Vallekas 2084 Capítulo 13 Entrada en Utopía 20AB
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Capítulo 13 Entrada en Utopía 20AB

H ABÍAN TRANSCURRIDO varias semanas desde que Da Costa comenzara las clases de preparación física para crear un grupo de élite.

Eran alumnos jóvenes, de dieciséis y diecisiete años, con ganas de morder fuerte a los dirigentes de las utopías o de volar en mil pedazos la Esfera.

Y poco a poco, dado su entusiasmo, habían pasado de los sesenta minutos de entrenamiento iniciales a casi cuatro horas, comenzando antes del alba.

No había cansancio en sus cuerpos, tampoco derrota en sus ojos.

Al contrario, cada día arrancaban los entrenamientos con más entusiasmo.

El As de Picas se convirtió en un emblema; con él fabricaron pegatinas que llevaban a los institutos en sus carpetas y cosían un logo en la parte izquierda de sus camisetas.

Aquello les hacía sentir integrantes de una casta muy especial, de una clase superior de guerreros que se entrenaba para salvar a sus vecinos de pandemias futuras, de mutaciones genéticas o de guerras nucleares no deseadas.

Tal vez un poco de responsabilidad la tenía también el Califa, que les hacía creer que eran modernos samurais, cuyo señor era el pueblo de Vallekas.

Tanto es así que, gracias a esas habilidades como sastres o soldadores que tenían algunos de ellos, había ordenado fabricar unas extrañas armas para sus pupilos.

También había diseñado para ellos un traje de combate.

Día a día, Da Costa les introducía en el mundo del ninjutsu, del wushu, del kung-fu clásico y del boxeo occidental.

Les enseñaba —y esto era lo más importante, según creía— a controlar el pulso para fingir su muerte o para no consumir energía, como los tuaregs.

En suma, el dominio del yo como arma vital.

Independientemente de los deseos del Califa, con lo que más disfrutaban aquellos jóvenes era con las técnicas de escapismo y desaparición.

Les entusiasmaba la fabricación de kemuridamas , aquellos explosivos caseros elaborados con pólvora, serrín y arena envueltos en cera de abeja que, al ser arrojados al suelo, formaban una cortina de humo que permitía desorientar al oponente para desaparecer o asestarle el golpe fatal.

En la era de la Inteligencia Artificial, del CGI , del mundo Online, de una sociedad que no podía escapar del control geolocalizador y videoespacial, aquellos mozalbetes habían comenzado a descubrir que las viejas cocinas de las casas de sus abuelos ocultaban los secretos del abracadabra.

El Califa incluso les había enseñado a fabricar las kemuridamas de forma más casera, con un huevo, talco y una navaja, si bien requerían más habilidad que las bombas de humo con pólvora, pues había que mantener la cáscara del huevo intacta hasta el momento de utilizarlas.

También había comenzado a fabricar con los alumnos el metsubishi , siempre a partir de huevos de gallina, que vaciaban y rellenaban de arena y cristal pulverizado.

Para emplearlos, solo debían romperlos golpeándolos contra el brazo y lanzarlo sobre los ojos del oponente.

A veces, al cristal pulverizado le añadían virutas de hierro, trocitos de rocas, especias o hierbas urticantes.

El objetivo era anular al enemigo nublándole la vista durante un largo rato.

Además de esas enseñanzas, lo que más fascinaba a los chicos del Califa era la habilidad de su líder para convertir cualquier objeto en un arma letal, ya fuera en el empleo de un lápiz como un puñal o un simple sacapuntas que al lanzarlo contra un objetivo siempre hacía blanco.

Nadie había pensado que un bolsillo del pantalón lleno de garbanzos secos fuese una especie de cargador de munición, pues Da Costa era capaz de coger uno y lanzarlo sobre una lata situada a cincuenta metros y acertar siempre.

Todos sabían que solo había que sustituir los garbanzos por pequeñas bolas de acero y el bolsillo del pantalón se convertiría en el cargador de un Kaláshnikov.

Aquella mañana los jóvenes llevaban dos días sin entrenar.

La señorita Hetty, la gran señora que movía los hilos del inframundo vallekano, había inscrito a Da Costa en uno de los comandos que de vez en cuando visitaban Utopía 20AB para vigilar a sus gentes y efectuar el seguimiento de los lugares donde podrían guardar el antídoto general contra las mutaciones del covid.

A las seis de la mañana, en la boca del metro de la antigua Nueva Numancia, en el mismo entronque de la avenida de la Albufera con Puerto Canfranc, Da Costa esperaba al contacto que le enviaría la mujer.

—¿Lucas?

Da Costa miró a su derecha. Quien le había hablado era una joven de no más de treinta años.

Gastaba gafas de sol, gorra gris con las letras NY y pantalones noruegos de color camuflaje con hojas otoñales, el mismo que en su cazadora.

Da Costa asintió y aguardó a que ella se presentase con el nombre que había mencionado Hetty para el contacto: Carla.

Al cabo de cien metros, Carla entró en el portal de un inmueble cuyo bajo se hallaba abandonado. Por su apariencia habría debido albergar en su día una sucursal bancaria. Al entrar, la muchacha se asomó a la calle para comprobar que nadie les había seguido y cerró las puertas.

Descendieron tres pisos. Un grupo se cambiaba de ropa, guardando en ella diferentes armas. Lo que más llamó la atención de Da Costa fueron dos pitbull que merodeaban por allí sin que les molestase la presencia de personas. Eran los primeros perros que había visto desde su llegada a Vallekas.

—¿Le extrañan?

Sin girarse, Da Costa identificó la voz de la señorita Hetty y asintió.

—Los tenemos sin declarar y sin chip —dijo la mujer acercándose a ellos para acariciarles la cabeza—. Es la única forma de que no los localicen, porque ellos son los que vigilan la entrada.

Esos animales eran la primera línea en los pasadizos secretos que comunicaban Vallekas con Utopía 20AB.

Hetty le dio a Da Costa una camisa amplia de color celeste, unos pantalones rojos con lunares negros, una gorra blanca de béisbol y unas deportivas amarillas.

No se sorprendió. Aquel estilo de atuendo de colores chillones era el mismo que llevaba la mayoría de las personas que aparecían en los noticiarios de la cadena televisiva de Utopía 20AB.

—Toma —le dijo al entregarle unas gafas de sol espejadas—. Las vas a necesitar al salir a la superficie.

Una comitiva de seis personas, comandadas por la joven que se había presentado como Carla y guiada por los perros, comenzó la marcha por un túnel de un metro de ancho y uno cuarenta de alto, lo que les obligaba a caminar encorvados.

Era un pasadizo estrecho y peligroso. Si tocaba replegarse, la maniobra sería ciertamente complicada.

Según avanzaban, la respiración de los miembros del grupo se iba agitando, señal de que no había ventilación. Da Costa recordó haber sufrido esa misma sensación hace muchos años en los túneles subterráneos del Fuerte de San Felipe de Barajas allá en Cartagena de Indias.

Al cabo de media hora de descenso, Da Costa notó que comenzaban a avanzar en horizontal.

Se oía ruido de transportes varios metros sobre ellos, seguramente de las vías del ferrocarril o de una carretera.

Recorrieron más de quinientos metros para luego empezar a ascender lentamente.

Los perros iban en vanguardia, sin ladrar o inquietarse, lo que era una buena señal.

El mido en el exterior se fue volviendo más intenso. Da Costa se dio cuenta de que aquellos eran los viejos túneles que los obreros atravesaban para reparar las averías del antiguo suburbano en las líneas y estaciones cenadas. Difícilmente las personas del New World podían conocer su existencia.

Al final conectaron con una sala que iluminaron con la luz de las linternas.

Parecía una especie de vestuario, acaso de alguna empresa del ferrocarril o de las antiguas estaciones de iluminación de la ciudad.

Repasaron las pertenencias, colocaron a los perros unos chips en las orejas y se encaminaron por un pasaje que llevaba a la superficie.

En la pared de la derecha del pasillo se leía: «Wellcome to Mahagonny».

Da Costa recordó, no sin esfuerzo, que «Mahagonny» era el título de una ópera en tres actos de Kurt Weill y Bertolt Brecht de 1930.

Se refería a una ciudad imaginaria que ejercía un culto al consumo y al placer.

Se le antojaba difícil creer que alguien de los que le rodeaban supiese de aquella obra.

Al final de la pared de la derecha habían escrito: «Consumo, luego existo». Cómo ha cambiado todo, se dijo Da Costa. Entonces se puso las gafas de sol y salió a la superficie.

En el exterior todo era bullicio y color, como si hubiesen accedido a Times Square en pleno fin de año.

Las luces y carteles luminosos cubrían las paredes de los edificios.

Los ciudadanos, casi todos gruesos o vigoréxicos, y por lo general con piercings y tatuajes, caminaban vistiendo prendas llamativas.

—Impresionante —exclamó un muchacho del grupo—. ¿No hay personas delgadas?

—Las hay —respondió Carla—, pero la mayoría se sienten discriminadas y se encierran en casa.

—Ah, los hikikomoris —exclamó de nuevo el joven.

—Es que no me lo puedo creer —intervino una chica—. Consumo excesivo de grasas, de proteínas, de piercings , tatuajes… Es como si hubiesen convertido su cuerpo en un objeto y sujeto de consumo.

También percibieron que muchos llevaban alguna mascota a su lado.

El Spitz alemán y el Bichón maltés comprendían las razas de perros que más abundaban, un síntoma de que los pisos que habitaban eran pequeños.

Un piso por persona era la sutil forma de incrementar el consumo, como habían defendido los constructores del New World.