Vallekas 2084 Capítulo 0 La misión #3
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Capítulo 0 La misión #3

—En aquellos tiempos —prosiguió la nueva voz—, los laboratorios investigábamos una medicación que potenciara sustancialmente el sistema inmunológico.

A finales de 2024, con la elección de Donald Trump como emperador de los Estados del Norte y el nacimiento del New World, lo logramos.

Lo habíamos probado en ratones y chimpancés con resultado excepcional, pero no en humanos.

Con el visto bueno del fiscal general y de la Corte Suprema, se ofreció a los condenados del corredor de la muerte conmutar su ejecución si se presentaban voluntarios.

Cuarenta y tres reclusos accedieron, pero la prueba resultó un fracaso: todos murieron. O eso creíamos…

McRae dirigió con disimulo una mirada a la casi imperceptible luz del visor de su pecho. La cámara seguía grabando.

—Parece —prosiguió la voz con un ritmo más pausado— que uno de ellos consiguió escapar durante el tratamiento, hecho que se mantuvo oculto a las autoridades de la prisión. Nunca fue encontrado. Se trata del hombre de la primera imagen.

—A ver si lo entiendo —intervino el general—. ¿Ustedes creen que ese reo fugado hace sesenta años es la persona que asesinó al policía federal y que aparece en las imágenes del aeropuerto de hace apenas unos días?

—Sí —confirmó la primera voz.

—Es imposible —dijo el general—. Han pasado sesenta años. No puede ser el mismo.

—Verá —continuó el delegado de Sanidad—, no olvide que se fugó después de participar en nuestro experimento.

Si tuvo éxito con este sujeto, su sistema inmunológico será casi perfecto: su envejecimiento será muy lento, casi inapreciable.

Es más, cualquier herida sanará en segundos y será inmune a virus, bacterias y, por supuesto, a cualquier mutación de esos gérmenes.

—De ahí que tras implantarse el chip la piel ya no muestre marcas —masculló el teniente coronel.

—Es lo que creemos.

—Aun así tengo una duda —dijo el general—. Los actuales chips son personales e intransferibles. Implantarse el de otra persona provocaría convulsiones, vómitos y hemorragias internas, que llevan a la muerte inmediata. ¿La inmunidad adquirida por el sujeto también cubriría estos extremos?

—Eso aún es un misterio para nosotros.

—Existe una forma de asegurarse de su identidad —argumentó el general—. Amplíen las imágenes y comparen sus huellas dactilares y el registro del iris.

—Ya lo hemos hecho. Son la misma persona.

La sala quedó en silencio. McRae dirigió una rápida ojeada hacia las sombras detrás de la cristalera y lanzó una pregunta:

—¿Cuál es entonces la misión?

—Traerlo ante nosotros —respondió la primera voz.

—Los datos para… —Retomó el general, pero la misma voz le interrumpió.

—Toda la información será transferida a sus oficinas en la base Génesis. En cuanto lleguen a Virginia, la tendrán almacenada en los dispositivos Coumenn tridimensionales y holográficos de la Brigada.

McRae se percató de que la imagen de la mujer gruesa se oscurecía hasta desaparecer.

—Nada más, señores. Suerte en la misión.

El proyector de hologramas se apagó y al instante lo hizo la luz que iluminaba el habitáculo de los miembros de la Coumenn Corporation. De inmediato regresaron los hologramas de los presidentes, con el de Trump en lugar destacado.

El general y el teniente coronel emprendieron el camino de vuelta, siguiendo de nuevo a la teniente y precedidos los tres por las luces que, a cada paso, se encendían en el corredor. En el ascensor, McRae murmuró:

—Me encantaría conocer la identidad y las vidas de esos vejestorios. Sobre todo de la CEO , la Gran Hermanita, como la llaman en las alcantarillas sociales.

—No se lo aconsejaría, teniente coronel —dijo el general, tragando saliva—. Si eso ocurriese, debería ordenar a otro comando que lo liquidara a usted y a sus hombres.

McRae sacudió la cabeza como si un escalofrío le hubiese recorrido la espalda hasta la nuca. No volvió a hablar hasta que traspasaron las puertas del edificio.

Ya en el exterior, la teniente se despidió de ellos y los dos uniformados subieron al Humvee-Omega para dirigirse a la base Génesis, en Virginia.

¿Por qué grabó la reunión con la dirección de la Corporación? —Preguntó el general, rompiendo el silencio en el interior del acorazado.

Es una regla básica de supervivencia que aprendí en primera linea del frente. «Por si acaso».

Al cabo de un rato, al pasar junto a las tapias del cementerio en el condado de Arlington, McRae suspiró al evocar la imagen de carruajes tirados por seis caballos blancos, portando ataúdes cubiertos por la bandera y la llama eterna al lado de las lápidas, como en el sepulcro de John Fitzgerald Kennedy.

Creía que un honor semejante era el destino más alto al que podía aspirar.

Antes de enlazar con la antigua interestatal 95, rompió el silencio:

—¿Por qué les interesa tanto ese tal Da Costa?

Mendoza no respondió. Su mirada se perdía en el horizonte enrojecido del ocaso, donde solo se adivinaban, a lo lejos, las cúpulas de los gigantescos robles palustre americanos en el Cementerio Nacional de Arlington.

McRae volvió a intentarlo:

—Mi general, no han especificado si quieren que a ese sujeto lo traiga vivo o muerto.

El general carraspeó.

—Tengo la impresión de que les da igual.

McRae dirigió una fugaz mirada a la luneta trasera del vehículo.

Al fondo, aún se distinguía la cúspide de la esfera amarilla.

Se alegró de alejarse de aquella construcción, cuya arquitectura de repente se le antojaba vagamente malvada.

Y esa reunión nada bueno parecía presagiar. Más bien todo lo contrario.