Valentino (Sindicato Feretti 13) Capítulo 34
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Capítulo 34

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

Valentino

Amanda sigue gritando cuando los guardias me hacen entrar.

Mi nombre. Una y otra vez. Ya está afónica.

No me perdonará el haber venido aquí. Lo sabía antes de disparar contra la puerta. Me odiará por entregarme a cambio de ella, y quiero que viva el tiempo suficiente como para hacerlo.

Enzo Basile está de pie junto a una larga mesa de madera. Le miro primero las manos, luego la cara. Tiene las manos entrelazadas. Sus ojos están secos y enrojecidos, los ojos de un hombre que ya ha llorado en privado y que no volverá a hacerlo frente a mí.

Conocí a hombres como él mientras crecía.

Mi padre venía del mismo mundo. Hombres que podían mandar una muerte antes del desayuno y seguir creyendo que había líneas que un hombre no cruzaba.

Tráfico. Mujeres. Niños. Droga. Consideraban inteligente a la nueva generación por encontrar beneficios en cualquier parte.

Hombres como Enzo lo llamaban podredumbre.

No matará a Amanda ahora que me tiene a mí.

Todavía no.

A mí puede hacerme daño. A mí puede retenerme. Aldo ha muerto, y Enzo no me ha traído aquí para quedar satisfecho con una sola bala.

—Benvenuto —dice Enzo.

Bienvenido.

Lo dice como si los modales todavía importaran.

—Valentino, no. —La voz de Amanda desgarra la habitación—. No te quedes ahí parado. No hagas esto. No te atrevas a hacer esto.

Aún no la miro. Tengo que responder a Enzo primero. Necesito que me escuche antes de que el dolor suene más fuerte que la verdad.

Enzo hace un gesto y uno de los guardias aparta una silla. Nadie me empuja a ella. Me siento porque he venido aquí para que me vea, no para que me arrastren.

—Viniste a mi puerta y soltaste tu arma —dice Enzo—. He enterrado a mi hijo. He escuchado diez versiones del porqué de diez hombres que no estaban en la habitación. La mujer Renaud me dio tres más antes de dejar de serme útil.

Sus ojos no se apartan de los míos.

—Tú estabas allí. Dime por qué.

Una pregunta sencilla. La única que le importa.

—¿Quieres la verdad?

—Quiero el motivo.

—Tu hijo la drogó.

Amanda se queda en silencio detrás de mí.

—Puso algo en su bebida en el palazzo porque ella hizo preguntas sobre una chica con moratonesen una sesión de fotos.

La llevó a una habitación con otros dos hombres.

La fotografiaron mientras estaba inmóvil.

Le pusieron las manos encima. Le dijeron que era un recordatorio para que se quedara callada.

Enzo no parpadea.

—Las chicas por las que preguntó pasaban por la Agenzia Luce.

Traían cuarentacada temporada. Treinta las enviaban de vuelta a casa.

El resto las vendían. Chicas de Europa del Este.

Chicas del norte de África. Pasaportes retenidos.

Vivienda controlada. La operación de Aldo.

El dinero de Aldo. Oculto para ti a través de empresas pantalla porque sabía exactamente lo que harías si te enterabas.

Durante un rato, Enzo no dice nada.

La lámpara zumba en el techo. En algún lugar afuera, un perro ladra dos veces y se calla.

—Me enteré de lo de la agencia hace tres días —dice—. Mi sobrino me lo contó con una pistola en la boca.

Se le tuerce la boca al pronunciar las siguientes palabras.

—Trata de mujeres.

Se mira las manos y luego vuelve a mirarme a mí.

—Nosotros no hacemos eso. Nunca lo hemos hecho. Si Aldo se hubiera puesto frente a mí vivo y lo hubiera admitido, me habría encargado de él yo mismo. En mi casa. A mi manera.

—Te creo.

—Bien. —Sus ojos se endurecen—. Entonces créete esto también. Eso no cambia nada.

—Lo sé.

—Era mío. Fuera lo que fuese, era mío. No matas al hijo de un hombre, le das un motivo después y consideras que la deuda está pagada.

Aprieta las manos una vez contra el borde de la mesa.

—El motivo es válido —dice—. La deuda sigue vigente.

—Lo sé —digo.

Si alguien hubiera puesto a Vittoria en una situación así, a Bruno no le habría importado el motivo. Al menos al principio. Habría querido muerto al hombre, después, arrasada la casa que lo engendró y por último a cada cobarde que se quedó lo bastante cerca como para permitir que sucediera.

Enzo se equivoca respecto a su hijo.

No se equivoca respecto a la deuda.

Me estudia durante un momento más y se le tensa la boca.

—Tendrás mucho tiempo para arrepentirte —dice—. Te garantizo eso, al menos.

—No me arrepiento. —Le miro a los ojos—. Volvería a abrir esa puerta mañana mismo.

Un músculo le salta bajo el ojo.

Se vuelve hacia la puerta, pero se detiene con una mano en el marco, de espaldas a mí.

—Cinco minutos —dice—. Te dejaré con ella cinco minutos. Di lo que tengas que decir. Luego mis hombres te llevarán.

Los guardias salen tras él. La puerta se queda entreabierta. Pueden oírlo todo.

Aun así, por primera vez desde que me trajeron, nadie se interpone entre nosotros.

Me doy la vuelta.

Amanda ha dejado de gritar. Las cuerdas se le clavan en las muñecas. Tiene la cara empapada. Sus ojos no se apartan de mí, como si comprendiera exactamente lo que he negociado y me odiara por obligarla a presenciarlo.

—¿Qué has hecho? —pregunta.

Apenas se le quiebra la voz.

Apenas.

—Valentino. ¿Qué les has dado a cambio?

Cinco minutos.

El tiempo suficiente para decirle la verdad si no lo desperdicio intentando suavizar esto.

Cruzo la habitación y me pongo de rodillas frente a su silla.

Amanda

Ya estoy llorando antes de que diga una sola palabra.

—Mírame —dice. Su voz es áspera, pero firme—. Amanda. Tienes que entender una cosa. No tenía elección.

—Tú… —Lo intento de nuevo, pero no sale nada.

Él lo ve. Las palabras que se atascan. El pánico agazapado justo detrás de ellas. Su rostro cambia, lo justo para que me haga daño, y entonces se inclina y me besa.

Su boca sabe a cigarrillos. Me aprieto contra él hasta que mis dientes chocan con los suyos, hasta que la cuerda me quema las muñecas porque mis manos siguen intentando alcanzarlo.

Se aparta solo lo suficiente para hablar, con su aliento cálido contra mi cara.

—Solo me arrepiento de una cosa —dice—. Solo de una. De que no hayamos tenido más tiempo. —Se le tensa la mandíbula—. Pero lo que tuvimos, bella, han sido los mejores días de mi vida. Todo ello. He vivido treinta y ocho años, y la mejor parte han sido unos pocos días en pisos francos contigo.

Se me escapa un sonido. Pequeño. Feo. Mío.

Mis lágrimas me entran en la boca, sal y sangre del corte que tengo en la sien.

—Te quiero —digo. Suena destrozado, pero certero—. Te quiero, Valentino. Te quiero desde que tenía quince años y voy a seguir queriéndote cuando tenga ochenta.

Apoya la frente en mi rodilla durante un segundo. Cuando levanta la cabeza, tiene los ojos humedecidos. —Yo también te quiero —dice—. Ti amo, Amanda. ¿Capisci? Te quiero.

Asiento porque no puedo hacer otra cosa. Me aferro a la frase. A cada palabra. A cada sonido.

—¿Qué pasa ahora? —Mi voz sube de tono antes de que pueda evitarlo—. Dímelo.

—Te dejan marchar —dice—. Cuando esto acabe, te sacarán afuera. Enzo no tiene nada contra ti. Fuiste una víctima de Aldo, y eso le avergüenza.

—"Cuando esto acabe" —repito.

Su rostro lo dice todo.

—No.

—Amanda.

—No. —Tiro de la cuerda. Me desgarra las muñecas—. Te refieres a después de que te maten. Cruzaste esa puerta y te entregaste, ¿y ahora quieres que me vaya de aquí sola y llame a Vittoria como si eso hiciera que todo estuviera bien?

—Esto no hace que esté bien.

—Entonces no lo digas como si lo hiciera. —Se me quiebra la voz, pero no me importa—. Tú sales conmigo. Los dos. Ese es el plan.

Se le eleva una comisura de los labios.

Le odio por ello.

—Eres más fuerte de lo que crees.

—No quiero ser fuerte. —Las palabras salen atropelladas ahora.

Sin encanto. Sin pulir. Sin nada tras lo que esconderse—.

Estoy harta de ser fuerte. Quiero diez días en Roma contigo.

Quiero perderme y quejarme de que me duelen los pies y estar sentada en una cocina mientras finges que no te gusta que te haga demasiadas preguntas.

—Me inclino hacia delante todo lo que me permite la cuerda—.

Me hiciste otra promesa. Me dijiste que no rompes tus promesas, así que no te atrevas a convertirte en un mentiroso.

—Te hice otra promesa —dice en voz baja—. Te dije que me esforzaría más de lo que me he esforzado por nada en toda mi vida.

—Entonces esfuérzate.

Me pone una mano en la cara.

—Lo estoy haciendo —dice—. Hasta que intenten detenerme.

La puerta se abre y Valentino no se resiste.

Los hombres entran tras él. Él mantiene sus ojos fijos en los míos.

—Adiós, bella mia —dice.

El grito se me escapa antes de que pueda contenerlo.

—No. No, Valentino…

Dos hombres lo agarran por los brazos. No se resiste. Ni siquiera se tensa. Eso es peor de algún modo. Peor que si lo arrastraran. Peor que si le pegaran. Deja que se lo lleven porque ya decidió que podían hacerlo.

Entonces siento unas manos sobre mí.

Dos hombres más. Uno a cada lado. Una hoja corta la cuerda de mis muñecas y, por un estúpido segundo, pienso que me dejan ir hacia él.

No es así.

Me están moviendo.

—No me toquéis. —Se me quiebra la voz al decirlo—. No me toquéis, joder.

Me agarro a la silla, a la cuerda, a cualquier cosa que me mantenga en esa misma habitación.

El hombre de mi izquierda me levanta por el brazo, con tanta fuerza que se me despegan los pies del suelo.

Lanzo una patada hacia atrás y alcanzo la espinilla de alguien.

Suelto un manotazo a ciegas y la palma de mi mano roza un pómulo empapado de sudor.

No importa.

No soy lo suficientemente fuerte para esto, y ellos lo saben.

—¡VALENTINO!

Él ya está en la otra puerta. Gira la cabeza y sus ojos encuentran los míos al otro lado de la sala.

Mueve los labios.

No puedo oírle por culpa de mis propios gritos.

Bella.

Entonces desaparece.

Me arrastran en la otra dirección.

—Él no hizo nada malo —les digo. Mi voz ha pasado del grito a algo peor. Débil. Suplicante—. Vuestro jefe lo sabe. Le dijo la verdad. Por favor.

Los hombres no dicen nada.

Uno de ellos lleva a la Virgen María tatuada en el cuello, y por alguna razón eso hace que lo odie más.

Me revuelvo con fuerza suficiente para soltar un brazo y agarro el marco de la puerta. La madera me muerde la palma. Una mano se cierra sobre la mía y me suelta los dedos uno a uno.

Con paciencia.

Eso casi me rompe más que la fuerza. No están enfadados. No tienen miedo. No soy una amenaza para ellos.

Soy una tarea.

Se abre una puerta a mi derecha. Me empujan a través de ella.

Tropiezo y caigo de rodillas. La puerta se cierra detrás de mí y la cerradura gira con un estrépito pesado.

Me giro y golpeo la madera con ambos puños.

—Dejadme verlo. ¡Eh! ¡EH!

Nada.

Los pasos se alejan por el pasillo.

—Amanda.

Me quedo helada.

La voz viene de detrás de mí. Baja. Desgastada.

Me doy la vuelta.

Una mujer está sentada atada a una silla en medio de la habitación, con los tobillos sujetos a las patas y las muñecas inmovilizadas a la espalda. La luz de la lámpara le corta un lado de la cara. El rímel le corre en rayas grises. Tiene el labio partido. Se le ha soltado el pelo de un lado.

Incluso así, la reconozco.

Francesca.

Francesca Renaud, la que me dijo que no me metiera donde no me llamaban. Francesca, la que me agarró del brazo en el palazzo con su mano cálida y profesional y me llevó por un pasillo, hablando de compradores como si no estuviera entregándome a Aldo Basile.

Levanta la barbilla y el movimiento le duele. Lo noto antes de que ella trate de ocultarlo.

—Amanda —vuelve a decir. La elegancia ha desaparecido de su voz—. Gracias a Dios. Escúchame. Tienes que escucharme.

Me quedo de pie sobre la alfombra, con un pie descalzo, y la miro fijamente.

El miedo sigue ahí. Valentino está en algún lugar de esta casa. Enzo lo tiene. Hay hombres con pistolas fuera de la puerta.

Pero mirar a Francesca le da al miedo otro lugar al que dirigirse.

—¿Gracias a Dios? —digo.

Mi voz sale firme.

—Qué curioso.