32El día de nuestra boda #2
Recordaba sus ojos. Los mismos ojos verdes que ahora aparecían cuando cerraba los míos.
Y me maldije porque tal vez todo lo que me había pasado no había comenzado en Mesina.
Algo más grande, algo más que el deseo, quizá había empezado años atrás sin querer verlo.
¿Curiosidad? ¿Era eso? Me hice todas las preguntas posibles.
Ese impulso enfermizo de enfrentarme a alguien que jamás retrocedía cuando yo avanzaba.
Valentino no había intentado caerme bien.
No me había seducido. No había buscado impresionarme ni utilizado una sonrisa de esas que funcionaban con medio planeta.
De las que había visto en las fotografías de mi mapa policial o las que soltaba con sarcasmo de vez en cuando.
No. Esas no me las había enseñado, pero divagué sobre ellas.
Sobre cuándo podría descubrirlas. ¿Lo haría?
Me había devuelto cada puto golpe y yo había vuelto a buscarlo una y otra vez durante años con cualquier excusa, incluso mucho antes de saber todo lo relacionado con la Mano di Caino.
La investigación había sido real. Mi obsesión por descubrir lo que escondía también.
Pero quizá no había sido el único motivo y ya me había hecho demasiadas preguntas que solo precisaban una confirmación.
Me miré fijamente en el espejo y la respiración se me aceleró.
Volvió su voz a mi cabeza, su olor a peligro, a..., joder, olía a lugar seguro, aunque fuera completamente contradictorio. ¿Cómo podía ser eso posible? Mi hogar seguro era Gennaro, no Valentino. ¿Por qué me inventaba aquellas cosas en mi cabeza?
Pero entonces sus palabras llegaron certeras como un mazazo, directas al pecho y sin anestesia, mientras recordaba su mano en mi nuca y la otra aferrándome como si de verdad pudiera reclamarme.
« O corres, o eres mía, lupina. Mía ».
El problema no era que me hubiera asustado; era que no me había movido, pese a que sabía que aquello estaba mal.
Que Gennaro no se lo merecía, pero Valentino tampoco.
Que no podía pedirle que me obligara, tal y como me había dicho, para que me hiciera sentir mejor a mí.
¡No! Debía ser responsable de mis actos, de las personas y...
« Por eso se lo has contado antes de pisar el altar », me recordó mi bruja mala. La deseché , claro, porque aquel era un tema que había convenido llevarme a la tumba, sí , pero con los hechos pasados, no con los ocurridos hacía dos días .
Cerré los ojos con fuerza. «Sácalo, sácalo, sácalo de tu cabeza».
—Beatrice. Beatrice, ¿estás bien?
Los abrí de golpe y vi que Lucia me observaba preocupada por el espejo.
—Sí.
—¿Estás segura? ¿Quieres que te traiga una tila? ¿Una infusión?
Asentí y obligué a mis labios a dibujar una falsa sonrisa.
—Son los nervios —me excusé.
Por primera vez aquella mañana no supe si volvía a mentir, pero lo dejé estar y di el tema por zanjado cuando me levanté de la silla para ponerme el vestido. Nos quedaban pocos minutos para salir de allí y enfrentarme al día de nuestra boda.
Enfrentarme.
Cómo sonaba aquello.
Cuando llegamos a la puerta de la iglesia, comprendí que la Guardia di Finanza no sabía organizar nada sin convertirlo en un operativo.
Había coches, compañeros, familiares de Gennaro, flores y suficiente gente uniformada como para que cualquier delincuente que pasara por allí decidiera inmediatamente cambiar de profesión.
Aparcamos por uno de los accesos laterales y Lucia bajó primero para comprobar que todo estuviera exactamente como había ordenado. Yo permanecí algunos segundos dentro, observando la entrada a través del cristal mientras Draco apoyaba el hocico en mi hombro desde el asiento trasero.
Me giré para verlo y le coloqué el lazo.
—Tú tampoco puedes ponerte sentimental.
Movió las orejas.
—Tenemos un pacto.
Me lamió la cara varias veces.
—¡Draco!
Reí mientras intentaba apartarlo sin destrozarme el maquillaje.
Los compañeros habían tenido la idea de prepararle un arnés ceremonial negro, mucho más sencillo que el táctico que utilizaba para trabajar, con una pequeña cinta blanca alrededor de uno de los enganches.
Nada ridículo. Nada de ponerle una pajarita como si fuera un caniche de exposición, porque probablemente Draco se habría comido la pajarita y después al responsable.
Cuando el chófer me abrió la puerta, bajé y varios compañeros de la Guardia di Finanza formaron un pequeño pasillo frente al acceso lateral. Algunos iban de uniforme de gala y otros vestidos para la boda, y todos comenzaron a aplaudir.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Como llores, te mato —me susurró Lucia.
Contuve la respuesta en la punta de mi lengua. Uno de los agentes rio y Draco caminó a mi lado perfectamente erguido, como si entendiera que aquel día tenía una función distinta. Me agaché antes de entrar y le acaricié la cabeza.
No tenía a mi padre. No tenía a mi madre. Tampoco estaban mis amigos, y había rechazado que Leandro me llevara del brazo. No quería sustituir a Brunello.
Mi general no podría hacerlo. Aquello para mí sería un privilegio que... Dios, no existiría nadie en el mundo que pudiera hacerlo. Nadie que pudiera ser como mi padre y, desde luego, Leandro no lo era.
Entraría sola.
Bueno...
Miré a Draco y sonreí. Casi sola.
—Tú te quedas en primera fila —elevé un dedo en el aire con gracia— y no te comas a ningún invitado.
Movió el rabo con alegría y reí.
—Sobre todo a la familia de Gennaro. Son muchos y después me pasarán la factura.
Un compañero agarró su correa y yo lo vi alejarse hacia el interior antes de que nos condujeran a las dependencias laterales que habían preparado para esperar el comienzo de la ceremonia.
Habíamos llegado antes para que a Lucia le diera tiempo a dividirse, a hacerse fotos con su hijo y a poder entrar con él en la iglesia, y no conmigo, como era obvio. De ahí que no fuese una entrada común.
Gennaro estaba en otra estancia y no podía verlo.
Una tradición absurda, teniendo en cuenta que llevábamos meses viéndonos desnudos, pero de repente contemplarme vestida de novia antes de llegar al altar parecía capaz de atraer siete generaciones de mala suerte.
Me quedé en una sala pequeña junto a Lucia y otras dos mujeres de la familia mientras terminaban de colocarme el velo sencillo anclado en el recogido y revisaban por última vez la caída del vestido. El corazón empezó a latirme cada vez con más fuerza.
Ya estaba allí. En el día de mi boda.
Y debería haber sido suficiente para que todo lo demás dejara de importar. No lo fue.
Saqué el teléfono del pequeño bolso, miré si tenía alguna notificación y volví a dejarlo en una mesa. Nada. No había ningún mensaje suyo. Tuvo que notárseme en la cara, porque Lucia pasó por mi lado, me observó y dijo con despreocupación:
—Está al otro lado. No creo que haya desaparecido.
—Ya. —Reí nerviosa.
—Aunque, como lo haya hecho, lo traigo de una oreja.
Sonreí y la puerta se abrió. Reconocí a uno de los compañeros del cuartel y me extrañó que estuviera allí. Lucia nos pidió un momento y salió de la sala, diciendo que iba a buscar al novio para ver que todo estaba en orden. Muy en su línea controladora.
Marco Bellini no era de los agentes de calle, sino uno de aquellos tipos capaces de sentarse delante de un ordenador durante doce horas y encontrar hasta la fotografía que habías borrado borracha a los diecinueve años creyendo que había desaparecido para siempre.
Trabajaba con análisis forense digital y más de una vez habíamos requerido que destripara teléfonos, discos duros y dispositivos incautados.
Y, lo más importante: había sido uno de los supervivientes de mi promoción.
—Costa. —Sonrió—. Madre mía.
Abrí los brazos.
—¿Qué?
—Pareces una persona normal.
—Vete a la mierda. —Reí y él hizo lo mismo.
Se acercó para darme un abrazo con cuidado de no tocar demasiado el vestido.
—Estás preciosa.
—Gracias. Y... —Entrecerré los ojos—. ¿ Te cuelas en las dependencias de la novia por qué...?
Se pasó una mano por la cara, miró hacia ambos lados y murmuró:
—Joder, Costa...
Aquello no me gustó y mostré un gesto de confusión.
—¿Qué ocurre, Bellini?
Miró de nuevo alrededor y a mí el pulso se me aceleró de una manera extraña. Lo sujeté del antebrazo, me aparté con él hacia uno de los laterales y con un gesto de cabeza le indiqué que hablase.
—Me voy a meter en un jaleo por decírtelo —murmuró.
—Entonces ya estamos hablando mi idioma.
No sonrió. Y ahí sí se me borró la sonrisa.
—¡¿Qué ocurre, Bellini?! —me desesperé.
Se pasó una mano por la nuca antes de soltar el aire y mirar de nuevo hacia la puerta.
—Gennaro me pidió hace unos días que hiciera una extracción de tu teléfono.
No entendí la frase, pero el cuerpo se me fue hacia atrás y unas náuseas se apoderaron de mí de manera inmediata. Las palabras llegaron a mis oídos, aunque mi cerebro no consiguió ordenarlas.
—¿Qué? —le pregunté perpleja.
—¡Lo que has escuchado, coño! Me pidió una copia del contenido. Mensajes, archivos, multimedia, recuperables... Lo normal en un volcado forense.
Parpadeé confusa, notando cómo el frío se me extendía por la espalda y crecía hacia mi cabeza. Que Gennaro le había pedido... ¿Cómo iba a ser eso posible?
—¿De mi teléfono? —Me señalé.
—Sí.