Capítulo 28
CAPÍTULO VEINTIOCHO
Amanda
Lo primero que registro es el latido de su corazón bajo mi oído, constante y cálido, y lo segundo es que no quiero moverme de aquí el resto de mi vida.
Estoy despatarrada sobre el pecho de Valentino, con una pierna enredada con las suyas y su brazo rodeándome la espalda.
La luz de la mañana se cuela por el resquicio de las cortinas y cae sobre la tinta repartida por sus pectorales; todas esas líneas geométricas oscuras suben y bajan con su respiración.
Me he despertado al lado de hombres otras veces. De muchos, si vamos a ser sinceras, y supongo que ahora lo estamos siendo. Pero normalmente hay ciertas pautas. Revisión del pelo. Revisión del aliento. Averiguar si parezco un ser humano antes de que él abra los ojos.
No he movido ni un músculo porque esta es la mejor sensación que he tenido nunca.
La compararía con cada campaña, cada fiesta de lanzamiento, cada brindis con champán en cada sala resplandeciente en la que he trabajado. Y no hay color.
—Estás despierta —dice.
Tiene la voz ronca por el sueño, más grave de lo habitual.
Alzo la barbilla. Él ya me está mirando y me dedica una sonrisa sincera. Pequeña. Sin reservas. El tipo de sonrisa que sospecho que muy poca gente llega a ver.
—¿Has dormido bien? —pregunta.
Asiento contra su pecho.
—¿Y tú?
—Sí.
Lo dice con naturalidad, pero me apostaría todo el presupuesto de mi próxima campaña de primavera a que se ha pasado media noche mirando al techo.
—Prepararé café —dice, deslizándose para salir de debajo de mí—. Y algo de comer. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Se pone unos pantalones y desaparece en la habitación contigua.
Me quedo donde estoy un momento, mirando el hueco que ha dejado su cabeza en la almohada. Las sábanas huelen a él. El cedro, al parecer, ahora es una nota aceptable para una colonia. Mis estándares han evolucionado. O involucionado. Todavía no lo tengo claro.
Finalmente, el aire frío me recuerda que no llevo absolutamente nada puesto.
Encuentro una de las camisas de Valentino doblada sobre una cómoda pequeña y me la pongo. Me llega a la altura de la mitad de los muslos. Doblo las mangas tres veces y aun así me tragan las manos.
La cocina es tan pequeña que Valentino parece ocuparla casi toda.
Tiene la cafetera moka en el fuego y una hogaza de pan en la encimera.
Me detengo en el umbral y lo observo trabajar.
—Me estás mirando —dice sin darse la vuelta.
—Eres interesante —le digo—. Es un apartamento pequeño. Las opciones de entretenimiento son limitadas.
Suelta una risa entre dientes y desliza una taza de café solo por la encimera.
—Siéntate.
—Mandón.
—Siéntate, por favor.
Parpadeo.
—Vaya. Cuánta mejora.
Me subo a un taburete y rodeo la taza con ambas manos. El café es oscuro, amargo y perfecto. El olor a pan tostado y aceite de oliva llena el apartamento, y mi estómago elige precisamente ese momento para hacerse notar.
Valentino me echa una mirada. —Cristo. —Sacude la cabeza y casca dos huevos en una sartén con una sola mano, algo que no debería resultar atractivo y, sin embargo, lo es.
—Te lo comerás todo.
—¿O qué? ¿Me vas a amenazar?
—O te daré de comer yo mismo, y eso te gustará menos.
—¿Seguro que me gustará menos?
La mirada que me lanza por encima del hombro es oscura, divertida y cargada de promesas.
Oculto mi sonrisa bebiendo el café.
Unos minutos después, desliza un plato frente a mí. A través de la ventana que hay detrás de él, Roma está haciendo su mejor imitación de una postal. Tejados de terracota. Cuerdas con ropa tendida. El tañido de una campana de iglesia sonando en la distancia.
Y de repente me doy cuenta de que no tengo ni la más remota idea de qué es nada de eso.
—¿Sabes qué tiene gracia? —pregunto.
—¿Qué?
—Que nunca he estado en Roma antes.
El cuchillo del pan se detiene.
Valentino se da la vuelta despacio.
—Eso es imposible.
—En realidad es muy posible.
—Has estado en Italia… —Deja el cuchillo—. ¿Cuántas veces?
—Catorce, probablemente. Milán para la Semana de la Moda. Florencia para una sesión de fotos. El lago de Como dos veces para una campaña y una vez para una boda a la que, técnicamente, no estaba invitada. Capri. Positano. Portofino.
—Y nunca Roma.
—Nunca Roma.
Valentino me mira fijamente durante un segundo.
Luego sacude la cabeza.
—Eso es una locura.
—Nunca ha habido una campaña aquí. El mercado de lujo se inclina hacia el norte. Milán es el dinero, Roma es… —Señalo vagamente la ventana con mi café—. Roma son las ruinas.
El sonido que emite nace en algún lugar de su pecho, grave y genuinamente dolido, como si hubiera insultado a su madre y a la cocina de su madre en la misma frase.
—Las ruinas —repite.
—Estoy segura de que son unas ruinas preciosas.
—Estás sentada en medio de la ciudad más grandiosa que el ser humano ha construido jamás, y te has pasado catorce viajes bebiendo spritzes en un lago y viendo desfiles de moda.
—El lago tenía wifi y una casa de George Clooney. ¿Qué tiene Roma?
—Todo —dice él con una rotundidad tan absoluta que por un momento me callo de verdad.
Se vuelve hacia el fuego y pasa los huevos a dos platos, pero sus hombros parecen seguir en la conversación.
—Cuando esto se solucione —dice de espaldas a mí, y noto la pequeña vacilación antes de la palabra «solucione», esa pausa de medio segundo que significa que la ha elegido con cuidado de entre un repertorio de palabras mucho peores—, verás Roma. Como es debido. Diez días, mínimo.
—¿Diez días?
—Diez días, a pie. Recorrerás la ciudad entera.
Sin chófer, sin itinerario, sin el teléfono en la mano.
—Trae los platos y pone el mío delante de mí—.
Te pierdes. Comes donde el menú está escrito a mano.
Te sientas en los escalones de una iglesia durante una hora y miras a la gente no hacer nada. Eso es Roma.
—Diez días caminando. ¿Con qué zapatos, exactamente?
—Planos.
—No tengo zapatos planos.
—Entonces te compraremos unos. Por Dios. —Se sienta frente a mí y la silla se queja bajo su peso como lo hace siempre el mobiliario, como si supiera lo que se le ha pedido que sostenga.
Corto los huevos y lo observo por encima del tenedor. Hay un matiz en su voz que no había ayer, una corriente que fluye bajo las palabras. Habla de esta ciudad como otros hombres hablan de los equipos que han amado desde la infancia.
—¿Sabes a quién te pareces ahora mismo? —digo.
—No empieces.
—Hay unos tipos italianos a los que sigo en Instagram cuyo contenido consiste exclusivamente en juzgar a los no italianos por cometer crímenes contra Italia.
¿Capuchino después de las once de la mañana?
Crimen. ¿Nata en la carbonara? Crimen de guerra.
¿Pollo en la pasta? Hacen un funeral completo.
Ropa negra, ataúd falso, todo el numerito.
—Tienen razón.
—Le dieron al pan de ajo estadounidense un dos sobre diez y uno de ellos se santiguó.
—Un dos es generoso.
—Me estás dando la razón, lo entiendes. Estás haciendo el numerito ahora mismo.
—No es un numerito. —Me señala con el tenedor—. Es la verdad. Tu país le pone piña a la pizza y llama al espresso un «chupito». Alguien tiene que defender los valores.
—Y ese alguien eres tú. Un hombre que se gana la vida matando gente.
—Entre otros servicios.
Me río, y la risa sale de mí fácil y sin planearlo. Sus ojos bajan a mi boca y se quedan allí un instante de más. El ambiente cambia. Pasa mucho cuando estoy con él, la temperatura varía sin que nadie toque el termostato.
—Come —dice.
Como. Los huevos están absurdamente buenos, lo cual es en cierto modo indignante: que este hombre sea capaz de romperle el hueso orbital a alguien y que también sepa el momento exacto en el que retirar los huevos del fuego. Emito un sonido con el tenedor en la boca que no autorizo del todo.
—¿Bueno? —pregunta.
—Bien. Adecuado.
—Has gemido.
—No he gemido. Ha sido una muestra de aprecio. Culturalmente apropiada.
—No. —Se echa hacia atrás, cruzando los brazos sobre toda esa tinta, y una comisura de su boca se eleva de una forma que hace que se me derrita la columna—. Conozco ese sonido ahora. Lo aprendí anoche. Dos veces en la ducha, una sobre la lavadora.
El tenedor se detiene a mitad de camino hacia mi boca. El calor sube por mi garganta y se instala en mis mejillas, lo cual resulta ridículo, porque he hecho cosas significativamente más embarazosas delante de este hombre.
—Eso es diferente —consigo decir.
—Es exactamente el mismo sonido. —Su voz se vuelve más baja, más áspera—. El mismo tono. El mismo pequeño quiebro al final. Si mi cocina provoca esa reacción en ti, bella, me siento insultado por todo lo demás que hice por ti ayer.
—Dios mío.
—Termina el desayuno —dice con una calma absoluta, cortando sus huevos como si no acabara de desbaratarme la mañana por completo—. Luego podemos retomar la discusión.
Aprieto los muslos bajo la encimera e inmediatamente me arrepiento, porque, por supuesto, se da cuenta. Este hombre probablemente nota debilidades estructurales en edificios a tres manzanas de distancia.
—Eres un peligro.
—Llevas mi camisa y te comes mi comida. ¿Quién es el peligro?
—Sigues siendo tú. Por un amplio margen.
Resopla por la nariz y vuelve a su plato.
Durante un minuto, comemos, nada más. El último tañido se desvanece en la mañana.
Hace un mes, habría llenado el silencio. Me habría inventado una historia. Habría hecho una pregunta. Habría practicado una reanimación cardiopulmonar conversacional hasta que la habitación empezara a respirar de nuevo.
Ahora bebo mi café y observo a este hombre peligroso y exasperante comer huevos bajo la luz de la mañana. El silencio no resulta incómodo. Resulta acogedor.
—Diez días —digo finalmente—. Caminando. ¿De verdad harías eso? ¿Cosas de turistas?
—¿Contigo? —Ni siquiera levanta la vista del plato—. Caminaría por toda la maldita ciudad.
Algo cálido se instala en la parte baja de mi pecho. No es entusiasmo. No es esperanza. Es algo más tranquilo.
Me permito imaginarlo por un segundo. Su mano apretando la mía. Una calle estrecha. Nadie buscándonos. Nadie necesitando nada de nosotros.
Solo caminar.
—Esa es una respuesta muy romántica para alguien que finge no ser romántico.
Eso finalmente capta su atención. Levanta la vista.
—No finjo.
Y, de alguna manera, eso es peor.
Valentino
La pregunta a la que sigo dando vueltas es obscena dentro de su sencillez. ¿Se lo digo antes o después de poseerla de nuevo?
No hay una respuesta fácil. Lo sé. He despejado habitaciones con menos dudas que estas.
Me sorprende mirándola y me señala con el tenedor.
—Estás haciendo eso otra vez.
—El qué.
—Estar ahí acechando. Lo de cavilar. Simplemente te quedas ahí barriendo la habitación con la mirada. —Toma otro bocado y sonríe mientras mastica—. Es muy ambiental. Aunque, con eso encima, cuesta un poco diferir.
—Cómete los huevos.
—Me estoy comiendo los huevos. Me estás viendo comer los huevos como si fuera una situación con rehenes.
—Si fuera una situación con rehenes, estarías más callada.
Ella se ríe y yo cruzo la cocina antes de pensarlo. Su silla chirría un par de centímetros cuando me detengo frente a ella.
Inclina la cabeza hacia atrás para mirarme. La línea de su cuello bajo la luz matinal es el tipo de cosa que acaba con los hombres precavidos.
—Hola —dice.
—Termina el desayuno.
Sus manos suben y se posan sobre mi pecho, encima de la camisa, y las desliza hacia abajo despacio, y luego hacia arriba otra vez.
—¿Sabes de qué me he dado cuenta? —dice, con los dedos bajando de nuevo—. Pones esta cara cuando quieres algo. Se te tensa la mandíbula. Justo aquí. —Golpea el ángulo de mi mandíbula con un dedo, audaz como un cobrador de deudas—. Se te lleva tensando desde que me he sentado.
Sus manos se posan en la parte baja de mi abdomen, con las yemas de los dedos enganchadas justo por encima de la cintura del pantalón, y me mira a través de las pestañas con una expresión que no tiene nada de inocente. Sabe exactamente lo que está haciendo.
Deslizo mi mano por su mandíbula, inclinando su rostro hacia arriba.
—¿Sigues teniendo hambre? —le pregunto.
Sus ojos se oscurecen y sus labios se entreabren.
—Sí —dice—. Estoy famélica.
Madonna. Lo último que queda de mi autocontrol cae de rodillas.
Recojo su pelo en mi puño, dándole tiempo de sobra para que se retire. Ella se inclina hacia el agarre. Cuando me saco el pene, su exhalación baña cálidamente el glande y toda mi columna se tensa.
—Abre esa boca bonita —le digo, y mi voz sale más grave de lo que pretendía, como grava arrastrándose por mis cuerdas vocales.
Ella abre.
El primer roce de su lengua me arranca un sonido que no suelo emitir. Me introduce despacio, el calor húmedo cerrándose a mi alrededor centímetro a centímetro, con sus ojos fijos en los míos todo el tiempo porque no hace nada sin observar qué efecto me causa. Sus mejillas se hunden.
La silla cruje bajo ella mientras se desplaza hacia delante para abarcar más, y los pequeños sonidos húmedos que emite llenan la cocina.
—Eso es —murmuro, acunando su cráneo, guiando su ritmo sin forzarlo—. Así, bella. Cristo. Tu boca.
Gime a mi alrededor y la vibración casi me hace flaquear las rodillas. Su mano rodea la base y la observo sabiendo que nadie me ha mirado nunca así. Como si fuera algo que ella necesita.
Se retira lo suficiente para pasar la lengua por la parte inferior, de la base a la punta, y me sonríe con los labios húmedos.
—Estás haciendo lo de la mandíbula otra vez —dice, sin aliento.
—Bocazas.
—Te encanta mi boquita.
—Ahora mismo me encanta por otros motivos. Vuelve a lo tuyo.
Se ríe y luego me toma con tal profundidad que la risa se le muere en la garganta.
Mi puño se aprieta en su pelo. El placer sube por mi espalda en largas oleadas, aumentando, y dejo caer la cabeza hacia atrás para simplemente sentir su boca, sus manos, sus sonidos graves y hambrientos, todo ello acumulándose en algo ante lo que no tengo defensa.
La miro y comprendo, con una claridad terrible, que ya he tomado mi decisión sobre cuándo decírselo.
Después. Dios me perdone, después.
Ella gime de nuevo y dejo de pensar por completo.