Vallekas 2084 Capítulo 14 Escapar de Utopía #3
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Capítulo 14 Escapar de Utopía #3

—Vete a la anotación que he subrayado en rojo, casi al final —aconsejó Nadia.

Al llegar a la base Kodiak en Alaska, uno de los reos, por razones que desconozco, consiguió escapar de su celda y subió a cubierta.

El centinela de la torre de control le dio el alto.

El preso no obedeció y comenzó a correr hacia proa a gran velocidad.

El soldado de guardia efectuó dos disparos al aire y después uno a zonas no vitales.

Según la versión de los testigos y del propio vigilante, una de las balas debió acertar en la parte trasera del deltoides.

Pero solo le debió rozar, pues no impidió que continuase corriendo y que, al llegar a proa, se lanzase al agua.

Apenas quedaban ochenta metros para llegar a tierra firme, pero con la baja temperatura exterior y la del agua, además del hombro herido, no creo que sobreviviera.

Sin embargo, su cadáver no ha aparecido en los treinta y tres días que estuvimos varados en puerto esperando destino…

—¿Creéis que está hablando de Da Costa?

—Sí, estamos seguros —afirmó Ronald—. Lo que viene en la siguiente página lo confirma.

Al enterarse de lo sucedido, los científicos-investigadores James y Claudia Sprenger subieron corriendo a cubierta y se dirigieron al lugar donde el proyectil había impactado en el hombro de aquel reo.

Lo que les interesaba era la sangre esparcida por el suelo.

Con una rasqueta recogieron los restos de las gotas de sangre distribuidas sobre cubierta.

Se afanaban mucho, incluso puliendo todo el suelo alrededor de las manchas de sangre.

Cuando llenaron medio tubo de ensayo, James Sprenger se dirigió a proa, se quedó mirando las luces del puerto Kodiak y murmuró algo así como que con un poco de suerte no necesitarían el cuerpo de aquel hombre.

Aquel lo me provocó escalofríos. Experimentaban con la sangre de los reos [… ]. Nunca supe para qué…

«¡Qué asco!», se dijo McRae. «Llevan sesenta años usando a compatriotas de conejillos de indias sin que el mundo lo sepa».

Se aferró a la taza de café y, sin decir ni una palabra, se dirigió a la ventana del enorme despacho.

Su mirada se perdió por la gran extensión de césped donde diferentes compañías de soldados estaban entrenando.

—¿Le ocurre algo, señor? —preguntó Ronald.

—No —respondió McRae, regresando junto a ellos—. Continuemos.

La capitana depositó sobre la mesa dos fotografías: una de un hombre y otra de una mujer. Ambos llevaban batas blancas y se habían sacado los retratos en un laboratorio.

—Son los Sprenger. Poseen Código de Seguridad Máxima, el MSC . Si queremos averiguar algo más, ha de ser con permisos superiores para acceder a las bases de datos protegidas.

—¿Qué habéis averiguado de ellos hasta ahora?

—Eran marido y mujer y trabajaban para el gobierno. Sus tesis aún se estudian en las universidades. En aquellos años investigaban sobre antídotos contra las pandemias que asolaban el mundo y sobre la forma de incrementar la inmunidad en los seres humanos.

—¿Habéis localizado a algún descendiente?

—Aquí viene lo gracioso —dijo Nadia—. La doctora Sprenger falleció en un accidente de tráfico hace cuarenta años. A partir de ese momento, no hay nada más sobre el doctor Sprenger. No sabemos si siguió ejerciendo o se retiró. El caso es que no hay ningún indicio de que haya fallecido.

—¿Qué edad tendría si siguiera vivo?

—Cerca de ciento nueve años —respondió Nadia.

—Esa es su última foto, publicada en la Genetic Research Magazine hace veinticinco años —añadió Ronald, cogiendo otra imagen del cartapacio.

El teniente coronel la contempló detenidamente. Había algo que le resultaba familiar. Esa nariz aguileña, los pelos lacios, la delgadez del cuerpo, la espalda ligeramente encorvada, el pitillo entre los dedos, el humo en su rostro…

Como si hubiese visto un fantasma, cogió la cámara del pecho y apretó un botón.

Luego encendió el aparato de hologramas, al que conectó los archivos grabados desde aquella cámara.

Fue pasando los registros, observándolos rápidamente.

De pronto, se detuvo. En el holograma se veía una sala enorme, con unos individuos sin identificar detrás de cristales.

En realidad, no eran personas de carne y hueso, sino imágenes.

Nadia observó al teniente coronel con una mirada interrogante.

—Son las imágenes que grabé en el interior de la Esfera, concretamente en la sala de dirección a la que me llevaron junto al general. Esos son la docena de hombres y mujeres que nos gobiernan.

—¿Y en qué se relacionan con nuestra investigación? —preguntó intrigado el sargento mayor.

—Fíjese en ese individuo —dijo McRae, señalando a una de las figuras, mientras detenía el proyector y ampliaba la imagen—. Nos lo presentaron como el Delegado Internacional de Sanidad.

—Parece… —balbuceó Nadia.

McRae se levantó de nuevo y se dirigió al ventanal. Encendió un Lucky Strike y su mirada se perdió en el horizonte:

—No lo parece, lo es. El doctor James Sprenger es uno de los mandamases de este puto mundo.