Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 31Posesión #3
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31Posesión #3

La cadena con la cruz de oro osciló hacia delante y hacia atrás cuando la elevó.

Nos apuntaba a los dos, o yo veía señales donde no las había.

No era capaz de moverme, así que ella adelantó los pasos que nos separaban, sujetó mi mano con delicadeza y la depositó en mi palma, dejando sus dedos demasiados segundos entre los míos.

Yo solo era capaz de contemplarla. De grabarla a fuego, mientras me preguntaba los motivos que me llevaban a querer que fuera mía. Mía, no de una manera sexual, sino de una muy distinta que me puso la piel erizada.

¿ Qué estaba pensando ?

Retiró la mano despacio, sin querer desprenderse. Vi su pecho subir y bajar a esa velocidad que indicaba lo nerviosa que estaba y, antes de que sus dedos desaparecieran por completo de los míos, la sujeté con fuerza, separé los labios y le pregunté con firmeza:

—¿El qué se ha acabado, lupina?

Sus ojos se mantuvieron en mi pecho, sin mirarme. Respiró con más dificultad, con nuestras manos elevadas y cogidas. La cruz se me clavó en la palma.

—No me llames así —susurró y apretó los labios.

Tiré de ella y la pegué a mi pecho. Elevó la barbilla, me observó con los ojos brillantes y las mejillas enrojecidas.

—Contéstame —le ordené.

—Valentino, suéltame, por favor.

Con la mano libre tiré de la manga de su abrigo para quitarle la mitad. Solté la mano que tenía sujeta, guardé la cruz en el bolsillo del pantalón y la afiancé de la cintura para que no pudiera escaparse. Tiré de la otra manga también.

—¿Y si no quiero? —le pregunté, acercándome a su cuello.

Sus manos se apoyaron en mi pecho y mi boca se acercó a la curvatura de su cuello.

Aspiré su olor, cerré los ojos y saqué la lengua para delinear la curva de su cuello, lamerla sin provocarle una herida y besarla hasta llegar al lóbulo de su oreja.

Jadeó y aquello fue lo que ocasionó que el poco raciocinio que me quedaba se fuera al traste.

—¿Por qué vuelves a mí, lupina?

Sus dedos se clavaron en la tela de mi camisa. Apreté mi pelvis en su vientre y me separé, esperando una respuesta.

—¿Por qué vuelves tú a mí, Valentino?

Mordí su mentón, hambriento. Mis manos comenzaron a subir el borde de su vestido hacia arriba, al mismo tiempo que rozaban con la punta de los dedos el liguero. No podía ser verdad.

—¿Esto te lo has puesto para ver a tu amiga? —Tiré de una de las medias. Jadeó de nuevo.

—Valentino... Voy a casarme con Gennaro.

Me reventó el higadillo que lo dijera con aquel convencimiento.

Volvió a mí esa persona agresiva que la destrozaba y que a ella le encantaba, y me vi desbocado cuando la sujeté de la nuca con parte del pelo, apreté su cuerpo contra el mío y comencé a caminar con ella de espaldas hacia la mesa de la cocina.

Entonces apareció ese reflejo de terror que le gustaba, ese que daba paso al éxtasis después. Al que me demostraba su verdadera cara.

—¿Y vienes a restregarme que vas a casarte con tu tenente? —Tiré todas las cosas de la mesa cuando la coloqué sobre ella.

—¿Qué? ¿De... de qué estás hablando?

Agarré su tobillo y la encajé en mi cuerpo. Sus manos recayeron de nuevo en mi pecho cuando me acerqué como un depredador. Colé una mano por el bajo de su vestido, llegué a su ropa interior y la vi contener el aire cuando mis dedos rozaron la tela de un tanga. Lo apreté con saña.

—Hablo de esto. —Lo estrujé e introduje un dedo en su coño mientras ironizaba—: ¿Preparándote para la amiga?

—Valentino, para —gimió.

Casi me caí sobre su boca y, sobrevolando su labio inferior, gruñí:

—¿De verdad quieres que pare?

El pecho me tronaba tanto que fácilmente podrían haberlo escuchado hasta en Sicilia. Entreabrió los labios cuando colé un segundo dedo, fue a decir algo y apretó los dientes con fuerza, ahora mirándome a los ojos. En ellos vi el claro debate de lo que ocurría.

Y la llevé a ese límite que tanto me gustaba.

—¿Si te obligara te sentirías menos sucia? —Los ojos se le llenaron de lágrimas. Yo la embestí con más rudeza—. ¿Vivirías tranquila el resto de tu vida echándole la culpa al cabrón que te ha follado sin tu consentimiento?

Sus manos se convirtieron en puños en mi camisa, exactamente igual que la vez que nos besamos en el puente.

—Deja que me vaya —musitó sin fuerza, gimiendo.

Aparté la tela y presioné su clítoris con mi pulgar, tiré de su tobillo hacia abajo y la arrastré para acercarla mucho más, después continué presionando su cintura.

—Te sentirías igual, lupina —le aclaré sobre su boca—. Porque has venido hasta mi casa sabiendo que iba a follarte de tantas maneras como me pidieras.

Un suspiro se le escapó y las lágrimas casi se le desbordaron. Pero lo que más me impactó no fue eso, sino lo que admitió.

—No lo entiendo... No entiendo por qué vuelvo a ti. Pero lo hago. Y no está bien —sollozó esto último.

Habría sido más fácil sacarla de mi casa, decirle que se fuera, que se casara con aquel gilipollas y no volver a encontrármela nunca. Sin embargo, ese sentimiento de posesión continuaba perenne ahí. Lacerante. Hiriente.

Detuve mis movimientos en su sexo y me quedé estático, agitado, observándola, comenzando a perder los estribos.

Podría haberme dado la cruz esa misma mañana.

Haberla dejado en el astillero después de haber llegado con Gennaro y, sin embargo, había preferido verme a solas para dármela.

Para tener una nueva excusa para estar conmigo.

Me miró como si los dos hubiéramos entendido lo mismo a la vez.

Que solo nos poníamos excusas y que acabábamos de quedarnos sin ninguna después de aquello.

Llevé la mano a su nuca, agarré su pelo con fiereza y la pegué a mí con la decisión de quien sabe que algo es suyo.

Sobrevolé su boca una sola vez más, tiré de su labio inferior, al borde de dejar de pensar y...

Se me fue la cabeza. Ni siquiera le di tiempo a mi boca, esa que habitualmente estaba callada, de contener aquella barbaridad que salió sin previo aviso:

—O corres, o eres mía, lupina. Mía.

No respondió. Y por primera vez no necesité que lo hiciera. La respuesta estaba en la forma en que seguía aferrada a mi camisa.

El aire pareció no entrar en sus pulmones, ni siquiera llegar a ella porque se quedó inmóvil, como si acabara de lanzarle una bomba a su tejado. Quizá fue lo que hice, aunque tampoco le di tiempo después de la sentencia posesiva.

Me estrellé contra su boca y la devoré con tanta ansia que las fuerzas me fallaron y las ganas de enterrarme en lo más profundo de sus entrañas se desataron en mí.

Ella respondió, en una batalla de saliva, dientes y lenguas que se buscaban con las ganas de quien se ha encontrado al fin.

Aquello me desestabilizó, me volvió loco, un imprudente, un demonio salido de lo más profundo del averno.

Cuando quise darme cuenta, mis dientes se clavaban con vehemencia en su cuello mientras que sus uñas se hincaban en mis hombros y los tacones de sus botas habían empezado a empujar mi trasero.

Y lo que acabó de desatarme fue que, en medio de aquel desenfreno de saliva, sus dientes encontraron el hueco de mi cuello y los clavó con saña.

Con maldad y con intenciones de dejarme allí una marca.

En el sitio en el que Donna había metido la cabeza cuando Beatrice nos había visto en el astillero.

No había sido un mordisco al azar. Había elegido exactamente aquel lugar. Y la certeza me golpeó con una satisfacción tan oscura que me dio miedo ponerle nombre.

Tiré de su pelo hacia atrás cuando acabó, la miré con ojos desafiantes y ella jadeó entrecortadamente, con las manos apoyadas en la mesa.

El corazón se me iba a salir por la boca, ni siquiera podía ponerle un puto orden a todo lo que estaba sintiendo en cuestión de minutos y, cuando creí que desataríamos una catástrofe, que montaría una jodida guerra por una mujer, la puerta de mi casa se abrió.

—¿Valentino?

No nos dio tiempo a ninguno a recomponernos cuando las cabezas de Enzo y Dante se asomaron por el marco abierto de la cocina.

Primero miraron el suelo, vieron todo el desastre: la fuente de la fruta, un vaso, el periódico...

; después pasaron los ojos a una Beatrice que se bajaba de la mesa de inmediato para colocarse la ropa como podía y se tapaba la cara con las manos; y, por último, se fijaron en mí, que ya me había llevado una mano a la boca, desesperado.

—Esto... Venimos en mal momentito, ¿verdad?

Enzo le dio un codazo a Dante y lo que terminó de rematar el sobresalto fue la voz de Alessandro:

—¡Me habéis dejado todas las bolsas a mí, putos! Que las botellas pesan.

Durante un segundo nadie dijo nada. Ni siquiera nosotros. Como si las palabras que acabábamos de soltarnos siguieran suspendidas en mitad de la cocina.

Coloqué los brazos en jarra, miré al suelo un segundo y la vi pasar despavorida por mi lado. No se le ocurrió levantar la cabeza para observar a mis hermanos ni de reojo. Agarró el chaquetón del suelo, se giró para irse y me adelanté. Dante preguntó con duda:

—¿Nos vamos?

Enzo fue más rápido:

—Nos quedamos —soltó a plomo el rubio. Vi claramente cómo sujetó del brazo a Dante.

Alessandro se quedó perplejo cuando la vio salir de casa, sin decir nada. Y yo no podía quedarme así. No después de lo que le había declarado. No después de lo que yo mismo había admitido.

—Beatrice —la llamé. No se detuvo y se metió entre mis hermanos a toda prisa—. ¡Lupina!

Fui a ir detrás de ella, pero Enzo me sostuvo del brazo y Alessandro hizo de barrera. Dante fue el que se encargó de decirle a Paco que abriera la puerta de salida.

—Será mejor que entremos —dictaminó Enzo.

Y se marchó.

A casarse con su puto teniente.