Capítulo 32
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
Valentino
Enciendo un cigarrillo antes de llamar a Bruno.
Responde al segundo tono. —Se está moviendo.
—Bien.
El humo no me sabe a nada.
—Te van a trasladar —dice—. Dentro de cuatro horas. Fabio tiene la ruta. Recibirás los detalles en noventa minutos, memorízalos y luego destruye el teléfono. No discutas conmigo por esto, Valentino.
—No estoy discutiendo. —Eso hace que se calle—. Cuatro horas.
—Vale —dice, pero su tono indica que le está dando demasiadas vueltas—. ¿Qué cojones ha pasado entre Amanda y tú?
Y ahí está.
No importa. Ahora mismo solo me importa una cosa.
—Necesito que me jures algo.
—Valentino.
—Escucha primero. Luego suéltame los tacos que quieras. —Doy una calada más y suelto el humo—. Mientras yo esté vivo, mantenla a salvo. Cueste lo que cueste, pase lo que pase, que nadie la toque.
—Eso ya está organizado.
—No he terminado. —Inhalo el humo y lo retengo el tiempo suficiente para controlar mi voz—.
Si muero, no dejes de hacerlo. Mantenla protegida.
No hasta que Enzo pierda el interés. No hasta que Chicago se calme.
Hasta que sea anciana, Bruno. Hasta que muera en una cama que ningún enemigo haya encontrado jamás.
Trátala como a mi mujer, porque si vivo lo suficiente, en eso se convertirá.
Bruno no responde al principio, pero luego suelta un juramento.
—Serás imbécil, qué pedazo de cabrón —dice—. ¿Te has enamorado durante un dispositivo de protección? ¿En menos de dos putas semanas?
—Cinco años. Dos semanas es solo cuando he dejado de mentir sobre ello.
—Madonna santa. —Su respiración suena entrecortada al otro lado de la línea—. Está bien. Lo juro. Por la tumba de mi padre, por la familia, por lo que tú quieras. Está protegida.
—Gracias.
—Pero escúchame bien, Valentino. —Por un segundo, suena como mi primo en lugar de como el jefe de la familia—. Nadie va a tocarte. No vas a morir en un callejón de Roma por el cadáver insignificante de Aldo Basile. Te lo prohíbo. Considéralo una orden.
—No puedes darle órdenes a una bala, Bruno.
—Mira cómo lo hago.
Se oye un barullo de papeles en su lado y su voz se endurece de nuevo.
—Nico y yo volamos en dos horas. A Sicilia. Si Enzo intenta confirmar la vendetta a través de Palermo, se volverá oficial. Tenemos que estar en esa mesa antes que él. Conocemos los protocolos antiguos mejor de lo que él espera. Esa es nuestra ventaja.
—Enzo escribió los protocolos antiguos.
—Entonces se los citaremos textualmente. A los viejos les encanta eso. —Exhala—. Cuatro horas. Estate listo. Y Valentino, ¿que conste? Cuando esto termine, puedes dejar de hablar de lo que habría sido y hacerla tu mujer como Dios manda. ¿Capisce?
Cuelga antes de que pueda responder.
El cigarrillo se consume hasta el filtro antes de que recuerde que lo tengo en la mano.
Lo apago.
El apartamento se siente extraño sin ella.
Llego hasta la encimera antes de ver la silla.
En la que se sentó esta mañana.
La agarro por el respaldo y la estampo contra la pared.
La madera cruje. Una pata se desprende y sale despedida por las baldosas. El armazón aguanta medio segundo y luego cede.
No es suficiente.
Lo siguiente es el frutero. El cristal salta por los aires. Las manzanas ruedan bajo los armarios. Atravieso con el puño la puerta más cercana, siento que la madera se astilla alrededor de mi mano, y luego golpeo la de al lado porque la primera ha quedado demasiado entera.
Se me abren los nudillos por las viejas cicatrices. La sangre me corre por la mano y me baja por la muñeca.
Apenas lo siento.
Se me escapa un sonido una vez. Grave. Feo. Cierro la boca y arranco la barra de la cortina con tanta fuerza que me desgarro el yeso también.
No tengo a nadie delante. A nadie. Ninguna deuda que cobrar. Nada que resolver con sangre.
Solo el apartamento.
Solo ella, que ya no está.
Para cuando me detengo, la cocina está destrozada, mi mano sangra y la estancia me sigue pareciendo exactamente igual.
Vacía sin ella.
Amanda
Luca conduce sin hablar.
Mejor. No estoy para conversaciones de cortesía ahora mismo.
El reloj del salpicadero marca que han pasado quince minutos desde que salí del apartamento. Desde que Valentino me besó como si odiara dejarme marchar. Desde que me dijo que sí, que volvería, y yo le creí tanto como él se creía a sí mismo.
No es suficiente.
Me giro hacia la ventana. No puedo seguir mirando cómo los minutos me alejan cada vez más de él.
Roma pasa por delante en fragmentos. Una iglesia de terracota. Ropa tendida sobre una calle estrecha. Una anciana cruzando con una bolsa de la compra colgada de la muñeca. Un niño en un scooter pasando demasiado cerca antes de meterse entre nosotros y un taxi.
Valentino quería pasar diez días aquí conmigo.
Diez días para enseñarme la ciudad. Habría conocido la iglesia.
La calle. El restaurante con el buen vino y las sillas incómodas.
Habría pedido por mí sin hacerme sentir estúpida por necesitar que lo hiciera.
Habría puesto su mano en mi espalda en cada bordillo porque nunca se fio del tráfico romano.
Empiezo a llorar cuando me doy cuenta de que Roma parece más hermosa porque él la ama.
Odio eso. Odio lo fácil que resulta ahora. Antes se me daba mejor ocultarlo.
No debería haberme subido al coche.
Lo supe en cuanto Luca se alejó del edificio.
—Luca.
Sus ojos se desvían al espejo. —Signora.
—¿Cuánto falta para el aeropuerto?
—Veinte minutos. Quizá menos.
—Vale.
Espera como si pensara que hay algo más.
Lo hay.
Quiero preguntarle cuánto tiempo hace que conoce a Valentino. Si Valentino parecía asustado. Si dijo algo después de que me fuera. Quiero oír su nombre de boca de otra persona porque ya lo siento demasiado lejos.
—Luca, ¿cuánto tiempo llevas…—
El impacto viene por la izquierda.
El coche se desplaza lateralmente. Mi hombro golpea el cinturón de seguridad con tanta fuerza que me deja sin aliento. Luego el sonido me alcanza. Metal doblándose contra metal. Cristales rompiéndose. Neumáticos chirriando contra el pavimento.
La ventana se vuelve blanca.
Airbag. Cristal. Luz. No lo sé.
El coche da vueltas.
El cinturón se me clava. Mis manos intentan agarrarse a la nada. El brazo de Luca se bloquea sobre el volante. La calle brilla un instante a través del parabrisas, desaparece y vuelve a brillar.
Algo me golpea un lado de la cabeza.
Blanco.
Negro.
Cuando abro los ojos, el coche está boca abajo.
El pelo me cuelga sobre la cara. El cinturón me muerde el hombro y la clavícula, manteniéndome contra el asiento. Me zumban tanto los oídos que todo lo demás suena lejano. Algo caliente me resbala por la sien.
Lo toco.
Sangre.
—Amanda.
La voz de Luca.
—Amanda. Respóndeme.
Giro la cabeza. El dolor me punza detrás de los ojos.
Él también cuelga boca abajo, con un brazo apoyado contra el techo. La sangre le corre desde el nacimiento del pelo hasta la ceja, metiéndosele en un ojo. Parpadea para ver y no deja de mirarme.
—Luca.
—¿Puedes mover las piernas?
Lo intento. Mi rodilla derecha golpea el salpicadero. Mi pie izquierdo se mueve dentro del zapato. —Sí. Creo que sí.
—Bien. No te quites el cinturón.
—¿Qué ha pasado?
—Pon las manos en el techo. Apóyate ahí primero.
—Luca, tu cabeza…—
—Ahora.
Presiono ambas palmas contra el techo. El olor a gasolina me quema la nariz. Humo debajo de eso. Plástico caliente.
Luca mete la mano en su chaqueta.
Sé qué es lo que guarda ahí.
—Cuando te diga, suelta el cinturón y sal por mi lado —dice—. No por el tuyo. Por el mío. Mantente agachada. Gatea.
—Vale.
Algo raspa fuera de mi puerta.
Le sigue un paso.
Luego otro.
Lento.
La puerta gime. El metal se dobla bajo los tirones de alguien desde fuera.
—Luca.
—No grites.
La puerta se abre bruscamente.
Una mano entra. Grande. Con un anillo de oro en el dedo meñique. Me agarra la chaqueta primero, luego el pelo. Me giro hacia Luca, pero el cinturón me atrapa el pecho.
Un cuchillo brilla cerca de mi cadera.
La correa cede.
Caigo contra el techo, primero con el hombro. La mano me arrastra por la abertura antes de que pueda poner los brazos debajo de mí. Los cristales rotos me raspan las palmas. Mi jersey se engancha con algo afilado y se rasga.
De todos modos, grito.
—¡LUCA!
Algo me golpea de nuevo en un lado de la cabeza.
Todo se vuelve negro.
Valentino
El teléfono suena mientras estoy barriendo cristales de la encimera de la cocina con el canto de la mano.
Fabio.
Está en Fiumicino, esperando el relevo. No debería estar llamándome. Fabio no improvisa a menos que el plan ya haya fallado.
—Habla.
—Han embestido el coche —dice—. A doce minutos del aeropuerto. Un camión les ha dado de costado y los ha hecho volcar. El coche de apoyo dio el aviso. Los hombres de Marcello estaban a sesenta segundos.
Un cristal se me clava en la palma. Miro hacia abajo y veo sangre. En algún momento del destrozo del apartamento, debo de haberme cortado la mano y no me he dado ni cuenta.
—Amanda.
—Se la han llevado. Luca está vivo, pero está mal.
Dos disparos. Una herida en la cabeza por el choque.
Nuestros hombres lo tienen y lo están llevando al médico ahora.
Hubo disparos. Sandro ha muerto, Valentino.
Lo dejaron en la carretera. El coche que los seguía perdió al camión cerca de la circunvalación. Marcello cree…—
He dejado de escucharlo después de « se la han llevado» .
—Valentino. ¿Me escuchas?
Cuelgo.
El apartamento está destrozado a mi alrededor. La silla hecha pedazos, la lámpara de lado, la mesa de café partida por la mitad. Hace quince, quizá treinta minutos, arrasé el lugar porque ella se había ido.
Ahora la tiene Enzo.
El teléfono suena de nuevo.
Bruno.
Respondo y lo aparto de mi oído porque ya está gritando.
—No te muevas. ¿Me oyes? Te quedas en ese apartamento. Tenemos gente allí. Marcello tiene controlada la circunvalación. Dmitri va a movilizar a gente por aire esta noche. Tú te quedas donde estás.
Miro la sangre de mi mano.
—Me quedo donde estoy —digo—, mientras Enzo Basile la tiene a ella.
—No la tocará todavía. Es una moneda de cambio. Vale más entera y lo sabes mejor que nadie.
—Sé exactamente lo que es. —Mi voz suena tranquila. Demasiado tranquila—. Un cebo.
—Valentino.
—No quiere un rescate. Me quiere a mí. Quiere al hombre que mató a golpes a su hijo y sabía que yo iría si se la llevaba. Ha sido un movimiento inteligente.
—Por eso no vas a ir. Esa es la puta razón por la que te quedarás quietecito. Si entras allí, te matará lentamente y luego la matará a ella de todos modos. Dame doce horas. Lo haremos con refuerzos a nuestra espalda.
Doce horas en una habitación con los hombres de Basile.
Ya la saqué de una habitación una vez.
—¿Recuerdas la torre de agua? —pregunto.
Bruno se queda callado.
—En el recinto —digo—. Me apostaste que no podía subir y la subí. El Zio Giuseppe nos pegó una paliza a los dos y tú dijiste que había valido la pena porque nunca habías visto a un hombre hacer algo estúpido con tanto compromiso.
—Valentino, no lo hagas.
—Lo de las doce horas es un buen plan —digo—. Organízalo. Trae a todo el mundo. Quémale la casa entera. Pero organízalo por ella.
—No.
—No pienso esperar.
—Ni te atrevas. Soy tu Don y te ordeno que te quedes donde estás.
—Eres mi Don —digo—. También eres de mi sangre. Y lo juraste, así que sé que ella está protegida pase lo que pase.
Cojo el rosario de la mesita de noche y me lo meto en el bolsillo.
—Adiós, primo.
Sigue gritando cuando corto la comunicación.
El silencio regresa con fuerza.
Le concedo un suspiro.
Luego vuelvo a sacar mi teléfono. El nombre de Bruno llena la pantalla. Lorenzo ha llamado dos veces. Fabio ya está llamando de nuevo.
Paso de todos ellos hasta encontrar el nombre que necesito.
Lo pulso.