Vallekas 2084 Capítulo 4 Noche previa
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Capítulo 4 Noche previa

Noche previa

E N UN LUGAR PERDIDO de Virginia Occidental, entre las doce millas que separan Saint Albans y Charleston, en la base de la Brigada Génesis, el teniente coronel Robert McRae cursaba una orden verbal al sargento mayor Ronald Wer, un gigante que en sus ratos libres practicaba wrestling :

—Prepare al comando Alfa-I. Mañana partimos a Texas.

—¿A qué hora, señor?

McRae miró el reloj.

—Nuestra gente ha de salir descansada. Saldremos después del almuerzo, a las 14 horas. A las 15:30 aterrizaremos en Texas.

—¿Armamento pesado, señor?

—No creo que lo necesitemos, pero añádalo por si acaso.

Cuando su subordinado abandonó el despacho, McRae se dirigió a la pantalla táctil de la base de datos de la Brigada. Había algo que le carcomía desde que le fue asignada la misión: ¿Por qué un jefe policial español había matado a un senador norteamericano?

«Senador Matt Coumenn», tecleó. Ante él se desplegó la cañera del político, datos de su mujer e hijos…

y su asesinato. En ese punto detuvo la proyección holográfica.

Necesitaba más información. Se abrieron varias opciones: «Prensa escrita», «Radio», «Televisión» y «Sumario».

Escogió Televisión. Al fin y al cabo, en el año 2020 era lo más parecido a las holografías del New World.

Comenzaron a sucederse imágenes de noticiarios de la época.

Todos se limitaban a repetir la versión oficial.

Uno de los canales emitía las grabaciones de las cámaras de seguridad del pasillo del hotel en el que se había cometido el atentado.

Las fue pasando a baja velocidad para fijarse en los detalles más nimios.

El senador salía de la suite del hotel acompañado de dos escoltas del servicio secreto.

Mientras esperaban al ascensor, de espaldas a la cámara, una figura cubierta con pasamontañas, guantes y buzo azul bordeó una de las esquinas y efectuó ocho disparos en un lapso de tiempo de cuatro segundos sobre Matt Coumenn y los escoltas.

Luego desapareció por donde había llegado.

En la imagen —«Putas cámaras, están fijas», refunfuñó McRae— solo se apreciaba al senador tendido con tres impactos de bala en la cabeza y a los guardaespaldas, con dos tiros cada uno…

Volvió a pasar la grabación a velocidad más lenta.

Sí, siete impactos en total. Faltaba, pues, una bala.

La precisión era extraordinaria: cuatro segundos, ocho disparos a unos doce metros y tres muertos.

Amplió las imágenes. La nuca del senador presentaba tres orificios.

En el cuello tenía dibujaba la trayectoria de la bala que faltaba en el recuento, le había rozado lo suficiente como para abrirle la yugular.

Después observó la imagen del asesino, que tenía los ojos ocultos tras unas gafas de espejo y llevaba una pistola Heckler & Koch USP Compact del 9 mm Parabellum fabricada en Alemania en 2011, con diecisiete cartuchos.

«Aun si hubiese encontrado resistencia al huir, le quedaban nueve proyectiles», se dijo.

«Necesito el número de serie». Amplió la imagen de la pistola para divisar el lateral y lo anotó.

A continuación, punteó la silueta del asesino y la aisló.

Buscó información del peso y estatura en las aplicaciones de la base de la Brigada Génesis: «71 pulgadas, 152 libras».

«Extraño, muy extraño», farfulló. Extrajo la imagen del reo en el corredor de la muerte y la superpuso sobre la otra.

Una pulgada y media y veintitrés libras de diferencia.

No había lugar a dudas: ambos individuos no podían ser la misma persona.

El inspector jefe de la Policía española no había cometido aquel asesinato.

Pulsó el icono «Sumario» y rebuscó entre las actas del juicio oral la prueba principal del fiscal. El arma estaba registrada a nombre del inspector, quien alegó que ignoraba lo ocurrido ya que él la había guardado en el armero del hotel y allí la encontró cuando le despertaron los disparos.

McRae continuó leyendo. Las pruebas indicaban que aquella era la pistola desde la que se efectuaron los disparos.

Sin embargo, las manos del inspector no presentaban restos de pólvora.

Estaba claro que la defensa no se había esmerado en su trabajo y que los medios y los políticos necesitaban un culpable para tranquilizar a las masas.

Robert McRae frunció el ceño: el acusado se había mostrado esquivo, poco rotundo en sus declaraciones.

Cualquiera que no observase las pruebas con detenimiento, habría considerado que esa actitud lo incriminaba.

El teniente coronel se preguntaba si la razón era que el inspector no tenía expectativas de ser declarado inocente.

Apagó la máquina, prometiéndose continuar la investigación al regresar de Texas.

Se enfundó un gabán negro sobre el uniforme de combate y salió del edificio directo al aparcamiento.

Subió a un Humvee-Omega y se dirigió hacia la Interestatal 60, que unía Virginia Occidental con el oeste de Arizona, camino de Saint Albans, a siete millas de la base de la Brigada Génesis, a la vera del río Kanawha.

El trayecto apenas le llevaría quince minutos, pero, con las ventanillas bajadas, disfrutaba de la brisa fresca de finales de primavera que peinaba la superficie del río.

Aunque saboreaba aquella parte de Virginia, no podía negarlo: habría preferido vivir en Washington DC y gozar de las noches de la ciudad.

Le encantaba el contraste de los edificios decimonónicos con las edificaciones acristaladas rebosantes de neón del New World, cuyas cúpulas se esfumaban en el cielo grisáceo, siempre moteado de luces azules de los helicópteros policiales y rojas de los drones de vigilancia de agencias privadas.

Las calles centrales, limpias y silenciosas, se hallaban solitarias a esas horas.

Washington DC representaba el paradigma de ciudad moderna y libre de contaminación.

La antigua concepción de «urbe verde» había triunfado: la luz solar y la eólica alimentaban los edificios y aquellos trastos contaminantes denominados «autos» habían sido prohibidos o desterrados al extrarradio.

La gente se desplazaba por el centro en vehículos impolutos, autobuses y tranvías eléctricos que recorrían las vías sin atascos.

Se trataba del modelo de ciudad exportado al mundo civilizado: nada, absolutamente nada, alteraba la seguridad colectiva.

Si alguien perturbaba las normas de convivencia, se le desterraba.

McRae entró en la localidad de Saint Albans, atravesando calles desérticas bajo una iluminación blanca artificial que convertía el espacio en una especie de solarium.

Se dirigió hacia una urbanización rodeada de un muro de cinco metros de altura rematado con alambre de espinos.

Habían vuelto a afearlo con un grafiti: «Cualquier sistema que montéis sin nosotros será derribado».

Siguió caminando hasta alcanzar un portón custodiado por un guardia de seguridad armado con el último modelo de fusil M.

E.-16, que lo mismo escupía granadas de carga hueca que descargas eléctricas.

A la derecha del acceso se leía en una placa dorada: Utopía 32AZ.

Extendió su brazo ante el sensor de chips y la luz verde precedió a la apertura de la valla.

—Buenas noches, señor McRae —saludó el guardia.

—Veo que han vuelto a pintar el muro otra vez.

—Da igual lo que hagamos: al día siguiente aparece de nuevo.

—¿Las cámaras no detectan a nadie?

—No, señor. Lo graban a distancia con un láser que quema la piedra.

McRae se adentró con el Humvee en aquella fortaleza.

La iluminación de las farolas dejaba ver las filas de impresionantes chalets con jardines de césped cortado a un centímetro y fachadas de diferentes colores estridentes, que los psicólogos del New World recomendaban para alegrar el ánimo.

Otro guarda recorría con un pastor belga los frontales de los edificios.

Al ver a McRae, le saludó llevando la punta de los dedos de la mano derecha a la gorra.

El teniente coronel aparcó cerca del 76-B y llamó a la puerta.

—Buenas noches, Tata.

La puerta dejaba ver el rostro de una anciana, su abuela. Los ojos de la mujer se clavaron sobre la calavera blanca dibujada en la pechera, símbolo de la Brigada Génesis.

—Veo que llevas el uniforme de combate. Así que dentro de unas horas comienza otra nueva carnicería.

Sin contestarla, el teniente coronel entró y pasó a un salón iluminado por una lámpara recubierta de celofán rojo.

Nada había cambiado con el paso de los años: el tresillo deshilachado, la mecedora que crujía con el balanceo, las paredes y anaqueles repletos de recuerdos, la mesa abarrotada de viejas fotos, el disco de vinilo The Man I Love de Billie Holiday junto al tocadiscos.

A su lado, la foto en blanco y negro del abuelo fallecido y, más allá, la vieja pantalla de plasma del televisor, colmada de polvo.

Toda la estancia se hallaba envuelta con un intenso olor a marihuana.

McRae se sentó en el sofá y la anciana ocupó la mecedora.

—¿Recibió la transferencia?

—Te prohíbo que me envíes más —exclamó la mujer, cogiendo una cachimba de la mesa.

Metió hierba en la cazoleta, la apretó con el pulgar y, tras ponerse la pipa en los labios, le acercó un puntero láser. La luz verdosa prendió las hojas y la anciana dio una calada profunda con los ojos cerrados. El olor amaderado y terroso de la marihuana impregnó aún más el salón.

McRae observó a su abuela. Seguía tan enjuta como siempre, con los cabellos lisos, canosos y largos. Las manos firmes, nudosas.

—Esta hierba sabía mejor cuando se prendía con fósforos y no con estos inventos —dijo tras expulsar el humo, mirando el ascenso de las volutas.

—Tata, no debería fumar esa mierda.

—¡Mierda, dices! ¿Y me lo dices tú? ¡Enséñame lo que llevas en los bolsillos!

El teniente coronel, sumiso, sacó un paquete de cigarrillos Lucky Strike y un puñado de pastillas.