Vallekas 2084 Capítulo 6 El templo
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Capítulo 6 El templo

El templo

El Tigre Azul había completado el viaje desde la base militar en Virginia Occidental en menos de una hora.

Era capaz de destruir ciudades con los misiles nucleares tácticos de sus alas o de convertir con sus bombardeos de protones cualquier huella humana en una ilusión.

En su interior transportaba los terribles helicópteros Black Power y los Aéreo-Humvee-Omega, blindados aptos para trasladar por tierra, mar o aire una docena de soldados armados.

—Ahí está el templo de las pelotas —indicó el sargento mayor Ronald.

La tripulación se asomó a la ventanilla más próxima y vio una explanada cubierta de piedras planas delante del templo, en cuyo centro se elevaba un pedestal con una estatua de Buda.

Junto al templo se adivinaban varios barracones, posiblemente para animales.

Interminables arrozales, limítrofes con un bosque de pinos de Virgina y robles rojos españoles, rodeaban el complejo.

—El templo Shaolin original se construyó en medio del bosque del monte Shaoshi —informó el sargento mayor Ronald con aire de suficiencia—. Este parece que sigue las mismas trazas.

La capitana Nadia Conner, que llevaba los mandos del Tigre Azul, planeó dos veces sobre el edificio.

Solicitó información al ordenador de la aeronave sobre el número de personas que había en aquel trozo de tierra: «54», fue la respuesta.

A continuación tres drones sobrevolaron veloces la zona, trasladando las imágenes al centro de control del Tigre Azul.

En las pantallas de la aeronave se divisaban diez monjes en los arrozales y otros tres con un rebaño de ovejas, que miraban en dirección a los drones.

Quedaban treinta y nueve por localizar. A cuatro metros del suelo y media milla de distancia, la aeronave situó la fachada principal del templo y fue descendiendo lentamente.

La pantalla del escáner de infrarrojos del cuadro de mandos mostró los movimientos de los seres vivos en el interior del santuario y el radar de la aeronave inspeccionó el interior con el detector de metales.

Con esa información, la capitana replegó los drones al Tigre Azul.

—No hay armas de fuego —informó Nadia.

—Aterrice —ordenó el teniente coronel.

Al tomar tierra, ordenó:

—Por ahora solo buscamos respuestas. Así que únicamente bajaremos Ronald y yo. Los demás estén preparados por si nos vemos obligados a reducir este asentamiento a cenizas.

—¿Vamos desarmados? —preguntó el sargento mayor.

—Llevaremos las Doll Gun —dijo McRae, cogiendo las muñequeras de metal—. Nada de armamento pesado.

—Mi teniente coronel —solicitó la capitana—, si hay alguna emergencia, ¿cuál será la voz en clave?

—Venecia, seguida del color indicativo de gravedad.

El teniente coronel y el sargento mayor se colocaron alrededor de los antebrazos unos protectores de goma y sobre ellos anclaron las muñequeras metálicas.

Deslizaron sobre ellas un cilindro metálico hasta que se ajustó.

En el extremo se distinguían dos orificios: uno para arrojar descargas eléctricas de mediana intensidad y otro para disparar balas explosivas.

Se instalaron una Doll Gun en cada antebrazo.

De todas las teclas de la botonera digital del cinturón, comprobaron dos: la carga eléctrica, que estaba llena, y la cantidad de proyectiles, treinta.

A continuación, introdujeron los receptores de radio en los oídos y se ajustaron el casco integral blindado.

El teniente coronel y el sargento mayor se subieron a un acorazado Humvee-Omega negro de cristales blindados y tintados y bajaron por la rampa desplegada en la parte trasera del Tigre Azul. Media milla de arena rojiza les separaba del templo.

A la puerta del santuario, les esperaba un monje vestido con túnica color oro bordada en azabache. Llevaba la cabeza rasurada, los pies descalzos y las manos apoyadas sobre el pecho.

—Lo que nos faltaba: un recepcionista chino —masculló el sargento.

Los dos militares bajaron del vehículo y fueron a su encuentro. Ambos comenzaron a sudar. La pantalla del casco marcaba una temperatura exterior de 90 grados Fahrenheit.

El monje inclinó la cabeza. McRae le imitó, tapándose el puño derecho con la palma izquierda y los acercó a la barbilla, que inclinó.

—Bienvenidos —saludó el monje.

«¿Cuántos tienes controlados?», preguntó McRae por el circuito interno de comunicación. «Cuatro a la izquierda», dijo el sargento mayor. «Yo distingo cinco a la derecha, más el que nos recibe. En total, diez», cerró McRae.

Uno de los sacerdotes situado a la derecha les dio la bienvenida con un ademán de cabeza.

McRae no supo calcular la edad. «Viejo. Edad indeterminada», masculló por el micrófono para que quedara grabado en los archivos de la aeronave como en un cuaderno de bitácora.

«Por el gesto, debe de ser el subjefe», bromeó.

Después apretó uno de los botones del cinturón para filmar los alrededores con la cámara del pecho.

Al acercarse se fijó en las manos del anciano que los recibía en la puerta principal del templo.

Eran de senséi : iguales a las del fugitivo al que buscaban.

Al traspasar el centro de la plazoleta enlosada, donde se erigía la estatua de Buda, McRae comunicó por circuito interno: «A partir de ahora únicamente contaremos con la grabación de Ronald». «Recibido», contestó la capitana Nadia.

—Soy el teniente coronel Robert McRae —dijo, levantando la pantalla del casco y elevando la palma de la mano extendida—, jefe de los comandos Alfa-1 de la Brigada Génesis. Hemos venido a recabar información.

—Acompáñenme, por favor —indicó el monje.

Los dos militares le siguieron tensos, observando cuanto les rodeaba.

A cada lado del ancho pasillo, sobre cuyas paredes colgaban retratos al óleo de antiguos maestros de la comunidad, doce monjes en hilera les saludaron con una leve inclinación de cabeza.

«Diez en los arrozales, tres con las ovejas, diez pululando en la puerta principal, doce en el pasillo, más el que nos guía hacen treinta y cinco.

Faltan diecisiete», mascullaba McRae por el intercomunicador.

—Tomen asiento —dijo el monje.

Los militares obedecieron. El monje se sentó al lado sobre una alfombra con la efigie de un Tigre de Bengala bordada.

—Soy el maestro Ge Zhou. ¿En qué podemos ayudarles?

—Sargento, muéstrele la imagen.

Mientras Ronald abría un maletín y desplegaba dos antenas del interior, el teniente coronel observó la sala: paredes cubiertas de grandes tapices ilustrados con animales.

«Un tigre, una guilla, un águila, un mono…

», iba nombrándolos para sus adentros. «Parecen los diferentes estilos del ancestral Wu-Shu».

Distinguió una frase, en caracteres que parecían chinos, zurcida sobre un tapiz con la firma de Tao King.

Dirigió la minúscula cámara de su pecho hacia las palabras y pulsó «Traducir» en su cinturón.

«El que conoce a los otros es hábil; el que se conoce a sí mismo, sabio; el que conquista a los otros es fuerte; el que se conquista a sí mismo, poderoso», leyó sobre la pantalla.

«Hábil, sabio, fuerte y poderoso, los cuatro conceptos que parecen manejar», mencionó por el micrófono.

La voz de Ge Zhou le obligó a regresar a la conversación:

—Ah, es «El que nunca envejece».

El oriental había reconocido a la persona de la holografía que el sargento le mostraba: era la imagen del objetivo captada en el Aeropuerto Donald Trump de Los Ángeles.

—¿Qué nos puede contar de él?

—Es un hermano de la comunidad. Cuando yo ingresé en la orden hace cincuenta años, él ya era maestro.

—¿Siempre tuvo este aspecto?

El monje asintió.

—¿Qué tareas realizaba en la… comunidad?

—Las mismas que todos: trabajamos en los cultivos y alimentamos a los animales, hacemos ejercicio físico intenso, leemos, damos paseos por el bosque para reencontrarnos con el yo interno… Pero oraba poco.

—¿Estaba con ustedes y no era budista?

—De nuestro credo no asumió las Cuatro Nobles Verdades, pero practicó las tres conductas básicas: sabiduría, conducta ética y entrenamiento de la mente.

—¿Nunca les extrañó que no envejeciera como el resto?

—No preguntábamos. Es una cualidad de los poderosos. Los demás no hemos pasado de la categoría de hábiles o sabios.

—Vaya. ¿Y nosotros qué somos? —preguntó con una sonrisa el sargento mayor Ronald.

—Ustedes son fuertes, muy fuertes —respondió el monje.

—¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que se marchó? —intervino el teniente coronel.

—Se marchó después de la última luna llena.

McRae apretó otro botón del cinturón y un desfile de datos se fue superponiendo en la pantalla hasta que se fijó la cifra en veinte días.

—¿Les comunicó adónde se marchaba?

—Nosotros no preguntamos. Un hermano es libre de partir cuando y donde quiera, y de regresar, si ese, claro, es su deseo.

—¿Puede enseñarnos su habitación?

El monje se irguió, inclinó la cabeza y les dijo:

—Acompáñenme, por favor.

Ge Zhou salió del templo, acompañado por McRae y el sargento Ronald.

A corta distancia les seguían en silencio dos monjes.

Caminaron por el empedrado que dividía en dos un jardín pletórico de flores, por el que volaban mariposas gigantes de todos los colores.

El aroma a rosas y petunias impregnaba el aire.

Crisantemos, pensamientos, claveles y gladiolos crecían aquí y allá.

McRae no era especialista en floricultura, ni siquiera aficionado, pero le pareció que, excepto los perennes crisantemos, el resto no se ajustaba a la estación del año.

—¿Cómo son capaces de cultivar esta variedad de flores?

—Es la magia de los hermanos Chon Lan —dijo, señalando a dos monjes mimetizados con la hojarasca.