Capítulo 0 La misión #2
Se adentraron en una sala circular vacía, que parecía una vieja pista de baile.
Del techo colgaba un proyector de hologramas marca Coumenn.
Las imágenes tridimensionales de todos los presidentes de la nación del Old World cubrían el perímetro de la sala.
En una plataforma alta y algo apartada se proyectaba una iconografía de Donald Trump, el gran guía espiritual que había inaugurado la Edad de Oro, dando paso al New World para la humanidad.
De pronto, las imágenes desaparecieron y se encendieron las luces. Se hallaban en medio de un enorme cilindro de cristal oscuro, sobre el que se proyectaba la hora: las 19:00.
—Sitúense aquí, por favor —les indicó la teniente, señalando la plataforma.
Los dos hombres, con las manos a la espalda y los pies separados cuarenta centímetros, obedecieron.
Cuando el reloj marcó las 19:01, una luz vaporosa se encendió y descubrió las siluetas de diez personas sentadas detrás del cristal, separadas entre sí por tres metros. Aunque las caras permanecían en penumbra, se distinguían las figuras de cuatro hombres y seis mujeres.
El New World había aprendido del pasado: a los dirigentes del mundo no se les conocía rostro o filiación. Las élites perfectamente identificadas resultaban un blanco fácil, no solo para los terroristas, también para las multitudes indignadas, enfermas y hambrientas, a las que temían aún más.
Una de las siluetas que se vislumbraba era la de un hombre calvo fumando.
McRae advirtió que cuando expulsaba el humo no se expandía, sino que ascendía para desaparecer enseguida, lo que indicaba que cada una de esas personas —o sus imágenes— se hallaba dentro de un cilindro transparente que los separaba de los demás.
—Bienvenidos a la Corporación… —les saludó una voz distorsionada que parecía provenir de la última figura de la derecha, un hombre encorvado de nariz aguileña—. Tenemos una misión que encomendarles…
—Estoy impaciente por saber a quién hay que liquidar —susurró el joven McRae al general, exhibiendo sus dientes, ferozmente apretados.
El reloj marcó las 19:03 y la voz escupió:
—General, enseñe a su pupilo a permanecer callado hasta que se le solicite su opinión.
Mendoza apenas se giró hacia McRae para lanzarle una mirada cortante. El teniente coronel reclinó la cabeza y, con un gesto casi imperceptible, presionó un botón del cinturón e hizo aparecer una tenue luz en su pecho, señal de que había conectado la cámara de grabación.
—Señores, observen el Hologram.
En medio de la sala se desplegó la figura tridimensional de un hombre con uniforme naranja, muñecas y tobillos engrilletados.
Tenía hombros anchos y la cabeza afeitada en contraste con una barba densa.
Escoltado por cinco guardias, caminaba por una galería.
Sin duda se trataba de un corredor de la muerte de un presidio perdido en algún lugar de la Tierra.
Sobreimpresos sobre la imagen surgían los datos personales del reo.
El teniente coronel no prestó atención al nombre completo, aunque distinguió «Da Costa».
Su mirada se centró en el resto: «… Estatura: 73 pulgadas.
Peso: 195 libras. Masa corporal… Profesión: Expolicía…
País de nacimiento: Antigua España, actual Provincia Tercera de West-Europe».
—Esa imagen, señores —continuó el hombre encorvado de nariz aguileña—, es de 2023. Está tomada en la antigua prisión de máxima seguridad ADX de Charlotte Amalie para presos altamente peligrosos.
La memoria eidética de Robert McRae registró el perfil. Al instante, el holograma de la galería desapareció y dio paso a otro.
—Ahora fíjense en el individuo que hace dos semanas pasó los controles de seguridad del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, el Trump Airport.
La secuencia mostraba a un hombre con pelo corto y barba de unos días, con cazadora negra y pantalones vaqueros, que llevaba una pequeña mochila militar. Sobre su figura fueron apareciendo datos casi idénticos a los anteriores. Todo coincidía, excepto el nombre.
—Han pasado sesenta y un años entre las dos imágenes. Sin embargo, parece la misma persona —murmuró el general Mendoza.
La lectura del chidint indicó que se trataba de Peter Winslow, un agente federal destinado en Boston, que al parecer estaba siendo investigado por corrupción.
En el holograma grabado por las cámaras del aeropuerto se podía ver cómo el agente de seguridad pasaba el lector portátil sobre el antebrazo del sujeto y leía su Chip de Identificación Internacional: «Peter Winslow, peso 195 libras, estatura 73 pulgadas, raza blanca…».
—La coincidencia de rasgos físicos por sí misma no sería extraña —prosiguió la voz—, si no fuera porque el cadáver de Peter Winslow apareció ayer en un callejón de Los Ángeles.
Su autopsia reveló que llevaba muerto varias semanas y no portaba su chip identificativo.
El hombre de la imagen voló de Los Ángeles a Nueva York con el chidint de Peter Winslow.
Los dos militares pasearon sus miradas alrededor de la imagen tridimensional.
—¿Alguna pregunta?
—Desde que los chips sustituyeron a los carnets y pasaportes —dijo el general—, se han dado casos aislados de robo. Sin embargo, el control GPS ha permitido la localización y la detención casi inmediata de los delincuentes.
—Este caso estaba muy preparado —le contestaron detrás del cristal—. Peter Winslow comenzaba sus vacaciones. El asesino, de complexión similar, recorrió la ruta prevista del policía.
—O sea, sospechan que tenía previamente vigilado a Winslow. Lo mató, le extrajo el chidint para implantárselo y ocultó el cadáver antes de seguir el mismo itinerario del policía de Boston.
—Así es.
—¿Y por qué no acudir al mercado negro de chidint ?
—Eso lo tendrán que averiguar ustedes.
El teniente coronel McRae alzó la mano. La voz le concedió permiso para hablar.
—Si todos los plazos señalados son correctos, desde la hora de la muerte de Winslow a esta imagen del supuesto Da Costa en el aeropuerto, no han pasado más que unos días.
Y si esos aparatos se tienen que insertar a cinco milímetros bajo la piel, en ese tiempo la herida jamás podría haber cicatrizado completamente.
Y en la imagen no se nota ninguna lesión.
—Muy perspicaz, teniente coronel —intervino la voz—. Ese es justamente uno de los indicios que nos hacen sospechar que el recluso del corredor de la muerte y el individuo del aeropuerto son la misma persona.
—Pero… —El general sacudió la cabeza— han trascurrido seis décadas. Ese recluso hoy tendría más de cien años. Es imposible que…
—Si me lo permiten, cederé la palabra al delegado internacional de Sanidad —dijo la voz.
Se oyó un carraspeo y otra voz de timbre aún más mecánico comenzó a hablar:
—Ustedes no se acordarán, pero habrán leído algo…
McRae se percató de que la única mujer gruesa del grupo encendía lo que, a la distancia, parecía un cigarro o un vaporizador. El humo o vapor perfilaba sus facciones de forma difusa: pelo lacio hasta los hombros, cara redonda, pequeña barbilla sobre una papada enorme…
McRae supuso que se hallaba ante la Chief Executive Officer de la Coumenn Corporation.
En alguna ocasión la había visto en los noticiarios televisivos junto a los representantes de la nación.
Y de ser cierto que era la CEO , aquello confirmaba que la misión era vital para los dirigentes de la New Reality.
—Entre los años 2019 y 2020 de la Antigua Era una grave crisis sanitaria provocada por un coronavirus, el Covid-19, inundó el mundo.
A esto se unió una grave crisis financiera que hundió en la miseria a millones de ciudadanos.
Los recortes en medicamentos y sanidad impidieron la asistencia médica a la mayoría.
Las enfermedades se extendieron en los años posteriores, alcanzando el nivel de pandemia, los virus mutaron a una velocidad mayor que aquella en que se iban descubriendo las correspondientes vacunas.
Eso, sumado a la falta de agua potable en más de medio mundo y al resquebrajamiento repentino de la capa de ozono provocó una situación muy similar a lo que, en los textos antiguos que ustedes seguramente vieron en las clases de Historia del colegio, se denominaba el Apocalipsis…
Mientras escuchaba, McRae se fijó en la silueta del delegado internacional de Sanidad: atlética, propia de alguien que cuidaba su cuerpo.