Vallekas 2084 Capítulo 15 En Utopía 20AB
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Capítulo 15 En Utopía 20AB

Vestido con un pantalón rosa, una americana de cuadros verdes y negros, una camisa naranja, un sombrero panamá de color pajizo y unas gafas de sol espejadas, Da Costa, impaciente por conocer las alcantarillas sociales de la ciudad, cogió al caniche, enfundado en un traje de color morado, para poder tener una excusa y pasar inadvertido por la calles.

—Se llama Lucifer —le informó Carla desde el marco de la puerta—, por si le interesa saberlo.

—¿Hetty sigue creyendo que necesito tutora?

Carla se ajustó la gorra de béisbol.

—Creo que usted sabe muy bien cómo apañárselas solo.

Da Costa la sonrió y salió a la calle con Lucifer abriendo el camino.

Se confirmó la primera impresión que había tenido al llegar: las calles y fachadas de los edificios eran una copia de lo que en su día había sido Time Square, con miles de luces de colores y brillantes carteles publicitarios, a los que ahora se sumaban hologramas tridimensionales, también con anuncios de productos.

Enormes pantallas situadas en pilares en medio de las zonas peatonales emitían el Canal Utopía News.

En vez de personas de carne y hueso, aparecían imágenes generadas por CGI , de estampa algo asexuada y de diferentes razas.

Y entre medias, los anuncios se sucedían:

Visiten nuestras nuevas instalaciones en la Luna. La Coumenn Corporation House ha instalado los New Spa y playas artificiales en el cráter de Aristarco. Nuestras instalaciones…

El interior del hotel no difería de ningún otro de los instalados en la Tierra, excepto por la burbuja transparente que lo envolvía y porque a través de alguna de las ventanas de los dormitorios se veía el planeta azul. Aquel anuncio dejó paso a otro.

La vejez mata más gente que las pandemias. Te ofrecemos la juventud eterna…

Botox Company, empresa con cincuenta años de solvencia en implantes. No dejes que la naturaleza desdibuje tu cuerpo, constrúyelo tú. Implantes de pechos, de glúteos, de pelo, labios, de…

A través de la ciencia y la tecnología hemos superado a la naturaleza. Botox Company ha convertido lo considerado inamovible de nacimiento en contingente o simplemente cultural.

Da Costa recordó aquella premonición de Phillip K.

Dick: «Si se puede poner en circulación suficiente desinformación, se puede abolir el contacto con la realidad de todo el mundo, y probablemente también del propio».

En el 2084, se había cumplido aquel axioma.

La vida se hallaba inmersa en un océano de datos, donde el ser humano se iba ahogando poco a poco, sin remisión.

Las personas ya no tenían que pensar. Bastaba con consumir una y otra vez, incluso intentando abolir la vejez, pues el consumo exigía un deseo siempre insatisfecho, con expectativas por cumplir.

No había un control policial en todos los ámbitos.

Aquello no era un estado policial global represivo, como se había llegado a creer sobre el futuro en las distopías que se habían escrito, especialmente durante el siglo XX .

Todo era más sencillo y a la vez sofisticado: al ciudadano nadie le quitaba la libertad, sino que era él quien la entregaba voluntariamente.

—Perdone, señor —le dijo un chico vestido de color amarillo con triángulos rojos, que paseaba un chimpancé vestido de marinero—. Su perro…

Da Costa se había embelesado tanto con los carteles publicitarios, las pantallas informativas y los hologramas que se había despreocupado del caniche.

El animal había hecho sus necesidades junto a la pared de un escaparate repleto de libros.

Después de agradecerle al muchacho la información, recogió los pequeños excrementos en una bolsa y esparció sobre el lugar un poco del desinfectante en espray.

Algo le llamó la atención de aquel escaparate, junto a las pilas de libros, había un letrero hecho con lo que parecía papel celofán amarillento: «Escribe tu propio libro en nuestro Smart Publisher».

Al lado de la cristalera, una máquina, parecida a los antiguos cajeros de las sucursales bancarias, llevaba impreso el nombre de Coumenn Editor, con una leyenda que repetía: «Escribe tu propia novela».

Sin perder de vista al perro, centró su vista en la máquina. En la pantalla aparecían dos iconos: «Realidad» y «Ficción». Pulsó el de «Ficción». La pantalla cambió de imagen y apareció una selección de nombres en columna: «Histórica», «Negra», «Rosa», «De fantasía»… Pulsó «Negra».

La pantalla cambió de nuevo y aparecieron otras selecciones: «Enigma», «Serial Killer», «Cozy Crime», «True Crime», «Detectivesca»… Da Costa eligió «Detectivesca». Entonces se ofrecieron nuevas opciones: «Oíd World», «New World»…

Aquello siguió un rato, con alternativas diversas para el tipo de protagonista, sus nombres, los escenarios, el número de asesinatos, número de páginas, la raza, sexo y orientación sexual…

Cuando Da Costa hubo terminado de elegir los datos de la trama, debió hacerlo una vez más: «En papel», « On line », «Holográfica», «Solo audio».

Se decidió por «Papel». Una luz roja se encendió sobre un aviso: «Espere a ser atendido».

Un muchacho grueso, vestido con un traje malva y corbata azabache, salió de la tienda y se dirigió a Da Costa:

—Tiene que disculparnos, señor. Acaban de instalarnos el último modelo de New Smart Publisher y la opción de impresión en papel aún no está disponible. Si desea volver mañana…

—Voy a seguir paseando a Lucifer —dijo Da Costa, señalando al perro—. Mañana paso a editar mi novela.

—Gracias por su compresión, que tenga un buen día.

—Permítame una pregunta. Usted se refirió al último modelo del aparato. ¿En qué se diferencia del anterior?

—Este nuevo modelo, si se le dan las variables adecuadas, puede producir manuales de arte y álbumes gráficos, así que trabaja con textos, pero también con ilustraciones. Yo mismo escribí una historieta de superhéroes.

Da Costa le dio las gracias y se alejó con su perro.

Por el camino reflexionó sobre la Inteligencia Artificial, que se había perfeccionado hasta poder crear y editar los libros que uno deseaba leer.

No habían matado la lectura, pero sí a los escritores.

Una buena forma de destruir la creatividad y cualquier disidencia.

La literatura era ahora un arma cargada de pasado.

—Veo que no ha recorrido mucho trayecto —dijo una voz a su lado, que reconoció sin girarse.

Era la señorita Hetty. Al parecer había salido con el otro peno, el pomerania blanco, que calzaba unos calcetines verdes en las cuatro patas.

—¿Cómo me ha encontrado? —Quiso saber Da Costa.

La mujer sacó una cajetilla de cigarros y encendió uno. Dio una calada amplia, como si, más que del sabor, disfrutase trasgrediendo las normas.

—Aquí es muy fácil localizar a alguien, solo hay que saber el número de chip de la mascota y seguirlo.

—Veo un mundo de colores, pero desconcertante. Es como si las mascotas les guiasen.

—No solo es obligatorio tener un animal en las viviendas, con su correspondiente chip geolocalizador, sino que el consumo desmedido les lleva a vestirlos y calzarlos como a un ser humano.

Hace muchos años decíamos que se humanizaba a los animales, pero aquel era un eufemismo: en realidad se les estaba introduciendo en el mercado.

—El mundo de colores del consumismo desenfrenado…

—«Poseer da la felicidad». Ese es su lema dentro de esta reserva humana.

—Reserva humana. No es una mala definición.

—Acompáñame —dijo la señorita Hetty, mientras se dirigía a un local con letrero de neón blanco y rosa.

La mujer dio dos caladas seguidas al cigarro. Lo apagó y colocó el resto del pitillo en un pequeño cenicero con tapa que guardaba en su bolso. Se adentraron en el local, en cuyo hall sonaba Peggy Sue de Buddy Holly.

I love you Peggy Sue

With a love so rare and true

Oh, Peggy, my Peggy Sue

Well I love you gal…

Da Costa cayó en la cuenta de que esas eran las palabras que había leído mecánicamente en el letrero.

No solo la melodía llegaba de una época pasada, también la pintura y la decoración, así como las mesas y sillas que conservaban la estética de mediados de los cincuenta del Old World.

Todo se presentaba de color blanco y rosa.

Una gramola reposaba en una esquina, pero la música provenía de otro lugar que no supo localizar.

Varias mesas, rodeadas de mamparas transparentes, se encontraban ocupadas, pero ninguna tenía más de tres comensales.

Siguió a Hetty y se detuvieron ante una pantalla que indicaba «Esperar aquí a ser atendido».

La mujer pulsó un icono que indicaba «Mesa para dos».

La pantalla indicó «M-35» y una luz verde se encendió sobre la puerta de una mampara.

Se dirigieron hasta ella. La mesa estaba preparada, con dos cubiertos.

La música cambió. Sonó la voz inconfundible de Eddie Cochran en Summertimes Blues:

Sometimes I wonder what I’m a gonna do

But there ain’t no cure

For the summertimes blues.

La señorita Hetty apretó un botón situado en el centro de la mesa. En el lateral de la pared se desplegó una pantalla con el menú.

—¿Qué le apetece?

—Me tomaría una cerveza.

—Nada de bebidas alcohólicas en estos sitios —dijo Hetty sonriendo—. Todo ha de ser muy sano y obligatoriamente «Bio».

—Sin embargo, no veo nada natural en esta carta —comentó Da Costa—. Todos son platos preparados, igual que las bebidas. Ni siquiera hay agua mineral sola, todas tienen algún ingrediente más: gas, limón, naranja, pomelo…