Capítulo 13
CAPÍTULO TRECE
Valentino
El sonido me detiene a mitad del pasillo.
Una mujer, con la voz apagada. Como si alguien le hubiera tapado la boca con la mano, pero no con la suficiente fuerza. Después, risas de hombres.
Mis pies se mueven antes de que mi cerebro reaccione.
La puerta es de madera vieja y pesada. Giro el pomo despacio. Me digo a mí mismo que no sé qué hay detrás. Es la mentira que mantengo para no perder la cabeza en el medio segundo antes de confirmar mis sospechas.
La empujo y entro hasta la mitad.
Tres hombres. Un balcón tras las puertas de cristal y, en el suelo, entre ellos…
Amanda.
Le escribo un mensaje a Elio sin bajar la vista. Atrás. Coche. Ya. Me guardo el teléfono en el bolsillo. Meto la mano bajo la chaqueta y la cierro alrededor de la pistola.
Lleva el vestido mal remangado. Tiene la cabeza caída, suelta. Uno de ellos está agachado sobre ella con un móvil en la mano. Otro se limpia la boca con el dorso del puño, como si acabara de terminar de comer.
Algo se quiebra en mi pecho.
Sin planes. Sin calcular ángulos ni salidas. Nada en mi cabeza. Solo un blanco total, ruido estático; el chico que fui liberándose por fin.
Aldo se gira. Es más rápido de lo que parece. Se lleva la mano a la cintura. Hay un destello metálico, pequeño y negro. La levanta.
Yo disparo primero.
El estruendo llena la habitación. Se dobla por la mitad y cae a plomo; el arma sale despedida bajo un sillón de terciopelo.
Los otros dos levantan las manos tan rápido que resultaría gracioso cualquier otra noche. Palmas hacia fuera. Ojos desorbitados. Como si dijeran que solo estaban mirando.
Como si mirar los convirtiera en algo distinto de lo que son.
Levanto mi arma y el primero abre la boca para negociar. Error. Jamás iba a escucharle. El segundo se arroja hacia una puerta que nunca alcanzará. Dos disparos. Limpios. He matado por la familia, por dinero, porque he querido. Nunca por una persona. Debería asustarme, pero no es así.
Aldo no está muerto. Se arrastra por el suelo hacia el sillón y hacia el arma que hay debajo, dejando un rastro oscuro a su paso, respirando con espasmos húmedos. Logra poner una mano en la pata del sillón.
Cruzo la habitación guardando mi arma. Una bala sería algo demasiado limpio. Demasiado indoloro. No se lo merece. Le agarro por el cuello y lo levanto. El sonido que emite es agudo, de sorpresa, el de un chico al que jamás han golpeado en su vida.
—Le has puesto las manos encima —digo.
Entonces le golpeo. El primer golpe le rompe un hueso de la cara. El segundo es peor, y después de eso dejo de contar. Se me abren los nudillos contra sus dientes.
Él levanta las manos, débil, golpeando mis brazos como si creyera que puede apartarme.
Cuando termina, él no se mueve y yo respiro con dificultad. No por el esfuerzo. Por la furia y la rabia. Durante un segundo, me quedo sobre lo que queda de él, contemplando la destrucción.
Amanda emite un pequeño sonido desde el otro lado de la habitación y me olvido de mi ira, recordando por qué he entrado aquí.
Estoy de rodillas a su lado antes de tener tiempo de pensarlo. Tiene los ojos abiertos, moviéndolos como si no pudiera enfocarlos en nada. Sus pupilas están dilatadas, negras, casi sin color, tragándose el azul verdoso por completo.
Drogada. No me sorprende. No ha llegado aquí por accidente ni por voluntad propia. La han traído. Solo lo explica el que la hayan drogado.
—Amanda —digo en voz baja. Como si pudiera romperse—. Amanda. Soy yo. Soy Valentino.
Su mirada se arrastra hacia mi voz y se clava en mi rostro. Sus labios agrietados se mueven y no sale ningún sonido, pero lo leo de todos modos.
Tú .
—Sí —digo—. Yo.
Me quito la chaqueta. Me tiemblan las manos. Me atasco con los botones durante medio segundo. Nunca he tenido manos que temblaran.
Consigo abrirla. Se la echo por los hombros. Está fría. La aprieto bien, manteniendo mis manos ahí un segundo más. Huelo mi propio rastro en ella, cubriendo lo que ellos han dejado, y me alegro por ello, aunque no debería alegrarme de nada en este momento.
—Te tengo —le digo—. ¿Me oyes? Te tengo. Nadie va a volver a tocarte.