32El día de nuestra boda
El día de nuestra boda
El día de mi boda llegó y yo seguía sin saber si había corrido lo suficiente.
No físicamente. En eso se me daba de puta madre escapar, perseguir delincuentes, saltar de una embarcación a otra o meterme en lugares donde cualquier persona con dos dedos de frente no habría puesto ni un pie.
Hablaba de él, claro. De Valentino.
El ejemplo lo tenía en que llevaba dos días en bucle. Lo peor de todo fue que, en mi mente, la posibilidad de que sus hermanos no hubieran aparecido existía.
Y nos desatábamos, nos deshacíamos entre saliva, roces y placer. Uno prohibido que había deseado hasta la saciedad, pese a saber que estaba mal. Que no podía seguir culpando a Valentino de todo lo que nacía de mi interior.
Porque no sabía cómo gestionar aquello, cómo apagar el fuego que me quemaba por dentro.
—Como vuelvas a mover la cabeza, te clavan una horquilla en el cerebro y después vas a casarte con una lobotomía —me advirtió la peluquera por tercera vez.
Regresé la atención al enorme espejo de delante y procuré quedarme quieta mientras terminaba de colocar los últimos mechones en el recogido.
Había pedido algo elegante pero sencillo, sin una construcción de esas que parecían edificios de diez plantas en mitad de la cabeza, y había acertado.
Mi cabello estaba recogido en un moño bajo algo desenfadado, con algunos mechones ondulados en los laterales, y entre ellos habían colocado unas diminutas piezas brillantes que apenas se veían cuando giraba el rostro.
Estaba bonita.
Lo supe porque llevaba casi media hora mirándome y esperando sentir algo diferente. Ilusión. Nervios, tal vez.
Ese vértigo del que hablaban todas las novias cuando se veían vestidas por primera vez el día de su boda y eran conscientes de que faltaban unas horas para caminar hacia el hombre con el que habían decidido compartir su vida.
Yo sentía vértigo, sí.
Pero era de otro tipo.
—Te dije que el recogido te favorecería muchísimo más que llevar esa melena suelta. —Lucia apareció reflejada detrás de mí y se inclinó un poco para comprobar uno de los laterales—. Sobre todo con la forma de tu cara. Es mucho más fino.
Ahí estaba.
Mi futura suegra.
Cariñosa hasta que abría la boca y se le escapaba que para ella el mundo estaba dividido entre las personas que sabían qué cubierto utilizar para el pescado y los bárbaros que comíamos pizza con las manos.
Sonreí con paciencia. Al fin y al cabo, se había desvivido por estar conmigo y con Gennaro. Porque yo estaba sola.
Sola.
—Gracias, Lucia.
—No tienes que dármelas. —Me acarició el hombro con afecto y después se fijó en la chica que terminaba de colocarme otra horquilla—. Ese mechón un poquito más hacia atrás. Sí. Así. Beatrice tiene unas facciones perfectas y no deberíamos taparlas.
La peluquera me miró por el espejo; yo miré a la peluquera. Ninguna dijo nada, pero nos habíamos entendido.
Lucia llevaba desde primera hora revoloteando a mi alrededor como una gallina clueca.
Había traído el desayuno, se había preocupado porque apenas probara bocado, había comprobado tres veces que tuviera los zapatos, otras cuatro que nadie hubiese olvidado el vestido y alrededor de siete que el coche llegaría a tiempo.
Incluso había llamado al restaurante para verificar una mesa que llevaba organizada desde hacía una semana.
Me cuidaba a su manera. Y no podía negar que aquello me enternecía, sobre todo porque ese día había una ausencia demasiado grande dentro de la habitación.
Mi madre debería haber estado allí.
Ese pensamiento fue el primero que consiguió que la sonrisa desapareciera.
Descendí los ojos hacia mis manos y moví lentamente los dedos.
Habían pasado trece años, pero todavía podía imaginar a Carmen entrando por la puerta, quejándose porque alguien no había planchado bien una prenda o porque el vestido necesitaba medio centímetro más de caída.
Después lloraría. Muchísimo. Probablemente más que yo.
Mi padre habría llegado diciendo que estaba preciosa y después habría amenazado a Gennaro de alguna forma discreta. O nada discreta, según se hubiera levantado esa mañana. Porque Brunello no destacaba precisamente por sus sutilezas cuando se trataba de mí.
Tragué saliva y procuré que el nudo bajara por mi garganta antes de que la maquilladora regresara y me asesinara por estropearle todo el trabajo.
No estaban. Ninguno de los dos. Y aquel era uno de esos días en los que su ausencia no se sentía como una cicatriz, sino como una herida abierta en toda su extensión.
Ambos fueron incinerados, así que tampoco tenía un lugar donde ir a llorarles, a hablarles. Y lo prefería así. No era una obligación, sino un acto de amor voluntario de cada uno. Yo los tenía en un pequeño altar en casa, y desde ahí los cuidaba a mi manera.
La noche anterior había sostenido entre mis manos una foto de mi padre. También había llorado muchísimo, explicándole que estaba hecha un lío, que no comprendía nada y que no sabía si podría entenderlo sin que me encerrasen en un psiquiátrico .
También pensé en Noa, en Aarón y en Klaus.
En aquella otra familia que había construido años atrás cuando mi vida se fue al garete y terminé formando parte de una brigada de espías en Londres. Ellos habían sido mi casa durante un tiempo, mi refugio, la gente que aprendió a conocerme cuando yo misma no sabía quién coño era.
Y tampoco estaban allí.
Había intercambiado un par de mensajes con Noa, me había felicitado y se había lamentado por no acudir.
Claro, ¿cómo iba a hacerlo? Dios mío, si Noa supiera lo que yo estaba viviendo con Valentino...
No podía ponerla en aquel riesgo, y siempre supe que era la mejor decisión: que se alejase de Italia.
Ese sería otro secreto que podría morir conmigo y acompañarme a la tumba. Que Gabriele existía. Y que su padre era Dante .
La vida tenía una manera bastante asquerosa de recordarte todo lo que habías perdido justo cuando se suponía que tenías que ser feliz.
—No llores —me avisó Lucia inmediatamente.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba haciéndolo hasta que me lo dijo.
—Qué bonito, gracias —le dije a la peluquera, quien también había terminado sin ser consciente de ello.
—Puedes llorar después. Ahora te estropeas el corrector.
Reí con desgana al comentario de la maquilladora.
—Exacto, después. Cuando veas a Gennaro. —Lucia me acarició la cara con cariño y algo cambió momentáneamente en su expresión—. Estás preciosa, tesoro.
La sinceridad me golpeó y me sentí... Ya no sabía ni cómo me sentía.
Besó mi frente con cuidado y se marchó hacia el otro extremo de la habitación para seguir organizando cosas que probablemente ya estaban organizadas desde hacía días.
Volví a mirarme en el espejo y me toqué la cicatriz que había quedado en mi mejilla derecha, de manera horizontal. No habían logrado cubrirla del todo.
Suspiré.
El vestido me esperaba detrás.
El mismo que me había probado semanas atrás, cuando toda mi vida aún parecía tener una dirección definida.
Blanco, ceñido hasta las caderas, con la caída suave que había pedido y las mangas de encaje abrazando mis brazos.
El escote dejaba los hombros al descubierto sin ser exagerado y no tenía una cantidad absurda de pedrería, porque nunca había querido parecer una lámpara de araña caminando hacia el altar.
Era perfecto.
Mi boda era perfecta.
Gennaro era... Cerré los ojos.
Gennaro.
El teléfono permanecía encima del tocador y mis ojos fueron hacia él por enésima vez.
El día anterior apenas habíamos hablado.
Aquello sí había sido extraño, pues Gennaro era de los que me mandaban una foto de un café solo para decirme que el camarero lo había hecho como el culo.
Sin embargo, el día anterior había desaparecido.
Le mandé dos mensajes por la mañana y me respondió casi una hora después.
Gennaro:
Tengo un día de locos.
Mañana nos vemos, Bea.
Eso fue todo. Ni un corazón ni una broma en plan «no huyas». Nada.
Me había quedado mirando el mensaje durante más tiempo del necesario, pero me convencí de que quizá alguno de sus amigos se lo había llevado para hacerle una despedida improvisada o que había terminado atrapado resolviendo algún problema de última hora relacionado con la boda.
Incluso pensé que Lucia habría organizado algo a sus espaldas, porque aquella mujer podía preparar una invasión militar y conseguir que nadie se enterase hasta tener un tanque aparcado en la puerta de su casa.
No le di más importancia, o por lo menos lo intenté.
Porque llevaba demasiadas horas tratando de no darle importancia a las cosas.
Como el hecho de haber regresado a la Domus Aurea para devolver una cruz que podía haber dejado perfectamente encima de la mesa de Valentino la última mañana que fuimos al astillero.
Me quedé rígida y la peluquera se quejó.
—Otra vez.
—Perdón.
« No pienses en él ».
Era el día de mi boda. No podía permitirme ese tipo de pensamientos, pero... ¿no llevaba haciéndolo desde entonces? En bucle y cuesta abajo.
En que había ido a su casa sin necesitar hacerlo.
Y en que, cuando Valentino me preguntó por qué volvía, no tuve una respuesta clara, pero sí el corazón a mil por hora y las pulsaciones aceleradas en la garganta.
Se había arreglado, pese a que él siempre lucía impecable. Esa noche estaba enigmático. Y lo había hecho por mí, aunque hubiera dicho que iba a una fiesta de disfraces. Me gustó demasiado seguir descubriendo ese humor ácido escondido entre tanto hermetismo.
Ahí radicaba el verdadero problema. Porque la verdad empezaba a parecerme demasiado evidente.
No era únicamente el sexo. Ni siquiera era aquella oscuridad que conseguía sacar de mí cada vez que se acercaba y que todavía me costaba mirar de frente. Era algo anterior a todo aquello. Muchísimo anterior.
Y, pensándolo, me acordé de nuestra primera vez. De la primera vez que lo vi.
En la casa de los Rinaldi, años atrás. Cuando casi nos matamos a golpes.