Vallekas 2084 Capítulo 9 La pesadilla
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Capítulo 9 La pesadilla

La pesadilla

«T E DESPIERTAS . Es una habitación grande, blanca y muy iluminada.

Hay un gotero de suero con una aguja incrustada en la vena de tu antebrazo derecho.

Parece la habitación de una enfermería. Te quitas con cuidado la aguja.

Llevas puesto un pijama de hospital. Te levantas y miras a través de los cristales de la ventana.

No se ve nada. Todo es negro. No sabes dónde estás.

Las paredes tampoco te aclaran nada, no tienen ningún cuadro ni televisión.

Nada. Solo el silencio y una iluminación de luz blanquecina.

Abres la puerta del habitáculo. Un enorme pasillo vacío e iluminado frente a ti, con decenas de puertas a cada lado.

Caminas descalzo por el pasillo. Ningún ser vivo.

Oyes pasos. Regresas a la habitación y dejas la puerta entreabierta para ver quién recorre este paraje.

»Extraño. Hace poco tiempo estabas en el corredor de la muerte, a pocos días de que te ejecutasen.

Te ofrecieron ser voluntario en un experimento y te apuntaste.

También recuerdas haber ido en un vuelo nocturno con otros presidiarios que se habían apuntado a esa oferta: ibais a ser conejillos de Indias a cambio de que os conmutaran la pena.

»Ahora identificas los pasos que oíste hace un momento.

Dos soldados con fusiles en bandolera y chalecos antibalas.

Inquietante: el Ejército escolta las habitaciones de un hospital.

Tal vez tiene sentido: si todos sois reclusos en un experimento, no podéis escaparos, por lo menos con vida.

También indica que se trata de un experimento federal. Nada queda al azar.

»Corres en dirección opuesta a los soldados y abres la puerta por la que han aparecido.

¡Maldita sea! Vas descalzo y te has golpeado el pie.

El dedo meñique sangra. Sigues adelante.

Miras por el hueco de la escalera: una planta hacia abajo y cuatro hacia arriba.

Bajas. Abres la puerta. Una morgue. Sobre mesas de zinc se amontonan cuerpos cubiertos por sábanas.

Te acercas y corres las fundas. Identificas algunos rostros: pasajeros que te acompañaron en el Boing 737 nocturno.

Voluntarios muertos con el pecho y el cráneo abiertos.

Les han practicado una autopsia y quitado muestras de tejido.

Experimentan con los cuerpos. Miras otros cadáveres.

Hay mujeres, niños… Incluso un recién nacido.

No eran voluntarios del corredor de la muerte.

¿Qué experimento es este? ¿Qué buscan? ¿Qué quieren conseguir?

»Hay un hedor insoportable a carne quemada. Te acercas al lugar de donde procede. Parecen crematorios. Abres la compuerta. Ves un montón de ceniza en su interior. Han calcinado hace poco algún cuerpo.

»Otra vez oyes pasos. Te ocultas detrás de una columna. Dos celadores llevan en una camilla lo que parece el cuerpo de una mujer. Lo depositan sobre otra mesa de zinc, lo tapan con una sábana y se alejan. Te acercas. Le tocas la muñeca: no tiene pulso. Aún no le han practicado la autopsia.

»Ahora te fijas en que la herida de tu pie se ha cicatrizado sin dejar rastro. Se ha curado en unos minutos y no ha quedado señal. Extraño, muy extraño.

»Te asomas al hueco de la escalera y decides subir al último piso, hasta la azotea. Desde allí comprobarás qué edificio es este y en qué ciudad te encuentras.

»¿Qué ocurre? El edificio se ha movido y ha regresado a su posición originaria. Es como si se hubiese producido un seísmo que apenas ha afectado a la estabilidad de este hospital.

»Corres deprisa por las escaleras antes de que nadie te vea.

No te encuentras fatigado y has subido casi cien escalones.

Tu corazón y tu respiración apenas se han visto afectados.

Heridas que sanan de inmediato y ausencia de cansancio.

No puede ser real. Se trata de un sueño, una pesadilla. Sospechas.

»En la última planta abres un poco la puerta.

Otra pareja de soldados armados y con chalecos de kevlar recorre el largo pasillo.

Cierras sigilosamente. Te fijas en que en este hueco de escalera hay una escala que desemboca en una claraboya por la que se accede a la azotea.

Asciendes y abres la portezuela. Hay hielo y la nieve cubre parte del tejado.

Sopla mucho viento. A tu lado ves las ruedas de un avión.

Quizá sea la aeronave que os transportó hasta aquí.

El tejado del hospital se extiende por varios cientos de metros y parece una pista de aterrizaje.

El foco luminoso de una torre recorre la azotea.

Te ocultas tras las ruedas de la aeronave al paso del haz de luz.

»Una puerta se abre en la base de la torre sobre la que se halla el foco.

Parece la de un ascensor. Salen dos celadores con una camilla en la que reposa un bulto cubierto con una lona.

Debe de ser un cuerpo. Los hombres van abrigados con pantalones, gorros y guantes de alta montaña.

De sus bocas sale un aliento blanquecino.

“Han bajado las temperaturas a diez grados bajo cero y la noche será peor”, oyes decir a uno de ellos.

»Estás descalzo y no sientes el frío. ¡Qué extraño! Cuando salisteis de la prisión era verano. No pueden haber transcurrido varios meses, por lo que os han trasladado a un lugar al norte. A lo mejor estás en una ciudad de Alaska, piensas.

»Los celadores se aproximan al borde de la azotea y basculan la camilla. No es un cuerpo. Se trata de un montón de ceniza que sueltan al vacío. Dos soldados que patrullan el tejado se acercan a los celadores para charlar.

»El foco te ha localizado. “Alto o disparo”, grita una voz desde lo alto de la torre.

No haces caso y corres en sentido contrario por la azotea que debe de tener medio kilómetro de larga.

“Esto es Kein Platz y no hay salida”, vociferan los altavoces.

Oyes el sonido de un disparo. El tiro ha sido al aire.

“El próximo disparo será a su cuerpo”, advierte la voz, imperturbable.

Sigues corriendo hacia la cornisa. Un nuevo disparo.

Sientes la bala entrar por detrás, a la altura del hombro.

Atraviesa el deltoides, rompiendo algunas fibras.

Duele mucho. Ves salir por el frente la bala y adelantarte, hasta que pierde fuerza y cae sobre la nieve a pocos metros.

Por el orificio de tu hombro brota sangre.

Sigues corriendo. El foco, que no cesa de moverse, te persigue.

»Quedan unos metros para llegar al final.

Igual puedes descender desde la azotea a la calle, piensas.

Tal vez bajando por los canalones. Corres más deprisa.

Llegas al final. Te detienes. Todo es muy extraño.

Heridas que se curan de inmediato, un cuerpo que no siente la fatiga, tampoco el frío extremo.

Y ahora compruebas que la herida del hombro se ha cerrado, como si nunca hubiese existido. Pareces vivir en un sueño.

»Alzas los brazos en señal de rendición al ver hasta dónde has llegado.

“Esto es Kein Platz y no hay salida”, oyes de nuevo.

Te giras con los brazos en alto y las palmas abiertas.

“Túmbese en el suelo boca abajo con las piernas abiertas y las manos sobre la nuca», ordenan desde la torre de control. Esto no es la azotea de un hospital. Kein Platz es un enorme portaaviones, posiblemente nuclear, en medio del océano Ártico y te hallas en su proa. Y no hay salida”.

Da Costa despertó, como siempre, empapado en sudor.

Se levantó y se fue a la ducha. Antes se miró en el espejo del baño.

La barba cuidada y recortada y las pestañas pintadas con kohl árabe le daban un aspecto de califa moderno.

Da Costa lo usaba para disimular sus facciones y dificultar los controles a distancia del iris que los agentes de la Coumenn realizaban de forma aleatoria.

La señorita Hetty le había conseguido un pequeño apartamento en Vallekas, que disponía de salón comedor, un baño y una habitación.

El alquiler lo pagaba a cambio de trabajo comunitario.

«Como usted es personal trainer y además parece un entendido en el manejo del punching ball , creo que nos será de mucha utilidad entrenando a los muchachos», apuntó la anciana.

Le asignaron una hora y media diaria para dirigir los entrenamientos básicos de los jóvenes reclutas, con el objetivo de ponerlos en forma para empresas superiores.

Da Costa sintió el agua tibia de la ducha y cerró los ojos.

Tenía que ordenar sus pensamientos si aspiraba a quedarse en Vallekas.

Ya no tarareaba los tangos que antaño lo relajaban mientras le caía el agua.

Ahora se limitaba a sumergirse en sus recuerdos.

Sin embargo, llegaron a su mente aquellos versos de ¡Maldito tango!

, del chileno Osmán Pérez y el porteño Luis Roldán, una canción de hacía ciento setenta años:

Hoy que ya soy espectro del pasado

pido al ajenjo la fuerza de olvidar…

«Ojalá se cumplieran esas palabras», se dijo, pero se fue dejando torturar con los dolorosos recuerdos, sin que nadie ni nada le diese fuerzas para olvidarlos. Volvió una vez más a Kein Platz.