33Siempre ha sido mía #2
Alessandro llegó hasta Romeo, le endiñó un golpe en el pecho que el otro le devolvió en forma de puñetazo. Dante se acercó al lado del benjamín de la casa y la fiesta estuvo montada cuando Piero se entrometió para partirle la cara al fiestero.
—Valentino.
Me eché hacia atrás, me crucé de brazos y miré a Claudio, no sin reparar en que Enzo se había levantado para separar la pelea clandestina que se había formado en el salón, algunos con las navajas fuera incluso. Nada fuera de lo habitual en nosotros.
—No lo sé.
Tras esa respuesta hubo un silencio sepulcral.
A Claudio le cambió el rostro y creí que había envejecido unos años más. Piero se quedó con la navaja en el aire a punto de atravesar alguna parte de Dante y, de repente, todos parecieron prestarme atención. Fue Romeo quien cuestionó al aire:
—¿Alguien va a decírselo ya?
¿ El qué tenían que decirme ?
Miré el reloj de pie del salón. Beatrice se casaba en Santa Maria in Aracoeli y yo tenía unos diez minutos para llegar. Menos, si me ponía allí a la velocidad del rayo.
¿ Qué estaba pensando ?
Tragué saliva.
—La osadía del amor —sentenció Claudio.
Lo contemplé con un sentimiento indescifrable. Era la segunda vez que me decía aquello, pese a que me negaba a creerlo. No podía ser. No.
Piero rio histérico y cuestionó, con las manos en la cabeza:
—¿Qué estás diciendo, loco? Es una puta poli... —murmuró ido.
—A ver, está enamorado de su coño, pero ya —repuso Dante, con una mano en la cintura y la otra cortando el aire—. No nos pongamos dramáticos.
No conseguí moverme; tampoco separar mi mirada de Claudio.
—Valentino... —El tono de Romeo fue más suplicante—. Dime que es mentira, por la mamma.
Apreté los labios, me mordí la lengua otra vez y noté que el aire no me llegaba a los pulmones.
Entonces sí desvié la atención hacia el resto.
Enzo y Alessandro me observaban, como si ya supieran que esa posibilidad existía.
¿Qué posibilidad? ¿De qué putas estaba tan convencido?
¡Joder, joder! En mi mente me golpeé la cabeza muchas veces.
De hecho, necesitaba que todos se fueran de mi casa para hacerlo. Para reventarme a golpes a mí mismo.
El resto estaba ojiplático. Dante pareció confundirse al mirar al resto; de repente se rio con nerviosismo y empujó a Piero para que se apartara de él. Seguían muy juntos.
—San Valentino, no, ¿no? —Se acercó a mí—. No, claro que no. ¡Hombre, que no!
¿ De qué se convencía ? ¿ De qué me convencía yo ?
—Está prohibido —declaró Piero sin elevar la voz.
—Donde manda el corazón, no manda la ley. —Claudio apretó los dientes.
Me faltaba el aire. Tenía que salir de allí. Debía alejarme del salón, de ellos, de todo lo que estaban diciendo. Nada tenía sentido.
—Para nosotros es ilegal. ¡Es un puto atentado! —bramó Romeo.
—El amor no es un atentado —rugió Claudio.
—¡Es policía! ¡Claro que lo es! —dictaminó Piero.
—Todo lo que vaya en nuestra contra lo es —sentenció Romeo.
Los ojos de Claudio se cristalizaron y desvió la mirada hacia la puerta; la misma que tomó para marcharse sin decir nada más. Romeo lo llamó a viva voz y salió tras él, Piero negó con la cabeza en mi dirección, como si no pudiera creerse lo que acababa de descubrir, y siguió a la comitiva.
Yo no me esperé a que todo el mundo zarpara de la casa.
Me levanté sin querer prestarle más atención al corazón que me latía desbocado, viendo cómo Dante se había quedado en shock, con los ojos muy abiertos y mirando a la pared; cómo Alessandro permanecía con los brazos cruzados, pasándose un único dedo por el labio inferior en actitud nerviosa; y cómo Enzo se fumaba un cigarro igual de perplejo que Dante, aunque este último quizá con una mezcla de la conversación presente y de todo lo que ya sabía.
Fui hacia el baño de la planta baja sin decir ni media palabra, quitándome de la cabeza la absurdidad que se había formado como una gran pelota dentro y, cuando cerré la puerta, me golpeé.
Una vez, por idiota.
Dos, tres y cuatro veces, por cagarla cada vez que tenía ocasión.
Cinco, seis, siete veces. Por pensar en una tía que no podía estar en mi vida.
Y me hice daño, física y emocionalmente, por la cantidad de recuerdos que regresaron a mí. Por ser el inútil que siempre fue tarde y que, ahora, quizá se adelantaba para romper una unión familiar que... No. No podía hacer eso.
Pero mientras me contradecía, pensaba en ella.
En que estaría poniéndose en pie sobre la alfombra para darle el sí quiero a otra persona con la que no estaba segura de casarse, aunque ella creyese que sí.
En que, cuando descubriera quién había ordenado el asesinato de sus padres, su mundo se rompería en dos.
En que seguiría pensando en mí como yo seguía pensando en ella.
Me apoyé en el lavabo, abrí el grifo y me mojé la cara para espabilarme, con los ojos nublados y la cabeza a mil por hora. Tiempo. Ese era el que no tenía.
« La osadía del amor ».
¿ Podría estar enamorado de mi lupina ? ¿ Era eso lo que me sucedía ? ¿ Era eso lo que me había quitado el sueño ?
La puerta del baño se abrió y miré a Claudio por el reflejo del espejo, con el corazón en la garganta.
—No es venganza, no es obsesión. No se pasará cuando folléis. —Imaginé que la parte en la que ya me la había follado, Enzo se la había saltado—. Se llama amor. Y contra eso no se puede luchar, caruso .
Apreté los labios y los ojos me brillaron demasiado.
—Tú luchas contra ello a diario —le recordé. Mis manos se apretaron contra el mármol.
—Si la vida me diera otra oportunidad... —Cabeceó en señal afirmativa—. Quizá no lucharía.
Vi tanto dolor reflejado en su mirada que me asusté. Temí hasta dónde podía caer alguien que había perdido a su otra mitad. A la persona a la que amaba de verdad.
—¿Es tuya?
La voz de Dante a mi espalda me aceleró el pulso. Lo busqué en el cristal.
« O corres, o eres mía, lupina. Mía », recordé .
Las manos me sudaron.
—Tenemos diez minutos para llegar a la iglesia —apuntó Enzo.
—A una iglesia llena de polis hasta la bandera —matizó Dante.
—Y Enzo lleva cuatro rifles de asalto en el maletero —concluyó Alessandro, también en la puerta del baño—. Por Dios, ¡ nos van a matar!
Apreté el mármol con más fuerza y me contemplé. ¿Era mía? Mis latidos me indicaban por sí solos la respuesta. ¿A quién tenía que escuchar?
— Caruso , ¿es tuya? —insistió Claudio.
Tomé aire, lo expulsé y, sin pretender darle más vueltas a lo que sentía, sentencié desde lo más profundo de mí:
—Siempre ha sido mía.
Los cuatro me observaron; yo también a ellos. ¿Qué era lo que iba a hacer? ¿Cómo iba a atreverme? No deseaba continuar haciéndome más preguntas, porque, de ser así, me echaría atrás y, después, me arrepentiría de no haberlo intentado.
Claudio llevó la mano a la parte trasera del pantalón, sacó su pistola, la elevó delante de nosotros y tomó la palabra como el hermano mayor que era:
— Andiamo , tenemos que interrumpir una boda.
Al salir del baño, agradecí comprobar que Romeo y Piero ya se habían marchado.
No pregunté adónde, tampoco me dieron más explicaciones, porque no tuve tiempo ni de meditarlo: nos cambiamos de ropa a toda prisa, contando los minutos que me quedaban para llegar antes de ese «Sí quiero», y salimos de allí derrapando.
El camino hacia la iglesia se convirtió en una carrera contra el tiempo y contra todo lo que se nos iba atravesando por delante.
Semáforos, coches, peatones que decidían cruzar cuando no debían y una Roma que ese día parecía haberse puesto de acuerdo para joderme.
No quise volver a mirar el reloj. Ya sabía cuánto faltaba y también sabía que cada minuto que se esfumaba podía significar que Beatrice estuviera más cerca de pronunciar unas palabras que no quería escuchar en mi cabeza.
Enzo conducía como un loco y ninguno abrió la boca para pedirle que redujera.
Alessandro iba agarrado donde podía, blasfemando cada vez que el coche se inclinaba demasiado en una curva, Dante comprobaba el cargador del rifle como si nos dirigiéramos a una guerra y Claudio permanecía en silencio a mi lado, con aquella expresión extraña que había arrastrado desde que salimos de casa.
Yo tampoco hablaba.
Porque si abría la boca, quizá terminaba preguntándome de nuevo qué coño estaba haciendo.
Y ya había pensado bastante.