Esfera?

—Se dejarían de enviar millones de datos al mundo de las Utopías que están bajo su protección. Eso quizá liberaría las mentes de los ciudadanos y verían en qué los han convertido.

—¿Y si eligieran seguir tutelados?

—Si eso fuera así, caminaríamos inexorablemente hacia la extinción de la especie humana.

Da Costa se limpió los labios con una servilleta de papel.

—¿Es posible un café expreso en estos locales?

—Creo que sí —dijo la mujer, pulsado un botón de la pantalla.

—¿Usted sabe cómo comenzó el New World?

—Con la Epifanía de Matt Coumenn.

—¿A qué se refiere?

De repente, sin darle a la mujer tiempo a contestar, el caniche y el pomerania se pusieron en pie.

Alzando las cabezas, parecieron tensarse en dirección a un hombre que acababa de entrar en el restaurante acompañado de su perro.

El recién llegado se dirigió hacia una de las mesas del lado opuesto.

Los perros comenzaron a temblar. Hetty, que había seguido sus movimientos con atención, se levantó con la cara desencajada y ordenó a Da Costa:

—¡Alejémonos rápido! ¡Venga!

Da Costa obedeció. Mientras salían a la calle, desde la puerta, distinguió al fondo a un hombre de unos cuarenta años, grueso y vestido con un traje amarillo limón con pintas negras.

Lo vio incorporarse y retorcerse. Enseguida comenzó a vomitar un líquido espeso de color verde.

Se oyó un ligero sonido proveniente del techo: era una campana transparente que descendió velozmente.

Aisló al individuo y a su yorkie poo. Dentro de la campana, el sujeto convulsionó de forma violenta hasta que quedó inmóvil.

Ya en la calle, Da Costa vio cómo desde lo alto descendía planeando un helicóptero, no más largo que un automóvil mediano y con una cruz roja pintada en el lateral.

Aterrizó junto a un coche de policía que acababa de llegar.

Individuos con trajes protectores y cubiertas faciales se bajaron del helicóptero con una camilla plegadiza.

Entraron al local e instaron a los clientes que aún permanecían en él a salir a la calle.

Dos minutos después, los sanitarios salieron empujando la camilla, sobre la que reposaba la campana con el individuo.

Con maniobras hábiles y rápidas, metieron la campana en el helicóptero, en el que solo había quedado el piloto.

Cuando entraron en el coche patrulla, el otro vehículo ya despegaba.

Al instante, el patrullero arrancó y se perdió entre las calles.

La señorita Hetty, temblando, sacó el medio cigarro del cenicero con tapa y lo encendió. Después de la primera calada le dijo a Da Costa:

—Menos mal que tenemos a estos dos perritos entrenados para detectar de inmediato al bicho. Eso nos avisa de cuando alguien está dentro del radio de contagio.

Lucifer parecía temblar, en tanto el pomerania blanco sacudía la cabeza como si no tuviera control sobre ella. La señorita Hetty dio otra calada al cigarrillo, ya más tranquila, hablando:

—Acaba usted de presenciar el resultado de la última mutación del covid, el covid-84. Se ha mezclado con un tipo de cáncer celular y en cuestión de minutos las células orgánicas crecen sin control. El cuerpo colapsa, explota interiormente.

—¿Se propaga por el aire?

—No. En eso han coincidido todos los estudios. Creen que es solo por el contacto físico.

—¿No tienen vacuna ni antídoto?

La mujer negó con la cabeza, apesadumbrada.

—¿Entonces para qué es el antídoto que queremos robar?

—Para la anterior mutación, la que afecta a los bronquios y satura los hospitales meses y meses.

—¿No les preocupa este covid-84?

Hetty dio la última calada al cigarrillo.

—No, ya que nadie tiene el remedio. Solo nos queda evitar el contacto con gente enferma. Así que, si nos llega el covid-84, nos iremos a ese lugar que ni siquiera las Esferas pueden controlar.