Vallekas 2084 Capítulo 13 Entrada en Utopía 20AB #3
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Capítulo 13 Entrada en Utopía 20AB #3

Al entrar, vio a un grupo que se afanaba para excavar un túnel que debía atravesar la calle en dirección a los bajos del antiguo edificio de la Moneda.

Algunos llevaban los escombros en carretillas para amontonarlos en habitaciones y luego sacarlos a la vía publica en sacos pequeños para no levantar sospechas.

Desde el primer momento, aquello disgustó a Da Costa. Como aún no se había quitado las ropas de payaso que le habían prestado, prefirió salir, atravesar la calzada y dirigirse al edificio, para hacerse su propia composición de lugar.

No había recorrido ni seis metros cuando oyó una voz a su espalda:

—Señor, Lucas, espéreme —era Carla—. Tengo órdenes de la señorita Hetty de no dejarle ni a sol ni a sombra.

—No soy un bebé.

—«Él conoce las reglas, pero nosotros las excepciones». Esas fueron las palabras de Hetty.

—Y, hasta que conozca las excepciones, tú serás mi tutora.

—Así es, ¿a dónde quería ir?

Da Costa le señaló el Museo de la Moneda. Carla asintió y le dijo que le siguiera. Al llegar a la puerta de acceso, la chica pagó dos entradas a través del bizum de su reloj.

—Nos dijeron que nada de elementos electrónicos —siseó Da Costa casi al oído de la muchacha.

—Sé lo que hago, tranquilo. Este cargo va a una cuenta perdida de un magnate enriquecido en la actual Musk Silicon Valley.

Se adentraron, ajustándose en la oreja la audioguía que les facilitaron.

Da Costa bajó el volumen. Solo quería comprobar los sistemas de seguridad montados en el interior del edificio.

Siempre acompañado por Carla, ascendió al tercer piso, donde distinguió la entrada a una azotea a la que se podría acceder desde el otro lado de la calle pasando por los antiguos cables del alumbrado público que aún no habían retirado, incluso desde los vagones del teleférico también se podría acceder a la azotea.

Descendió al segundo piso, donde seguía habiendo cámaras de vigilancia en las esquinas, numerosos detectores de humo y un escáner en los accesos para detectar utensilios metálicos.

Los únicos accesos eran por el ascensor o por unas amplias escaleras.

En un costado se veía un montacargas, que debía estar inutilizado.

Bajó al primer piso, a la altura de la calle.

Allí había cámaras y guardias fuertemente armados, esta vez con uniformes negros.

Da Costa se adentró en el sótano, dividido en dos niveles.

En el primero mostraban la historia de la moneda desde el Siglo de Oro hasta el Coumenn, pasando por la peseta y el euro, con las respectivas planchas utilizadas y los elementos empleados posteriormente en la era de la Inteligencia Artificial, en la New Reality.

El segundo nivel aparecía cerrado al público gracias a una puerta de acero.

Sospechó que dentro guardarían monedas valiosas, además de las pantallas del centro de control del edificio.

Y probablemente algo más. Porque, si también era ahí, en ese sótano, donde almacenaban el antídoto, no estaba muy seguro de que el túnel que pasaba por debajo de la calle fuera un método para conseguirlo.

En algún momento llegarían a las paredes o al piso y tendrían que taladrarlas, lo que no pasaría desapercibido para los sistemas de seguridad y los guardianes.

Tal vez, pensó, era más acertado provocar la alarma y sacar así a los guardianes de sus cubículos.

Aquello no iba a resultar fácil. Se quitó la minúscula audioguía del oído y la abrió.

Extrajo un filamento de cobre y lo enrolló haciendo una pequeña pelotilla.

La sostuvo entre los dedos pulgar y corazón de su mano derecha y la disparó hacia uno de los sensores.

Dio de pleno. Las alarmas se activaron, aturdiendo a todos los presentes. Las puertas se cerraron de golpe.

—Espero que sepas lo que haces —le susurró Carla al oído.

Él se limitó a sonreír. Había comprobado por el reloj de la pared que habían trascurrido cuatro segundos desde que la pequeña bola de cobre golpease al sensor.

Cuatro segundos vitales. Aparecieron los guardias armados con Dull Gun en las muñequeras y fusiles de guerra.

Da Costa contó seis. Tres de ellos venían del segundo sótano y habían dejado la puerta blindada abierta.

Bien, se dijo, noquear a seis era más fácil que cavar un túnel.

Esa debía ser la estrategia, concluyó mientras veía llegar a la policía.

El esquema quedó grabado en su mente: alarma, cierre de compuertas del edificio en cuatro segundos, aparición de seis guardias armados —posiblemente en el interior quedase algún otro— y llegada de la policía en treinta y siete segundos.

Se fijó en cómo revisaban el interior con perros.

En total, siete minutos fue lo que los policías tardaron en decidir que se trataba de una falsa alarma y abrir las puertas exteriores.

Tendrían que moverse rápido. Muy rápido y de noche. Paciencia y perseverancia, el Nin , y técnica cultivada de combate, el Jutsu . El ninjutsu era el aliado en esa batalla.

No sería fácil y tal vez alguno de aquellos muchachos que con tanta ilusión y orgullo se hacían llamar los Ases de Picas caería en combate. Pero todos y cada uno de ellos estaban dispuestos a pagar ese precio para conseguir el antídoto.

—Ya hemos visto lo necesario. Podemos irnos.