Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 33Siempre ha sido mía
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33Siempre ha sido mía

Siempre ha sido mía

Me tapé los ojos con una bolsa de guisantes. Maldita la resaca que tenía. Juraba y perjuraba que esto se terminaba ya.

—Sois unos guarros.

—Somos tíos, Romeo —balbuceó Dante, con la baba colgando.

Me destapé un ojo para mirarlo. Estaba desnucado en el sofá, con los bóxer como única prenda. Alessandro directamente dormitaba en el suelo, y Enzo estaba en la otra esquina del sofá, bocabajo y sin intenciones de abrir los ojos.

Romeo le dio una patada a una botella.

—¿Y no podéis poner un cubo para tirar la mierda? —Siguió erre que erre.

—¿Cuánto hace que no coges una cogorza? —murmuró Alessandro, sin abrir los ojos y con la boca pegada a la moqueta.

Romeo miró al techo y resopló.

—Bff. Un montón. —Puso una cara extraña—. Y también era un cerdo.

—Te recuerdo que yo te duché en un antro de mala muerte. —Claudio pasó por su lado con un dedo acusador.

¿ Desde cuándo mi casa se había convertido en una plaza? Piero pareció leerme la mente .

—Le he robado las llaves a il papà y he hecho seis copias.

Exhalé un suspiro agotado. Ni siquiera se me había ocurrido preguntarle a Enzo cómo habían entrado hacía dos días. Porque no se habían movido de allí.

Romeo se metió las manos en los bolsillos, se acercó de manera peligrosa y se sentó en el brazo del sofá, a mi lado.

Oh, mierda. Me tapé la cara con la bolsa de guisantes, quedándome con la mirada significativa de Claudio como última imagen.

Todavía tenía cardenales aquel cabrón, pero estaba allí, y no dándose de hostias con a saber quién.

—A ver, fratello . —Mal empezaba la conversación—. Anulaste la comida, y nosotros tenemos que saber.

—No hay nada que saber —rumié con malhumor.

—Nada, nada... —ronroneó Piero—. Después de la bomba del otro día...

Estaba agotado.

Agotado de pensar, de darle vueltas a lo mismo, de no querer pensar más en ella. Y ya no era solo en mi cabeza. Era la certeza de que no bastaba con tenerla en la mente. La quería a mi lado. Pero aquel día era su día; el de su boda. Con el teniente.

No me veía con el derecho de nada. O eso fue lo que pensé en un primer momento, porque no tenía ganas de complicarme la existencia, porque era poli, porque mi vida era la mafia, mi familia y porque ella amaba a Gennaro.

Pero sus gestos la delataban.

Cuando me miraba, cuando se dejaba llevar. Cuando se deshacía en mis brazos. Cuando volvía de nuevo a mí.

—¿Podemos dejarlo para otro día? —gruñó Enzo.

—No.

Por el tono de Piero, supe que no se moverían de allí hasta que soltase la lengua. Pero es que no sabía qué coño decir porque no me entendía ni yo. Para colmo, la misma noche que Beatrice se marchó de mi casa me había enterado de quién había ordenado la ejecución de la promoción de mi lupina.

Yo ya tenía un nombre.

Y no sabía qué hacer con él.

También había revisado las carpetas con la información que me dejó en el astillero, la había reagrupado con lo que ya sabíamos y habíamos empezado a preparar un plan de ataque para quitarnos del medio a los imbéciles aquellos.

Todo eso, con el fin de que mi cabeza se entretuviera en otra cosa que no fuera pensar en ella.

Pero después había llegado el alcohol, los porros, y estuve tentado de irme al picadero de Dante para borrármela de la mente al precio que fuera. No lo hice. Por la sencilla razón de que mi estado de ánimo pésimo no me dejaba hacer más que pasar del sofá al suelo y del suelo al sofá.

—Paaacooo. —Dante sonó lastimoso—. Pon música para revivir a los muertos.

—Lo siento, señor. No sé si entiendo lo que desea.

—Fooo, Paco, qué tonto eres a veces —se quejó Enzo al comentario de mi robot.

Claudio resopló y añadió en tono paternalista gruñón:

—Espero que el polvo blanco sea azúcar.

Me destapé un ojo, Dante levantó la cabeza con los ojos guiñados, Alessandro elevó el mentón y Enzo lo miró desde el sofá. Romeo puso cara de circunstancias, Piero respiró con fuerza y Claudio..., pss. Se agachó, pasó el dedo por el polvo y se lo llevó a la boca.

—Mmm... —murmuró irónico, mirando al culpable.

—¿Está bueno el azúcar? —Encima se guaseó.

—Me cago en tus muertos, Dante.

Y le arreó una patada en el costado que lo levantó del suelo momentáneamente.

—¡Ah! ¡Cabrón, qué daño!

Los dos se pusieron a pelear, el apaleado con la mano en la zona afectada y Claudio dándole un sermón del quince.

Mejor cerraba el pico y no lo abría, porque a esas alturas yo ya no recordaba quién había puesto la nariz ahí, pero sí sabía que Dante no había sido solo.

Era una puta mala influencia y nosotros nos dejábamos jalear demasiado rápido. Fin.

Romeo se pasó las manos por la cara, desesperado.

—Tengo la paciencia de una cerilla, Valentino.

Miré a Romeo, quitándome la bolsa de guisantes de la cara.

—Las cerillas prenden muy rápido, tronco. —Enzo intentó sentarse.

—Y a mí me encanta prenderles fuego a las personas. El olor a quemado de la carne. —Olfateó el ambiente y me encontré poniendo una cara rara.

—Estás fatal, Romeo —dictaminé.

—Pero tú sigues sin responder —apuntó—. Y me estás tocando la polla.

Elevé las manos para que viera que las tenía libres.

Ahí provoqué al verdadero Romeo. Lo vi cuando entrecerró los ojos, se irguió y se dispuso a darme un puñetazo que me saltara los dientes.

Fue Piero quien detuvo a la bestia y habló primero, silenciando a las dos gallinas que seguían discutiendo por el tema de la coca.

—¿Has ayudado a la poli porque ella nos ayudó en determinado momento? ¿Es eso?

—No —resolví.

—¿Os habéis estado ayudando mutuamente, entiendo, en otras cosas? —preguntó de nuevo, insistente. Todos le prestaron atención.

—No.

Entrecerró los ojos, miró con confusión a Romeo y cogió aire. Estaba tocándole la fibra de los huevos con mis respuestas escuetas.

—¿Ha sido una broma de estos payasos? —Romeo señaló al equipo de los traviesos.

Me mordí la lengua, sin saber qué contestar.

—La poli ya le tenía ganas desde que se hostiaron en la casa de los Rinaldi. —Alessandro me echó un cable, sin estar seguro de que hubiera funcionado.

—Y por eso lo persiguió con más inquina en Mesina —apostilló Enzo.

—Porque ha sacado conclusiones que no venían al caso —remató Dante.

Claudio, Romeo y Piero pasaron la mirada de uno a otro, sin creerse nada. En realidad no estaban mintiendo; tampoco estaban contando toda la verdad.

—¿Y lo de la banda? —inquirió Claudio huraño.

Aquel se lo había comido todo con il papà en su tiempo, por eso de ser el mayor.

—Beatrice creyó que Valentino seguía en ella cuando asesinaron a sus padres y lo señaló. Ese es el resumen —le respondió Enzo.

—¿Ella los mató en el astillero? —Piero me miró.

—¡Valentino! —exclamó Romeo y me dio un golpe en el brazo.

Chasqueé la lengua y giré la cabeza.

—Te los cargaste tú —sentenció Claudio—. ¿Por qué te los cargaste tú?

—No, la pregunta es por qué dijiste que era tu mujer a Malaspina. Esa es la pregunta. —Piero metió baza.

—¿Podéis darle un respiro? —les pidió Alessandro.

—¿Por lo que está hablando, te refieres? —ironizó Piero—. Le veo la lengua seca, vaya.

—Esto debe tener un inicio. ¡Nos están vacilando! —se enervó Claudio.

—Nos están vacilando los cuatro. Los. Cuatro —remarcó Romeo con cara de asesino.

—Es que no estáis dejando a nadie explicarse, ¡cojones! —se exasperó Dante y dio un golpe en el suelo con el puño.

El ambiente se caldeaba. Enzo levantó ambas manos, pidiendo una paz que no llegó.

—¿Podemos calmarnos?

Me llevé una mano a los ojos, atacado de los nervios porque siguieron insistiendo y yo dejé de escucharlos metiéndome en aquella nube en la que a veces me sumergía.

Solo veía de refilón cómo movían las manos en el aire mientras Enzo era la voz cantante, Alessandro me contemplaba con una preocupación extrema y Dante se había sentado en el suelo y me observaba entre preocupado e indispuesto, tratando de calmar las aguas cuando Romeo comenzó a dar vueltas por el salón como un león enjaulado.

—Es policía... ¡¡ Es policía !! — Atiné a escucharlo.

Y volví a sumergirme en aquel estado de desconexión que me daba paz, aun sabiendo que me miraban, que regresaban la atención a Enzo, quien había comenzado la historia desde el principio hasta... hasta hacía dos días.

Dios.

Habría perdido la cabeza si ellos no hubiesen aparecido en mi casa. No era por el sexo, bien lo sabía. Era por todo lo que implicaba que se hubiera quedado. Por ese momento de duda que dio paso a algo mucho más grande que todas las preguntas que llegaron después.

Era porque sus ojos reclamaban el mismo derecho que tenía yo sobre ella.

Me reclamaban a mí.

Inconscientemente miré hacia abajo. Desde ahí no me veía el morado. El chupetón gigante, con una pequeña herida de sus dientes. La había dejado dolorida y marcada, lo suficiente para que se viera desde la distancia. Para que no pasase desapercibida para el resto del mundo.

Aquello sacó una parte tan salvaje de mí, tan oscura que...

—Valentino. —El tono de Claudio fue tan determinante que lo miré—. Júrame que es pasajero.

—¡¿Qué putas va a jurarte?! —exclamó Piero perdiendo el norte—. ¡Si ha estado aquí hace dos días! ¡¿Es que nadie ha visto lo que tiene en el cuello?!

Romeo caminaba más rápido, de un lado a otro, con la mano en la boca. Se sacó un cigarro y lo encendió.

—Esto nos sentencia —rumió—. Nos sentencia...

—¿De qué estás hablando, Romeo? —le preguntó Dante con cansancio.

Se detuvo de manera abrupta y estalló:

—¡¡Que es poli!! ¡Poli! ¡Y nosotros una puta mafia!

—Es contra natura, Dante —recalcó Piero, con tono autoritario.

—Valentino... —El tono de Claudio fue suplicante.

—¡Estáis hablando por hablar! ¡Él no ha dicho nada! —se desesperó Alessandro, llegando a Romeo.

—¡Él no dice nada! —gritó Romeo—. ¡¡Míralo!!

Clavé los codos en las rodillas y metí la cabeza entre mis manos, deseando que se fueran todos para irme a la cama. Eso no sucedió, porque lo siguiente que aconteció fue mucho peor.

Fue la realidad en medio del caos.