Vallekas 2084 Capítulo 14 Escapar de Utopía #2
38%

Capítulo 14 Escapar de Utopía #2

—¿Sabes, Robert? A veces pienso que las Utopías son como grandes granjas habitadas por miles de seres humanos destinados al enorme consumo, donde se nos dice que por ser capaces de consumir somos felices.

Consumen de todo: enormes cantidades de comida, de ahí su volumen corporal; beben de casi todo, menos alcohol, por aquello de la salud, pero son bebidas azucaradas mucho más dañinas; llevan ropas de todos los colores, excepto los tonos grises, negros y azules oscuros porque dicen que son tristes; consumen cambios de sexo cada año o semestre, dependiendo del poder adquisitivo, y cirugías estéticas de todo tipo; renuevan el vehículo cada dos años y cada vez menos contaminantes para cuidar y mostrar adoración al Dios-Planeta, que es la excusa perfecta para engancharte a la compra; compran mascotas de todas las especies…

Ahora se ha puesto de moda comprar un quinto televisor para el techo de la vivienda, así puedes ver los programas tumbado en la alfombra.

Aunque lo más ridículo es la moda de adquirir caimanes para encerrarlos en jaulas.

La publicidad nos dice que tener un caimán de esa manera es como tener aprisionado al demonio.

¡Recuerda a las civilizaciones anteriores a la Mesopotamia!

Han puesto a la venta una partida de caimanes y cocodrilos muy barata.

En resumen, que vamos directos a la extinción.

Acabó su discurso bebiendo un shot de ponche, antes de dar otra calada a la cachimba.

—Es usted una exagerada —comentó McRae mientras sacaba un Lucky Strike del bolsillo y lo encendía—. A veces, escuchándola, uno piensa que compara las Utopías con campos de exterminio.

—Hay una gran diferencia, bobalicón —dijo la abuela, mientras se servía otra copa—.

Los antiguos campos de exterminio nazis, como Auschwitz-Birkenau, eran grandes granjas con los internos como animales.

Los nazis aprovechaban todo: el pelo, sus dientes de oro, sus pertenecías…

Hasta sus cuerpos, fundidos, se convertían en grasa para las máquinas.

Ahora, son seres sintientes entre los cuales el lema es «Consume sin pensar. Si piensas, estorbas».

McRae dio la última calada al cigarrillo y aplastó la colilla en el cenicero. Se levantó del sofá.

—La semana que viene volveré. Y esté tranquila, que los de la DGBA no le van a molestar más, ni a usted ni a ese bello gato durmiente.

—Más les vale o prueban a Catalina.

McRae besó la frente de su abuela.

The thrill is gone, baby

The thrill is gone away for me.

Al llegar al coche, el soldado le saludó marcialmente y le informó:

—Señor, el sujeto que responde al nombre de Aldo Nelson se encuentra en el interior de la casa C-2. Le he informado de que la autoridad militar le iba a visitar.

McRae se dirigió con paso firme hacia la vivienda. Golpeó la puerta con fuerza dos veces, al tiempo que se apartaba del frontal. Había visto mucha gente morir por disparos desde el interior de una vivienda por quedarse esperando en la puerta.

Le abrió un individuo grueso, de cara redonda, con apenas cuatro pelos en la cabeza. Llevaba una bata blanca por la que sobresalían unas piernas desnudas, coronadas por unos calcetines blancos no muy limpios.

—¿Señor Aldo Nelson?

—El mismo que viste y calza calcetines.

—¿Usted denunció a su vecina porque su gato no llevaba el chip exigido por la DGBA ?

—Claro, esa vieja loca ya me tiene harto. Está todo el día fumando marihuana en el porche, con música decadente, tocada por negros del siglo pasado. Para colmo, si le dices algo, te manda a la mierda o te amenaza con una antigualla de dos cañones recortados.

—¿Tiene usted declarados todos los robots sexuales que posee?

—¿Quién me ha denunciado? ¿La vieja loca?

—No, le he denunciado yo —gritó McRae, al tiempo que empujaba a aquel tipo con una mano apoyada en el pecho.

Se adentró con paso firme en la vivienda.

Fue mirando en cada habitáculo. En el salón, dos robots femeninos con lencería negra extendían sus largas piernas sobre un sofá.

McRae alzó su muñequera armada, la Doll Gun, y les lanzó una ráfaga eléctrica.

Ambos robots se retorcieron un par de segundos, echaron humo por los oídos y cayeron sobre la alfombra, calcinados.

—¿Qué hace? —gritó Nelson, mientras se abalanzaba sobre sus mujeres metálicas, revestidas de resina para parecer humanas—. No tiene derecho. Yo serví en los marines y combatí en la Frontera con el…

McRae no le hizo caso y se dirigió a la cocina: otro robot de aspecto femenino, vestido con un delantal y desnudo por detrás, parecía afanarse sobre el fregadero. Una segunda descarga eléctrica lo calcinó.

—Según mis datos —dijo McRae, al regresar al salón, mirando fijamente a los ojos de Nelson—, aún le queda por ahí algún robot intacto. Si mañana no ha retirado la denuncia contra la anciana, regresaré. ¿Me ha entendido, deshonra de exmarine?

—¡Sí, señor! —gritó el hombre fuera de sí, al borde del llanto—. Pero váyase ahora, por favor.

—Y recuerde: usted tiene antecedentes, por lo que una denuncia mía le hará regresar a primera línea de trincheras para combatir a los King Ciborg más allá de la Frontera una temporada muy, pero que muy larga.

DE REGRESO A LA BASE de la Brigada Génesis, McRae, mientras esperaba a su capitana y su sargento mayor, aprovechó para tomarse un café.

Aunque la cafetera estaba llena, se percató de que no quedaban tazas.

Se giró hacia la fotocopiadora 3D y pulsó un par de botones.

En menos de treinta segundos, aquel aparato imprimió una taza de color negro con la calavera blanca de la Brigada Génesis, que recogió y situó en la cafetera.

Pulsó el botón de «Double Espresso. No Sugar».

McRae dio el primer sorbo al café mientras entraban la capitana y el sargento mayor, cargados de carpetas. Los tres se acomodaron en los sofás, alrededor de una mesa baja y redonda.

—El colegiado MG-98981-MG era el capitán médico Martin Smith Wood, que atendía a la tripulación militar del portaaviones —dijo Nadia, abriendo un cartapacio del que sacó fotografías y fichas que esparció sobre la mesa.

—Un militar y médico prudente —añadió el sargento mayor—. Después del Kein Platz fue destinado a una base en Georgia como jefe médico, donde ejerció hasta su retiro como coronel. Falleció en el 2043 del Oíd World en Harford, su ciudad natal.

La capitana lanzó una foto sobre la mesa. Era la imagen de una mujer con el uniforme blanco de la antigua Armada de los Estados Unidos. En él se distinguían los cuatro galones amarillos coronados por una estrella dorada de cinco puntas.

—Stephanie McBoy —informó Nadia—, capitana de navío y máxima responsable del Kein Platz.

Después de clausurado el portaaviones, McBoy no continuó con su carrera militar.

Nunca ascendió a contraalmirante y solicitó el retiro por «trastornos psíquicos», según su expediente.

Hemos encontrado a un nieto que nos contó que la mujer sufría de grandes depresiones, hasta tal punto que se pegó un tiro en la sien en el año 2029.

La Armada no poseía el cuaderno de bitácora de la capitana durante aquella singladura en el Kein Platz, pero afortunadamente la familia conservaba una copia.

Nadia colocó sobre la mesa un legajo de unas cien páginas, que recogió McRae. Ciertos párrafos habían sido subrayados. —¿Quién lo ha leído?

—Nosotros. Es un escaneo de la copia que tenía el nieto. La grabamos con las cámaras del exoesqueleto. Hemos subrayado lo más llamativo.

Quinto día de travesía. Tengo la sensación de que me han castigado a vagar por los mares en una prisión ambulante […]. Por buscarle el humor a esta situación, me llamo a mí misma la Holandesa Errante…

El teniente coronel pasó varias páginas.

Nadie me habló de esos experimentos con los reclusos que llevaría a cabo el equipo de dos científicos que me han asignado.

Ambos, tanto él como ella, tienen un aspecto siniestro, que no ofrece posibilidad de establecer una mínima confianza […

]. Me han informado que son genetistas muy famosos, con muchos trabajos de investigación publicados.

Cada vez llevo peor cuando incineran algún cadáver y arrojan sus cenizas en alta mar […

]. He reportado esa anomalía al vicealmirante, pero no me ha respondido…

Más adelante, leyó:

Ayer fue un día horrible. Arrojaron al mar las cenizas de varios individuos. Desde que me levanté estuve tomando analgésicos para eliminar el terrible dolor de cabeza y, a última hora, el doctor Smith me dio un somnífero y me fui a dormir.