Capítulo 2 Comienza la caza
Comienza la caza
McRae activó la pantalla táctil y la sala se iluminó con un cono de luz azulada desde el techo.
Pulsó un icono del monitor, que mostró la imagen tridimensional del reo en el corredor de la muerte que ya habían visto en la sala de juntas.
En esta ocasión, el teniente coronel prestó atención al nombre sobreimpreso: «Trinidade Ramalho da Costa.
Nacido en la antigua España, actual tercera provincia de West Europe.
Madre nacida en el antiguo Portugal, actual quinta provincia de West Europe…
Padre nacido en…». El resto poco o nada le interesaba, por lo que tecleó en la pantalla y aceleró la secuencia.
«Inspector jefe de la Policía de España.
Condenado a muerte por el magnicidio del senador Matt Coumenn…
Le quedaba un mes para cumplir cuarenta años…
», leyó. Detuvo la proyección y se giró hacia Mendoza.
—Mi general, ¿ese senador tiene algo que ver con la Coumenn Corporation?
—Es su fundador.
—Curioso… —murmuró McRae mientras buscaba información sobre Matt Coumenn—. Aquí dice que fue el «creador de la política del mayor rendimiento social».
—El senador Matt Coumenn, durante la grave crisis financiera que hundió el Oíd World, propugnaba la eliminación total del gasto social para los desclasados.
Ya sabe: prostitutas pobres, mendigos, sin papeles, sin techo, jóvenes delincuentes, ancianos sin pensión, minusválidos, niños con malformaciones o disminuidos psíquicos, enfermos crónicos… «Los prescindibles», como los llamaba.
—¿Y qué proponía hacer con ellos?
—Recluirlos, separando a hombres y mujeres para que no pudiesen reproducirse, y proporcionarles una alimentación básica que solo asegurara su subsistencia precaria, sin permitir la acumulación económica.
Aseguraba que aquello posibilitaría un ahorro sustancial y un mejor aprovechamiento de recursos e impuestos.
—Interesante. Un senador clarividente. Su tesis ha triunfado sesenta años más tarde.
—Se llegó a decir que el senador había tenido una epifanía sobre ese particular.
—¿Una epifanía?
—Eso dijeron, pero no sé más.
El holograma del preso en el corredor de la muerte dejó paso a las imágenes en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, el Donald Trump.
El teniente coronel las amplió, dejando en primer plano el rostro de su objetivo: pelo corto y moreno, barba de dos días, tez blanca, ojos negros, mandíbula marcada en rostro seco, nariz… McRae frunció el ceño.
—Un momento. Ese tabique nasal… Parece un injerto.
El general Mendoza, extrañado, volvió a tocar un icono del monitor y las imágenes mostraron lugares ya desaparecidos del Old World. Las detuvo. «Nacido en el pueblo de Ciaño, Asturias, despoblado desde el cierre de las minas de carbón. En su juventud practicó boxeo y ganó el título de…».
—Sospecho que ahí está la respuesta —dijo el general a un McRae pensativo.
El teniente coronel solicitó más información a la máquina. Enseguida aparecieron las Olimpiadas de Atlanta, con la leyenda: «Categoría pesos crucero…. Medalla de Oro 1996… Dieciocho años».
—Así que fuiste campeón olímpico de boxeo —masculló McRae.
Tecleó para ampliar la información sobre su carrera profesional: «Ingresó en la Policía en…
Ascendió a… Jefe del Grupo de Seguridad de Su Majestad el Rey de España, Felipe VI, cuando el monarca asistió al Capitolio para la toma de posesión de Donald Trump como emperador de los Estados Unidos en…
Al regresar a España recogería el despacho de comisario de policía… ».
El holograma cruzó imágenes, superponiendo el corredor de la muerte con el Aeropuerto Donald Trump de Los Ángeles, mientras el teniente coronel escrutó detenidamente a su objetivo.
Algo llamó su atención en las imágenes del aeropuerto.
Hizo zoom sobre las manos de Da Costa: las uñas eran largas y la del meñique crecía en cuña, los nudillos tenían callos que sobresalían como una coraza…
Amplió aún más el fragmento de las manos, que ocuparon entonces un tercio de la sala. Las volteó para escudriñar cada ángulo.
—Esas manazas solo las he conocido en los legendarios senséis —dijo McRae.
—¿Cómo dice?
—Observe esas manos, mi general. Son manos de senséi .
—«El que ha nacido antes», los llamaban. «El que ha recorrido el camino». Creí que ya no quedaba ninguno.
El teniente coronel proyectó la imagen de las manos de Da Costa durante su encierro en el corredor de la muerte, casi sesenta años atrás, y, a continuación, las que presentaba en la actualidad.
—Esa es la única diferencia física en estos años.
—Interesante. Manos capaces de soportar el dolor y de romper el cuello a cualquiera sin esfuerzo.
—¿Dónde cojones estaría metido este tipo todos estos años?
—Tal vez podamos averiguarlo —dijo el general, al tiempo que manipulaba el monitor.
—¿Qué busca, mi general?
—Las víctimas de asesinatos durante el último medio siglo cuyo objetivo haya sido apoderarse de un chidint .
—Eso será un callejón sin salida, habrá cientos de miles.
—Tal vez no sean tantos…
La pantalla mostró la cifra «171318».
—Se lo dije, mi general.
Mendoza no respondió a su pupilo. En el motor de búsqueda escribió: «Solo hombres».
La cifra descendió a 93027. Solicitó: «Solo blancos».
Esta vez disminuyó a 38169. «Edad entre treinta y cincuenta años», fue la nueva petición.
La siguiente selección —«Peso entre 170 y 200 libras»— arrojó un resultado de 5348.
—Todavía son demasiados —masculló McRae.
El general acotó aún más: «Solo en Estados Unidos», por lo que el número quedó en 1440.
A continuación instaló en la pantalla el mapa de Estados Unidos.
Las mayores concentraciones de esas muertes se producían en los antiguos estados de Nueva York, California y Texas.
Eliminó los casos resueltos. El número bajó a 712, pero los estados que reunían las densidades más altas de estos casos eran los mismos.
—Si no se le ha localizado hasta ahora —susurró el teniente coronel—, puede que siempre utilizara el mismo modus operandi : asesinar a alguien que fuera a viajar durante una temporada larga, para que la denuncia por desaparición se hiciera tarde y las autoridades se retrasasen en descubrir el cuerpo.
—Probemos.
El general Mendoza eliminó de la búsqueda algunos estados, los que presentaban menos casos o casos aislados.
Se quedó con los tres cuyos casos sumados representaban casi el setenta por ciento del total: 498.
Solicitó conocer los intervalos que, en cada uno de ellos, mediaban entre la muerte y el hallazgo del cadáver en esos tres estados.
En Nueva York resultó un período de entre uno y siete días y en California, de tres a doce, mientras que en Texas era de treinta a noventa días.
—Si nuestra hipótesis es cierta, el objetivo ha pasado al menos este tiempo en Texas.
El mapa del estado de Texas ocupó toda la pantalla y sobre él, con puntos rojos, apareció señalada la ubicación de los cadáveres.
La mayor concentración se situaba lejos de las grandes ciudades como Houston, Dallas o San Antonio…
El sudoeste del estado, en cambio, estaba repleto de puntos rojos.
Ampliaron la zona. Se trataba del noroeste del condado de Upton.
—Curioso, forma una corona circular de algo más de cien kilómetros de radio.
—Luego…
—Nuestro objetivo —le interrumpió Mendoza— ha vivido en algún sitio dentro de ese círculo y salía de vez en cuando a apoderarse de un chip en lugares diferentes.
—Lo que no alcanzo a entender, mi general, es cómo nadie dio la voz de alarma ante tanta muerte.
El general no le respondió. Estaba revisando en el ordenador la identidad de los cadáveres, detectados por sensores vía GPS .
La relación de nombres fue ocupando el espacio del holograma.
Mendoza solicitó posibles antecedentes criminales de los fallecidos.
Una ventana blanca surgió a la derecha de cada apellido.
Desplegó la primera: «Condenado por violación».
La del segundo: «Asesinato». Y el resto: «Secuestro», «Proxenetismo», «Tráfico de armas», «Tráfico de estupefacientes», «Atentados contra el Estado y la Coumenn».
Los delitos se sucedían, nombre tras nombre.
—Ahí está la explicación, mi general: el tipo siempre ha matado desechos humanos.
—La mierda social. Así nadie se preocuparía de buscar al asesino.
—Ajustes de cuentas, concluirían.
—Veamos qué carajo hay dentro de esa corona circular.
Ampliaron el mapa hasta que la circunferencia de puntos rojos ocupó la pantalla.
El general pulsó otro icono y se abrió el mapa satelital del condado.
«Condado de Upson… 3200 kilómetros cuadrados, 2800 habitantes…
Localización sobre la meseta de Edwards de…
». A esas referencias de tamaño y población siguieron otras que indicaban la superficie de cada parcela y los datos de sus propietarios: «Rancho McGregor.
Acres… Habitado por…». La información de cada chip identificativo se desplegaba en el monitor. Luz verde, uno a uno.
—¿Qué cojones será eso, mi general? —exclamó de pronto el teniente coronel, apuntando con el índice un terreno habitado por innumerables nombres. Hombre, mujeres, niños…
—Parece un asentamiento. Quizás cuáquero… O amish.
—¡Unos aspirantes a trogloditas! ¿Viviría con ellos?
La Ley de Reclusión del New World había encerrado en guetos a todos los individuos o colectividades considerados improductivos.
Sin embargo, los cuáqueros y los amish eran autosuficientes: despreciaban la vida acelerada de las urbes, las tecnologías y la desafección religiosa del mundo, y se las habían arreglado para no necesitar nada de él.
Vivían libres y sin contacto con la civilización.
—Es un buen lugar para ocultarse mucho tiempo, pero… —respondió el general, mientras revisaba la lista de los miembros de la secta. Luego, cruzó los nombres con los de los chips de los asesinados. Ninguno de esos dispositivos había pasado por allí.
—Falsa alarma.
A vista de pájaro por el mapa escrutaron dos ranchos más. Nada. Pasaron unas lomas. En el valle se extendían plantaciones rectangulares separadas por jalones de piedra o madera, con una especie de templo en el centro de cada una.
—Un templo Shaolin —escupió McRae.
—Lo que explicaría sus manos de senséi .
Mendoza rozó la pantalla y las identificaciones de los habitantes del templo —cincuenta y dos— se desplegaron con una luz verde a su derecha. Aparecieron sucesivamente los nombres de quienes habitaron la colonia durante cortos períodos en años anteriores, lista que cotejó con la de los muertos.
—Pleno —exclamó el teniente coronel.
Todas las víctimas de aquellos homicidios parecían haber pisado aquella tierra propiedad de los monjes. Pero, en realidad, los que verdaderamente habían estado en el lugar eran sus chips.
—Ya sabemos dónde se ocultó —dijo, satisfecho, el general.
El teniente coronel se giró hacia su superior.
—¿Les haremos una visita?
Mendoza asintió, en silencio.
—Gracioso —dijo McRae—, por mucha tecnología que dominemos, al final hay que enviar siempre a la infantería.
—Prepare su unidad. Mañana la quiero allí para un rastreo en profundidad de la zona y comprobar si nuestra hipótesis es cierta.