Vallekas 2084 Capítulo 1 Destino Madrid
6%

Capítulo 1 Destino Madrid

Destino: Madrid

—¿Le apetece tomar algo, señor? —preguntó a un pasajero sentado junto al pasillo que se hallaba absorto en la lectura de un libro de papel.

El hombre alzó la vista y contempló el gesto cansado de la azafata. Sonrió y negó con la cabeza. Un niño sentado a su lado le dijo a su madre:

—Mamá, cojo un refresco de naranja.

—Cóbrese también otro para la pequeña —dijo la madre a la azafata señalando a la chiquilla situada entre ella y el crío.

La azafata entregó las bebidas a los niños y la madre extendió el brazo, exhibiendo su dorado Aerowatch de pulsera para que se cobrase.

El pasajero cerró el libro y los observó: entre sorbo y sorbo, sus pequeños dedos se desplazaban con fluidez por la pantalla del respaldo del asiento delantero eliminando con armas de la Coumenn alienígenas y monstruos terribles que amenazaban a la humanidad.

La monotonía del vuelo hizo que el hombre cerrara los párpados mientras sonaba en su cabeza, como una nana, la inmortal Milonga de los perros de La Chicana:

Acá debe de haber un puerto

…

Y Dios miraba el mundo por los ojos de los perros

hambrientos, reos y ariscos que husmean por este puerto

…

Un reo recién liberado

canta un tango con buena gola

Y baila en el empedrado sus seis años de gayola

…

No habría sabido decir cuánto tiempo después sintió que algo sacudía uno de sus brazos.

—Señor, señor, despierte.

—¿Qué ocurre, chaval?

—Me llamo Pedro.

—Perdona. ¿Qué pasa, Pedro?

—Tenía una pesadilla, señor. Repetía todo el rato algo así como: «Destruir Kein Platz».

El gesto del hombre se endureció. Tras unos instantes, pasó la mano por el pelo del muchacho revolviéndoselo y le agradeció que le hubiera despertado.

«Kein Platz». La puta pesadilla desde hacía sesenta años.

Hasta le parecía oler aquel hedor a carne quemada y oír los gritos de súplica, el último suspiro de los vivos antes de la entrada en el infierno.

Apretó con fuerza la mandíbula. Cada vez que aquellos recuerdos dominaban sus sueños, más se afianzaba en él la necesidad de barrer de la faz de la tierra cualquier rastro de Kein Platz.

Desplegó con calma la pantalla de su asiento y pinchó en buscadores.

Enseguida apareció Coumenn, la primera opción incorporada en la búsqueda.

Tecleó «España» y leyó la primera entrada: «Nombre que recibía en el Oíd World la actual Tercera Provincia de West Europe…

Junto a Portugal, formaba la península más grande de Europa, denominada Península Ibérica…

El deshielo de los polos y las incesantes tormentas en los últimos sesenta años han provocado la subida del nivel del mar varias decenas de metros, lo que ha afectado a todos los territorios y países…

Las zonas de costa de la antigua Península Ibérica quedaron sumergidas…

Antiguas comunidades como Galicia, Asturias, Cantabria, Cataluña, País Vasco, Comunidad Valenciana, gran parte de la antigua Andalucía y Murcia perdieron grandes extensiones de su territorio bajo las aguas…

Las antiguas islas Baleares han visto reducidos sus territorios a la mitad, al igual que las islas Canarias…

La desaparición de antiquísimas ciudades como Valencia, Cartagena, Málaga, Cádiz, Bilbao…

. Los ríos han incrementado su cauce en varias decenas de metros, por lo que los pueblos ribereños han sido…

La población actual de la antigua España se sitúa en setenta millones de habitantes, la mayoría distribuidos en ciudades de la llamada meseta central… ».

El hombre abandonó la página y volvió al buscador.

Tecleó «Madrid»: «Capital de… Denominada Utopía 20AB en el New World.

Quince millones de habitantes, la mayoría residentes en el Microcentro, pese a que antiguos barrios…

». Leyó el resto en diagonal y retrocedió al buscador para teclear «Vallekas»: «Estado confederal de España, integrado en…

Dos millones trescientos mil habitantes…

Los vallekanos han difundido la creencia de que se independizaron de Madrid como Estado, si bien los documentos demuestran que en el New World fueron expulsados de la tutela de Utopía 20A B a raíz del elevado gasto social de sus habitantes y la insuficiente cuantía de sus ingresos.

La autoridad central dejó a la deriva a la comunidad deficitaria…

Cualquier ciudadano ha de ser identificado y filiado en Utopía 20AB para pasar al Estado Confederal de Vallekas…

Un ciudadano que ingrese desde Vallekas a Utopía 20AB será considerado ilegal… ».

Después tecleó «Mapa de Utopía 20AB». La metrópolis, vista desde el aire, se presentaba ante él como una enorme pizza , con una rodaja naranja en el medio, el Microcentro.

Una de las porciones era el Estado Confederal de Vallekas, con vértice en el antiguo entronque del vetusto puente en la avenida de la Albufera.

Mientras el hombre sacaba un objeto de un bolso que llevaba a sus pies, el muchacho depositó el bote de su refresco vacío en una bolsita que colgaba del respaldo. Al erguirse, sus ojos se centraron en el objeto que su compañero de pasaje apoyaba sobre el regazo.

—Eso es… —hizo una pausa dubitativo— ¿un libro de papel? Es la primera vez que veo uno. En el colegio nos han hablado de ellos.

El pasajero sonrió.

—¿Crees que puedes encontrar ahí cualquier publicación, verdad? —dijo, señalando el ordenador del asiento—. Venga, a ver si localizas este libro.

Sonriente, el muchacho tecleó en la pantalla el título del volumen: El malestar en la cultura y el nombre del autor, Sigmund Freud. La pantalla mostró un único resultado: «Información inexistente».

—¡Qué raro! —murmuró el niño— ¿Me lo deja un momento? Igual es que no escribí bien los datos…

El pasajero asintió y el muchacho se apresuró a coger el libro para ojearlo y teclear con cuidado.

Esperó expectante, pero la pantalla solo escupió la misma respuesta.

El chico no se dio por vencido. Tecleó solo el nombre del autor.

La red, por fin, arrojó un resultado que informaba de la única obra de aquel Freud: La interpretación de los sueños .

—Pero en el colegio nos dijeron…

—Pedrito, no molestes al señor —intervino la madre.

—No se preocupe, señora, no me molesta. Es un chico muy simpático.

—Soy Cris Laudent, su madre.

—Y yo me llamo Adelina —dijo la niña—. ¿Usted cómo se llama?

—Peter Wins… —carraspeó—. Marlow, pero puedes llamarme Peter.

—¿A qué te dedicas? —prosiguió la muchacha.

—Soy policía en Providence.

—Ah, por eso vistes tan extraño.

El hombre la miró divertido. Casi todos los pasajeros del avión —excepto los ancianos— llevaban ropa en la que se mezclaban los colores azabache y la espuma de mar, o rioja y oro, bruño y albahaca, en diseños con logotipos de marcas.

La que más abundaba era CC . Aquellos dos niños —de unos doce y nueve años, respectivamente— mostraban el pelo engominado y pintado de amarillo canario; sus ropas eran de color rojo con círculos blancos y calzaban unas deportivas con una suela que emitía reflejos verdosos.

De reojo echó un vistazo a la madre. Su pelo estaba teñido de púrpura y el vestido era verde con figuras geométricas estampadas de diferentes colores.

En cambio, él iba con pantalón tejano marca Levi-Strauss y una cazadora negra, tonos solo habituales entre personas muy mayores o indigentes.

—Mi ropa te parece triste, ¿verdad? ¿Qué me recomendarías? —preguntó con una sonrisa.

—Pues colores vivos y claros, más alegres, ya sabes…

La conversación con la muchacha quedó interrumpida.

Las luces de la cabina se apagaron y la voz del comandante informó del inminente aterrizaje.

En el New World las largas pistas de aterrizaje habían sido remodeladas.

Las aeronaves ahora tomaban tierra en vertical, al igual que el despegue, por lo que los accidentes en estas maniobras habían desaparecido.

El Vertical Take-Off and Landing o tecnología VTOL , que había comenzado como una patente de los viejos cazas Harrier que aterrizaban sobre la cubierta de los portaaviones, se había extendido al mundo comercial.

Y los jets privados eran capaces de aterrizar sobre los tejados de los edificios.

Minutos después los pasajeros recogían sus equipajes de mano y se disponían para la salida.

La evacuación de la aeronave se desenvolvió con rapidez.

A continuación formaron una larga fila que llegaba hasta la entrada del aeropuerto, donde cada pasajero colocaba el antebrazo frente al lector del Chip de Identificación Internacional para entrar en West Europe.

Peter Marlow pasó su mochila por el escáner y el policía de aduanas rozó su antebrazo con el lector. La luz verde del detector tardó unos segundos en aparecer, tras un breve parpadeo color naranja.

—Señor —le dijo el agente de aduanas—, no se olvide de renovar su chidint . Le caduca en cuarenta y ocho horas.

—Muchas gracias por el recordatorio.

—Bienvenido a West Europe, señor Marlow.

El hombre cargó la mochila a la espalda y emprendió la ruta que le iban indicando los letreros de salida, cuando una voz a sus espaldas le hizo detenerse:

—Señor Peter… Señor Peter…

Giró la cabeza y vio al niño del avión que coma hacia él.

—Se me olvidó devolvérselo —dijo, tendiéndole el libro. Tras entregarlo, se alejó al encuentro de su hermana y su madre, que se despedían del hombre desde lejos.

El pasajero, con el libro en la mano, se quedó paralizado.

Echó la vista, muy despacio, hacia las aristas del techo.

El parpadeo de las luces rojas indicaba que las cámaras de seguridad estaban en funcionamiento.

Le sobrecogió un escalofrío. Sabía que, en cuanto los agentes de la Coumenn Corporation visualizaran las grabaciones y pudieran identificarlo, esos niños y su madre serían carne de calabozo.

No debía olvidarse de sus nombres: Cris Laurent y sus hijos, Pedro y Adelina.

Y entonces, como si fuera un fogonazo, recordó las imágenes de Bartolomeo di Fruosino para el Infierno de Dante Alighieri. Aquella estampa del averno era lo más parecido al Kein Platz que había conocido.