Vallekas 2084 Capítulo 3 Vallekas Resistente #2
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Capítulo 3 Vallekas Resistente #2

Inspiró hondo: disfrutaba del aroma a churros, porras y café reciente que le transportaba al pasado. Todo estaba tal y como lo recordaba, pero mejor conservado. Todo, excepto aquella muralla que separaba el Microcentro-Utopía 20AB de Vallekas.

Con la mochila al hombro paseó por el bulevar.

Al llegar casi al final, distinguió el antiguo Mercado de Puente de Vallecas, que mantenía su antiguo nombre.

En la puerta principal comprobó que seguían llegando camiones a descargar.

El hecho de que siguiera abierto le reconfortó.

Después, su mirada regresó al muro de hormigón, ahora iluminado por la tímida luz del alba.

Callejeó sin rumbo, rutina que no había abandonado tras seis décadas, como la de un flâneur parisino, un detective de los recovecos de la ciudad, a los que tanto elogiaba Walter Benjamín.

Recorrió la otrora calle Cerro de Garabitas, ahora Pintora Ángeles Santos, y se detuvo en el número 6, donde se ubicaba entonces el gimnasio Olimpia, en el que había pasado tantos ratos entrenando.

No quiso que los recuerdos le hicieran perder mucho tiempo y siguió caminando.

Al cabo de media hora, regresó por la avenida de la Albufera, a la altura de la boca del metro de Nueva Numancia.

Se fijó en la estatua: «Juan Malasaña Pérez…

Héroe de la independencia española». Como si de una nación fuera, el estado confederal había levantado estatuas a sus héroes para construir su identidad y reformular su mito de origen.

El antiguo barrio se presentaba ante él lleno de interrogantes.

Con esos pensamientos, cruzó la avenida y se situó a la entrada de Puerto de Canfranc.

En esa calle había vivido los últimos veinte años antes de ser encerrado en una penitenciaría de máxima seguridad en los Estados Unidos.

Allí estaba su antigua vivienda, donde residía con su mujer y su hija, Paula, cuyo paradero ignoraba.

Ni siquiera sabía si estaba viva. Las caras de sus vecinos y amigos, la imagen de la librería de viejo de su amigo el Coronel, donde tantos casos policiales desenmarañaron juntos…

Todos aquellos recuerdos le atravesaron en ráfaga.

Siguió por la Albufera, dejando Puerto de Canfranc atrás.

Tendrían que pasar unos días, pensó, para ser capaz de enfrentarse a su pasado.

La voz de La Chicana lo alcanzó con los versos de un tango:

En el pasado todo el tiempo dura igual,

un mal segundo es una década normal…

Después de vagar por las calles, su instinto lo condujo a los pies del Parque del Cerro del Tío Pío.

Aunque ya había amanecido, parecía como si los rayos del alba remolonearan.

Había grupos caminando por sus sendas y jóvenes tumbados en los prados.

Transcurría el año 2084, pero todo se antojaba tan familiar como seis décadas atrás.

Ascendió por una de las lomas, pisando un césped segado y recién regado.

Al llegar a la cumbre, una mujer mayor, pequeña y delgada, con la cabeza muy grande, apoyaba una silla frente a un caballete, como si se dispusieran a pintar un cuadro.

Da Costa se sentó sobre la hierba, a unos metros de distancia, para contemplar el ascenso del sol.

También divisaba el interior de las murallas, el Microcentro-Utopía 20AB y los vagones del teleférico que pasaban sin cesar cargados de gente.

Desde la loma se podían contemplar los frentes de los edificios de Utopía 20AB, todos acristalados y en cuyos tejados se veían plantaciones de hierbas o flores.

Al fondo distinguió las torres del antiguo Business Area.

Antaño, solo cuatro: Cepsa, PwC, Cristal y Espacio.

Ahora ya eran más de veinte. Las nuevas construcciones superaban en varias plantas a la Torre Cristal, entonces la más alta.

Sin embargo, todas resultaban insignificantes comparadas con la semiesfera amarilla del fondo.

Las esferas gigantescas, de casi medio kilómetro de altura, se habían diseminado por todas las grandes urbes del mundo. Como todo imperio en cada era de la Historia, había contado con edificios emblemáticos. Y ahora el cibercapitalismo levantaba aquellas esferas amarillas para dejar su impronta.

—¿Turista? —preguntó una voz a su derecha.

Se giró. La mujercita de la cabeza glande había fijado varios lienzos de papel sobre el caballete y lo miraba mientras sacaba migas de pan de una lata y las esparcía sobre la hierba. Algunas palomas revoloteaban cerca de ella.

—No.

—Mejor, porque no me gustan los turistas.

La mujer tosió, una, dos, tres veces. Y siguió lanzando migas.

La mirada de Da Costa regresó a la muralla. Transcurrido un minuto sin apartar la vista, preguntó:

—¿En qué año construyeron la muralla?

La mujer se sacudió las manos, lo que provocó un pequeño revuelo entre las collarejas. Se calzó una boina negra, se acercó a Da Costa y se unió a la contemplación del muro. Con parsimonia lio un cigarrillo y lo encendió. Después de la primera calada, le respondió con calma:

—Tiene casi la misma antigüedad que la yema del «huevo frito» —dijo, mientras señalaba el horizonte.

Da Costa levantó la vista hacia las cumbres nevadas de la sierra. Entre la cordillera y las antiguas torres Business Area volvió a divisar la semiesfera dorada coronada por las letras CC .

—¿Sabe qué es eso?

—La sede en este territorio de la Coumenn.

—Coumenn Corporation… —murmuró.

La anciana lo observó un instante. Sin mediar palabra, le señaló un inmenso letrero digital a la entrada del edificio.

—«La empresa que salvó al mundo occidental de su desaparición» —leyó Da Costa—. Un viejo amigo mío, vallekano de pro, solía decir que, a veces, lo que te salva la vida acaba por arruinártela…

La mujercilla pareció sorprenderse.

—¿De dónde demonios viene usted?

Da Costa simuló no haberla oído. Al no obtener respuesta, la mujer se encogió de hombros y regresó al lienzo. De tanto en tanto, echaba un vistazo al hombre, que seguía sentado en la hierba como hipnotizado, contemplando cómo el sol bañaba de colores el horizonte.

Al rato la pintora se volvió a acercar a él.

—Me llamo Concha —dijo y le tendió la mano—. Pero todos me llaman señorita Hetty.

—¿Señorita Hetty? Un nombre original.

—A principios de siglo XXI del Old World, la actriz Linda Hunt, que, claro, ya ha fallecido, interpretó en una serie el papel de jefa de operaciones de una brigada policial, con ese nombre. Todavía se puede ver en canales de pago de la Red CC .

—Lo siento, nunca oí hablar de ella.

Mentía. Aun así ella insistió:

—También protagonizó la película Poli de guardería , con el actor aquel que fue gobernador del antiguo estado de California. Ella hacía de directora de un colegio.

—Lo siento —volvió a excusarse Da Costa.

—Como sea, los vecinos me apodaron señorita Hetty.

Él se levantó para acercarse al cuadro que estaba pintando la mujer. Consistía en varios pliegos de papel superpuestos. Al contemplar el primero no pudo menos que exclamar:

—¡La madre que me…!

Aquella mujer dibujaba lo que parecía el interior de la esfera de la CC , con sus distintas plantas, pasillos y habitáculos.

—Qué imaginación la suya.

—No, no, imaginación ninguna. Son mis recuerdos.

—¿Recuerdos? ¿Acaso vivió usted dentro de la esfera?

—Toda mi infancia y parte de mi juventud, hasta que por mi corta estatura decretaron que padecía un tipo de enanismo imposible de tratar.

Ahí dentro solo quieren seres superiores.

Son racistas. Ante cualquier anomalía física o psíquica, si ven que con el desarrollo no se corrige, te expulsan al submundo, como ellos lo llaman.

—¿Y por qué recrea usted el interior?

—Tengo una salud muy delicada, pero mi memoria es extraordinaria. No olvido un dato, ni un nombre ni una imagen. Algún día de estos no despertaré, pero quiero que mis recuerdos le facilite la… tarea… al que pueda entrar en la yema del «huevo frito».

—¿A qué tarea se refiere?

—Pues a volarla, claro está. A volarla en mil pedazos.