31Posesión #2
El teniente elevó el mentón, me aniquiló con sus oscuros ojos y aquello valió más que mil palabras: acababa de amenazarme. Por supuesto, no iba a quedarse con la última palabra.
Yo era un Sabello.
Beatrice abrió la puerta. Me apoyé en la mesa, crucé los brazos y le dije:
—Hasta pronto, lupina .
Ni en mis sueños habría imaginado que el teniente se detendría en la salida.
Su movimiento de cabeza hacia la derecha me puso en alerta, pero más lo hizo oír las botas de Beatrice descendiendo las escaleras.
Porque ese fue el detonante para que Caputo se diera la vuelta y caminara decidido hacia mí, con la mandíbula apretada y los ojos enrojecidos de la rabia.
No me moví cuando se detuvo a un centímetro de mi cara y me amenazó sin tapujos:
—Si vuelves a acercarte a ella, me encargaré de borrarte del mapa, Valentino.
Lo miré.
Únicamente, lo miré . Sin sonreír, sin vacilarlo, sin intenciones de contestarle. Porque sentí los celos, la impotencia de saber que había algo más que no alcanzaba a descubrir. Porque él también había leído los movimientos de su futura mujer y no le habían gustado .
Porque yo era el peligro.
Y aquello lo único que consiguió fue arrancarme un sentimiento de posesión que había estado oculto. Que yo no había querido ver.
Si ella percibía las mismas cosas que yo... Iba a enterarme esa noche.
—¿Gennaro?
Escuché el tono asustado de mi lupina con más claridad que nunca. El teniente me lanzó una última mirada agresiva, se giró, llegó hasta ella y colocó una de sus putas manos en su cintura, invitándola a salir.
Cuando se hubieron marchado, me encendí el canuto e intenté dejar de pensar yendo a mi lugar seguro: a la Tempesta.
Allí estuve prácticamente toda la mañana y la tarde, apenas con un descanso para comer cualquier mierda que Donna tuvo a bien dejarme sobre una de las mesas de trabajo y que terminé engullendo cuando ya estaba fría.
Me centré en la Tempesta, en revisar cada una de las modificaciones que había hecho durante los últimos días, en quitar una pieza que no necesitaba desmontar y volverla a colocar exactamente en el mismo sitio, solo porque tener las manos ocupadas conseguía que mi cabeza se mantuviera en silencio durante algunos minutos. El problema era que duraba poco.
En cuanto dejaba de escuchar el sonido de las herramientas, regresaba Caputo. Su puta mano sobre la cintura de Beatrice, la amenaza, las dos carpetas encima de mi mesa y, sobre todo, aquella manera en la que ella me había mirado antes de marcharse.
Así que volvía a apretar una tuerca, a comprobar una conexión, a meter medio cuerpo donde no necesitaba meterlo y a decirme que me importaba una mierda.
Para cuando levanté la cabeza, la luz que entraba por los portones de la nave había cambiado y la mayoría de los trabajadores comenzaban a recoger.
Algunos se despidieron al pasar; respondí con algún gruñido que debieron interpretar como algo parecido a una despedida.
Donna apareció poco después, todavía con la ropa de trabajo, y se quedó observándome desde unos metros mientras me limpiaba las manos con un trapo.
—¿Piensas dormir aquí? —me preguntó.
—Lo estoy valorando —mentí.
—Pues avisa para traerte una almohada. —Le señalé la puerta con la mano y sonrió—. Buenas noches a ti también.
La escuché reír mientras se alejaba y esperé hasta que prácticamente no quedó nadie en aquella parte del astillero antes de obligarme a guardar las herramientas.
Le había mandado un mensaje a Beatrice por la tarde, dándole la hora a la que podía venir, después de comprobar que todos los plastas de mis hermanos no se presentarían allí.
Cuando finalmente subí al coche ya había anochecido.
Conduje hacia Roma con las ventanillas bajadas, a pesar del frío, y la música de la playlist lo bastante alta como para no escuchar mis propios pensamientos.
No funcionó. Tampoco ayudó fumarme otro porro a mitad de camino ni convencerme de que lo ocurrido aquella mañana había sido exactamente lo que necesitaba.
Beatrice había cumplido su parte, yo tenía las putas carpetas y Caputo se la llevaba de vuelta a su maravillosa vida de teniente enamorado a dos días de casarse.
Entonces, ¿por qué coño seguía viendo su cara cada vez que parpadeaba?
Apreté el volante y aumenté la velocidad.
La Domus Aurea apareció ante mí bastante más tarde de lo que habría debido, porque di más vueltas de las necesarias antes de regresar.
Aparqué, bajé del coche y atravesé la entrada todavía con olor a grasa, humo y mar pegado a la ropa.
En cuanto la puerta se cerró a mi espalda, el silencio de la casa me cayó encima.
—Buenas noches, señor —me recibió Paco.
—Como vuelvas a decirme que son buenas, te desenchufo —gruñí.
—Entendido. No son buenas noches, señor.
Dejé las llaves sobre el recibidor y subí al baño para darme una ducha y cambiarme de ropa. Iba por las escaleras cuando fui consciente del desastre de la casa: botellas tiradas, las pesas repartidas por el salón de cualquier manera, el cenicero en la mesa.
Resoplé.
Todavía me quedaban treinta minutos para que se presentara allí.
Eso era tiempo suficiente para quitar las cuatro cosas del medio y...
¡Ag! Ya estaba bajando las escaleras como un imbécil mientras lo pensaba, y casi volé para recoger las botellas vacías, quitar el cenicero y regresar para poner las pesas medianamente bien en una esquina.
Veinte minutos.
Debía apurar, o se encontraría la casa llena de mierda.
Un momento, ¿a santo de qué quería yo tenerlo todo recogido?
De repente me encontré como Tiziano, con su ángel y su demonio peleando, solo que yo estaba con dos Valentinos: el orgulloso guarro que no pensaba ir a la ducha, y el que tenía dos dedos de frente que me decía que eso ni se me ocurriera.
Terminó ganando el higiénico, por supuesto, y no el puerco que pretendía quedarse por lo alto. ¡Era solo una ducha! Venía de trabajar, y eso no significaba que fuera a ponerme guapo para ella , ¿no?
Después de asearme, alcancé unos vaqueros oscuros y cogí una camisa negra.
¿Una camisa para estar en casa? La lancé a la cama y busqué en el fondo del armario cualquier camiseta simple de deporte.
¿De deporte? Retrocedí a por la camisa negra, resoplando.
Me la puse y salí del dormitorio sin hacer más el tonto. ¿Qué pollas me pasaba?
Y mientras descendía las escaleras, a cinco minutos de que llegara la hora, el timbre de la verja exterior sonó.
—Señor, hay una mujer que se identifica como Beatrice en la entrada. ¿Le doy acceso?
Apreté los puños, miré la pantalla de la cámara de seguridad y la vi. Se abrazaba a sí misma para entrar en calor. La noche era excesivamente fría. Entonces fue cuando me fijé en que ella también se había puesto otra ropa distinta a la habitual.
Llevaba unas botas de tacón altas hasta la rodilla y, a juzgar por el abrigo, el cual le llegaba por los muslos, llevaría un vestido más o menos a la misma altura. Cerré los ojos con pesadez y suspiré.
—¿Qué haces, Valentino? —me pregunté en un susurro—. Abre, Paco.
Lucía aquella mata de pelo larga y oscura suelta, y también vislumbré que se había maquillado un poco más los ojos y los labios. Por primera vez me admití que era demasiado guapa, demasiado atractiva.
Me quedé justo detrás de la puerta de entrada, viendo por la misma cámara cómo miraba hacia atrás y avanzaba por el jardín.
El coche lo habría dejado fuera del recinto, porque allí no podía acceder nadie que no tuviera un acceso privado que yo mismo concedía.
Eso se traducía en una caminata de cinco minutos, después de haberle enseñado un código de acceso único al hombre de seguridad.
Tocó con los nudillos de manera suave. Volví a cerrar los ojos, me crují el cuello y, de manera inexplicable, noté unos nervios que no había experimentado en la vida. Era una gilipollez. Por Dios, todo aquello era una gilipollez.
Abrí. Y el aire se me cortó cuando nuestros ojos conectaron.
—¿Vas a alguna fiesta? —le pregunté serio y enarcó una ceja.
Me aguanté la risa.
—He quedado con una amiga. ¿Vas tú a alguna fiesta? —escupió con mala leche, pero yo sabía que la había hecho dudar.
—De disfraces. —Me aparté a un lado para que entrase, con la sonrisa ladeada.
Accedió, se detuvo y giró la cabeza para mirarme. Y volví a olerla. A esa mezcla que me dieron ganas de devorar sin pedir permiso ni una explicación del porqué de esa puta obsesión. Tembló un segundo, tal vez el mismo en el que yo noté que la piel se me erizaba.
En completo silencio, cerré, me apoyé en el pasamanos de la escalera y me crucé de brazos, marcando las distancias. Si me acercaba más...
No sabía lo que iba a suceder si me acercaba más a ella.
Tal y como había adivinado, lo que llevaba debajo era un vestido. Y estaba preciosa, joder.
Se pasó una mano por la frente, evitó mirarme, sin moverse todavía de la entrada, y soltó el aire de golpe.
—A ver. Esto va a ser rápido y no tendremos que vernos las caras más.
Tragó saliva; yo solo la contemplé, embelesado.
—Gracias por lo que has hecho antes. —Sus ojos se clavaron en los míos demasiados segundos—. En realidad, no sé ni siquiera si tengo que darte las gracias, pero...
Negó con la cabeza y dio un paso hacia mí. Me dieron ganas de retroceder, porque si se acercaba, no sabía cómo iba a actuar si se le ocurría rozarme. Se metió una mano en el bolsillo y la sacó en un puño. Desvió la mirada hacia este, pensativa, y añadió con firmeza:
—Con esto se acabó, Valentino. Todo.
La miré. Mucho. Como si quisiera traspasarla, como si no quisiera entenderla. Sin embargo, tampoco respondí. No separé los labios, a la espera de saber qué ocultaba en aquel puño. Lo giró y lo abrió hacia arriba.
El rostro me cambió.
Apoyé la pierna que mantenía flexionada en el suelo y me incorporé hacia delante, con asombro.
—Esto te pertenece y te lo devuelvo porque sé que es importante. La lleváis todos.