Capítulo 5 «Kas»
«Kas»
—Voy a bajar hasta la plaza Peña Gorbea a desayunar —dijo, dirigiéndose a la mujercita—. Me encantaría invitarle para seguir conversando con usted.
—Acepto, acepto. No viene mucha gente por aquí con la que se pueda hablar.
La mujer recogió los lienzos y plegó el caballete. Lo metió todo en una bolsa negra, de la marca CostWay-Coumenn. También guardó un estuche con pinceles y pinturas y la silla de lona. Da Costa se fijó en el saco. Se trataba de un estuche de palos de golf, como los de los jugadores profesionales.
Descendieron por la ladera de la loma con cuidado. La hierba húmeda estaba muy resbaladiza.
—Vamos por aquí —indicó la mujer.
—A propósito, me llamo Lucas.
—A mí, como ya le he dicho antes, puede llamarme señorita Hetty, todo el mundo lo hace.
Siguieron por callejuelas hasta que enlazaron con la avenida de la Albufera. La Pedroche fue la primera escultura que apareció a la altura del antiguo estadio del Rayo Vallecano, ahora Rayo Arena. La siguiente estaba dedicada a «Francisco Javier Gómez de la Serna, Fran, guitarrista del Mago de Oz».
Sin embargo, la mirada de Da Costa se desvió a la estatua que se hallaba a unos diez metros calle abajo.
«El Coronel 1921— 2021». Allí estaba la imagen del viejo gruñón, con la boina ladeada y el Camel sin filtro en la comisura de los labios, el cuerpo enjuto con camisa de manga larga remangada hasta el codo y los pantalones Mahón.
Y en el pedestal escrita la leyenda: «Arrojad mis cenizas a los sumideros del barrio.
Así permaneceré para siempre aquí». El Coronel había conseguido superar los cien años.
En los últimos meses de vida no se habían vuelto a ver; el Coronel falleció unas semanas más tarde de que encarcelasen a Da Costa acusado de la muerte del senador.
—¿Le conocía? —preguntó Hetty.
—De referencias. En la familia me contaron tantas cosas de él que lo considerábamos uno más.
—Lo sospeché en cuanto mencionó la frase: «A veces, lo que te salva la vida te la destroza». Siempre se la adjudicaban: «Como dice el Coronel…».
Da Costa intuyó que la diminuta mujer le había conducido expresamente por aquellas callejuelas para ver cómo reaccionaba ante la estatua.
«Tengo una memoria privilegiada. Nunca se me olvida una cara ni una imagen…
», le había dicho instantes antes. Además de ser una expulsada de la Esfera, aquella mujer era algo más, algo que no le había contado aún.
—Vamos a cruzar —indicó Hetty.
Da Costa la siguió, pero sus pasos fueron haciéndose más lentos según se aproximaba a la siguiente estatua: un boxeador con los puños enguantados y el brazo derecho alzado por encima de la cabeza.
«Trinidade Ramalho da Costa, el Trini . Campeón Olímpico.
Medalla de Oro Atlanta 1996…». No se detuvo.
Sentía los ojos de la mujer enfocados en él.
—¿Dónde está alojado, Lucas?
—Tengo reservado un pequeño apartamento —mintió.
—¿A quién se lo alquiló?
—No recuerdo el nombre. Después de desayunar lo buscaré en la agenda.
A las nueve y media llegaron a la plaza Peña Gorbea.
La cruzaron en dirección al mercado del Puente de Vallekas, que ya estaba abierto al público, con algunos camiones terminando de descargar la mercancía.
Los vecinos, con los hijos de la mano, cruzaban las calles camino de los colegios o de las paradas de los autobuses escolares.
Viejos autos del siglo anterior ocupaban las calzadas, soltando humo y un pestilente tufo a aceite quemado que se entremezclaba con el aroma a churros y café reciente.
El barrio despertaba del sopor nocturno y sus vías se colmaban de gentes vestidas de color catafalco, nazareno, azul mahón u hojarasca.
Los más mayores vestían invariablemente tonos oscuros.
Da Costa, con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora, miraba fijamente la gigantesca yema del «huevo frito» que se recortaba en el horizonte.
—Le dejo con sus pensamientos —murmuró la mujer—. Voy a tomar un cafelito.
—¿Siguen haciendo porras? —preguntó Da Costa.
—Por favor, está usted en la patria de las porras.
—Entonces elija el lugar.
Con la señorita Hetty como guía, caminaron hacia una taberna cercana al mercado, Bar Pepín. «Café + Porras = 4. Solo Cash», leyó Da Costa en la pizarra de la entrada.
—Buenos días, Pepín. Hoy te traigo un cliente nuevo —saludó la anciana.
—Se agradece, Hetty. ¿Qué va a ser?
La anciana lanzó una mirada interrogativa a Da Costa.
—Un café con leche y porras.
—Que sean dos, Pepín. Sentémonos aquí.
Mientras se desembarazaba de la mochila, Da Costa lanzó una ojeada a las paredes del local, de las que colgaban raídas banderas rojiblancas del Rayo Vallecano, fotografías de distintas temporadas del club y de boxeadores, una pizarra con la lista de precios, carteles antiguos e imágenes de toreros en Las Ventas.
Destacaba una en la que el torero, de rodillas ante el toro, colocaba su frente sobre la del animal, en un alarde que a Da Costa le recordó otros tiempos.
Otra foto llamó su atención. En ella, un grupo de jóvenes vestían la camiseta del Rayo y llevaban una gran pancarta en la que se leía: «Bukaneros Forever». Tenía la impresión de que el tiempo se había detenido en aquel bar.
—Está claro que usted no es pianista —le soltó de pronto la mujer, señalando con un gesto de cabeza las grandes manos de Da Costa.
El camarero dejó en ese momento sobre la mesa dos cafés con leche y cuatro porras. Mientras Da Costa buscaba la cartera en el bolsillo interior de la cazadora, la mujer le preguntó:
—Es curioso, porque su cara me resulta familiar. ¿Es la primera vez que viene usted por aquí?
Da Costa maldijo no haber comprobado, al entrar, si su foto se encontraba entre las de otros boxeadores.
—Siempre me lo dicen —respondió en tono casual—. Debo de tener unas facciones muy vulgares… —Y le tendió un billete de diez coumenns.
—Esa nariz… ¿Ha sido boxeador? —inquirió Pepín, quien, al ver el billete, añadió—: El dinero del New World aquí no sirve.
Hetty se apresuró a sacar dos billetes. Da Costa apenas pudo distinguir el número «4» y la palabra «Kas».
—¿Qué moneda es esa?
—El Kas, la moneda de Vallekas. Hace muchos años que prohibimos el uso de las monedas del imperio: los coumenn.
—¿Y las tarjetas de crédito?
—Tampoco.
—¿En qué banco puedo cambiar el dinero?
—En ninguno. También prohibimos los bancos. Se consideraron elementos de la explotación en el cibercapitalismo. Aquí solo existe la Caja Popular de Vallekas.
—No entiendo.
—Antes de que se lo explique —dijo Hetty, dando un sorbo al café—, respóndame: ¿A qué ha venido a Vallekas?
—De niño viví aquí.
—¿Dónde?
—En la calle Puerto de Canfranc.
—Ah, en pleno Puente de Vallekas. ¿Le quedan familiares, amigos…, algún conocido?
Da Costa negó con la cabeza mientras partía una porra.
—O sea, que ha venido para recordar la infancia.
—Bueno, se podría decir así.
A las preguntas de la anciana, Da Costa respondió con ambigüedades.
Que había llegado de Nueva York y era personal trainer en los Gold’s Gym, tanto en la ciudad de los rascacielos como en la lejana y mítica California, fueron los únicos datos que pudo sonsacarle.
La mujer, como si diera poca importancia a las evasivas, sacó una boina negra del saco y se la puso en la cabeza.
Parecía una artista de las que en otro tiempo poblaron las orillas del Sena.
—Como no tengo nada que hacer, si quiere le llevo a cambiar esas divisas.
La mujer le pidió a Pepín que le guardase la bolsa. Al salir lio un cigarro y, con cierta ansiedad, dio una calada, expulsó el humo al cielo y exclamó:
—Para que te vuelvas más gris, so cabrón.
Las calles y fachadas de los edificios se mostraban tal y como Da Costa las recordaba, pero más limpias, como recién pintadas.
Antes de girar hacia la antigua calle del Payaso Fofó, apareció un viejo furgón con una cuba que echaba agua sobre las aceras y la calzada.
Detrás de él, una docena de personas con escobajos distribuían el agua y limpiaban el asfalto.
—Son las Brigadas Ciudadanas de Trabajo Comunitario, las BCTC —explicó Hetty.
—Expatriados de la muralla, del «huevo frito», como usted lo llama. Moneda nueva, trabajo comunitario… ¿En qué se ha convertido Vallekas?
—En el grano en el culo de la Coumenn Corporation.
La anciana le pegó otra calada al pitillo y extendió el brazo hacia los soportales del estadio de fútbol del Rayo Vallecano, que resultaba mucho más alto, coronado por una cúpula. Eso sí, aún conservaba los colores rojo y blanco del equipo, más brillantes que nunca. En lo alto se leía «Rayo Arena».
—Allí están las oficinas de cambio.
Da Costa distinguió las oficinas: «Caja Popular de Ahorros de Vallekas». A su lado, reconoció los antiguos anuncios de la ancestral Federación de Boxeo.
—¿Aún se practica el boxeo?
—Bueno, ahora los locales de la Federación se utilizan para entrenar a los jóvenes que se incorporan al Ejército Vallekano, el «Pueblo en Armas».
Da Costa clavó la vista en los paneles frontales de la Caja, donde se mostraban los valores del cambio de divisas con la moneda del Imperio, como lo llamaba Hetty.
«1 Coumenn = 1 Kas», leyó, y no pudo por menos que sonreír ante lo gratuito e ingenuo del cambio, como si hubiera en cierto modo una ofensa hacia la Coumenn.
—Ignoro cuál es el nivel de vida en Vallekas —dijo ante una ventanilla en la que atendía una joven con gafas gruesas—. No sé cuánto tengo que cambiar.
—Depende de cuánto se prolongue su estancia —farfulló la mujer—. Aunque, si quiere, puede pagar el alojamiento y la comida con trabajo comunitario.
Da Costa abrió su mochila y sacó un fajo de billetes. Los deslizó a través de la ventanilla. La joven, después de contar el dinero, le entregó el equivalente en Kas.
—Ahí tiene sus diez mil.
—Vaya, usted en su tierra debe de ser rico —dijo Hetty.
—Si no es mucho abusar —cambió de tema Da Costa—, ¿me mostraría esas salas de entrenamiento del «Pueblo en Armas»?
La anciana se ajustó la boina y se encogió de hombros.