Capítulo 14 Escapar de Utopía
Escapar de Utopía
Al rato, los tejados y la fachada de la iglesia de Saint Paul Missionary aparecieron ante sus ojos.
El vehículo aterrizó junto a la fachada de ladrillo rojizo y McRae se apeó después de ordenarle al Ranger que le esperase, pues la visita al padre Berger no se prolongaría más de media hora.
Subió los cinco escalones de granito. Esta vez no tuvo que escuchar el chirriar de las bisagras, pues el portón se encontraba abierto.
Apenas puso el pie en el interior, un fuerte olor a incienso le golpeó la cara.
Sus pisadas resonaron en el silencio del templo vacío.
Las vidrieras y el altar con la imagen de Cristo crucificado seguían destacándose, iluminados solo por la luz de las velas.
McRae metió las yemas del índice y el corazón de la mano derecha en el agua bendita y se santiguó.
Avanzó unos pasos y se arrodilló en la última fila.
Cruzó los dedos e inclinó la cabeza hacia delante.
—Nunca me acostumbraré a esa calavera —dijo el padre Berger, señalando el dibujo en el uniforme de McRae y arrodillándose a su lado.
McRae sonrió y señaló una pilastra en el lateral derecho de la iglesia. Sostenía una estatua de san Francisco de Asís, con una paloma en una mano y un cráneo en la otra.
—¿Ya se ha acostumbrado, padre, a verlo a él con la calavera en la mano?
—Ay, Il poverello d’Assisi…
—¿Conoce el motivo de esa calavera, padre? Esa imagen constituía una de las herramientas que utilizaban los franciscanos para impresionar y doblegar psicológicamente a los indios en la Nueva España, hace muchos siglos. Con ella les decían: «Yo no temo a la muerte».
El padre Berger se santiguó y dijo:
—Te equivocas, Robert.
—O si lo prefiere, padre, también significaba: «La muerte va conmigo».
—No insistas. Era el símbolo que mostraba el desprecio de san Francisco de Asís por el mundo material.
—Está claro que no nos pondremos de acuerdo. Pero a lo que vamos, padre. Si hace el favor, dígame qué le pasa ahora a mi abuela.
—Es un conflicto con la Dirección General de Bienestar Animal, la DGBA . Alguien denunció a la Tata porque tenía un gato sin registrar…
—¿Daredevil? Ese gato debe de tener más de veinte años, que equivalen a unos cien de los nuestros. Raro es que no haya muerto aún.
—Lo sé, Robert, pero eso no apaciguó a los de Bienestar Anima. Le han dado una semana de plazo a la Tata para que le ponga el chip. Si no lo hace, lo sacrificarán, con la multa consiguiente.
—¿De qué chip hablamos?
El padre Berger sacó del bolsillo de la sotana un estuche del tamaño de una habichuela.
—Sin que tu abuela se percatase, intenté pegárselo en la oreja al gato, pero se revolvió contra mí y la Tata se dio cuenta, por lo que me echó de su casa.
—Démelo, por favor.
McRae guardó la cajita en el bolso del gabán.
—¿Sabe quién denunció a la Tata?
—Traté de enterarme para ir a hablar con esa persona y convencerla de que retirara la denuncia, pero no me lo han querido decir. Solo sé que la pusieron anteayer en la Inspección de la DGBA de Utopía 32AZ. Si no solucionamos esto, la Tata es capaz de marcharse de Utopía.
—Lo sé, padre. Lo sé.
—Buf, entre el discurso de Josué y el del Génesis, tu abuela siempre ha seguido el del Génesis.
—No me hable con metáforas, por favor —dijo McRae algo molesto—. ¿Qué ha querido decir con eso?
—Que la Dirección General de todas las Utopías sigue la regla del orden, de un mundo controlado y dirigido, sin lugar para actos inútiles.
Está en la línea del último discurso de Josué: «Respeten y honren al Señor.
Sírvanle con integridad y de todo corazón […
]. Él es un Dios santo y celoso, y no soporta rebeliones ni pecados.
Si ustedes dejan al Señor […] él vendrá y les irá muy mal, porque los exterminará».
La Tata es todo lo contrario. Parece salida del discurso del Génesis, donde priman el desorden y la espontaneidad…
—Gracias de corazón, padre, pero ya sabe que no me gustan los sermones. Así que si me disculpa…
Al subir al coche, McRae ordenó al soldado que se dirigiera a las señas de la Tata en Utopía 32AZ.
En el trayecto, tecleó en el ordenador las claves de máxima seguridad.
Cuando la página se abrió, solicitó el nombre y dirección del denunciante de su abuela, según la fecha que le había indicado el padre Berger.
Los datos aparecieron en pantalla. Se trataba de un vecino que había llegado hacía poco desde Utopía 0098V por razones laborales.
En los datos facilitados lo identificaban como Aldo Nelson, un comercial de aplicaciones para instalar la New Chat GPT -9 en los domicilios particulares.
McRae pulsó la pestaña «Antecedentes» y apareció un intento de sabotaje de la red de la empresa VCE-IT para la que trabajaba…
Castigo de seis meses de destierro y despido de la compañía.
McRae tocó la pestaña «Propiedades declaradas».
Cero mascotas, cero inversiones, cero inmuebles, cero hijos, cero esposas…
Seis robot-sexuales de resina declarados… Vaya, vaya, con Aldo Nelson, se dijo.
McRae le dio al soldado el número de identificación del tal Nelson.
—Localícemelo. Por los datos que tengo, debe vivir en esta parte de la urbanización, no muy lejos.
McRae se bajó del vehículo y se encaminó hacia la casa de su abuela.
Se había levantado una brisa que obligaba a inclinar la cara y a subirse el cuello del gabán, mientras las hojas secas de los árboles volaban por doquier.
Tocó la puerta tres veces. Vio encenderse la luz verde de una cámara de seguridad situada encima del marco y la puerta se abrió.
El teniente coronel se introdujo en el vestíbulo, cenó la puerta y se limpió las suelas de las botas en el felpudo.
El olor a marihuana inundaba la vivienda. McRae escuchó de fondo la melodía de The Thrill Is Gone , de B. B. King:
The thrill is gone
The thrill is gone away
The thrill is gone, baby
The thrill is gone away for me.
—¿Tata?
—Estoy en el salón, con Daredevil y Catalina.
Al llegar al final del pasillo, en el marco de acceso al salón, el gato salió al encuentro de McRae.
Unos instantes después, frotaba su lomo contra la bota derecha del hombre.
La anciana, sentada en la mecedora, se balanceaba lentamente, con la cachimba de marihuana en la boca, la botella de ponche sobre la mesita próxima y la escopeta de dos cañones recortados del abuelo sobre sus rodillas.
Aquella era la vieja Catalina, tal y como la dueña de la casa la había bautizado.
The thrill is gone, baby
The thrill is gone away for me.
—Has venido por lo de la denuncia, claro.
—He venido a ver que tal está, abuela —respondió McRae, mientras se arrodillaba para acariciar a Daredevil—. Respecto a la denuncia ya me lo ha contado el padre Berger, pero no le he dado ninguna importancia.
—Pues se han presentado los de la Dirección General de Bienestar Animal a advertirme de que le ponga el chip al gato o me lo requisan. Me amenazaron con echarme de Utopía 32AZ. ¡Vaya castigo! ¡Sería una bendición!
—No tiene por qué preocuparse. Voy a hablar con el denunciante y seguro que retira la denuncia.
—Mejor, porque como se les ocurra venir a llevarse a Daredevil, los convierto en un colador con las viejas postas de Catalina.
—Esos cartuchos serán muy antiguos, abuela. La pólvora no estará en buenas condiciones y seguro que no disparan.
—Que vengan a comprobarlo, que vengan —repitió la anciana, alzando los cañones de la escopeta.
—Voy a por un poco de agua.
Con el gato pegado a él, McRae se encaminó hacia la cocina mientras sus dedos hurgaban en el interior del gabán y abrían una cápsula marrón.
Vació el contenido en la palma de la mano izquierda y se lo dio a lamer al gato.
Cogió un vaso de plástico y pulsó la pestaña del grifo que proporcionaba un chorro de agua del bidón de diez litros.
La bebió despacio y volvió a rellenar el vaso.
Entró de nuevo en el salón, con el gato pegado a sus botas.
A los pocos minutos, el animalito comenzó a andar dando tumbos, como borracho.
McRae se sentó en el sofá, junto a su abuela, que estaba viendo la televisión:
—Pero si usted no ve la televisión…
—He pirateado este canal —respondió mientras daba una calada a la cachimba—.
Son canales de fuera de Utopía, este se llama Old Land TV y debe de ser de esas poblaciones a las que no han dejado entrar en esta maravillosa vida de consumo extremo, comportamiento infantil, lenguaje ridículo y estupidez cultural descolonizada.
—¿Qué programación tienen? —preguntó, con la intención de que no se fijase en el gato.
—Son películas de baja calidad, pero por lo menos fueron filmadas con actores de carne y hueso, que sienten, lloran, sonríen, se tocan.
No son los monigotes asexuados que usan ahora creados por Computer Generated Imageny, la asquerosa CGI , para no ofender a los televidentes borreguiles de las Utopías.
—Vaya, Daredevil se ha dormido —dijo McRae, mientras le acariciaba el lomo.
—Está muy mayor. Necesita dormir mucho.
La mirada de la abuela se dirigió de nuevo al televisor, momento que aprovechó McRae para pegar el minúsculo chip, en la oreja del gato. Cuando se vaya el efecto del somnífero, pensó, le dolerá un poco, pero en veinticuatro horas o menos, si aspira los vapores de marihuana, ya no le molestará nada.
Siguieron hablando un rato más: la anciana repetía una y otra vez que, cuando falleciera Daredevil y se quedase sola, se iría a vivir fuera de Utopía.