Vallekas 2084 Capítulo 8 La persistencia de una duda
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Capítulo 8 La persistencia de una duda

La persistencia de una duda

S ObrE LA MESETA de Edwards del condado de Upton, Texas, en el templo Shaolin, la alerta emitida por McRae provocó la irrupción en el santuario de doce soldados armados que rodearon a los monjes mientras estos mantenían en el suelo al teniente coronel y al sargento mayor.

Desde el cielo se oía el zumbido del rotor del helicóptero Black Lightning, que, gracias a los infrarrojos del visor, distinguía el movimiento de las personas en el interior del santuario.

—¿Se encuentran bien? —gritó Nadia.

Los monjes comenzaron a separarse despacio de Robert McRae y de Ronald Wer y a situarse con la espalda pegada a las paredes de adobe, sin perder detalle de los movimientos de los uniformados.

—Todo correcto —dijo McRae, alzándose.

Nadia se acercó al teniente coronel, que estaba ayudando al sargento a levantarse.

—¿Qué ha ocurrido?

—Cuando quisimos llevarnos los pliegos escritos por Da Costa, los monjes nos lo impidieron.

—Y yo sigo sin saber qué me hicieron en el meñique —se quejó Ronald mientras se quitaba el guante para comprobar el estado del dedo.

McRae buscaba con la mirada al maestro senséi Ge Zhou, que sobresalía entre los monjes con la cabeza erguida y una actitud que, aunque no insolente, sí se mostraba firme. McRae se situó a su altura y el monje inclinó la cabeza.

—Deje ya de hacer reverencias. A mí no me engaña con esa falsa modestia.

—Solo cumplo con la tradición de mis antepasados.

—Ante la Brigada Génesis no existe tradición alguna. Nosotros somos destructores de tradiciones y creadores de la New Reality.

Ge Zhou se limitó a inclinar la cabeza.

—Capitán Nadia —llamó McRae.

—Señor…

—¿Tenemos kit forense en el Humvee-Omega?

—Sí, mi teniente coronel.

—Voy a comprobar algo. Mientras tanto confío en sus dotes de negociación para que este monje nos entregue los documentos escritos por Da Costa.

—Descuide, señor.

McRae abandonó el recinto, camino del blindado.

Entró en la parte trasera y desplazó una portilla.

Allí se hallaba un maletín sujeto al vehículo por unas bridas.

Las desenganchó para extraer la valija. Al salir del vehículo con el maletín en mano, oyó una ráfaga de balas y percibió el olor a paja quemada.

La capitana había comenzado el proceso negociador con el maestro Ge Zhou.

El teniente coronel se dirigió hacia las cabañas dormitorio.

Allí buscó la de Da Costa, entró en el habitáculo y cerró la puerta de bambú.

Abrió el maletín y desplegó unos plásticos negros que fue adhiriendo a paredes y puerta para tapar cualquier rayo de luz que pudiera colarse.

Al cabo de pocos minutos, la habitación se encontraba sumida en la oscuridad más absoluta.

Cuando los monjes le habían enseñado aquel dormitorio, no le habían interesado demasiado los indicios que se pudieran encontrar, pero ahora las circunstancias habían cambiado.

En ese instante oyó el silbido de la trayectoria de un misil del Black Lightning. La potente explosión de la carga rompió la quietud del lugar. La capitana Nadia estaba apostando fuerte para atemorizar a los monjes.

McRae sacó del maletín un artefacto en forma de cilindro, que colocó en medio de la choza, lo activó y comenzó a emitir una luz azulada.

Se ajustó la visera del casco y pulsó un botón.

En la esquina derecha de la pantalla se proyectaron unos números que indicaban la longitud de onda de aquella luz.

Presionó el cilindro hasta fijarla en 395 nanómetros.

Miró detenidamente alrededor. No detectaba ni huellas ni restos de sangre u otros fluidos en paredes y puertas.

Se fijó de nuevo en la esterilla del suelo.

Notó la misma pelusilla que había detectado antes.

Sacó una bolsa del maletín e introdujo una muestra de aquellos restos.

Después extrajo un aparato para pasarlo por la esterilla.

La sustancia con la que estaba impregnado aquel rodillo recogió decenas de pelos minúsculos y motas de algo desconocido.

Introdujo todo en una bolsa y continuó escrutando con rigurosidad cada esquina del habitáculo.

Una vez terminada la exhaustiva revisión, recogió el material y lo guardó en el maletín.

Antes de salir de la cabaña se oyó el silbido de un nuevo misil y la consiguiente explosión, seguido de los balidos agonizantes de los animales.

Un par de misiles más y el templo Shaolin asentado en la meseta de Edwards sería un recuerdo de los lugareños.

McRae salió rápido del cobertizo para guardar la valija en el Humvee Omega.

Un humo negruzco cubría parte de los alrededores y el aire arras traba el olor a carne quemada del ganado.

Los quejidos resquebrajaban la suave brisa de aquel atardecer.

A lo lejos se podía distinguir una cadena de monjes que se pasaban entre sí calderos llenos de agua para apagar el fuego.

El teniente coronel regresó a la sala donde había dejado a los soldados, al maestro Ge Zhou y al resto de monjes, que de rodillas formaban una semicircunferencia alrededor de los uniformados. Oraban con la cabeza inclinada, los párpados apretados con fuerza y las palmas de las manos juntas.

—Maestro Ge Zhou, supongo que ha oído a sus moribundos animales.

Ge Zhou prosiguió de rodillas, con los ojos cerrados y en silencio, con un inapreciable movimiento de labios, como si estuviera en trance.

Ronald se acercó a McRae.

—Señor, ¿puedo hablar con usted?

Situándose de espaldas a los monjes, el sargento mayor susurró:

—Usted sabe que si no hubiese sido soldado me hubiese dedicado profesionalmente a la lucha…

McRae asintió.

—Intuyo cuando alguien está a punto de lanzar sus últimas energías contra un enemigo. Es el todo o nada.

—Sé a lo que se refiere. He percibido esa tensión al entrar a la sala.

—Los rezos son simulados. En realidad, son cargas de motivación para sus venas y su espíritu. En cuanto los terminen, saltarán al unísono contra nosotros. Habrá muertos en los dos bandos. No tengo dudas de que venceremos, pero jamás encontraremos los pergaminos…

—¿Dónde los tienen?

—No lo sé. Han desaparecido delante de nosotros.

—¿Qué propone?

—Que se queden con los pliegos de Da Costa…

—No podemos renunciar a ellos.

—Con el debido respeto, señor, no he dicho eso.

—¿Entonces?

—Hasta ahora habíamos caminado por el templo y los alrededores sin problemas ni cortapisas. Los visores de nuestros cascos lo han grabado todo y ellos no se han molestado.

—Siga, sargento, creo que le entiendo.

—Que se queden con los textos físicos originales, pero antes les pediremos que nos los dejen filmar.

—Puede que dé resultado.

McRae se arrodilló a su lado y, con una voz que sonaba a lamento, le dijo:

—Maestro, no queremos los documentos escritos por «El que nunca envejece»… —En ese instante el monje abrió los ojos y McRae continuó—: Pertenecen a su orden y pueden quedarse con ellos.

—¡Qué es lo que quieren entonces!

—Nosotros filmamos el contenido y nos largamos.

—¿Tengo su palabra de guerrero?

—Tiene mi palabra.

El senséi se irguió y gritó algo incompresible a los monjes, que se pusieron en pie. Con la mirada señaló a uno de ellos y lanzó unas palabras en tono imperativo. El monje se acercó y extrajo del interior de su chaquetilla uno de los pliegos, que llevaba enrollado alrededor de su cuerpo.

—Grabe —ordenó Ge Zhou.

—¿Y el resto? —inquirió McRae.

—No se preocupe. Grabe el primero y el resto aparecerá.

McRae hizo un gesto a Nadia para que se acercara hasta el pliego y lo grabara con el visor del casco.

Al terminar, el monje que lo había tenido oculto volvió a enrollárselo alrededor del cuerpo sin que apenas se dieran cuenta y salió de la sala.

Otro monje se acercó a la capitana y desplegó el segundo de los lienzos.

Instantes después, el segundo monje se retiraba como el anterior.

Así hasta llegar a Ge Zhou, que sacó el pliego que custodiaba y lo extendió ante ellos.

En esta ocasión, por deferencia, fue grabado por McRae.

—Gracias, maestro —dijo McRae en voz baja—. Se han evitado muchas muertes.

—¿Cuándo se marchan?

—Ahora mismo.

El teniente coronel dio orden de partir a todo el equipo. De uno en uno, cubriéndose las espaldas, los soldados fueron abandonando el templo y subiendo al Humvee-Omega.

La capitana Nadia Conner transmitió a la tripulación del helicóptero que abandonase los cielos y regresase a la aeronave.

Poco después, el vehículo arrancó hacia el Tigre Azul. McRae veía por el retrovisor cómo el templo se iba alejando de ellos. Ge Zhou seguía en la puerta mientras los monjes trasladaban agua hacia la majada.

Aquello había sido más duro de lo que en un principio había creído. Esta gente era capaz de morir por defender lo que consideraban suyo y, al contrario que en épocas pasadas, ya no tenían miedo a las tropas de la Brigada Génesis.