Capítulo 3 Vallekas Resistente
Vallekas Resistente
—Perdone —dijo, dirigiéndose a un vigilante armado situado en los tornos de acceso al metro—, soy nuevo en la ciudad. ¿Qué línea tengo que coger para llegar al Estado Confederal de Vallekas?
El guarda se tensó mientras palpaba la empuñadura del arma.
—¿Por qué demonios quiere ir ahí?
—Solo quería saber cómo se llega, pero… Gracias.
—Mire, coja un aerotaxi.
—Eso haré —musitó de soslayo mientras se acercaba de nuevo al mapa.
La vetusta Línea 1 se cortaba en la antigua parada de Pacífico, renombrada Nuevo Orden.
Para llegar a la antigua parada de Puente de Vallecas, que curiosamente conservaba el nombre, había que acceder desde una nueva línea que bordeaba la ciudad.
Absorto en el plano, se percató, sin embargo, de que cuatro guardias se aproximaban por uno de los túneles, acompañados de dos pitbulls sin bozal.
El vigilante había pedido refuerzos y se disponían a identificarle.
A pesar de que podría reducirlos en no más de diez segundos, prefirió pasar inadvertido y —siguiendo su instinto y las enseñanzas de sus maestros— se deslizó como un reptil hasta perderse entre la multitud y alcanzar el exterior.
Necesitaba un aerotaxi, y rápido. Al llegar al primero de la parada, abrió la puerta trasera y arrojó la mochila en el asiento.
—Arranque…
—Ya mismo enciendo el motor, amigo —dijo el taxista con un acento que al pasajero le recordó a las Islas Canarias.
El vehículo se elevó del suelo y plegó las ruedas para iniciar un vuelo a una altitud de veinte metros.
Antes de bordear el primer edificio, Peter Marlow miró hacia atrás.
Los guardias habían llegado a la parada.
O su chidint había sido localizado o algo raro había presentido el vigilante del metro.
Seguramente, pensó, el desencadenante se produjo al mencionar el Estado Confederal de Vallekas.
Tal vez era el momento de comprobar qué papel jugaba ese nombre en esa ciudad.
—Amigo —repitió el taxista mirándole por el retrovisor—, no me ha dicho donde quiere ir. —Y señalando el taxímetro digital, añadió—: Y esto, ya sabe, también vuela.
—No se preocupe, usted continúe.
El chófer se encogió de hombros y sobrevoló lo que parecía una vía rápida por una comente de aire. En menos de diez segundos, el velocímetro había alcanzado los ciento cincuenta kilómetros por hora.
—¿Qué combustible utiliza?
—Dióxido de carbono, amigo. Ya ve, lo último en ecología: consume anhídrido carbónico y expulsa oxígeno.
—Supongo que también será más económico.
—Supone mal. Las botellas de dióxido solo las vende la Coumenn Corporation y su precio está por las nubes.
El pasajero contempló el exterior. Aún era de noche.
La autovía sobre la que sobrevolaban pasaba a los pies de una gran muralla que encerraba una gigantesca ciudad, sobre la que habían construido un teleférico con innumerables vagones, a imitación del que había conocido años atrás sobre los cielos de La Paz.
—¿Cuándo construyeron ese muro?
—No lo sé, amigo. Hace diez años que llegué de las islas y ya estaba ahí.
—¿Qué hay dentro?
El taxista sonrió y volvió a mirarle a través del retrovisor:
—Usted no es de los que leen las guías turísticas, ¿verdad? —dijo, guiñando un ojo—. Ahí dentro está el antiguo Madrid, su Microcentro-Utopía 20AB.
El plano del metro regresó a la mente del pasajero.
—Ah, algo he leído —comentó—. La antigua Línea 1 se interrumpía en una parada llamada Nuevo Orden… Luego… Puente de Vallecas queda en el exterior, más allá del muro.
—Claro, amigo. El New World expulsó Vallekas de Utopía 20AB o… Hay quien dice que Vallekas no quiso unirse.
—Lléveme a Puente de Vallekas.
El taxista, desconcertado, giró la cabeza hacia su pasajero.
—¿Sabe que desde ayer a las doce se han reiniciado hostilidades…?
—¿A qué se refiere?
—Un artefacto explosivo en el Microcentro voló la estatua de la CEO , la Gran Hermana. El atentado lo reivindicó Vallekas Resistente. Ya sabe, el grupo terrorista.
—¿En qué afecta eso a la entrada en el estado confederal?
—Pues en que se encontrará dos fronteras, la de Utopía 20AB para salir y la de Vallekas para entrar, con la obligación legal de mostrar el chidint a la autoridad que se lo requiera.
—Sí, sí, claro.
Diez minutos más tarde, el vehículo se detenía al comienzo de la antigua avenida de la Albufera. El pasajero extendió su antebrazo y el taxista deslizó el lector de chips. Luz verde, seguida de un parpadeo naranja.
—Tiene que renovar su chidint , está a punto de caducar.
—Lo sé.
Mientras el taxista se inclinaba hacia la guantera buscando algo, el pasajero bajó el brazo para ocultarlo detrás del asiento delantero. Sin que el otro se percatara clavó la uña del meñique en el antebrazo y extrajo el chidint , que cayó, junto con una gota de sangre, en el piso del vehículo.
En el cabezal del asiento delantero se iluminó una pequeña pantalla.
—Ya tiene listo el lector para el bizum.
El pasajero acercó la esfera del reloj al lector.
—Todo correcto, señor Marlow.
El hombre salió del vehículo con la mochila al hombro.
La gran muralla quedó a su espalda; al frente se abría iluminada la ancestral avenida de la Albufera, cuyo nombre actual ignoraba.
La contempló unos instantes como quien recupera una joya de familia, para comprobar que apenas había cambiado.
Pero en el ambiente se respiraba algo extraño: los edificios habían duplicado su altura y las fachadas aparecían muy limpias.
Las aceras, repletas de desperdicios en otros tiempos, ahora estaban impolutas.
Los semáforos, recién pintados. Y no había mendigos en las aceras ni bancos cubiertos de cartones.
En cambio, los vehículos de carga y descarga eran modelos de hacía más de medio siglo, por lo que, pensó, se moverían con el mismo combustible de antaño.
El flujo del tráfico era denso y abundaban los dibujantes de caricaturas y pintores que instalaban sus tenderetes.
También se veía gente vestida de oscuro que ocupaba las calles con puestos de flores y alimentos…
Nunca había visto el barrio tan pletórico y menos a una hora tan temprana: aún faltaba bastante para el amanecer.
Alzó la vista y descubrió un cielo grisáceo oscuro rayado de un trenzado color vino tinto, que no reconoció.
Se fijó que el célebre Puente de Vallecas había desaparecido y en su lugar se extendía una gran muralla de hormigón coronada con alambre de espinos y pintada con grafitis.
Parecía separar dos mundos: se acordó del antiguo Muro de Berlín, del de Gaza o del alzado entre Ciudad Juárez y El Paso hacía ya una eternidad.
Observó con detenimiento los dibujos y eslóganes: «Cualquier sistema que montéis sin nosotros será derribado», firmado: «Vallekas Resistente», y un símbolo: una «R» sobre una «V», con una llama en medio, que le recordó la insignia de la 13 a Semibrigada de la Legión Extranjera.
A su lado, otro grafiti decía: «Con la verdad ni ofendo ni temo».
Se metió la mano en el bolsillo interior de la cazadora y sacó una caja a modo de pastillero, que en realidad era un pequeño recipiente de plomo en el que guardaba varios chidint .
Escogió uno para insertárselo en el antebrazo.
Después presionó la herida con un pañuelo de papel para impedir que alguna gota de sangre cayera al asfalto.
Mientras se acercaba al final de la larga hilera que terminaba en la aduana, ajustó el reloj para que los próximos cargos no se dirigiesen a la cuenta de Peter Marlow, sino a la asignada al nuevo chidint .
Al cabo de veinte minutos, llegó al puesto de control. De reojo miró la herida provocada por el injerto del chip en el antebrazo para comprobar que ya había cicatrizado. Puso la mochila en la cinta para la supervisión del contenido y extendió el antebrazo ante el lector de chidint .
—Bienvenido, padre Lucas —le saludó el guardia.
—Gracias, hijo.
Se colgó la mochila al hombro y emprendió el ascenso polla avenida de la Albufera.
Todo se mantenía más o menos como lo recordaba: tabernas, pizzerías, restaurantes, tiendas de ropa y alimentación…
La avenida de la Albufera se había convertido en una zona semipeatonal, recubierta de adoquines y rodeada por una fila de estatuas, que le recordó a las calles de Rapid City, en Dakota del Sur, donde las estatuas de los presidentes de los antiguos Estados Unidos se erigían en las aceras.
A pesar de esos cambios menores, el ayer le llegaba con las mismas voces, los mismos rostros tatuados en las paredes, las historias que nadie contaba desde las casas cargadas de tragedias y muertos, los dramas imperecederos debajo del asfalto…
Sin embargo, todo resplandecía, como si nadie osara tirar un papel al suelo.
Con las fachadas pintadas de colores vivos, le pareció, más que el Vallekas en el que había vivido, una versión vulgarizada del barrio de La Boca en Buenos Aires.
Según avanzaba se percató de que los cajeros automáticos habían desaparecido de la avenida, al igual que los bancos.
Se acercó a la primera estatua de la enorme hilera de la avenida: «Ángel Nieto, 1947-2017», leyó.
También distinguió el monumento al Payaso Fofó.
Las estatuas se sucedían: «Padre Llanos, 1906-1992», «Ángeles Rodríguez Hidalgo, la abuela rockera, 1900-1993», «Poli Díaz…
», «Luis Pastor…». La dedicada a Ismael Serrano fue la última que contempló antes de girar polla calle Concordia, que recorrió como un autómata —a fin de cuentas la memoria, antes incluso de recordar, siempre reconoce— para entrar en el antiguo bulevar de Peña Gorbea.
El tiempo se había detenido: los mismos bancos ocupados por hombres, mujeres y niños de todas las etnias, todo seguía en el mismo sitio.
También la ancestral estatua de la abuela rockera con el puño cerrado y el índice y el meñique extendidos presidía el ágora.
El ahora padre Lucas sonrió, la abuela era la única que conservaba dos estatuas en aquel barrio mestizo.