Vallekas 2084 Capítulo 12 Base naval de Kodiak
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Capítulo 12 Base naval de Kodiak

Base naval de Kodiak

El teniente coronel McRae no se detuvo a admirar las maravillas que le ofrecía la naturaleza. Se limitó a dar la orden de que lo acompañasen la capitana Nadia Corner y el sargento mayor Ronald Wer en el Humvee-Omega. El resto de la unidad permanecería en la aeronave hasta nueva orden.

Ronald condujo el gigantesco todoterreno acorazado por la nieve hasta llegar a los puestos de la Guardia Costera, puerta de acceso a los tres mil acres de la vetusta Base de Operaciones Naval Kodiak.

Al llegar al primer puesto de control, Ronald mostró al soldado las credenciales de Máxima Seguridad de la Brigada Génesis.

Dos uniformados salieron de la garita para levantar la barrera de acceso e indicarles que la Chief Petty Officer Stephanie Hunter les estaría esperando en el siguiente control para acompañarlos por las instalaciones portuarias.

Al cabo de una milla, detuvieron el Humvee ante una nueva barrera. Tres mandos militares les aguardaban delante de casas de chapa de color anaranjado.

McRae fue el primero en bajar del acorazado y dirigirse al encuentro del coast guardsman de mayor rango.

Antes de llegar a la altura de la jefa Hunter, llamó su atención un monolito rodeado de cedro amarillo y hojas de cicuta de montaña, con una placa deslucida y poco cuidada que recordaba a dos miembros de la Guardia Costera:

«Los compañeros Hopkins y Belisle,

asesinados el 12 de abril de 2012,

siempre estarán en nuestros corazones y en…».

La jefa, una mujer enorme de cabellos pelirrojos, le explicó el significado de aquel monolito:

—Fue un desagradable incidente en la memoria de la Guardia Costera de Kodiak. Su autor, Jim Wells, se pudrió en la cárcel…

—Jefa Hunter —interrumpió McRae—, no se ofenda, pero no hemos venido a repasar las historias de la base de Kodiak. Sospecho que sabe que nuestro interés se centra en el interior del portaaviones.

—Sí, señor —contestó alzando el mentón con aire ofendido—. Tengo orden de llevarles al portaaviones de clase Nimitz, el Kein Platz, depositado desde hace seis décadas en nuestras instalaciones. También me han indicado que les facilite cualquier dato que me pidan.

Sin mediar más tiempo, el Humvee-Omega se puso en marcha detrás de un antiguo todoterreno con cadenas.

En la parte trasera, el vehículo llevaba pintado el emblema de la Coast Guard Air Station con la imagen del oso marrón y las palabras «Search & Rescue».

Según avanzaban, comenzaron a distinguir la torre de control del portaaviones.

Al llegar al puerto, el vehículo de la Petty Officer se detuvo junto a las escaleras incorporadas al casco del viejo Nimitz, cubierto ahora de musgo y cedro rojizo.

Sus mil pies de eslora se veían impresionantes.

Aquel cascarón desangelado provocaba escalofríos con las letras Kein Platz pintadas en los costados de la proa.

La luz le daba de popa y todo el Nimitz parecía brillar detenido para siempre, como si se hubiera quedado varado en un pliegue del tiempo.

—Los guardacostas lo bautizaron como el Alcatraz —informó la jefa al teniente coronel.

—¿Por qué? —preguntó McRae.

—La prisión federal de la isla de Alcatraz fue clausurada ocho meses después de la fuga de los presos Frank Monis y los hermanos Anglin en el año 1962. Y este portaaviones-prisión también se abandonó en puerto después de la fuga de otro detenido, del que nunca se ha sabido su nombre.

—Trinidade Ramalho da Costa —dijo McRae.

La mujer le miró extrañada.

—Ese fue el nombre del preso que se les escapó —explicó el teniente coronel— y nunca encontraron, por si le interesa para las charlas nocturnas alrededor del fuego en los largos inviernos de esta tierra.

McRae comenzó a subir las escaleras que colgaban en el costado de babor del portaaviones. La capitana Nadia y el sargento mayor Ronald le siguieron.

—Uno de mis guardacostas se queda aquí, por si precisan algo —gritó la jefa Hunter desde el puerto.

Cuando nadie le respondió, se volvió airada a su acompañante:

—¡Que se vayan a la mierda! ¡Regresemos a base!

Al Ilegal* a la cubierta, los ciento veinte pies de manga se encontraban cubiertos de musgo y de la hojarasca de cicuta.

La pintura del casco estaba levantada y el metal, oxidado.

La fría brisa traía más hojas secas y el olor de los álamos de la ribera.

Aquello era más que nunca un no-lugar, un espacio flotante entregado a la infinitud del océano, sin identidad ni historia.

McRae, seguido del sargento y la capitana, avanzó con paso firme por la eslora, que en otro tiempo se había utilizado como pista de aterrizaje, hacia la torre de control de aquel ignoto monstruo de metal.

La puerta de acceso presentaba un precinto con el antiguo emblema de la United States Navy, un águila sobre un ancla, en el que se leía: «Prohibido el paso».

Antes de entrar se colocaron los cascos integrales y encendieron la luz de la parte superior.

Tres focos iluminaban el camino, como espeleólogos en las catacumbas.

Veían con claridad cualquier recoveco, pero no pudieron evitar el hedor que les golpeó de lleno.

—¡Qué asco! —exclamó Ronald, reprimiendo una arcada.

Bajaron las escaleras hasta un primer nivel, revisando cada habitáculo.

—Parecen habitaciones de hospital —comentó Nadia—. Muchas aún conservan los antiguos goteros.

Entraron en una sala de médicos o enfermeros con ordenadores y archivadores a los lados. McRae cogió algunas fichas médicas.

—Historias clínicas de los pacientes —dijo el teniente coronel—. Nos podrían interesar si alguno viviese, pero no creo que sea el caso.

De repente, McRae se giró de nuevo hacia el archivador.

Sacó una ficha médica y se fijó en la firma: «Doctor James Sprenger.

Colegiado n° C-23698-Q». El resto, veinticuatro en total, también llevaba su firma.

Ninguna era la del preso Da Costa. Apretó un botón de su cinturón, y la cámara de la pechera y el visor del casco comenzaron a grabar todos los datos.

Al cabo de media hora, descendieron al segundo nivel: salas con utensilios médicos abandonados.

Revisaron cada una, sin encontrar nada de interés.

Al fondo había una segunda sala de médicos y enfermeros en planta.

McRae se dirigió al archivador. De las diecinueve fichas médicas encontradas, ninguna pertenecía a Da Costa, pero la firma del doctor era la misma.

—Necesito aire fresco —dijo el sargento Ronald—. Este olor a podrido me mata.

—Suba a superficie y regrese en cuanto se sienta mejor —le ordenó el teniente coronel—. Nosotros continuaremos bajando.

En el tercer nivel se hallaban las dependencias utilizadas por los facultativos: diez habitaciones y tres quirófanos con aparatos punteros del momento, como un rayo láser para cauterizar o quemar tejidos y brazos robóticos para cirugías.

Al abrir una última puerta, el hedor les hizo trastabillar y tuvieron que retirarse.

Se trataba de un quirófano en cuya mesa de operaciones yacía un cuerpo.

El cadáver había sido invadido primero por moscas y después, por escarabajos, ácaros y coleópteros.

Ahora solo quedaban larvas de gusanos en las concavidades de los ojos de la calavera, que, junto a los huesos largos de las extremidades, era lo único que se conservaba.

Una ficha médica estaba sobre la mesa. McRae la leyó:

—Luis Alfredo Garavito, sesenta y seis años.

—¡No puede ser!

—¿Qué ocurre?

—La vida de ese asesino fue mi trabajo de fin de carrera en Criminología. Violó y asesinó a más de doscientos niños. Lo apodaron la Bestia de Génova. En los últimos años de su vida se arrepintió, o eso hizo creer, y abrazó la fe cristiana.

—¿De qué te extrañas entonces?

—Se suponía que había muerto en el verano de 2023 en Valledupar, en La Tramacua, su penitenciaría.

—¿Crees que también le prometieron perdonarle la vida si se sometía al experimento?

—Si se trata de la misma persona, no me cabe duda. Además, las fechas coinciden.

McRae se fijó en la firma del médico: «Doctora Claudia Sprenger. Colegiado B-23987-Q».

—¿Su hermana? —aventuró el teniente coronel.

—O su esposa. En aquellos tiempos las mujeres cambiaban su apellido por el de sus maridos.

Mientras salían del quirófano, el sargento Ronald regresó. Le señalaron que no le convenía asomarse al interior y los tres descendieron hacia el cuarto nivel. Otro olor nauseabundo se filtraba por algún orificio. Al entrar, los focos de los tres cascos iluminaron el lugar. Era la morgue.

Sobre las mesas de zinc yacían tres cadáveres. De nuevo, solo quedaban los huesos y las larvas que habían anidado en las cuencas de los ojos o en el interior de la mandíbula.

Ronald se acercó a tres compuertas de metal. Empujó una de ellas y se asomó a su interior.

—Joder, son hornos crematorios.

—¡Vámonos! —ordenó McRae— ¡Aquí está todo visto!

Subieron a la cubierta y se quitaron los cascos integrales. El aroma de los pinos de la costa, la brisa del glaciar y el aire puro de las montañas desalojaron de sus cerebros el hedor de los cuerpos del Kein Platz.

—Tenemos que analizar el otro ala del portaaviones —dijo McRae.

—¿Qué sentido tiene eso? —preguntó Ronald.

—Por desagradable que nos resulte, no hay que dejar nada al azar.

—Échale cojones, grandote —dijo Nadia al sargento Ronald, dándole una palmada en la espalda—. Nos queda por ver la otra mitad de este engendro de muerte.

El teniente coronel, sin perder tiempo, envió desde su casco los nombres de James y Claudia Sprenger y sus números de colegiados a la base de datos de la Brigada Génesis. Cuando regresasen a Virginia, ya tendrían encima de la mesa los dosieres completos de ambos médicos.

—¿Listos?

Se encaminaron a la compuerta de acceso al interior del Kein Platz, situada en la base de la torre de mando.

Aquellos camarotes parecían haber pertenecido a los oficiales y suboficiales.

Habían sido abandonados, dejando colchones, sábanas y mantas.

Más adelante, las camaretas de la tropa, con salas de cien literas cada una.

Todo apestaba a humedad. La sala de máquinas, extrañamente silenciosa, olía a moho y desamparo.

McRae buscaba el camarote del capitán de navío. Necesitaba ver cómo vivía el guardián de aquel portaaviones errante por los océanos y convertido en un campo de experimentación médico.

Por fin lo encontró. Al igual que el resto olía a humedad y abandono.

Estaba amueblado con una cama amplia y tenía una pequeña sala de estudio anexa, que aún conservaba un sillón Chester anclado al suelo y un flexo sin bombilla a su lado.

Una caja fuerte incrustada en una de las paredes llamó su atención.

«Tal vez contuviese el cuaderno de bitácora del responsable de aquel portaaviones», se dijo McRae.

La caja de seguridad se hallaba vacía. Fueran cuales fueran sus impresiones, el capitán de navío se las había llevado consigo.

McRae se dio por satisfecho con la visita y ordenó a sus acompañantes emprender la ruta a cubierta.

Pasaron por el camarote del segundo jefe, el Staff Captain .

El olor a humedad fue lo único que les recibió, ni un papel ni una pista.

No importaba, resultaría fácil localizar qué mandos militares se hallaban al frente del Kein Platz.

En el camarote del Navigating Officer tampoco vieron nada.

Era hora de subir a cubierta sin demora.

Sin embargo, al final de pasillo, un poco antes de coger las escaleras de caracol, vieron el letrero de una doble puerta: « Medical Service ».

Tenía que ser el dispensario médico para la tripulación.

Estaba cerrado. Tras un gesto de McRae, el sargento apuntó sus muñequeras, las Dull Gun, hacia aquella entrada y disparó.

Un ligero rayo láser derritió la cerradura. De una patada, Nadia abrió la puerta.

En el interior, una camilla y una vitrina con todos los utensilios médicos de la época.

Al lado, una mesa de despacho, otra más pequeña y un archivador a su lado.

«Médico y enfermero», se dijo McRae. Forzó el mueble y dejó al descubierto dieciséis historiales médicos.

Se fijó en la firma. En esa ocasión la rúbrica no era de los Sprenger, sino del doctor Martin Smith Wood, colegiado nº MG-98981-MG.

Grabó la identificación con la pantalla de la visera del casco y los tres se retiraron, dejando todo tal y como lo habían hallado.

Ya en la cubierta, se quitaron los cascos y volvieron a respirar profundamente. Apreciaban más que nunca el aire de las montañas de Alaska, enriquecido por los árboles de las riberas.

Llevaban grabado mucho material para investigar y cotejar. Además de tres nombres de profesionales médicos, cuyos descendientes deberían localizar para ver qué podían aclararles. Y lo más importante: localizar el cuaderno de bitácora del capitán de aquel portaaviones.

Bajaron a puerto, donde la jefa Stephanie Hunter les salió al encuentro.

—Señor, espero que hayan encontrado lo que han venido a buscar.

—Aún no lo sabemos —respondió displicente McRae.

—Hemos recibido una llamada para usted desde su aeronave. Dijeron que no era urgente.

—¿Le adelantaron algo?

—Un sacerdote llamado Berger quería hablar con usted. Dijo que le llamase en cuanto pudiese, que se trataba de su abuela.