Vallekas 2084 Capítulo 6 El templo #2
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Capítulo 6 El templo #2

«Dos menos. Quedan quince monjes por ubicar», pasó Ronald por el micrófono interno, mientras la comitiva proseguía camino hacia una hilera de cabañas.

Ge Zhou se dirigió hacia la cabaña decimosexta.

Apartó la cortina que servía de puerta y se adentró en el habitáculo vacío —una esterilla de bambú cubría parte del suelo de arena— con una pequeña ventana por la que se veían oteros de piedra rojiza.

«Esos montículos deben contener mercurio.

Habrá que reportar a la dirección de la Coumenn por si le interesara su explotación», masculló McRae casi al oído de Ronald, dirigiendo el visor de la cámara a través del ventanuco para grabar el paisaje cobrizo.

—Esta era su celda —dijo el monje.

—¿Solo la ocupaba él? —preguntó el mayor.

—Sí, no le dejábamos dormir en los dormitorios comunes…

—¿Por qué?

—Tenía pesadillas y despertaba a los otros monjes.

—¿Qué tipo de pesadillas?

—Lo desconozco. Se despertaba en mitad de la noche gritando: «Hay que destruir KEIN PLATZ ».

—¿Qué es Kein Platz? —preguntó intrigado McRae.

—Nunca nos lo contó.

—Mi teniente coronel —interrumpió el sargento mayor con una sonrisa, señalando la esterilla del suelo—, estos tipos son más duros que nosotros.

McRae no contestó y se limitó a grabar la estancia, mientras pasaba el dedo enguantado por la esterilla. Algo parecido a pelusilla se le adhirió.

—¿Pueden mostrarnos dónde pasaba el resto del tiempo?

El monje inclinó de nuevo la cabeza y salió del habitáculo, encaminando sus pasos en sentido contrario al jardín. La comitiva le seguía a dos metros de distancia. Solo el gigantesco Ronald parecía inquieto.

En menos de veinte metros se introdujeron en un cobertizo de barro y paja. «Uno, dos…, cinco…, ocho…, doce… y trece. Quedan dos por localizar», retransmitió McRae a la aeronave.

La quincena de monjes se encontraba en lo que parecía una sala de entrenamiento de artes marciales.

McRae exploró el lugar filmándolo, al tiempo que narraba cada detalle para la tripulación del Tigre Azul: «Dos sobre una tarima practicando sanshou , siete estiran músculos en el suelo, cuatro se ejercitan con el bastón del diablo y dos parecen iniciar un combate».

Todos los monjes del barracón, ajenos a los recién llegados, formaron un corro en el tatami central alrededor de dos de ellos, que comenzaban el combate en sanda .

El cortejo de Ge Zhou, con McRae a su lado, también se arrimó al círculo.

Los contendientes —con chaquetilla de shuajiao blanca con ribetes nazareno— se saludaron y enseguida se apartaron cuatro metros, estudiándose entre sí.

—¿«El que nunca envejece» también dedicaba tiempo a la sanda ? —preguntó McRae al oído del anciano.

—Como todos.

—¿Era buen luchador?

Ge Zhou le miró interrogativo y le respondió:

—Imagine a alguien que ya era buen luchador y que durante casi sesenta años se especializa en sanda .

—¿Poseía alguna habilidad especial?

—Sí, durante esas décadas cultivó una capacidad difícil de igualar: era capaz de convertir cualquier objeto, por muy inofensivo que fuera, en un arma mortal.

McRae tragó saliva y apretó la mandíbula, de modo que la cicatriz se marcó en su rostro.

Tras el estudio previo entre los combatientes, la sanda comenzó.

Los luchadores empezaron a lanzarse patadas a los costados y al rostro.

Lo que más llamó la atención de McRae fue el uso del codo: cuando los cuerpos estaban muy próximos, era el codo, y no el puño, el arma elegida.

Al cabo de tres minutos, un golpe en la base del cuello tumbó a uno de los púgiles.

El vencedor se le acercó, lo saludó con una inclinación de cabeza y le ofreció la mano para que se incorporara.

Los dos combatientes saludaron a los presentes.

—Me gustaría medirme con ese chino —dijo Ronald, mirando hacia McRae.

—Sargento, usted debe pesar cien libras en músculo más que él. Y esto no es wrestling…

—Es sanda , mayor, pelea libre. El peso influye poco.

El anciano monje, que había oído la conversación, extendió el brazo invitando a Ronald a entrar al tatami. El resto abrió un pasillo.

—¿Da su permiso, señor? —preguntó el sargento a McRae, que asintió de mala gana.

El gigantesco Ronald se quitó el casco y se desprendió de las armas que portaba en los antebrazos y se las entregó al teniente coronel.

Se quitó entonces la chaqueta de kevral y se encaminó descalzo hacia el recinto de lucha, vestido solo con los pantalones de camuflaje.

Saludó a su contrincante con la obligada inclinación de cabeza y se separó de él cuatro metros.

«Le saca cien libras de peso y cuarenta centímetros de estatura. Esto es un despropósito», murmuró McRae a través del micrófono para que le oyesen en la aeronave.