Valentino (Sindicato Feretti 13) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Estás entrando en bucle —me dice Vittoria al oído. Su voz suena casi imperceptible, como siempre que me tiene en manos libres mientras hace otras seis cosas—. Puedo oírte entrar en bucle desde el otro lado del océano, nena.

—No estoy entrando en bucle. —Sostengo la tacita entre ambas manos como si tal cantidad de cafeína requiriera apoyo emocional y miro por la ventana de la cafetería hacia el estudio de enfrente.

La pancarta de Casa Aurelia ondea sobre el cielo gris de Milán—.

Estoy aquí sentada, bebiendo un café exageradamente caro y viviendo mi vida al máximo.

—Ajam.

—«¿Cómo van las cosas?», pregunta ella, como si no fuera la razón por la que tengo una sombra persiguiéndome por Milán.

—Dejo la taza—. Hablando de eso. Tu chico, Elio.

¿Te importa explicarme por qué tengo a un escolta de un metro ochenta rondando a tres metros de mí cada vez que salgo del hotel?

Y lo que es más importante, ¿por qué precisamente él?

Hay una pausa. No es larga. Pero Vittoria no hace pausas, así que la percibo igual que se percibe un escalón que no está donde esperabas.

—No puedo contarte mucho —dice finalmente. El tono de burla ha desaparecido de su voz. Eso también es nuevo—. Bruno me pidió que investigara algo. En Milán. Y cuando me dijiste que ibas por la campaña, me puse nerviosa. Así que envié a alguien en quien confío.

Trazo el borde de la taza con un dedo.

—¿Nerviosa en qué sentido?

—Amanda.

—Vittoria.

Suspira y puedo oírla elegir las palabras, algo que casi nunca tiene que hacer cuando habla conmigo.

—Necesito que confíes en mí en esto. Mantenlo cerca de ti. No discutas con él solo por discutir porque te resulta divertido… porque sé que te resulta divertido.

—Me resultan divertidas muchas cosas. Es parte de mi encanto.

—Ese es todo tu encanto.

El comentario me arranca una risa genuina y, por un segundo, la presión de mi pecho se alivia.

Entonces la imagen del moratón en la mandíbula de Nadia pasa por mi mente.

La aparto.

No es asunto mío. Marketing. Estrategia. Fotos bonitas. Aprendí hace mucho tiempo qué preguntas no se hacen, y que eso es parte del trato.

—Así que —dice Vittoria, y la ligereza ha vuelto, esta vez deliberada. Como si la buscara a propósito—. ¿Ya has matado a Elio?

—Ha sido una auténtica prueba para mi paciencia. —Bajo la voz—. Cogió mi maleta como si yo fuera una damisela en apuros de una película de Disney. Casi presento una queja a la dirección.

—Vosotros dos y vuestro historial.

Lo dice con cuidado, como si manipulara algo con bordes afilados.

Historial.

Esa es una palabra generosa para definirlo.

Lo que tuvimos fueron unos meses donde él existía en mi cama y en ningún otro lugar, tal y como a mí me gusta. Habría seguido siendo algo limpio, sencillo y fácil de olvidar si yo no hubiera estado haciendo lo de siempre. Bicheando. Mirando. Porque nunca puedo dejar de mirar.

Una chica en sus comentarios.

Su prometida, guardada en un cajón aparte mientras él seguía viéndome a escondidas.

—No hay ningún historial —digo, y mantengo la voz llana y animada al mismo tiempo, lo cual es todo un arte—. Hay un tío que mintió. Y ya sabes lo que pienso de los mentirosos.

—Lo sé.

—No me importa lo que hiciera ni con quién.

Me molestó que la tuviera a ella en el bolsillo y fingiera que yo era la única en la habitación.

—Me encojo de hombros como si ella pudiera verlo—.

Le dije exactamente lo que nunca pasaría entre nosotros.

Luego pasé página. Fin. Una historia fascinante. Debería ser un especial de Netflix.

Vittoria vuelve a quedarse callada, pero esta vez es un silencio más cariñoso.

—¿Estás bien?

—Estoy estupendamente. Estoy en Milán. He cerrado el trato con Casa Aurelia. —Me obligo a sonreír, esperando que se note en mi voz—. Me va tan bien que, sinceramente, resulta odioso.

—Vale —dice ella, sin creerme, pero dejándolo pasar de todos modos—. Llámame mañana. Y, ¿nena? Mantén a Elio cerca. Prométemelo.

—Prometo tolerar su imponente presencia. Es lo máximo que puedo ofrecer.

—Me sirve. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Cuelgo y dejo caer el teléfono sobre la mesita de mármol.

La cafetería recobra su ritmo a mi alrededor.

Sin la voz de Vittoria en mi oído, no hay nada que impida que mi mente vuelva a dar vueltas al moratón de Nadia.

A que Bruno le pidiera que investigara algo.

A cómo ambas cosas hacían que Milán pareciera menos una ciudad y más una habitación cerrada con llave.

Vuelvo a echar mano del teléfono, porque eso es lo que hago cuando una habitación se queda demasiado callada a mi alrededor.

Es entonces cuando lo siento.

Ese hormigueo en la nuca.

El peso de sentirse observada.

Levanto la cabeza.

Un hombre está sentado a dos mesas de distancia, cerca de la ventana, con un tobillo apoyado en la rodilla contraria.

No está fingiendo que no me mira. Me mira, simplemente.

Canas en las sienes. Una mandíbula lo bastante afilada como para cortar cristal. Unos ojos del color de una tormenta, fijos en mí con una atención tan fría y severa que me deja sin aire.

Conozco esa cara.

Oh, joder.