Vallekas 2084 Capítulo 4 Noche previa #2
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Capítulo 4 Noche previa #2

—Déjame adivinarlo, anda. Las cajetillas de tabaco no existen en las Utopías, así que la has traído de contrabando de la Frontera. A ver, las pastillas rojas son energéticas; las verdes, vitaminas; las negras, hiperestimulantes; las amarillas… relajantes; las marrones… Vaya, esas no las conozco.

—Son para dormir.

—¿Tantas muertes te impiden ya conciliar el sueño?

—Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, Tata.

La anciana pegó otra calada y se reclinó en su mecedora.

—Quién me lo iba a decir mi nieto convertido en un guardián de la asquerosa utopía del cibercapitalismo.

—Nos permitió salir de las cloacas de Queens.

—¿A cambio de qué?

—De paz, tranquilidad, seguridad y una posición soci…

—No me vengas con cuentos, por favor. Nací hace setenta y nueve años en las calles de Nueva York y sobreviví en el barrio más multirracial y apestoso de Queens.

Las aceras de la plaza Corona fueron mi hogar mucho tiempo, tanto como lleva cerrado el museo a Louis Armstrong en Queens.

Al morir tu abuelo no tuve más remedio que sacar adelante a tu madre y a tus tíos, cuando aún ni siquiera iban al colegio.

No me ha dado nada el New World o la puta New Reality, salvo sufrimiento…

Y aburrimiento, mucho aburrimiento: lo peor que se le puede ofrecer a un ser humano.

—Hemos construido una sociedad plena…

—¿Plena? ¿Plena de qué? Mira la televisión. Hace años que desaparecieron los seres humanos.

Dio otra calada y continuó hablando:

—¡Qué asco! Todo comenzó con la ingenua fotogrametría, el mocap para series infantiles.

Ahora las noticias las dan imágenes tridimensionales.

Las películas las protagonizan monigotes que imitan a los seres humanos.

¿Por qué? Porque son más rentables, no cuestan y nunca protestan.

Para colmo en la ceremonia de los Oscar hay imágenes que entregan premios a otras imágenes.

Cómo echo de menos aquellas galas que servían para protestar por algo.

—No dramatice, Tata.

—¿Que no dramatice? Pues claro que no dramatizo. Cuento todo tal y como es. La utopía del cibercapitalismo nos ha sumido en una sociedad aún más injusta y sobre todo aburrida.

Se quedó contemplando la cachimba y, llevándosela de nuevo en la boca, preguntó con tono casual:

—¿A quién tienes que matar esta vez?

—A un asesino.

—Vaya, vamos mejorando. ¿De quién se trata?

—¿Te dice algo el nombre del senador Matt Coumenn?

—Coumenn… Coumenn… ¿El que diseñó este mundo de mierda?

McRae asintió.

—Pero… puede tener mi edad o… No, era mucho más viejo que yo. A Matt Coumenn lo mataron en…

—En el año 3020 del Old World.

—Cuando yo tenía quince años. Ese hombre tendrá hoy casi cien años.

—Ciento cuatro, para ser exactos.

McRae le resumió su cita con la cúpula de la Corporación, de las pandemias, las mutaciones no controladas de virus y el experimento fallido en busca de un remedio y de la huida del único individuo en el que presumiblemente el proyecto habría tenido éxito, de su sistema inmunológico tal vez perfecto y del envejecimiento casi inapreciable del sujeto.

—Ya veo —murmuró la Tata, dando otra calada—. Esos hijos de puta de la CC quieren la sangre de ese pobre hombre. Van a experimentar con él hasta conseguir la inmortalidad.

—Será bueno para la humanidad. Piense que obtendremos un antídoto contra todas las enfermedades.

—¿Es que estás ciego, hijo? Cuando lo desarrollen, solo accederán a él quienes puedan pagarlo, los hijos de puta de la Esfera amarilla y algunos secuaces de poblaciones elegidas.

El sistema y sus dirigentes habrán llegado al culmen, serán inmortales, así que su dominio ya será eterno, como una maldición interminable para la humanidad.

McRae cogió una pastilla amarilla y se la tragó. Reclinado en el sofá, cerró los ojos.

—Más te valdría fumar hierba —murmuró la abuela acariciando el suave pelo de Daredevil, el viejo gato, única compañía de la anciana.

—¿Por qué es usted tan crítica con todo?

—¿Crítica? Mira, bobalicón: la burguesía conquistó el mundo en la Revolución francesa y arrastró a la realeza y a la aristocracia a la guillotina. Nos habían asegurado que los linajes de sangre se habían terminado, ¿es que acaso te lo creíste?

Ante el silencio de su nieto, se acomodó despacio la cachimba en la comisura derecha y continuó:

—Pues bien, nos mintieron. Los dueños del dinero gobernaron el mundo, que heredaron sus hijos y sus nietos. La posesión del dinero fue el nuevo linaje de sangre de los amos del control de la Tierra. Si capturas a ese individuo y llegan a desarrollar esa fórmula, se cumplirá su sueño de eternidad.

—Abuela, no he venido a discutir.

—Claro, el niño prefiere la realidad enlatada por la Corporación, la New Reality.

Elige vivir en su mundo: buen sueldo, una misión de vez en cuando para liquidar a alguien que al New World le resulta incómodo…

No importa que tengas que acompañar ese trago de mentiras con píldoras que te van matando.

McRae recogió la cajetilla de cigarrillos y las pastillas y se levantó del sofá.

—Me voy. No quiero discutir con usted.

—La próxima vez que vengas, no me encontrarás.

—No diga tonterías, Tata. Cuídese y recoja la transferencia bancaria: su balance entre el coste social sanitario y la aportación es deficitario. Hágalo o la enviarán a un gueto.

—Que me busquen en el agujero más inmundo de Queens. Allí estaré con Daredevil.

—Déjese de monsergas y acepte el dinero del mes que viene —dijo abriendo la puerta.

—Se terminó todo, bobalicón. Me voy a retirar a morir como los ancianos navajos: lejos de la multitud y sin molestar a nadie.

—Coja el dinero y siga con el tratamiento.

—¿Y seguir viviendo en esta urbanización acorazada llena de señoritos en bicicleta y señoras paseando perros, que aparcan su jet de combustión eléctrica en el exterior para no alterar la puta Imagen Verde , donde nadie fuma ni se emborracha ni alza la voz…

? Ni hablar. El aburrimiento se terminó para esta vieja.

—Más de medio mundo sueña con vivir como usted, en una urbanización de la Utopía.

—Pues que ese medio mundo se venga a vivir aquí.

Estoy harta de que los rastreadores investiguen la basura que tiramos.

Ya no sé si las cáscaras de los plátanos hay que tirarlas los martes o los viernes.

Lo mismo con el vidrio. Cuando te equivocas, te multan y te acusan de ser responsable del cambio climático.

¿Y de las mascotas, qué me dices? Todas tienen que llevar un chip, que no sirve más que para controlar si los sacas a pasear y para que sepan tu ubicación en cada momento.

Parecen la antigua Gestapo o la Stasi, solo que con «buen rollito».

Y para colmo, ese lenguaje que hay que usar para no ofender a nadie.

Ya no se puede soltar ningún improperio, te arriesgas a más multas, arrestos domiciliarios o amenazas de expulsión al submundo.

Esa, sí, esa es la Utopía del cibercapitalismo: un mundo refinado, de modales y lenguaje no ofensivos, la cursilería más vomitiva, todo limpito y verde, controlado y aburridísimo.

Ya nadie habla de explotación, no sea que incomodemos a alguien.

¡Una mierda donde todo está enfocado a que consumamos y consumamos para ser muy felices!

El teniente coronel se acercó a darle un beso en la frente.

La anciana, impasible, dio una nueva calada a la cachimba.

McRae salió sin decir adiós. Al alejarse, oyó la puerta de la casa de su abuela cerrarse despacio.

La imaginó en la mecedora con su pipa en la boca, el gramófono encendido para escuchar una vez más el disco de Billie Holiday y durmiéndose junto a su enorme gato, cuando la hierba hiciese efecto en su cerebro.

Sacó una tarjeta del bolso del gabán y se dirigió hacia el apartamento 56, de la calle E, su casa en Utopía 32AZ.

Al llegar, la deslizó por el lector y la puerta se abrió.

Tras unos segundos con la mirada distraída, cerró la puerta y se dio media vuelta para encaminarse hacia el portón de acceso de la urbanización amurallada.

A unos pasos de la sala de control del guardia, sacó la cajetilla de Lucky Strike requisada a un King Ciborg en la Frontera y encendió un cigarrillo.

La llamarada alertó al portero. Al traspasar el portón de acceso, se despidió del guardián con un gesto y continuó camino bajo el cielo rojizo y ceniciento, inmóvil, que no cambiaba ni de noche ni de día.

La angustia solía invadirle cada vez que visitaba a su abuela.

Vivían en mundos diferentes y, sin embargo, necesitaba verla antes de cada misión.

«También Ringo Bonavena iba a casa de su madre, en La Quema, antes de cada combate —le dijo en cierta ocasión la Tata—, pero sus combates eran legítimos. No como los tuyos».

Nada más girar una esquina, sintió la punta de una navaja en el cuello. «Maldita píldora sedante», pensó.

—El dinero, las tarjetas y el chidint . O te rajo —oyó a su espalda.

Otro individuo frente a él esgrimía un descargador de energía de alto voltaje. McRae no se molestó en fíjame en sus rostros.

—Aficionados de mierda —murmuró.

Con la mano enguantada en kevlar, agarró la navaja por el filo y la apartó de su garganta.

El hombre que tenía frente a él accionó el aparato, pero la descarga no consiguió su objetivo: el uniforme era aislante.

McRae le golpeó en la nuez con el dorso de la mano izquierda y se giró.

Un crochet en la mandíbula tumbó al otro.

Allí quedaron tendidos los dos, inconscientes bajo la luz vaporosa de la farola.

Se acercó a uno de ellos y, con un ademán seco y rápido, le rompió el cuello.

Luego al otro. Colocó entre ambos un disco con una calavera blanca pintada que emitía una frecuencia inaudible solo detectable en la Central de Emergencias de la Policía, para que acudieran a recoger los cuerpos. Y siguió su camino.