Capítulo 13 Entrada en Utopía 20AB #2
Da Costa vio a una pareja de policías, varón y mujer, con uniformes blancos y amarillos.
Le habían explicado que aquellos colores, en relación con la ciudadanía, distinguían a los denominados proactivos frente a los colores reactivos, como el azul oscuro o el negro, que, decían, repelían al ciudadano de empatizar con la fuerza armada.
Más adelante distinguió otras dos parejas de policías en la plaza, también con ese uniforme blanco y amarillo. «Policía-Utopía 20AB», rezaba en las puertas de los aerocoches.
Todo se revelaba colorido, desde las fachadas de los edificios a los escaparates de las tiendas que anunciaban la venta de algún producto, útil o no.
La realidad devenía en un intenso caleidoscopio para obligar al transeúnte a fijarse en esos colores, en la publicidad.
Se detuvo un instante. Ahí se estaba anunciando algo que le desconcertó: «Productos que no sirven para nada».
La fila de clientes que aguardaban para entrar rodeaba la manzana.
«Mercancía sin valor de uso», un eslogan que, al parecer, había triunfado en la última fase del cibercapitalismo.
Habían convertido aquella ciudad en un gran centro comercial, un templo del consumo. O al revés: aquello era un gran centro comercial travestido en una megaciudad. La urbe desprendía una radiación de fondo infantil, casi inapreciable, como si la hubiesen disneyficado.
Aunque había que esforzarse para apreciarlo, las calles estaban supervisadas por fuerza armada y vigiladas por cámaras en las esquinas.
Una isla de orden y limpieza, libre de mendigos, delincuentes y nómadas, un moderno Mont de Saint Michel.
Los sucedáneos de ciudadanos paseaban sin hablar, como autómatas dirigiéndose a alguna tienda o recorriendo centros comerciales para contemplar escaparates.
Se llevaban a sí mismos o a sus mascotas como única compañía, como los caracoles acarrean su casa.
Se trataba de un mundo donde las personas se relacionaban principalmente a través de las plataformas online. Los barrios, las cafeterías, las bibliotecas, los parques, los centros deportivos habían dejado de ser lugares de socialización.
Da Costa alzó la vista: carteles luminosos en lo alto bombardeaba a los ciudadanos con anuncios:
Cómo vestirse ante la inflación y la deflación económica: los colores a elegir…
Curso de Ética: el imperativo categórico y cómo hacer que funcione a nuestro servicio…
A continuación, aparecieron más letreros de otras empresas que comercializaban sin descanso algún tipo de mercancía o servicio:
Clínicas Luthor: cambios de sexo garantizados. Aseguramos tres cambios anuales sin efectos secundarios…
Clínicas Lewis: cambios regenerativos de sangre cada mes. El camino a la vida eterna…
New Car Blue, nuevo vehículo ecológico propulsado por anhídrido, que convierte la atmósfera en más saludable…
En los escaparates de las boutiques de alimentación se apreciaba que no vendían nada que no llevase la etiqueta de «Bio», con un precio siempre desmesurado.
—Ya son «Bio» hasta los cruasanes —sentenció Carla con una sonrisa.
A cada paso que daba, Da Costa confirmaba lo que había investigado años atrás en su retiro en el templo.
El cibercapitalismo se había tragado el ecologismo y varias teorías que habían aparecido como transgresoras.
Se habían convertido en sus fieles aliados.
El cibercapitalismo, como un virus que muta y se adapta incluso a sus enemigos, había sido capaz de subsumir cualquier posición díscola y de colocarla en el mercado como mercancía tentadora.
Una sociedad en la que los consumidores coman detrás de sensaciones presentadas como placenteras para así escapar de cualquier dolor físico o psíquico y superar la angustia a la que estaban sometidas sus vidas.
La compra compulsiva servía, a modo de ritual, para conjurar la incertidumbre y la inseguridad que les acosaba.
Se apropiaban de objetos, lo que les hacía creer que adquirían la felicidad.
Una sociedad de consumo pleno, donde todo se presentaba como una elección, excepto la compulsión a elegir porque la transformaban en adicción.
Ese es el proceso por el que la adicción se apodera del ser humano y le destruyen toda posibilidad de estar satisfecho alguna vez, pensó Da Costa.
He ahí la gran contradicción: buscan el placer, pero la adicción, que nunca se puede colmar les hace sufrir, porque no poseen el mundo completamente.
Al girar en una calle, vio un anuncio luminoso con imágenes que pasaban a gran velocidad: la antigua Grecia y su Partenón reconstruido, las minas de Troya en Turquía, del Taj Mahal, el puente Rialto en Venecia, el Golden Gate de San Francisco, las playas de Miami, las minas de Machu-Pichu y de otros lugares que Da Costa no situó, pero que debían estar ubicados en lo que se denominaba antaño el Lejano Oriente, pues los ojos de las personas de las imágenes eran rasgados.
De repente, la secuencia de imágenes cesó y apareció el anuncio:
El mundo a tus pies, bajo tu dominio. Vive la aventura. Ven con nosotros a conocer el Old World en persona o en imágenes 3D. Precios sin competencia. Viajes On Time.
El turismo cultural como artículo en venta ya había comenzado antes de que a él lo encerrasen en Kein Platz.
Lo había visto en Venecia, cuando colocaron tornos para acceder a la ciudad.
La evolución del mercado había cambiado los gustos culturales de aquella intelectualidad, cuyo esnobismo desdeñaba toda la cultura popular de masas, hacia una seudointelectualidad omnívora que consumía un amplio espectro de formas artísticas, como si nada le resultase ajeno.
Consumir de todo, parecía ser el lema. Y consumir a todas horas, sin distinción alguna, tratando de igualar desde lo más bajo.
Resultaba evidente que las condiciones materiales habían cambiado la forma de comportarse, pues solo contaba lo inmediato.
El empleo se volvía necesario solo para obtener un sueldo que volvía posible consumir y conseguir el placer que lo dominaba todo después del trabajo.
Nada escapaba a la compra y venta. Hasta las pasiones se habían convertido en un producto.
Y Da Costa lo comprobó al contemplar anuncios de clínicas psicológicas que vendían bienestar mediante hipnosis por módicos precios.
La psicología se unía con la psiquiatría para ofertar la cura inmediata al «miedo al mobile vulgus ».
Curioso, el ataque al extranjero se había convertido en una nueva patología.
—Se tiene miedo al nómada —le explicó Carla—. Al que no es ni vive como ellos. Ese temor ha de ser tratado como enfermedad mental y, por supuesto, se ofrece la sanación por un módico precio.
En aquel lugar nadie sospecharía que ellos, aquel pequeño grupo que había salido de Vallekas unas horas atrás, eran unos mobile vulgus , pues iban como todos, con ropas de colores chillones y un par de perros que abrían camino.
Siguieron deambulando por aquel eterno Times Square, con sus fachadas llenas de pantallas publicitarias y paneles en medio de las vías peatonales, con pantallas led que proyectaban, además de la publicidad comercial, información de las diferentes direcciones generales que gobernaban Utopía 20AB.
Todo parecía un exceso deliberado para saturarles de información.
Da Costa sabía que, ante cualquier saturación de información, fuera verdadera o falsa, los seres humanos podían perder el contacto con la realidad.
Es en ese caos mental es cuando intervenía, desde aquellos monitores, la Dirección General de la Verdad y les narraba cómo debía ser la realidad, construyendo el mundo a base de retórica y eslóganes.
La señorita Hetty les había explicado que la sumisión de los habitantes de las Utopías se debía al neolenguaje, que manipulaba el léxico al antojo de las autoridades, sabedoras de que lo que no forma parte de la lengua no puede ser pensado.
Asimismo, la política de la cancelación propiciaba que individuos y hechos pudieran dejar de existir en la red mundial de la Coumenn si no se adaptaban a los intereses dominantes.
Y el bombardeo de datos anulaba el contacto con la realidad para que así la Dirección General de la Verdad reconstruyera la Historia y su identidad y explicase a los simulacros de ciudadanos el mundo que les rodeaba.
Si a pesar de todo ello, alguien se desviaba, intervenía la siempre vigilante Policía del Pensamiento para reeducarlos.
No había coches en las calles: los taxis volaban a una altura de veinte metros y los vehículos policiales lo hacían a unos treinta.
Lo único que recoma la ciudad era el suburbano y un tranvía insonoro que parecía deslizarse a un metro del suelo, como una lancha neumática urbana.
En realidad, ambos eran vehículos propulsados por aire que se deslizaban por un conducto lubricado.
En lo alto, los vagones del teleférico surcaban las alturas de la macrociudad.
Poco a poco, abriéndose paso entre la multitud, llegaron hasta un edificio de columnas decimonónicas, con puertas metálicas y un aspecto inexpugnable: el antiguo edificio de la Fábrica de Moneda y Timbre, situado en la que fuera la calle Jorge Juan, y ahora reconvertido en el Museo de la Historia de la Moneda.
—Ahí guardan el antídoto —le informó Carla—. Lo mantienen en el sótano en cámaras frigoríficas a temperaturas muy bajas, por eso las medidas de seguridad son extremas.
Entraron en uno de los edificios que se hallaba en el otro lado de la calle y subieron al primer piso, comprado en su totalidad por alguna sociedad fantasma que operaba bajo la dirección de la Junta Rectora de Vallekas, según le contó la muchacha.