Vallekas 2084 Capítulo 10 La conspiración latente
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Capítulo 10 La conspiración latente

La conspiración latente

En la sala de mando, el teniente coronel McRae se despojó del exoesqueleto y encendió el proyector, enfocándolo sobre el primero de los manuscritos del asentamiento de los monjes de Shaolin. En ese momento entró en la sala la capitana Nadia, vestida aún con el uniforme de combate.

—¿Vienes a cenar con la tropa, Robert?

—No me apetece. Prefiero esperar a ver qué averiguamos.

La capitana se acercó a él y le besó en los labios.

—¿Y si cojo mi cena y la tuya y la traigo aquí? —preguntó, guiñándole un ojo.

—¿Con una cerveza? —insinuó el teniente coronel.

—Mejor con dos —sentenció Nadia, saliendo de la sala.

El ordenador comenzó a proyectar datos sobre una lámina de vidrio situada en vertical: «Variedad lingüística chino-tibetana. Variedad arcaizante».

—¡Eso no es lo que he pedido! —exclamó enfadado McRae, que ordenó a la máquina—: ¡Olga-09, traduce esas páginas!

Sobre la superficie del vidrio se proyectó la información: «Aplicada transliteración de Turrell Wylie: Resultado Negativo». McRae pulsó con rabia el botón: « Try again ». Lo intentó, sin éxito tres veces más.

— Et voilà! —exclamó Nadia al entrar en la sala con las dos bandejas de comida.

—Es increíble, Nadia. Da Costa usó una variante antiquísima del tibetano. Lo único que he sacado en claro de Olga-09 es que los textos equivalen a veinte mil palabras.

—Una novela corta.

—¿Sabes si ya hay algún dato de los restos que recogí en la habitación de Da Costa?

—Los dejé sellados en el laboratorio —dijo, mientras depositaba las bandejas sobre una mesa rodeada de sofás—. No hay nadie ahora. Lo mejor será cenar y esperar a mañana.

—¡Ah, la grabación!

McRae recogió su cámara de pecho y le insertó un cable de la pantalla de vidrio. Pulsó un botón y se sentó al lado de Nadia con la botella de cerveza. La capitana alzó su bebida para brindar con él.

—Ese es el pasillo dentro de la Esfera que nos condujo a la sala donde se hallaban las imágenes del Consejo Directivo Mundial —comentó McRae.

Nadia no apartaba la vista de la pantalla.

—Ahí accedemos a la sala, previa confirmación del iris de la teniente responsable del área por parte del sistema de seguridad. Aquí el interior de la sala y nuestro gobierno mundial.

—¿Están detrás de los cristales o son imágenes holográficas?

—Son sus imágenes. Su localización exacta es secreto de Estado. Si alguien llegara a conocerla, habría que matarlo.

—Son todos ancianos. Necesitarán cuidados médicos constantes. Seguro que viven en alguna Esfera en cualquier vergel del mundo, donde nadie los pueda ubicar.

—Ahí tienes a la CEO —dijo McRae, levantándose hasta la pantalla para señalarla con el índice—.

Tendrá ochenta o noventa años, pero su estampa es idéntica a la de los carteles de las campañas electorales de hace años o a las estatuas que le erigen: con un cigarrillo entre los dedos; gruesa, o esférica más bien, pelo suelto y lacio, gesto desagradable, como si hubiese olido un pedo…

Tiene una enorme papada colgante y lleva un vestido de gasa de colores vistosos.

Los zapatos son de tacón de aguja reforzados con titanio para resistir el peso.

No se puede decir que sea una belleza canónica, no.

Nadia le rio la gracia a McRae y preguntó:

—¿Eso lo sabes o te lo imaginas?

—Fíjate bien.

El teniente coronel apretó un botón del casco para detener la imagen en la figura de la CEO , y la agrandó.

Ajustó tono y brillo. Superpuestas sobre cada objeto, fueron apareciendo distintas leyendas en la pantalla: «Cigarrillo Lucky Coumenn mentolado con boquilla, de cero miligramos de alquitrán y nicotina», «Zapato marca Gianvito Rossi, modelo estilizado de tacón alto, tacón reforzado con acero blindado recubierto de titanio», «Blusa Hermès estampada… ».

—¡Madre mía! No sabía que existieran estos sistemas tan avanzados.

McRae sonrió.

—Sí, se están desplegando por diversas unidades.

Resultan muy útiles para conocer las marcas de armas y municiones.

Permite identificar de forma rápida a fabricantes, vendedores e intermediarios, sobre todo cuando son desafectos al New World.

Junto a la identificación facial y la lectura a distancia del iris, es la vanguardia en nuestra unidad.

El teniente coronel quitó el cable que conectaba con la cámara y tecleó varios números y letras.

—Ahora presta atención —dijo acomodándose en el sofá junto a Nadia.

En la pantalla se sucedieron las imágenes que días atrás había visualizado McRae sobre el supuesto asesinato del senador Matt Coumenn a manos del inspector jefe Ramalho da Costa: un pasillo amplio de un hotel de lujo por el que camina con mucha seguridad un individuo trajeado junto a otros dos.

Paran delante de un ascensor. De repente, un enmascarado con pasa— montañas aparece por una esquina, efectúa ocho disparos y desaparece por donde había sugerido.

Ocho disparos a doce metros: tres muertos.

—¡Impresionante! —exclamó Nadia—. No les ha dejado reaccionar.

—Pues ahora atenta a esto —dijo McRae.

Rebobinó hasta la aparición del enmascarado y bordeó con un círculo la pistola. «Pistola Heckler & Koch USP Compact del 9 mm parabellum fabricada en Alemania en 2011, con diecisiete cartuchos de capacidad. Número de serie 246531», informaba la leyenda.

Luego aisló la silueta del asesino y volvió a pulsar el mismo botón: «71 pulgadas, 152 libras».

—¿Te das cuenta? —indicó entusiasmado McRae—. El muerto era el senador Matt Coumenn, el ideólogo del New World.

De ese asesinato se culpó al hombre que estamos buscando. Sin embargo, Da Costa era más alto y pesaba varias libras más.

—¿Y el arma?

—Eso es lo extraño. El arma sí se corresponde a la asignada al inspector jefe que escoltaba al rey de España en aquel momento. De hecho, esa fue la prueba principal contra él en el juicio…

—Espera un momento. ¿Puedes avanzar un poco más la grabación?

McRae obedeció. En la pantalla aparecieron progresivamente huéspedes y policías en el lugar del tiroteo.

—¿Ese no es precisamente Da Costa? —preguntó Nadia al ver al inspector jefe con la pistola en la sobaquera sobre la camisa.

—Sí, es él —murmuró mientras trazaba un círculo sobre la pistola para la identificación de la pantalla. «Pistola Heckler & Koch USP Compact del 9 mm parabellum fabricada en Alemania en 2011, con diecisiete cartuchos de capacidad. Número de serie 265314».

—Ese arma no es la suya —exclamó McRae—. ¿Por qué la lleva?

—¿Y si se la cambiaron para acusarlo?

—Tendría sentido. Le cambian su HK por otra idéntica. Asesinan al senador y se la vuelven a cambiar, sin que él se dé cuenta. Ya… Pero… Da Costa era un profesional. ¿Cómo se la cambiaron sin que se diera cuenta?

—¿Se sabe a quién pertenecía esa otra HK ?

—La existencia de esta nueva HK se ha descubierto ahora. En la investigación de entonces no se mencionó.

El teniente coronel tecleó la información de la segunda pistola en la computadora enlazada con la base de datos del Ejército.

En la pantalla aparecieron los diferentes propietarios del arma hasta el año 2038, en el que fue destruida.

Buscó quién era su propietario en el momento del magnicidio.

«John Murphy Hoeven» resultó el nombre señalado.

McRae pinchó sobre el nombre para recabar más información: «Nacido en 1990.

Asesinado de un disparo por la espalda el…

Escolta de varios cargos públicos… 71 pulgadas, 152 libras».

—¡Bingo! —exclamó la capitana.

McRae repasó la lista de gente a la que había prestado servicio. En la fecha del asesinato del senador Matt Coumenn, el nombre que apareció fue «Michel Smith Foley». Buscó más información sobre él: asesor ejecutivo en la incipiente empresa Coumenn Corporation.

—En resumen —aventuró Nadia—, John Murphy Hoeven, escolta del asesor ejecutivo Michel Smith Foley, asesinó al senador Coumenn.

El cambio de armas permitió alejar las sospechas de los dos y situarlas en el inspector jefe español, Da Costa, responsable de la seguridad del rey de España en aquella convención.

Y Murphy Hoeven es asesinado unos meses antes del juicio.

Así se cubrían las espaldas y el expediente quedaba cerrado.

—Es mucho especular —dijo McRae, apagando la pantalla—, pero creo que no vamos mal encaminados. Nos faltaría averiguar cómo se realizó el cambio de arma.

—Robert, enciende de nuevo la pantalla, por favor. Hay algo que me intriga.

—¿El qué?

—Los monjes nos dijeron que Da Costa dormía aislado porque tenía pesadillas y gritaba en sueños: «Hay que destruir Kein Platz». ¿Averiguaste qué es ese lugar?

—No he tenido tiempo, Nadia.

—Pues ahora es buen momento. Conecta el buscador del Ejército e introduce la clave de Seguridad Máxima, para obtener también la información clasificada como Top Secret .

McRae obedeció: Nadia escribió «Kein Platz». Segundos después aparecía la información:

Nombre asignado al superportaaviones de la clase USS Nimitz construido en el astillero Newport News Shipbuilding.

De las doce unidades construidas de este modelo, solo diez estuvieron en activo.

Una de ellas no se terminó de construir por problemas de presupuesto y otra quedó sin funcionar por un defecto en uno de los dos reactores nucleares de agua a presión Westinghouse…

Con 333 metros de eslora y 41 de manga, los USS Nimitz fueron los diez modelos de portaaviones más potentes y veloces de comienzos del siglo XXI , capaces de alcanzar los treinta nudos y albergar tres mil doscientos marineros y noventa aeronaves…

Nadia apoyó la cabeza sobre el hombro de McRae mientras el aparato continuaba soltando más y más datos.

Debido a los gastos provocados por la pandemia del covid-19 y de manera intempestiva, el Congreso solo autorizó la construcción de diez de los doce portaaviones previstos.

El undécimo tenía problemas graves en uno de los propulsores nucleares y no se reparó, por lo que nunca entró a funcionar ni se destinó a fines militares.

Años más tarde se rescató del astillero de Newport News Shipbuilding para habilitarlo como sanatorio psiquiátrico de presos muy peligrosos.

Fue bautizado como «Kein Platz», ya que vagaba por los mares sin que nadie conociera su localización, lo que impedía la fuga de reclusos.

Era un lugar sin lugar, como lo definían hace décadas: un pedazo de espacio flotante, que existía por sí mismo y cerrado sobre sí mismo, entregado a la infinitud del mar…

—El psiquiátrico penitenciario ideal —exclamó McRae.

La capitana comenzó a quitarse las últimas prendas del uniforme de guerra y se tumbó en el sofá, arropándose con una manta.

El teniente coronel le pasó la mano por encima del hombro.

Se sonrieron y se besaron, pero sin perder detalle de la información.

Debido a acusaciones de ONG y grupúsculos izquierdistas sobre si sus instalaciones se habían convertido en un lugar para experimentos médicos y genéticos no controlados por el Congreso ni por ninguna Agencia Federal, unido a que algunos reclusos consiguieron escapar, las autoridades penitenciarias decidieron clausurar el portaaviones como prisión de máxima seguridad.

Su ubicación actual es el cementerio naval de la base de la Guardia Costera, en la isla Kodiak de Alaska.

—Vaya, vaya —dijo Nadia—, a Kein Platz le ocurrió como a Alcatraz. Se le escaparon los presos y la cerraron.

—Creo que hubo algo más…

McRae apagó la pantalla. Abrazó a Nadia y le acarició el cabello.

—¿En qué te basas, Robert?

—No estoy seguro, pero mañana lo averiguaremos. A primera hora saldremos hacia Alaska, a la base naval de Kodiak.