Vallekas 2084 Capítulo 11 Regreso al pasado
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Capítulo 11 Regreso al pasado

Regreso al pasado

En los bajos de los edificios se mantenían algunos locales comerciales familiares que conservaban el nombre de entonces, aunque ahora con neones luminosos de colores estridentes.

Da Costa se fijó en un coche de policía blanco y amarillo, estacionado frente a una farmacia, que llevaba la leyenda en los laterales de «Policía Metropolitana de Vallekas», bajo el escudo rojo inmortal de Vallekas con el rastrillo y la horca de cuatro dientes superpuestos.

Los policías, equipados con pistola eléctrica, espray de gas pimienta y defensa extensible, salían en ese momento de la farmacia con un individuo esposado.

Detrás de ellos iban dos farmacéuticas jóvenes, a las que Da Costa oyó que comentaban algo sobre unas pastillas negras.

—Los hiperestimulantes son muy adictivos —dijo una de ellas—. Es el segundo intento de robo en un mes. ¿Recuerdas la semana pasada?

—Sí, otro que envían al centro de desintoxicación.

Da Costa siguió caminando por la avenida, pasando por las bocas del metro de Alto del Arenal, Buenos Aires y Portazgo.

A la altura de la estación de Nueva Numancia, se topó de nuevo con la estatua de su amigo el Coronel, con su boina negra ladeada y el pitillo sin filtro en la comisura de los labios.

Ahora que estaba solo, sin la señorita Hetty a su lado, agarró con fuerza la mano de la estatua, que parecía llamarle desde el Más Allá, como siempre lo hacía aquel rojo irredente: «Hola, Ramallito».

Después le pareció oír aquella frase tan suya: «Este mundo está lleno de gelepollas . No te dejes atrapar».

Da Costa se adentró en la calle de Puerto de Canfranc.

Tras recorrer unos ciento cincuenta metros, su sorpresa fue mayúscula: la librería El Coronel había sido declarada bien de interés por la Fundación de Cultura de Vallekas.

Entró al local y el olor a papel viejo le sumergió en otro tiempo.

Lo aspiró de nuevo, profundamente, cerrando los ojos.

Aquellos anaqueles llenos de libros, algunos de casi cien años, le devolvieron por un momento la fe en el género humano.

Era curioso observar cómo, para cualquier escritor que se hubiese imaginado el futuro, ya fuera de forma cruel o más apacible, los libros siempre habían sido las víctimas del paso del tiempo y de las distopías dictatoriales, desde George Orwell a Ray Bradbury pasando por Aldous Huxley.

—¿Le puedo ayudar en algo? —preguntó una voz femenina desde el fondo de la librería.

Da Costa miró de soslayo a la joven que le había hablado sin apartar la vista de un monitor.

—No, gracias, solo estoy ojeando.

Siguió mirando los lomos de los libros. No podía cogerlos. Para su asombro las estanterías estaban cerradas con cristales. En tiempos del Coronel siempre se podían manosear y curiosear los libros.

—Si desea alguno, anote la signatura —dijo la muchacha—. O, si tiene el título, se lo puedo buscar en la aplicación.

Se paseó por las estanterías de los cómics.

Qué curioso, aún existían los superhéroes y sus aventuras.

Quedaba claro que el mercado todavía los acogía de buena gana, en un mundo donde la Computer Generated Imageny, la CGI , dominaba todos los ámbitos de la vida.

Miró algunas portadas. Como si no hubiese pasado el tiempo, Batman, Superman, Spiderman, Vengadores o X-Men le miraban con sorpresa.

Incluso el Capitán América, ese viejo soldado, parecía sorprendido de su presencia.

Era como si se hubiese establecido un diálogo entre ambos, pues los dos eran producto de un experimento científico para alterar o potenciar su organismo.

Con el Capitán América querían crear al supersoldado norteamericano que ganara todas las guerras y con Da Costa, un organismo inmune a virus y bacterias.

Sin embargo, a través del experimento en Da Costa, la Coumenn no buscaba un remedio para toda la humanidad, sino el suero de la eternidad para las élites.

Estanterías con fotos de más de un siglo y medio recoman la vida del insigne vallekano, mostrando al mundo que el Coronel había sido todo un personaje de leyenda.

Imágenes de la Guerra Civil cuando se sumó a los milicianos del POUM con solo quince años.

El exilio a Francia. El maquis en el Mediodía francés durante la II Guerra Mundial.

La imposición de la Medalla a la Resistencia en Toulouse por parte del general Charles de Gaulle.

La incursión en 1944 en el Valle de Arán.

La vida en la clandestinidad durante la dictadura franquista sin poder formar una familia y sufriendo detenciones y penalidades.

Toda una vida de sacrificio a la que el Coronel supo adaptarse y siempre estuvo en vanguardia de los tiempos.

La verdad es que siempre creyó que aquellos versos del tango de La Chicana fueron escritos para él:

El tipo nació marcado…

Pichón de héroe o canalla

según dicten las mareas:

el destino no se calla.

Desde esas fotos color sepia, Da Costa seguía viendo los ojos de tigre del viejo irreverente, un rojo de los de siempre, como le gustaba definirse.

El Coronel sonreía desde su externa pose.

A su mente acudieron sus aventuras en las cuencas mineras asturianas [1] , en los sótanos de El Escorial [2] , en las alcantarillas romanas de Astorga [3] , en los trenes que recoman el norte de España [4] o por las calles del antiguo barrio.

Subió a la otra planta de aquel museo. Los pisos superiores habían cobijado las viviendas del edificio y sus singulares moradores, pero ya no quedaba rastro de aquellos tiempos.

Habían arreglado y reestructurado el inmueble para mostrar, además de la vida del Coronel, el Vallekas de más de un siglo atrás con una exposición fotográfica de diferentes vivencias costumbristas, de autores profesionales y aficionados, e incluso habían colgado cuadros que retrataban el barrio.

Se veía la evolución desde que las calzadas eran de barro y piedra hasta el momento en que la ola de colorido había inundado sus calles.

El momento más duro se aproximaba: la segunda planta, donde había convivido con Lucía y Paula hasta su detención por el asesinato del senador Matt Coumenn. Ya no quedaba nada, estaba convertida en una sola sala donde se exponían obras actuales de pintores y escultores vallekanos.

La imagen de Lucía embarazada de seis meses cuando le visitó en la prisión en los Estados Unidos, vino a su cabeza, con un remordimiento que no era sino tristeza. Luego recordó al Coronel en el juicio, a su lado, apoyándole.

»A la niña no la dejasteis acudir, pues no querías que te viera en aquellas circunstancias y menos cuando te condenaron a muerte.

Fue en ese momento cuando rogaste a Lucía que no volviese, que se centrase en el bebé que esperabais.

Y le pediste al Coronel que cuidase de ellas.

No volviste a saber más de ninguno. Los acontecimientos posteriores hicieron que no te comunicases.

Sabías que estarían vigiladas para capturarte, si es que dabas señales de vida.

Los esbirros de la Coumenn, cuando escapaste de Kein Platz, esperaban que no supieras a dónde ir, y que necesitaras recomponer tus lazos y regresar con los tuyos.

Esa fue la razón para no volver a Vallekas.

Era mejor hacer creer a todos que habías muerto.

Así dejarían de buscarte, no presionarían ni te chantajearían con tu familia, tampoco encontrarían pistas que los llevasen a tus descendientes.

Da Costa apretó los puños con rabia. Sus ojos se humedecieron al recordar la ignominia por la que había tenido que pasar.

Rápidamente se recompuso. «Ni arrebato ni melancolía», se dijo.

Respiró despacio: una corta inhalación y una larga exhalación.

Debía desterrar de su mente cualquier sentimiento que no controlase.

Sus músculos le respondieron y se relajaron. La calma regresó a él.

Ahora era el momento de emprender el largo camino para encontrar a Paula, que tendría setenta y tres años si aún vivía, y a su nuevo hijo o hija, a quien no conocía y que rondaría los sesenta.

Si en su sangre había algo que perfeccionaba el sistema inmunológico, se revelaba urgente encontrar a sus familiares antes que los agentes de la Coumenn.

Antes de iniciar la búsqueda tendría que resolver su compromiso con la señorita Hetty: la preparación física de una nueva camada de jóvenes.

Tras salir de la librería, se dirigió a los bajos del antiguo estadio del Rayo Vallekano. Pensó que era una lástima que no hubiese partidos de fútbol como los de antes; ahora solo jugaban las ligas entre los equipos de las Utopías en una Super Liga. El submundo había quedado relegado.

Da Costa atravesó los bajos del estadio y se dirigió a una cancha de baloncesto que también se empleaba como gimnasio. Vio de lejos a casi un centenar de jóvenes de ambos sexos en ropa deportiva y en formación que le esperaban siguiendo las directrices de dos instructores.

—¿Es usted Lucas, el nuevo profesor? —le preguntó uno de ellos al acercarse.

Tras las presentaciones de rigor, Da Costa se encaminó al vestuario para ponerse la ropa deportiva que le entregaron.

Minutos después, se presentó ante los jóvenes como Lucas.

Pudo oír los chascarrillos de algunos apodándole el Califa, tal vez por el kohl en el borde de los párpados.

Le agradó el mote. Sospechaba que en poco tiempo solo se le conocería como el Califa y cualquier otro nombre se borraría de aquellas mentes.

Alzó la vista hacia unas ventanas junto a los antiguos marcadores de la cancha. Distinguió allí a la señorita Hetty y a su hija Luna, la médica.

—¿Cuántos de ustedes saben trabajar el hierro como soldadores o herreros? —preguntó Da Costa al grupo.

Tres alzaron la mano.

—¿Quiénes conocen el oficio de modista o sastre o cualquier otro relacionado con telas y cueros?

Levantaron la mano otros cuatro jóvenes.

—Todo el mundo sabe por qué tenemos que comenzar los entrenamientos.

Nuestra primera misión consistirá en apoderarnos del antídoto contra toda variante del covid.

Otros lo han intentado antes, pero seremos nosotros quienes lo logremos.

Así que, como toda unidad que se precie, esta tiene que tener un nombre y un símbolo que nos identifique, que diga lo que en verdad somos a golpe de vista. ¿A alguien se le ocurre uno?

Al fondo, levantó la mano una muchacha rubia con el pelo recogido en un moño. Da Costa la instó a hablar con un gesto de cabeza.

—Me llamo Mariana —titubeó la muchacha—.

He visto unas fotos de un pariente lejano de hace casi siglo y medio.

Durante la II Guerra Mundial del Old World estuvo en el campo de batalla contra los nazis.

Su unidad llevaba el símbolo del As de Picas pintado en los cascos.

Lo habían escogido porque esa carta siempre trae suerte.

Se produjeron unos segundos de silencio, que rompió Da Costa.

—Si nadie tiene inconveniente, entonces esta compañía se llamará As de Picas y ese será nuestro símbolo. Cuando cumplamos con nuestra misión dejaremos un naipe en su lugar, para que sepan quiénes somos y se acuerden de nosotros hasta la eternidad.

Aplausos.

En las gradas, Luna le preguntó a Hettty:

—¿Por qué les preguntaría a los chicos por esas profesiones?

—No lo sé, hija, pero tengo un buen presentimiento.

Madre e hija guardaron silencio para seguir escuchando a Da Costa en sus requerimientos a los jóvenes, que lo miraban como hipnotizados.

—¡He acertado con él! —dijo la señorita Hetty, entusiasmada.

—No entiendo nada.

—Está muy claro. Va a preparar la mejor unidad de soldados vallekanos que se conoce. Y sobre todo: va a traernos el antídoto.