Capítulo 9 La pesadilla #2
»Te tumbaste en el suelo con las piernas abiertas y las manos en la nuca, esperando la llegada de los soldados.
El foco te iluminaba. Has visto los grandes bloques de hielo en la orilla y las luces al fondo, a poco más de dos kilómetros.
Os acercáis a algún puerto en el Polo Norte o en la Antártida.
Los soldados te cachean. Ven la sangre en el pijama en la parte del hombro, pero lo que no saben es que la herida ya está cerrada.
Te ordenan ponerte de pie y que camines con las manos en la nuca hacia la torre del foco.
Obedeces. Al fondo ves la silueta de los celadores.
Uno sostiene en la mano una camisa de fuerza.
Te van a reducir hasta que concluyan cualquier experimento contigo y acabes con el pecho y el cráneo abiertos en la morgue de ese portaaviones.
»Valoras la posibilidad de reducir a los soldados y apoderarte de sus fusiles.
Reducirlos sería bastante fácil para alguien que se amamantó en las calles de las cuencas mineras del norte de España y se destetó en los cuadriláteros más mugrientos del mundo.
Si la hipótesis que barajas en ese instante es cierta, han experimentado contigo, pero no has muerto.
Lo único que han conseguido es que tu cuerpo responda bien y tu sistema inmunológico sea casi perfecto.
Podría ser lo que buscaban para luego extraerte la sangre y clonarla.
Con ella curarían enfermedades… O los pudientes se apoderarían del plasma y quien lo quisiera tendría que pagarlo. Te necesitan. Tú a ellos, no…
»Saltas sobre uno de los soldados, le arrebatas el arma y le golpeas con la culata.
Pierde el conocimiento y se desploma. El siguiente golpe lo recibe el otro, que también queda inconsciente.
Disparos desde la torre. Respondes con una ráfaga de fusil y destruyes el foco.
Oscuridad. La noche de luna nueva se convierte en tu aliado.
Aprovechas para quitar a los soldados inconscientes los cinturones con los puñales tácticos de doble filo y te los sujetas a la cintura.
»Colocas el cuerpo de uno de los soldados sobre el otro, recoges sus fusiles y te parapetas detrás, como en una trinchera.
La oscuridad sigue siendo tu amiga. Suben más soldados a la cubierta del portaaviones para desplegarse a lo largo de sus casi cincuenta metros de manga.
Tienes que ganar tiempo. La velocidad de ese monstruo de metal va aminorando, os acercáis a puerto.
Observas las luces. Deben de estar a doscientos metros.
Los soldados avanzan hacia la proa, a donde tú te encuentras, iluminando la cubierta con linternas.
Solo necesitas un par de minutos más: la costa está a escasos cincuenta metros.
Arrojas los dos fusiles por babor. El sonido contra el agua alerta a los soldados de cubierta, que disparan sobre el lugar del impacto.
No hay elección. Saltas a estribor. Cuarenta metros a nado hasta alcanzar la orilla.
Sobrevivir en esas aguas heladas y ser un hombre libre o morir de hipotermia. No hay más opciones».
Y sobreviviste.
Da Costa se puso ropa limpia y salió a las calles de Vallekas a mimetizarse con el terreno y sus gentes.
Aquella zona la conocía muy bien. Muchos años atrás era la avenida de Rafael Alberti y en el edificio que tenía al frente estaba la Biblioteca Miguel Hernández.
Ahora ignoraba el uso de esas instalaciones.
Caminaba seguro sobre el asfalto. Nadie le buscaba. O eso creía.
Desayunó café con leche y tres porras en un local perdido en una de esas calles que tantos recuerdos le traían: El Rincón de Madrid.
Nada había cambiado. El café lo seguían sirviendo en vaso de cristal, que quemaba los dedos al cogerlo, y las porras, recién fritas.
Deslizó la vista por aquellas paredes cubiertas de fotografías del bar en distintas épocas; una de ellas mostraba el origen del negocio familiar hacía más de sesenta años allá en el antiguo Aluche.
Ahora se trataba de una copia de los locales norteamericanos de antaño, con televisores delante de la barra para que los clientes eligieran el canal a su gusto y así de paso molestaran menos.
Se fijó en que las noticias las contaban unos monigotes, marionetas digitales con forma de seres humanos. No había rastro de locutores. «Canal Utopía», leyó en el borde derecho superior de la pantalla.
Según las últimas informaciones de la Dirección General para la Paz, nuestras tropas avanzan en la Frontera sin apenas bajas. Son como Juggernauts , imparables. Han conquistado cincuenta kilómetros cuadrados cerca de la antigua ciudad…
Un plano ilustraba la noticia, con unas flechas que indicaban los senderos por los que iban avanzando las tropas.
Ninguna escena de la guerra. Aquellos planos fueron sustituidos por imágenes de ciudadanos que paseaban por lo que parecía la antigua Gran Vía.
Vestían trajes de colores llamativos y estridentes: hombres con pantalones rojos con rayas verdes y chaquetas rosas con flores negras, como si fueran arlequines.
Las mujeres llevaban vestidos que retrotraían a los televidentes a la belle époque , con peinados que parecían sacados de una película de los años cincuenta del siglo veinte, todos eran muy gruesos e iban tatuados.
Por las calles no se veían coches: solo bicicletas de paseo, del estilo que Da Costa conocía como retro, y patines de colores chillones.
Cada uno de los paseantes sujetaba con una correa a una mascota.
La Dirección General de Salud Animal informa que la nueva Ordenanza de Protección y Bienestar Animal, ante la proliferación de cerdos vietnamitas y sus cruces con jabalís, los cerdoli , han dejado de ser especies protegidos por las sospechas de la transmisión del virus 2S2…
Da Costa prestó particular atención a la noticia.
Sus propietarios tienen la obligación de entregarlos a las autoridades de inmediato. Se prohíbe también la adquisición de cotorras argentinas y halcones peregrinos, que a partir del día de hoy quedan limitados a uno por familia. En cuanto al catálogo de especies exóticas invasoras…
Da Costa se fijó entonces en la mirada de los habitantes de Utopía 20AB que mostraba la pantalla. Aquella no era la mirada del tigre, la que construye mundos y abre épocas, sino la del cordero, la de los siervos, la de convencidos consumidores de cualquier mercancía que les vendiesen.
La Dirección General del Pensamiento ha emitido un comunicado que informa de la modificación de la Ordenanza de Buenas Prácticas en el Lenguaje.
Quedan prohibidas las palabras «gordo» y «gorda», por considerarse ofensivas para las personas con sobrepeso.
La transgresión será tipificada como delito de gordofobia agravado y penado con…
Qué absurdo, pensó Da Costa. En Utopía 20AB el sobrepeso era lo normal.
¿Cuánto debía pesar alguien para que se le llamase «gordo»?
¿Ciento cuarenta, ciento cincuenta kilos?
Sin embargo, a juzgar por sus rostros, nada le indicaba que fueran felices con tanta protección a los animales y aquella corrección descabellada del lenguaje.
Por otra parte, tampoco se adivinaba si sus ingresos les permitían llevar una vida holgada en sociedad.
Las cavilaciones de Da Costa se vieron interrumpidas.
Para finalizar el programa de hoy, damos paso a los comunicados de la Dirección General de la Felicidad: comienzan las rebajas en vehículos de movilidad individual, donde se disfrutará de libertad con los nuevos modelos de consumo eléctrico de tarifa plana.
Y como gran noticia para la libertad sexual, llega el momento de aprovechar los avances en cambios de sexo en las clínicas más avanzadas de Utopía.
«Consigue lo que deseas». Y ahora con precios más reducidos.
Clínicas Mont Samir, en Utopía 20AB, reduce los precios de las intervenciones por cambio de sexo un quince por ciento para que sean asequibles a todos los bolsillos y edades.
Además, recuerda que somos los únicos que garantizamos tres cambios de sexo sin peligro para tu salud…
—El caso es consumir, sea lo que sea —dijo en voz alta el camarero, un tipo delgado con mirada de lince, que hizo un breve silencio mientras secaba una copa, para añadir:
—En cualquier momento nos anuncian que, si quieres, puedes implantarte una polla en la cabeza.
Ajeno al comentario, Da Costa volvió la vista hacia otro televisor, donde el monigote-locutor, apenas un fantasma de código, en este caso había sido reemplazado por una muchacha que se encontraba delante de un edificio.
La Oficina del Censo informa que el Estado-Nación de Vallekas ha alcanzado los tres millones ciento sesenta y un mil habitantes. El cincuenta y uno por ciento es natural de Vallekas y el cuarenta y nueve por ciento procede principalmente de…
En la fachada del edificio se podía leer: «Presidencia Gobierno Vallekas». Un logo cruzaba la esquina superior izquierda de la pantalla, con la leyenda: «TV-Kas».
Por otro lado, la Junta de Gobierno de Vallekas ha incluido la limpieza y cuidados de los parques como trabajo comunitario. Son prioritarias las personas sin recursos, que se beneficiarán de alojamiento y manutención al inscribirse en el programa. Los interesados deben pasar por las oficinas de…
Da Costa pagó el desayuno y se despidió del camarero, que seguía puliendo su sarcasmo con las operaciones de cambio de sexo que ofrecía la televisión de Utopía 20AB.
Antes de acudir a sus obligaciones de entrenador de reclutas, tenía que visitar su antigua vivienda y los locales en los que su amigo el Coronel había tenido la librería de viejo hacía más de sesenta años.
Necesitaba regresar al pasado para conocer su futuro.