Valentino (Sindicato Feretti 13) Capítulo 3
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Capítulo 3

CAPÍTULO TRES

Amanda

El estudio de Casa Aurelia huele a laca y me gusta más de lo que me gusta la mayoría de la gente.

Llevo en el set desde las seis de esta mañana y el ambiente es exactamente el tipo de ambiente del que me nutro.

Los estilistas corretean entre percheros de ropa.

Un técnico de iluminación maldice una ventana de luz que no colabora.

En algún lugar detrás de mí, el director creativo está teniendo lo que podría describirse como una pequeña crisis espiritual por el color de un fondo y, ¿puedo ser sincera?

Lo entiendo. Todos hemos pasado por eso.

—El ámbar, Marco —exclamo al otro lado de la sala, sin levantar la vista de mi tablet—. Confía en mí. La marca exige calidez. El gris frío parece una oficina de Hacienda.

Marco se da la vuelta. Me mira fijamente durante un instante. Luego agita una mano hacia el asistente.

—El ámbar —dice, como si hubiera sido idea suya desde el principio.

Me trago mi propia sonrisa. Esto es lo que se me da bien.

Leer una sala antes de que sepa que necesita ser leída.

Mis padres querían un abogado o un hijo o una hija que ocupara menos espacio, y en su lugar tuvieron a una chica que puede entrar en una sesión de un millón de euros y hacer que todo funcione mejor solo con prestar atención. Ellos se lo pierden. La verdad.

Hago un barrido lento por el suelo, marcando casillas mentalmente. Iluminación, lista. Fondo, listo. Vestuario…

Es entonces cuando la veo.

Las modelos están alineadas cerca de la sección de vestuario, una hilera de extremidades sorprendentemente largas y de expresiones aburridas, todas revisando sus teléfonos o dejando que les apliquen polvos en la cara.

La Agenzia Luce ha enviado a seis chicas esta mañana.

De Europa del Este la mayoría, me ha dicho el representante de la agencia.

El tipo de belleza que, ante la cámara, se convierte en un arma.

Cinco de ellas tienen exactamente el aspecto que deben tener las modelos a las siete de la mañana. Cansadas. Guapas. Distantes.

La sexta parece diferente.

Es joven. Más joven que el resto, diría yo. Quizá dieciocho años, quizá ni eso. Está un poco apartada de las demás, con los brazos rodeando sus costillas como si estuviera intentando no desmoronarse. Mientras las otras chicas se encorvan y bostezan, ella permanece muy quieta.

Una maquilladora está trabajando en su rostro, y observo cómo se mueve la brocha a lo largo de su mandíbula, difuminando, difuminando, difuminando en un punto durante más tiempo del que se consideraría normal. Me acerco sigilosamente, fingiendo que reviso el vaporizador de ropa.

Bajo la base de maquillaje, a lo largo de la comisura de la mandíbula, la piel tiene un tenue y enfermizo color amarillo verdoso.

El color que toma un hematoma cuando ya tiene unos días y empieza a desvanecerse.

La maquilladora está aplicando capas de corrector con la eficiencia de alguien que ha hecho esto mismo antes.

Sin reacción. Sin preguntas. Solo busca taparlo y pasar a otra cosa.

A continuación, observo los ojos de la chica. Se deslizan rápidamente hacia el espejo, luego hacia otro lado, luego a la puerta, luego vuelven a sus propias manos.

—Hola —digo suavemente, agachándome junto a su silla para no intimidarla—. Soy Amanda. Hoy me encargo de las cosas por parte de la marca. ¿Puedo traerte algo? ¿Agua, café, algo de comer?

Me mira como si le hubiera hablado en un idioma que solo entiende a medias. De cerca puedo ver que sus ojos son de un azul pálido y desvaído, y hay algo en ellos que no encaja conuna sesión fotográfica glamurosa en Milán.

—No —dice. Su acento es fuerte—. Gracias. No.

—¿Segura? Tenemos unos pasteles que están de muerte. —Mantengo la voz suave, cálida, el mismo tono que usaría para convencer a un gato asustado de que saliera de debajo de un sofá—. No le diré a nadie si te comes tres.

La comisura de su boca se mueve.

—Vale —dice. Luego, más bajo, mirando hacia el representante de la agencia que está junto a la puerta—. Agua estaría bien.

—Agua, entonces.

Me incorporo y me doy la vuelta, y me doy de frente con la coordinadora de la sesión de fotos, una mujer enérgica y firme llamada Greta que dirige la logística de la Agenzia Luce en el set.

—¿Hay algún problema? —pregunta Greta.

—Ningún problema —digo con naturalidad—. Solo me aseguraba de que las chicas estuvieran cómodas. La del final parece un poco… —elijo la palabra con cuidado— nerviosa.

—Es nueva. —El tono de Greta deja claro que la conversación tiene un límite, y que acabamos de alcanzarlo—. No habla mucho inglés. Estará bien ante la cámara. Eso es lo que importa.

—Seguro —digo—. Es solo ese moratón en su mandíbula. Vuestra maquilladora ha estado trabajando en él un buen rato. Si está herida, deberíamos…

—A las modelos les salen moratones. —Greta me corta, fría como el cristal—.

Son torpes. No comen. Se desmayan, se chocan con las cosas.

No es nada. —Inclina la cabeza, y ahora hay algo gélido e inquisidor en la mirada que me lanza, como si estuviera tratando de entender exactamente quién soy y cuánto le puedo costar—.

Tú eres de marketing, ¿verdad? No de casting.

Las chicas son responsabilidad mía. Tú preocúpate por la marca. Yo me ocupo de ellas.

El desprecio es tan pulido que casi no siento la hoja hasta que ya la ha retirado.

Le sostengo la mirada un segundo más de lo que resulta cómodo. Todos mis instintos gritan que aquí algo va mal.

Pero he pasado años aprendiendo qué tipo preguntas son las que no se hacen.

Lo aprendí con la familia de Vittoria, de la misma forma que aprendes que el fuego quema antes de entender lo que es el fuego.

Hay puertas que no se abren. Hilos de los que no se tira.

He construido toda una vida en torno al cuidadoso arte de no saber más de lo necesario.

Así que sonrío. Mi mejor sonrisa. La que me ha sacado de cien situaciones incómodas.

—Por supuesto —digo—. Tienes toda la razón.

Los hombros de Greta se relajan. Cree que ha ganado. Técnicamente, lo ha hecho. Se da la vuelta, dando órdenes a alguien sobre el horario de citación.

Pero no la dejo en paz, no del todo. Cojo una botella de agua y se la llevo yo misma a la chica. Cuando se la entrego, me agacho de nuevo y leo la pequeña etiqueta blanca sujeta a su perchero.

Nadia. Y debajo, el sello de la agencia. Agenzia Luce.

—Aquí tienes, Nadia —le digo.

Se queda helada cuando escucha su nombre. Solo durante un instante. Como si ser conocida fuera un tipo de peligro en sí mismo.

—Gracias —susurra. Sus dedos se cierran alrededor de la botella, temblorosos. Lo veo. Ella es consciente de que lo veo.

Entonces su mano vuelve a desaparecer dentro de la manga de su jersey.

Me levanto y vuelvo a mi tablet. Le digo a Marco que el ámbar queda perfecto, y así es. La sesión continúa, espléndida y reluciente y justifica hasta el último euro invertido.

Valentino

El expreso se me ha quedado frío, lo que me indica cuánto tiempo llevo aquí sentado sin hacer nada.

Dos días aquí y no he sacado nada en claro.

Sociedades pantalla que se doblan en otras sociedades pantalla.

Un nombre sobre el que no puedo avanzar sin pruebas.

Así que bebo café frente a Casa Aurelia, observando a hombres cargar cajas de equipo fotográfico por una puerta de servicio y sin aprender nada que no supiera ya.

Saco mi teléfono y llamo a Luca.

Responde al tercer tono. Siempre responde al tercer tono, nunca al primero, nunca al cuarto. He dejado de preguntarme por qué.

—Conti —dice.

—Lo de Sicilia. ¿Has terminado?

Una pausa. Con Luca, las pausas dicen más que las palabras.

—En dos días —dice—. Quizá menos.

—Cuando termines, ven a Milán. —Giro la taza fría trazando un círculo lento sobre el platillo, observando el cerco de líquido que deja sobre la porcelana blanca—. Necesito alguien de confianza vigilando. Vigilancia. Quizá haya que entrar en una propiedad más adelante…

La línea vuelve a quedarse en silencio.

—Envíame la dirección —dice.

Esa es toda nuestra forma de proceder. Él no pregunta por qué. Yo no finjo que hay una razón amable. Seis años así. Yo le doy una ciudad y un objetivo, y él desaparece en ellos como el agua en tierra seca.

Estoy a punto de colgar. Mi pulgar ya se mueve hacia el círculo rojo de la pantalla cuando se abre la puerta de la cafetería.

La pequeña campana de latón que hay encima emite un repique brillante y estúpido.

Todo en mi interior se detiene.

Entra una mujer.

Alta. De piernas largas. Delgada como una modelo. El pelo rubio platino cae en ondas sueltas más abajo de sus hombros. Ojos azul verdoso. Piel clara y luminosa. Se dirige al mostrador con ese tipo de soltura de una mujer que finge no saber que acapara miradas.

Pero lo hace.

Todo el mundo la mira.

Ella no parece darse cuenta. O ha aprendido a no parecerlo.

Conozco esa cara.

No es posible.

Pero conozco esa cara.

—Conti. —La voz de Luca suena lejana ahora—. ¿Sigues ahí?

No digo nada.

Mi mano se ha quedado quieta alrededor del teléfono. Al igual que el resto de mí. No es el tipo de quietud controlada que uso frente a una mesa con hombres que viven de mentir.as Esto es diferente. Esto es mi cuerpo reconociendo algo antes de que mi mente pueda darle sentido.

Un instante de más.

Luego otro.

—Conti.

—Luego te llamo —digo, y cuelgo.

Dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa y la miro.

Amanda White.

La amiga de Vittoria. La americana. La alegre y ruidosa mujer a la que mantienen lejos de cualquier cosa que pueda sangrar.

Vive en Chicago.

Ese es el primer hecho al que recurre mi mente, como si los hechos hubieran detenido alguna vez lo imposible.

Vive en Chicago.

Pero es ella. No hay confusión posible.

Lleva un abrigo color teca, entallado y caro. Una bufanda de un intenso tono rojo vino. Tacones. Parece recién salida de uno de los brillantes anuncios pegados en el edificio que hay detrás de ella.

Parece pertenecer a esta ciudad de una forma en la que yo nunca lo haré.

¿Por qué está aquí?

Amanda