Vallekas 2084
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Capítulo 0 La misión
La misión
A L CREPÚSCULO una docena de rayos resquebrajaban el rojo ceniciento del cielo anunciando lluvias de gran intensidad.
Desde el Gran Derretimiento de los Polos ( GDP ), el final de cada día apenas variaba del anterior: la temperatura y la humedad se incrementaban como paso previo a los truenos y a que el firmamento pareciera desplomarse sobre el planeta.
Desde hacía más de medio siglo, las inundaciones seguían a grandes sequías y estas a otras inundaciones, los océanos se acidificaban más cada año y aumentaba la liberación de dióxido de carbono; la migración de especies y la pérdida de kilómetros de costa sumergida bajo unas aguas cada vez más putrefactas fueron algunas de las constantes que trajo consigo el GDP .
Las grandes avenidas, las enormes zonas verdes y los monumentos centenarios quedaban reducidos a bisutería de saldo ante la gigantesca semiesfera ambarina construida por la Coumenn Corporation, que se erguía ufana en el extrarradio de la metrópolis sin insertarse en la arquitectura previa de la urbe, como si les dijese al Capitolio, a la Casa Blanca, al National Mall: «Nada serías sin mí. La ciudad soy yo».
Muchos habían olvidado los inicios de la cúpula de la Coumenn; los más jóvenes afirmarían que su origen coincidía con la fecha de fundación de la ciudad, casi tres siglos atrás.
Fuera como fuese, sus mil quinientos pies de altura sonrojaban a los quinientos del vetusto Monumento a Washington, y sus cerca de diecinueve mil acres de superficie convertían al National Mall un simple jardín familiar.
Pocos sabían qué ocultaba en su interior aquella gigantesca semiesfera; solo los elegidos traspasaban sus accesos, que ni misiles de corto o medio alcance habrían derribado.
Lo único en que coincidían todos era en que desde esas instalaciones se dirigían los tentáculos —extendidos hacia todos los continentes— de la Coumenn Corporation, la multinacional que había rescatado al mundo occidental de la grave crisis económica, social y sanitaria que asoló su sistema décadas antes, condenando a la Tierra a la hambruna y las pandemias, en tanto los gobernantes no supieron ofrecer soluciones.
A partir de entonces, cuando la Coumenn Corporation asumió los destinos de la humanidad, comenzó el período New Reality, como les gustaba llamarlo a los más entregados a la causa: un nuevo orden, un nuevo estado y una nueva religión.
Aquel día 2 de mayo del año 60 de la New Reality (correspondiente al 2084 del olvidado calendario gregoriano), el color rojizo de wéstern —el propio del New World, como les habían enseñado en el colegio— se apoderaba una vez más del cielo del antiguo Washington DC , ahora renombrado Utopía 01AZ.
Bajo el atardecer, las puertas blindadas del cerco perimetral se abrieron para dejar paso al vehículo blindado de transporte militar 6x6, el nuevo Humvee-Omega, con la estrella blanca de cinco puntas en los laterales negros.
Del 6x6 bajaron dos figuras uniformadas: la primera, fibrosa y alta, era el general de dos estrellas Warren Mendoza, jefe carismático de la Brigada Génesis, laureado hijo de la patria, descendiente de los antiguos pobladores apaches que había abrazado la bandera de las barras y estrellas.
La segunda, atlética y de piel morena, con barba de tres días, era el recién ascendido teniente coronel, el joven y prometedor Robert McRae, gran esperanza blanca del Ejército del New World desde que asumiera el mando de los comandos Alfa.
Mendoza y McRae compartían haber concluido con éxito todas las misiones encomendadas en defensa de los intereses de la Coumenn Corporation, además de no mostrar escrúpulos ante las leguas de sangre y cadáveres esparcidos por cualquier territorio.
Uno y otro se comportaban como el padre y el único heredero de una hacienda muy particular: el infierno.
Un par de soldados se cuadraron ante ellos, llevando la mano derecha a la gorra y pronunciando al unísono: «A la orden, señor». Mientras tanto, una teniente de talle esbelto, ojos negros, cejas anchas y moño se acercó a los recién llegados y también se cuadró.
—Teniente Madison, señores. Soy su guía. Acompáñenme, les esperan en el Consejo de Dirección de la Coumenn Corporation.
El general Mendoza y el teniente coronel McRae siguieron a la oficial.
Mientras caminaban, McRae alzó la vista.
La semiesfera se presentaba ante ellos como una gran montaña amarillenta, coronada por las siglas CC .
En la cúspide aterrizaban continuadamente helicópteros y despegaban aviones de tonelaje medio.
Ninguno de los dos necesitaba que le explicasen la razón de la cita. Una vez más les marcarían un objetivo secreto y les impartirían instrucciones —nunca razones— para aniquilarlo.
Mendoza se volvió hacia el teniente coronel, que apretaba impaciente la mandíbula, resaltando la cicatriz que le cruzaba el rostro desde la ceja derecha hasta la barbilla.
Apenas vislumbraron el acceso a la gigantesca semiesfera, la puerta se abrió. Se desplegó ante ellos un largo pasillo abovedado, escoltado por soldados armados cada diez metros.
—Por favor, señores.
La teniente Madison señalaba lo que parecía un ascensor con capacidad para albergar un Humvee-Omega, con un gran espejo al fondo.
—Señores, procederemos a la obligatoria desinfección.
Un gas azulado empezó a salir por las cuatro esquinas superiores del elevador impregnando el habitáculo de un olor a ozono y almendras amargas. El general Mendoza se mantenía inexpresivo. Sin embargo, McRae fruncía el ceño.
—Se trata de un desinfectante de ropa y de aire, el K-I —informó la teniente—. Cuando salgan del ascensor, notarán que el aire es muy puro. Deben respirar con precaución para dar tiempo a que el organismo se acostumbre a la ausencia de toxinas ambientales.
La oficial animó su ojo derecho a una pantalla púrpura del tamaño de un paquete de tabaco, fijada en la pared del ascensor. Cuando se encendió una luz verde, pulsó el botón del número —199.
La expresión en los rostros de los recién llegados evidenciaba que, en una décima de segundo, habían calculado la profundidad a la que descenderían.
Sus sospechas sobre las semiesferas amarillentas se confirmaban: la cúpula de la Coumenn Corporation no era más que la parte visible de una gran ciudad sumergida en las entrañas de la tierra: un gran iceberg amarillento y blindado que contenía una urbe desinfectada, segura, con aire y agua de una pureza absoluta, únicamente para los elegidos de la New Reality.
McRae observó de reojo su propia imagen reflejada en el espejo: el uniforme de guerra resultaba impecable con su nueva hoja plateada de siete puntas de rango de teniente coronel, y su corte a cepillo se ceñía a lo reglamentario.
Apretó los dientes y abrió los labios. Le gustaba admirar su perfecta dentadura: su blancura contrastaba con la tez morena y resaltaba aún más la cicatriz que le cruzaba el rostro, un regalo de metralla en una refriega perdida en sus recuerdos de cuando la guerra en la Frontera contra los nuevos bárbaros: los King Ciborg.
Sentía que aquel tajo le confería una expresión más sanguinaria.
Con ella mostraba al mundo su arrojo e indiferencia ante el rastro de sangre que dejaba en sus misiones.
Sabía que obedecer sin preguntar ni cuestionar era el mejor modo de sobrevivir y de escalar posiciones en una sociedad que ya no le pertenecía.
El ascensor aminoró su velocidad. Una luz roja que rodeaba la parte inferior del elevador en paralelo al suelo, fue ascendiendo alrededor de los tres ocupantes: del calzado a las gorras.
En la pantalla superior de la puerta se leía «—199».
La luz roja se apagó y una voz mecánica informó: «Desinfección realizada.
Acceso permitido». Las puertas se abrieron.
—¡Qué curioso, mi general! —exclamó McRae—. Este aroma que ahora respiramos me ha hecho recordar el césped recién cortado de los jardines de los vecinos de mis abuelos en los que, cuando era niño, me dejaban corretear con los perros.
—Más extraño es si le dijese que a mí me ha ocurrido igual —dijo el general Mendoza—. Me ha transportado al aire puro y la brisa de las cumbres y espacios abiertos del Monument Valley, en mi querida y lejana Arizona.
—A lo mejor se trata de esa sustancia que…
—Con su permiso, mi general —interrumpió la teniente—. Si no le importa voy delante para mostrarles el camino.
Mendoza asintió. Apenas apoyó la mujer un pie en el suelo del pasillo, se iluminó una tenue luz azulada, a la que siguieron otras que se iban encendiendo tres metros por delante.
El general y el teniente coronel caminaban con paso firme.
Conforme avanzaban sobre las baldosas beis de material ignífugo, las luces que dejaban detrás se iban apagando, gracias a los sensores.
El círculo alumbrado que rodeaba su marcha les convertía en un blanco fácil, se dijo McRae.
Observó atentamente las aristas del techo.
«Cámaras diminutas provistas de infrarrojos», concluyó para sí.
—Mi general, ¿conoce algún detalle de la nueva misión?
—Estoy igual que usted —respondió Mendoza, con gesto inexpresivo, sin apartar la mirada del frente.
McRae balbuceó:
—No entiendo…
—Solo sé que le han llamado para informarle directamente de la misión, al parecer de vital importancia. A mí me han convocado para que le facilite los medios humanos y materiales para ejecutarla con éxito.
Al final del pasillo una puerta blindada les impedía el paso. La teniente acercó su ojo derecho a la pantallita de la pared para que el lector reconociera su iris. La luz verde se encendió y habilitó el acceso.