Vallekas 2084 Capítulo 4 Noche previa #3
14%

Capítulo 4 Noche previa #3

La seguridad ciudadana en el New World no era perfecta, por eso construían las ciudades-fortaleza, las Utopías en las que no todo el mundo era admitido.

Allí no existían las cárceles, por la única razón del coste social de los presos.

Al delincuente o se le mataba o se le desterraba fuera de las murallas.

Si bien se ahorraba la manutención, con el paso de las décadas se fue convirtiendo en un problema: los forajidos se habían unido en ejércitos de bárbaros, los King Ciborg, que batallaban en la Frontera para acceder al New World y ocuparlo.

Los pies de McRae le fueron conduciendo a la ribera del Coal River, sobre cuyas aguas titilaban las luces de las farolas.

Se apartó de la orilla y entró en la avenida Kanawha Terrece.

Al cabo de unos cientos de metros giró por la B Street hasta llegar al número 821, la iglesia de Saint Paul Missionary, un antiguo templo baptista convertido al catolicismo, con su imponente fachada de ladrillo rojizo.

«Fundada en 1867», se podía leer en una placa a la entrada.

Subió los familiares cinco escalones de granito blanco erosionado y empujó la puerta de madera.

Las velas del altar, que permitían ver las vidrieras de los ventanales, eran la única luz que iluminaba el templo vacío.

Doce filas de bancos de roble escoltaban, a derecha e izquierda, un pasillo cubierto con una moqueta grana.

El olor a cera e incienso impregnaba el interior.

McRae metió las yemas del índice y el corazón en el agua bendita para santiguarse. Avanzó unos pasos y se arrodilló en la última fila. Cruzó los dedos e inclinó la cabeza hacia delante.

El silencio inundaba el santuario. El padre Peter Berger se acercó al teniente coronel Robert McRae como si se hubiese deslizado por el aire y se arrodilló a su lado.

—¿Mañana sales en misión? —preguntó el sacerdote, mirando de soslayo la calavera blanca del uniforme.

—Sí, padre.

—Me he fijado en la hoja plateada en tu uniforme, ¿ya eres teniente coronel?

McRae asintió.

—¿Has visitado a tu abuela?

—De allí vengo.

—¿Y cómo la has encontrado?

—Quiere regresar a la parte más inmunda de Queens.

—Pues se lo impediremos.

—No creo que sea posible. Es una McRae.

—Es la mujer más fuerte que he conocido, pero ya es muy mayor y no sobreviviría.

—Lo sé, pero ella sigue empecinada. Ya la conoce.

—Razón no le falta.

El teniente coronel contempló por un instante el rostro enjuto y ocre del padre Berger. Se levantó y, acompañado del sacerdote, se dirigió hacia la salida.

—Padre, ¿usted también piensa como la Tata?

—Yo solo digo que la Corporación nos engañó a todos. Las iglesias de todas las confesiones creíamos que el enemigo de la familia y del creyente eran las ideas ateas de los inconformistas que querían cambiar el mundo, pero nos equivocamos.

Bajó el brazo con el que había rodeado los hombros de McRae al caminar y acarició de nuevo su rosario, mientras suspiraba.

—El verdadero enemigo se camuflaba en el mismo New World, pero no nos dimos cuenta.

La unidad familiar pasó a ser poco rentable y ella misma se desmanteló.

El negocio estaba en el individuo aislado, el que produce y consume de continuo para combatir su soledad.

Las personas ya no se relacionaban en las tabernas, ni siquiera en las iglesias.

La comunidad no existe. El contacto personal y cercano se veía como una extravagancia y los dispositivos electrónicos hacían que los individuos jamás se sintieran solos.

La red cibernética ha eliminado cualquier colectivo intermedio entre el sujeto y los dirigentes.

Han muerto las asociaciones, la familia, los sindicatos, las peñas…

—Mañana tengo un día duro y…

El padre Berger, ajeno a las palabras de McRae, prosiguió:

—Incluso la Iglesia ha muerto, hijo. El Santo Padre predica en el desierto.

Muchos templos cristianos han sido vendidos y otros cerrados para siempre.

Incluso el Vaticano ha tenido que vender conventos y catedrales para pagar los sueldos y asistencias sanitarias de sus escasos sacerdotes, antes de que nos declaren casta improductiva y nos internen…

Economistas, politólogos y filósofos creyeron que el capitalismo era la mejor forma de desarrollo de la religión.

Se equivocaron: en realidad, el capitalismo era en sí mismo una religión.

Hoy solo queda un credo: el cibercapitalismo, que es monoteísta, con un solo dios hegemónico: el dinero.

Y hasta en los billetes exhiben la imagen de sus santos, los prebostes que crearon este sistema.

—Padre, no se ofenda, pero no estoy para sermones.

—Algo te preocupa o no hubieses venido. Te conozco desde hace muchos años, desde que llegaste aquí con tu abuela.

Eras su único familiar y su soporte afectivo: un inocente teniente de segunda clase que quería hacer carrera.

Por eso sé que algo te preocupa. A mí no puedes engañarme, y menos cuando acudes a la casa del Señor a estas horas.

Habían salido a la calle. El teniente coronel se metió una pastilla roja en la boca. Apretó la mandíbula y el comprimido se deslizó por su garganta seca. La cicatriz de su cara se dibujó poderosa.

El padre Berger se santiguó y trazó una cruz en el aire en dirección a Robert McRae, que se alzó las solapas del gabán, y comenzó a alejarse del sacerdote. A los pocos pasos, se detuvo y se giró:

—Es que algo no me gusta de esta misión —dijo, mientras encendía otro Lucky Strike.

—¿De qué se trata, Robert?

—No lo sé, padre. No lo sé.

—Igual necesitas un descanso. Unas vacaciones en…

—Adiós, padre.

Y como cada noche, bajo el cielo de color eterno, las calles asfaltadas y poco iluminadas de Saint Albans vieron cómo la fina línea rojiza del horizonte en el ocaso se tragaba la figura del teniente coronel.