Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 33Siempre ha sido mía #3
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33Siempre ha sido mía #3

La fachada de Santa Maria in Aracoeli apareció ante nosotros cuando Enzo frenó de una manera tan bestia que el cinturón se me clavó en el pecho.

Abrí la puerta antes incluso de que el coche terminara de detenerse y me bajé con el corazón golpeándome en la garganta.

Había gente vestida de gala en los alrededores, coches aparcados, invitados que todavía entraban con prisas y suficientes uniformes de la Guardia di Finanza como para darme cuenta de que aquello podría acabar muy mal .

Pero había llegado hasta allí. Y no pensaba dar media vuelta. Nos bajamos del coche sin titubear.

—Está lleno de polis —soltó Dante detrás de mí, como si no lo estuviéramos viendo todos.

—Muy observador por tu parte —rumié.

—Me está dando urticaria —añadió Alessandro y comenzó a rascarse como un pulgoso.

Abrí el maletero, cogí otro de los rifles y comprobé el cargador. Claudio apareció a mi lado y le tendí el arma.

—Tú te quedas con esto.

Lo aceptó sin preguntar, se colocó el arma con naturalidad y entonces bajó los ojos hasta mi cintura para comprobar que llevaba la pistola.

—¿Y tú?

Ni siquiera tuve que pensarlo cuando solté:

—Yo voy a por ella.

Dante soltó un rugido sarcástico por detrás:

—A cara descubierta y sin arma. Así somos nosotros.

Me giré lo justo para mirarlo y enseñarle la pistola de la cinturilla de mi pantalón. Claudio soltó una risa seca por la nariz y se acercó a mí antes de que empezáramos a subir los escalones, bajo la atención de las personas que había en la calle.

Los murmullos y la estupefacción empezaron a correr de una punta a otra al vernos con los rifles. Claudio me sujetó del antebrazo un segundo:

— Caruso , en cuanto entres ahí, ya no podrás fingir que esto te da igual.

La frase me frenó un segundo. No por miedo. Era porque llevaba toda la mañana huyendo precisamente de reconocerlo. De admitir que no era una obsesión, que no iba a desaparecer por follármela otra vez ni por pasarme una semana encerrado en el astillero intentando arrancármela de la cabeza.

Igualmente, también habíamos improvisado un plan en el coche. Yo entraría, sí, pero no desvelaría los verdaderos motivos por los que sacaba a rastras a Beatrice de allí. Lo haría sin levantar sospechas y después ya decidiríamos.

Apreté la mandíbula.

—Hace rato que he dejado de fingir.

Fue en ese momento cuando el teléfono me vibró en el bolsillo del pantalón. No retomé la marcha, no hasta que lo hube sacado y el corazón se me detuvo durante unos segundos.

Lupina:

Ayúdame.

¿ Qué es lo que podría provocar que me mandara aquel mensaje, a unos minutos de casarse ? ¿ A mí ? De todas las personas a las que podría haber recurrido, me había elegido a mí. Claudio me dio un golpe en el brazo, Enzo me observó con confusión y giré el dispositivo para que lo vieran.

Me saqué el arma de la cinturilla del pantalón, dispuesto a todo.

Y seguí, con mis hermanos pegados a la espalda.

Cuanto más nos acercábamos a la entrada, más se distinguía el sonido procedente del interior.

Música, voces bajas, ese murmullo contenido de las iglesias cuando hay demasiada gente intentando guardar silencio.

No sabía en qué momento de la ceremonia estaban ni si ya estaría entrando Beatrice, porque el mensaje acababa de reflejarse en mi móvil.

¿Y si era demasiado tarde? ¿Y si no había tenido cobertura hasta ahora?

No tenía ni idea, pero sí sabía que estaba dentro. Con él. Vestida para casarse con él.

Y eso me reventó algo en el pecho. Al igual que lo hizo la certeza de que había acudido a mí por algo. Algo que no había especificado en ese wasap.

Los hombres de la Guardia di Finanza que había en las puertas de entrada nos contemplaron con los ojos muy abiertos.

Me dio igual. No me detuve, ahora menos, pues me notaba el corazón acelerado, la adrenalina desbordándose e incluso las manos me temblaban al no saber en qué situación podría encontrarla.

Claudio levantó el rifle, Enzo y Alessandro se abrieron lo suficiente para cubrirnos y yo continué caminando sin detenerme. Los gritos comenzaron detrás, algunos invitados que todavía estaban fuera se apartaron y alguien volvió a dar una orden que no escuché completa.

Llegué hasta las puertas principales y me detuve.

Apoyé una mano sobre la madera mientras mis respiraciones se mezclaban con aquel sonido amortiguado que llegaba desde dentro. Por un momento volví a verla en mi casa, delante de mí, con aquellos ojos oscuros clavados en los míos mientras yo le decía que corriera.

No lo había hecho.

Y yo acababa de recorrer media Roma para buscarla.

« Siempre ha sido mía ».

Y por primera vez no sentí miedo al admitirlo. Sentí miedo de llegar tarde.

Elevé la pistola, le quité el seguro y empujé las puertas con fuerza.

El golpe reverberó por toda la iglesia.

Las conversaciones murieron de inmediato.

Cientos de rostros se giraron hacia la entrada y, mientras avanzaba un paso con el arma levantada, Claudio se colocó a mi espalda con el rifle y Enzo, Dante y Alessandro cubrieron la retaguardia.

Solo busqué una cara entre todas aquellas personas.

La de ella.

La de mi lupina.

Continuará...