Valentino (Sindicato Feretti 13) Capítulo 37
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Capítulo 37

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Amanda

Dante Castellani está de pie en el umbral.

En Italia.

En mi habitación del hospital.

—Gracias a Dios —digo.

Me sale una voz húmeda porque ya estoy llorando. Las lágrimas brotan rápido, sin previo aviso, como si mi cuerpo hubiera esperado a ver a alguien conocido antes de dejarse llevar.

—Oh, gracias a Dios. Gracias a Dios.

Cruza la habitación sin prisas y toma mi mano entre las suyas.

—Hola, Amanda —dice, como si nos hubiéramos encontrado por casualidad para cenar.

Lo abrazo.

Se pone rígido de inmediato. Dante odia los abrazos de la misma forma que algunos hombres odian la confesión, y a mí no me importa.

Aprieto mi cara contra su solapa y me aferro a él.

Huele a humo de cigarrillo y a lana cara, y bajo eso, algo lo suficientemente familiar como para hacer daño.

Chicago. La casa de Vittoria. Las cenas de los domingos.

Hombres hablando bajo en la habitación de al lado mientras Aria seguía poniendo comida en mi plato.

Crecí al lado de esta gente.

Ahora mismo, Dante es lo más parecido a un hogar que tengo.

Un segundo después, levanta la mano y me da dos palmaditas en la espalda.

Para Dante, eso es prácticamente estar sollozando.

—¿Dónde está? —Me aparto y lo sujeto de las mangas—. ¿Dónde está Valentino? Nadie quiere decirme nada. Se lo he preguntado a todo el mundo. Se lo he preguntado a un bedel, Dante.

—En la habitación de al lado. —Me observa la cara mientras lo dice—. Los médicos están con él. Le han hecho tanto daño que los necesita.

Tanto daño.

Se me encoge el estómago.

—Pero está vivo. —Mis dedos se hunden en su brazo con la fuerza suficiente para arrugar el traje. En circunstancias normales, eso sería un delito capital—. ¿Verdad? ¿Está vivo?

Dante asiente una vez.

Ya estoy sentada, pero de algún modo las piernas me fallan igualmente. Me doblo hacia delante en el borde de la cama, con una mano apretada sobre la boca.

Vivo.

A una pared de distancia.

Respirando al otro lado de un tabique pintado mientras los médicos recomponen lo que Enzo intentó quitarle.

Vivo, y todavía no puedo llegar hasta él.

Dante mete la mano en su americana y me tiende un teléfono.

—Llama a quien necesites —dice—. Tengo que hablar con la policía y con nuestro abogado. —Dice «policía» como si fuera una molestia y «abogado» como si fuera un arma. Su boca se ladea apenas unos milímetros—. No te escapes. El hombre que hay fuera de la puerta está nervioso.

—Debería estarlo. —Algo brilla en sus ojos, apenas perceptible, antes de que se marche.

Marco el número que me sé de memoria desde la universidad. Suena una vez.

—¿Diga?

—Vee.

El sonido que emite Vittoria me rompe por dentro. Ya está llorando antes de que termine la sílaba, un llanto crudo y sin aliento, el tipo de llanto que le he oído tal vez dos veces en quince años.

—Estás bien —no para de decir—. Estás bien. Dime que estás bien.

—Estoy bien. Estoy en la cama de un hospital con un camisón que no cierra por detrás, así que mi dignidad se encuentra en estado crítico, pero estoy bien.

—Mi voz tiembla. Me esfuerzo por seguir—.

Aunque deberías ver el moratón que tengo en la cabeza.

Espectacular. Ni siquiera puedo publicarlo.

Instagram me censuraría al momento. Normas contra la violencia.

Ella se ríe.

Es una risa húmeda y sorprendida, y entonces yo también me río. Las dos riéndonos y llorando al teléfono como idiotas, y es el mejor sonido que he escuchado en varios días.

Una voz profunda dice algo detrás de ella, en tono bajo y con acento.

—¿Está bien?

—Dile a Dmitri que estoy bien —digo—. Dile también que cuando vuelva a casa, necesito una semana entera contigo. A solas. Sin marido. Puede patrullar el perímetro o lo que sea que haga.

Vittoria transmite el mensaje. Hay una pausa, y luego la voz de Dmitri se acerca al teléfono.

—Me lo pensaré.

—Dice que se lo pensará —dice Vittoria.

Entonces su voz cambia. Es más suave. Más grave. La voz que reserva para mí cuando no hay público.

—Amanda. ¿Estás bien de verdad?

Miro a la pared.

Al al otro lado de ella está Valentino.

—No del todo —digo. Por una vez, lo dejo ahí. Sin bromas. Sin adornos. —Pero lo estaré.

Ella suelta el aire despacio. Vittoria nunca ha necesitado que finja que estaba bien por ella, que es probablemente por lo que la quiero más que a mi propia familia.

—Quita el manos libres —digo.

Un ruido de roce. Una puerta se cierra a su lado. El murmullo bajo de Dmitri se corta.

—Ya está —dice—. Soy solo yo.

—Valentino y yo… —Me detengo. Empiezo de nuevo, más bajo.

—Pasó algo, Vee. Tuvimos una conexión. Estuvimos más que unidos. Luego se lo llevaron a una habitación para matarlo, y él me sonrió como si se estuviera despidiendo.

Se me cierra la garganta hasta que apenas puedo pronunciar las siguientes palabras.

—Iba a morir. Cruzó sus puertas a propósito para que me dejaran marchar. Todo esto parece que le haya pasado a otra persona, y sea yo la que se ha quedado con los moratones.

Vittoria se queda en silencio un largo rato.

Cuando habla, su voz es firme, pero puedo notar la preocupación que subyace en ella.

—Hay cosas que deben solucionarse primero —dice—. Cuando estén listas, nos sentaremos tú y yo, y me lo contarás todo. Todo. Desde el principio.

—Vale —susurro.

—Amanda.

—¿Sí?

—Él no deja que nadie se le acerque. Nadie.

Aprieto la palma de la mano contra la pared junto a mi cama, contra la pintura fría, como si pudiera sentirlo a través de ella.

—Lo sé —digo.

Valentino

El médico me deja boca abajo, con la cabeza ladeada sobre una almohada que huele a lejía.

—Semanas —me ha dicho—. No podrás tumbarte bocarriba en varias semanas.

Luego se ha marchado.

Aquí estoy, cosido desde el hombro hasta la cadera, clavado a una cama de hospital con la cara hacia el suelo y una vía intravenosa pegada a la mano.

Lo odio.

El dolor aún no ha llegado. Sea lo que sea que me han dado, mantiene la mayor parte a raya, pero puedo sentirlo ahí, esperando. El tirón de cada punto. El calor bajo los vendajes. El dolor profundo en mis hombros causado por la cuerda.

Unos pasos se mueven rápido por el pasillo.

No es una enfermera. No es el médico.

Entonces un sollozo se escucha en la puerta.

Amanda.

Levanto la mano del colchón. El esfuerzo me provoca un tirón agudo en la espalda y los hombros. Mantengo la mano levantada hasta que sus dedos se cierran alrededor de los míos.

Cálidos.

Temblorosos.

Vivos.

Su rostro aparece en mi campo de visión, ladeado para encontrarse con el mío. Su pelo cae hacia delante, pálido bajo las luces del hospital. Tiene un moratón en la sien. Sus ojos están hinchados de llorar.

Me aferro a su mano y la miro como si necesitara memorizar cada detalle.

Me estudia durante un largo segundo. Entonces su cara se tuerce como si intentara no llorar, y estuviera enfadada consigo misma por haber perdido.

—Vaya —dice—. ¿Cómodo? Pareces cómodo. Muy digno. Un diez de diez.

Casi me río.

Ese «casi» es suficiente para que me duela.

—Ni de coña —digo.

—Bien.

Se inclina y me besa. Suave. Con cuidado. Pero sin dudas. Me besa como si necesitara saber que estoy aquí de verdad.

Cuando se aparta, su palma permanece en mi mejilla. Su pulgar se mueve una vez sobre la barba de pocos días que tengo.

—Vas a pagar por lo que has hecho esta noche —dice.

Su voz no tiembla. Eso me preocupa más que si lo hiciera.

—Te has intercambiado como si fueras totalmente prescindible.

—Eso sirvió para que salieras tú.

—Casi hace que te maten.

—Sabía a qué me atenía.

Su pulgar se detiene.

Mantengo su mano entre las mías.

—La mujer que tenían contigo. ¿Quién era?

Amanda exhala y se sienta en el borde de la cama, teniendo cuidado con el colchón, teniendo cuidado conmigo.

—Francesca. —Niega con la cabeza una vez—. Su hermana desapareció a los dieciocho años. Aldo. La agencia. Se pasó años acercándose a él. El trabajo, las fiestas, todo. Estaba reuniendo pruebas para destruirlo.

Pienso en Francesca en el bar. La sonrisa. La forma de desviar la atención. Cómo se movía por aquella sala como si cada hombre que había en ella la hubiera confundido con un adorno.

—Ella te indicó el pasillo en la gala —dice Amanda—. Te encontró a propósito.

—¿Y después?

—Cogió mi bolso de la habitación. Mi teléfono. No quería que terminara en manos de los hombres de Basile. La cogieron de todos modos. La tuvieron retenida durante días, y ella no les dijo nada.

Eso no encaja.

Si Francesca tenía el teléfono de Amanda, si los hombres de Basile cogieron a Francesca, si la ruta aun así se le vendió a Enzo, entonces la filtración no empieza donde yo creía.

Los medicamentos me dificultan mantener el hilo de los pensamientos.

—Luego —digo—. No así.

—Mentiroso —dice Amanda en voz baja—. Ya estás pensando en ello.

—No muy bien.

Su boca tiembla una vez antes de que consiga controlarla.

Aprieto con más fuerza su mano.

—Luca —digo—. Necesito saber de él.

Su rostro cambia.

—Dante está indagando. Ha dicho que…

—He dicho que querrías saberlo directamente por mí —dice Dante desde el umbral—, porque no te fías de la información de segunda mano.

Entra con un traje lo suficientemente limpio como para que me moleste. Sus ojos recorren una vez la habitación. Puerta. Ventana. Soporte del suero. Amanda. Yo.

Luego mira la forma en que estoy tumbado y una comisura de su boca se eleva.

Ya odio lo que sea que esté a punto de decir.

—Para que conste —dice—, he hecho una foto.

—Bórrala.

—No.

—Dante.

—Puede que sea útil algún día.

—¿Para quién?

—Para mí.

Amanda suelta un sonido que casi llega a ser una carcajada.

La expresión de Dante cambia antes que la mía. El humor lo abandona rápido.

—Luca necesitaba sangre —dice—. Mucha. Fractura de cráneo, pulmón perforado, costillas rotas. Han detenido la hemorragia interna hace una hora.

La mano de Amanda se aprieta contra la mía.

Dante me mira. —Dicen que saldrá adelante.

Cierro los ojos.

El aire que suelto tira de cada punto.

Giró el coche hacia el impacto para evitar que golpeara el lado de Amanda.

No tengo una palabra lo bastante grande para abarcar eso.

—Bien —digo.

Dante asiente como si comprendiera todo lo que la palabra no alcanza a cubrir.

—Hay más —dice—. Estamos indagando en cómo se enteraron.

Abro los ojos.

—La ruta —dice—. El horario. Ese camión estaba esperando exactamente donde debía estar. Alrededor de seis personas sabían lo suficiente para que eso ocurriera.

—Elio está bajo custodia federal.

—Él es una de las seis. No la única.

Amanda se queda inmóvil a mi lado.

Dante se mete las manos en los bolsillos. —Enzo está con el FBI. Aislado por ahora. Sea lo que sea que sepa sobre quién le pasó la ruta, no podemos llegar a él todavía.

—Así que no lo sabemos.

—Todavía no.

Amanda no habla.

No hace falta.

Alguien vendió la información.

Alguien que sigue ahí fuera.