Vallekas 2084 Capítulo 5 «Kas» #2
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Capítulo 5 «Kas» #2

—Bah, no tengo nada que hacer.

Entraron en las instalaciones de la antigua Federación de Boxeo.

Habían cubierto las paredes del pasillo con fotos de personajes nacidos en el barrio.

Reconoció algunas que correspondían al Old World: Poli Díaz, Luis Pastor, el Padre Llanos, Ángel Nieto, Ismael Serrano, Amos Acero y las de los payasos Gaby, Fofo y Miliki.

En el antiguo gimnasio seguía oliendo a linimento, sangre y sudor, pero las instalaciones parecían limpias y cuidadas. Las máquinas mostraban los colores rojo y blanco del Rayo.

Varias decenas de púberes golpeaban sacos, practicaban sombra o espejo, ejercitaban los abdominales, movían halteras, saltaban a la comba, picaban los punching ball o intercambiaban golpes en los dos cuadriláteros del fondo.

Por encima de los espejos y hasta el techo, fotos de personajes ilustres de siglos pasados.

Reconoció a Malcolm X, Martin Luther King, el Che, Marie Curie, José Martí, Frida Kahlo, Indira Gandhi, Valentina Tereshkova, la madre Teresa de Calcuta… y Tommaso Campanella.

—¿Y esa imagen de Campanella?

—Fue el primero que habló en su Ciudad del Sol acerca del «Pueblo en Armas». No cayó en pacifismos inútiles o ingenuos. Comprendió desde el primer momento que para defender una organización social era necesario todo un pueblo armado y comprometido en su defensa.

Cerca de ellos, una muchacha golpeaba el punching ball de una forma peculiar: pegaba con fuerza y se retiraba un metro, para regresar y golpear la bola de goma con más violencia.

—Perdona que me entrometa —dijo Da Costa, sujetando la bola—.

El punching ball no es para probar la fuerza —hizo una pausa, pero al ver que la chica le escuchaba atenta, prosiguió—, es para incrementar los reflejos.

Tienes que pegar con golpes secos y adivinar por dónde regresará el rebote para volver a sacudirla y no fallar ni un solo porrazo.

Da Costa golpeó con el dorso de la mano la bola, que rebotó y un nuevo porrazo la devolvió hacia atrás.

La velocidad del vaivén aumentaba, al igual que la frecuencia de los leñazos.

En menos de medio minuto, la bola se sacudía a un ritmo frenético que cada vez era más rápido.

El eco de los estacazos retumbaba por la sala como tambores en una antigua tribu bantú.

Muchos de los presentes se volvieron hacia el desconocido.

Una mano rápida detuvo el último rebote de la bola.

—Si no le importa, ya me encargo yo —dijo, seco, un individuo mal encarado en chándal gris, en cuya pechera se leía «Vallekas Resistente».

—Perdone, me he dejado llevar —señaló Da Costa, uniendo las palmas de sus manos y los tacones de sus botas para inclinar la cabeza, a modo de saludo de monje del Shaolin.

—¡Hala! —dijo la anciana, cogiéndole del brazo—, acompáñame que te sigo enseñando el resto antes de que la vuelvas a cagar.

Ambos se alejaron del gimnasio, seguidos por la mirada de los presentes.

Un atleta recorría los bajos del antiguo estadio, habilitado como pista de atletismo con cinco calles construidas del antiguo tartán, que aún mantenía la porosidad. Sobre ese material sintético, un centenar de jóvenes corría marcando el paso en formación de tres columnas.

—Ya ves, el entrenamiento es obligatorio para todo adolescente, sin distinción de sexos.

—¿Cuál es el objetivo?

—Mantenerlos preparados por si hay que defender Vallekas de algún invasor.

—¿También practican con armas?

—Por supuesto, pero a edades más avanzadas.

—¿Y si yo fuera un espía de la Coumenn Corporation?

—¿Con esas manos callosas? No me hagas reír. Anda, vamos hacia la salida en la parte este del campo, que te quiero enseñar algo.

Anduvieron unos cincuenta metros por los bajos del estadio y giraron hacia una puerta blindada que daba acceso al exterior. La señorita Hetty la abrió con una tarjeta.

Ante Da Costa y pegados al campo de fútbol, aparecieron seis pisos acristalados con lo que parecían habitaciones. La extensión de aquellas instalaciones cubría toda la parte trasera del antiguo estadio de fútbol.

—Seis mil metros cuadrados por planta, algo más de ochocientas habitaciones por cada una de ellas. Un edificio prefabricado que funciona como hospital, con casi diez mil enfermos atendidos. Si se necesitara más, alzamos otra planta…

—¿Es un hospital ordinario? No lo parece.

—Fue improvisado para la pandemia covid-19, pero se ha mantenido sobre todo por la gravedad de la última mutación del covid-84. ¿Sabes de qué te hablo?

—No estoy seguro…

Hetty se cruzó de brazos. Da Costa observaba asombrado el deambular del personal sanitario tras las paredes acristaladas.

—Ha habido muchas mutaciones del covid-19 hasta llegar a la actual. Los síntomas son peores que cualquiera de los anteriores: los órganos internos del paciente comienzan a hincharse… hasta que el cuerpo, literalmente, estalla.

—¿No hay vacuna o antídoto?

—En la puta Esfera tienen un antídoto de un cincuenta por ciento de eficacia, pero hay que vivir allí para obtenerlo.

Dicen que han conseguido otro de un sesenta y dos por ciento de resultados positivos, por lo que el de inferior calidad lo han trasladado a un lugar del Mundo Utópico.

Está menos vigilado, por eso realizamos incursiones para robarles la fórmula…

—Incursiones que desde los medios cercanos a Mundo Utópico denominarán acciones terroristas, como ese acto que han difundido de que elementos de Vallekas Resistente han volado la estatua de la Gran Hermana, la CEO .

—De la Gocha Astur Celta, la Botera, como la llamamos por aquí —dijo, con una sonrisa malvada—.

Era una estatua enorme que imitaba a las del gran escultor Fernando Botero, pero con menos gracia.

A veces, cuando los comandos que incursionan en las Utopías se ven rodeados o se sienten localizados, desvían la atención con una acción de esas.

—Perdóneme, Hetty. Sigo sin entender por qué me cuenta todo esto con esa confianza. Ya le he dicho que yo podría ser un agente de la Coumenn.

La anciana se apartó sin responderle para ir al encuentro de otra mujer con bata y gorro verdoso, con la que se abrazó. Hetty la tomó de la mano para conducirla hasta Da Costa, que solo pudo distinguir unos grandes ojos negros.

—Lucas, te presento a mi hija… La llamamos Luna.

La mujer se quitó el gorro y soltó su larga melena pelirroja. Se deshizo de la mascarilla y dejó ver unos labios gruesos y una dentadura de anuncio publicitario. Saludó al recién llegado con dos besos. Si era verdad que eran madre e hija, el único parecido entre las dos era el blanco de los ojos.

La anciana sacó otro cigarro y se lo ofreció a su hija.

—Este no fuma, es del equipo de los sanos.

—Yo solo lo hago cuando le robo a mi madre algún pitillo. ¿De qué se conocen?

—Nos hemos encontrado en el Parque del Tío Pío hace unas horas, hemos desayunado juntos y he aceptado que su madre sea mi cicerone particular por estas tierras —explicó Da Costa.

—Así es mi madre. Está obsesionada con sumar gente a su causa para volar por los aires la Esfera.

Da Costa sonrió y preguntó:

—¿Y ha conseguido muchos adeptos?

—Otras dos amigas igual de chifladas que ella.

—Algún día conseguiré reventar esa Esfera. Entonces veréis que todos los males de este mundo tenían su origen ahí.

—Oye —interrumpió Luna—, pensé que hoy faltabas a la cita. ¿Cómo has llegado tan tarde?

—¿Está usted enferma?

—Ya te dije que mi salud es endeble. Puedo morir en cualquier momento. Por eso tengo prisa en destruir esa Esfera.