32El día de nuestra boda #3
—Eso no puede ser. Has tenido que confundirte —resolví, comenzando a notar una histeria rara.
—Costa...
Tragué saliva de manera ruidosa y me apoyé en la mesa donde había dejado el teléfono, ahora mucho más consciente de lo que acababa de decirme. «Gennaro me pidió hace unos días que hiciera una extracción de tu teléfono».
—¿Cu... cuándo te ha pedido el vaciado? —balbuceé, con el vómito subiendo por mi garganta.
Titubeó, suspiró con abatimiento y añadió:
—Me pidió que lo hiciera con discreción. Lo siento, Costa. No te he visto antes y él es un superior, no puedo...
Dejé de escucharlo cuando fui consciente de una sola cosa.
El corazón se me detuvo.
Un segundo.
Después regresó con tanta violencia que tuve que llevarme una mano al pecho.
« El vídeo ».
No, no, no.
Los mensajes de Valentino, de los cuales ni siquiera recordaba el contenido pero sabía que estaban ahí. El vídeo que había eliminado, pero que podían recuperar de la papelera.
—¿Qué has encontrado? —le pregunté con la boca seca, olvidándome de la pregunta anterior que había dejado sin responder.
Marco me contempló extrañado. Quizá había perdido todo el color que me habían puesto. Tal vez ya no me quedaba ni colorete en el rostro, porque había desaparecido como todo lo que iba a desaparecer de mi vida.
—No he visto nada. Yo hice la extracción y le entregué la copia. No era asunto mío revisar el contenido y él me dijo que quería hacerlo personalmente.
—¿Cuándo se la entregaste? —susurré ida.
Su silencio me dio la respuesta antes que su boca.
—Ayer.
Y debajo del miedo apareció algo más. Una grieta. Porque Gennaro había entrado en mi teléfono a mis espaldas.
Caí a plomo sobre la mesa, recordando el mensaje escueto de Gennaro. « Ayer » . Eso significaba que, probablemente, habría visto... habría visto...
Me llevé la mano al vientre, a punto de desmayarme.
—Te lo estoy contando porque te conozco desde hace muchos años y esto no me ha gustado una mierda —continuó Marco en voz baja—. Y porque, sea lo que sea que esté buscando, creo que deberías saber que lo tiene antes de casarte con él.
Lo miré en shock. Creo que respondí algo, aunque no supe qué porque asintió y salió de allí. Los oídos habían empezado a zumbarme de manera insistente, y me vi como si estuviera en una película y la espectadora fuese yo.
Pero no, de espectadora nada, porque la protagonista era yo.
Agarré el teléfono y fui directamente hacia otra de las salas, pidiéndole un momento a las chicas que habían entrado antes que Lucia, pues esta última apareció como un torbellino.
—Mi hijo está de los nervios. Con un humor extraño, he de decir, ¡pero bueno...! ¿Qué te pasa, Beatrice?
—Tengo que ir al baño.
—Estás muy blanca. ¿Te ha bajado la tensión? ¿Necesitas que te ayudemos?
—No... no.
Me alejé. Cuando entré y cerré, me apoyé en la puerta con los ojos muy abiertos y el vómito en la garganta. Las manos me temblaron tanto que fallé dos veces al desbloquearlo.
Gennaro lo sabía. O iba a saberlo después de la boda.
Quizá ya había visto el vídeo.
Quizá había leído las conversaciones.
Quizá estaba al otro lado de aquella iglesia vestido para casarse conmigo después de haberse enterado de exactamente todo lo que yo llevaba semanas ocultándole.
Busqué su contacto. Me detuve. No. ¿Qué iba a preguntarle? ¿Qué coño iba a decirle? Los nervios me pudieron y me aproximé a toda prisa hacia el lavabo, donde vacié el contenido de mi estómago.
Lucia tocó a la puerta de manera insistente, pues la boda comenzaba en minutos.
—¿Beatrice? ¿Puedo entrar?
—¡Ahora salgo! —Golpeé el lavabo con histeria.
—Cariño, tranquila. Tienes que calmarte.
Era obvio que me había escuchado vomitar. No iba a entretenerme en eso, porque la bomba estaba servida. O bien había explotado ya, o bien iba a explotar en breve.
Y eso no había manera de detenerlo.
Dios mío, cuando viera aquel vídeo... No me creería. ¿Cómo no me había fijado antes en los gestos de Gennaro? En cómo entró de nuevo en el astillero a por Valentino, en cómo se retaban. En lo que me dijo sobre cómo me miraba... Joder, joder, joder.
Me contemplé en el espejo; después miré la puerta como si fuera el demonio y, por segunda vez desde que se había cruzado conmigo, fui una cobarde.
Una patética y lamentable cobarde.
Salí de la conversación de Gennaro y mis dedos se movieron solos.
Hasta otro nombre.
Uno que ni siquiera debería haber seguido guardado en mi teléfono y cuya conversación, de hecho, seguía entre las primeras.
Valentino.
Me quedé contemplándolo mientras la respiración se me aceleraba. ¿Por qué pensaba en él cuando sentía que el mundo se me venía encima?
« Porque es el sitio seguro », me recordó la bruja. No quise escucharla, no ahora .
Abrí la conversación y el cursor parpadeó.
« O corres, o eres mía, lupina. Mía ».
Las lágrimas me llenaron los ojos al recordarlo. Otra. Maldita. Vez.
Había tenido días para correr. Y allí estaba. Vestida de novia. A pocos metros del hombre con el que iba a casarme, y pidiéndole ayuda a otro.
Y sí, escribí una única palabra:
Yo:
Ayúdame.
Me quedé mirándola.
Y pulsé » Enviar « .