Capítulo 6 El templo #3
En el interior del Tigre Azul, los soldados seguían el combate con gran alboroto.
«Ronald se lanza sobre el chino… No consigue sofocarlo con su abrazo de oso, se le ha escurrido entre las piernas enroscado como un ovillo…
», transmitió McRae. «Se gira y lanza un puñetazo a la mandíbula del chino.
Se ha agachado, el puño pasa por encima.
Chicos, ese puñetazo ha sido como la coz de una mula, el zumbido en el aire ha llegado hasta mí.
En su posición baja, el chino le ha conectado un golpe en el estómago.
Ronald se resiente y se aleja, pero no está tocado.
El problema de Ronald es que no es capaz de agarrar al chino y se está desgastando mucho.
Suda y jadea en exceso. El calor es su mayor enemigo.
Su contrincante golpea y se aparta fuera del alcance del sargento. Combate como un guerrillero».
Un golpe rápido y seco con las puntas de los dedos en la base del cuello de Ronald lo dejó atontado. El sargento quedó inmóvil. Sus brazos cayeron, meneó la cabeza y se derrumbó sobre el tatami como una marioneta sin cuerdas. «Chicos, esto se acabó», concluyó McRae.
Una vez recuperado, el sargento se dirigió hacia la posición del teniente coronel a recoger sus armas y el traje de kevral y el casco.
—Joder, no vi llegar ese golpe.
—No tiene importancia, sargento. Así recordará que nunca hay que subestimar al enemigo.
McRae ayudó a su subordinado a colocarse de nuevo las Doll Gun en los antebrazos.
—Se acabó el espectáculo. Muéstrenos dónde pasaba el tiempo «El que nunca envejece».
El anciano encaminó sus pasos hacia un portón de roble al fondo del hangar.
Los dos monjes que formaban su séquito se adelantaron y abrieron las hojas de madera, inclinaron la cabeza al paso del anciano, al que seguían McRae y Ronald.
El monje se adentró en una enorme nave de barro y adobe con tejado de paja, en la que había dispuestas diez mesas, sobre una de las cuales dos sacerdotes —los dos que faltaban por localizar— estudiaban un manuscrito.
El teniente coronel reconoció atentamente el edificio y se dispuso a grabarlo: «Entramos en la biblioteca.
Libros de papel inundan las estanterías de bambú.
Sobre las mesas, plumas de ganso y tinteros».
—Ronald, registre minuciosamente la parte izquierda —ordenó McRae.
Fueron grabando los lomos de todos los libros de las estanterías.
—¿Cuántos ha almacenado, sargento?
—420003.
—Bien, con los míos hacen 900034.
McRae se acercó al monje, apoyó las manos en una de las mesas de lectura, miró hacia los anaqueles y le preguntó:
—Los libros de papel casi han desaparecido. ¿Cómo los consiguen?
—Son donaciones de amigos. Nos llegan de todas partes del mundo.
—La ley obliga a registrar cada donación.
El monje inclinó la cabeza, se acercó a una repisa y extrajo un cuaderno de contabilidad.
—Todo está anotado aquí.
Con un gesto del mentón, el teniente coronel indicó a Ronald que se acercase para grabar las anotaciones.
McRae prosiguió contemplando la enorme biblioteca.
«Aquí hay algo que se me escapa», murmuraba el teniente coronel por el micrófono interior.
«Perseguimos a un sujeto que se ha hecho visible hace semanas.
Si hubiese continuado aquí dentro, nadie se hubiese enterado de su existencia.
No tiene sentido. ¿Por qué abandonó este refugio?
». Contempló de nuevo las estanterías, que llegaban hasta el techo.
«Aunque la clave no debe estar en el porqué, sino en para qué», reflexionó.
«Abandonó esta secta para hacer algo. Algo busca o quiere del mundo exterior.
Ahí debe estar la clave para localizarlo en algún arrabal de la Tierra. Y lo voy a averiguar».
El sargento mayor, que había finalizado la tarea encomendada, se dirigió hacia McRae.
—Señor, ¿qué hacemos ahora?
Su superior no hizo amago de responderle. Por fin, rompió el silencio:
—¿Señor Ge Zhou, mientras «El que nunca envejece» estuvo aquí seis décadas, nunca salió al mundo exterior?
—Sí, cada luna llena.
El mayor anotó el dato.
—¿Eran salidas muy prolongadas?
—Una o dos noches.
—¿Sabe qué libros leyó?
—Sé que pasaba mucho tiempo en la biblioteca.
El visor del casco del sargento Ronald Wer no detectaba ningún material electrónico. «Ni internet», se dijo McRae.
«Hipótesis primera: las salidas del templo cada luna llena posiblemente se producían para entrar en el ciberespacio». Sus ojos se fijaron en las plumas de ganso y los tinteros.
—¿Escribió algo?
El anciano asintió y se acercó a una repisa, cogió unos legajos de hojas de color ocre y se los mostró a McRae.
—Aquí están sus anotaciones.
—Tendremos que llevárnoslas.
El gesto de Ge Zhou se tornó grave.
—Ah, no. Nada que pertenezca a la orden puede salir al exterior.
McRae apretó la mandíbula.
—Deme esos papeles de inmediato.
—Lo siento.
El teniente coronel se abalanzó sobre el viejo senséi para arrebatarle los pliegos, pero, tras un veloz quiebro del monje, se vio en el suelo.
El sargento mayor se lanzó sobre el anciano, pero algo que no supo identificar le apresó el dedo meñique y se lo retorció.
Sintió un dolor en una vértebra lumbar que se transformó rápidamente en un pinchazo similar.
Quedó inmóvil de cintura para abajo, cayendo también al suelo.
Impotentes, los dos soldados se vieron rodeados por una docena de monjes.
McRae activó el micrófono.
—A Tigre Azul…
—Adelante, señor.
—Venecia. Código amarillo.