Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 31Posesión
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Media hora después estaba en mi despacho, con la ropa llena de grasa, un porro encendido y una botella de tequila a la mitad. Lo primero que había encontrado en el almacén de los trabajadores. Ni me habían preguntado. Y ya había acabado con todos los suministros disponibles.

¿ Qué coño había pasado en la nave ? ¿ Qué putas había sido esa corriente ? ¿ Me estaba volviendo loco? Me llevé las manos a la cabeza, con el porro entre los dedos y la sensación de tener un martillo golpeándome en la nuca .

Y, para terminar de rematar la fiesta, estaba en una videollamada grupal con todos mis hermanos e il papà incluido.

Le puse una pegatina a la cámara del móvil, excusándome porque se me había roto.

Era mentira, pero no quería que me vieran la cara o sabrían que ocurría algo.

También di gracias a que la mamma no se había unido, porque le habríamos provocado como mínimo un infarto.

—¡Me estáis diciendo, pedazo de subnormales al cuadrado, que..., que...! ¡Aaarrrggg! ¡Os voy a matar! ¡Qué hostias! ¡Os voy a cortar la polla a trozos! ¡Por eso huisteis todos como ratas!

A esas alturas no estuve seguro de quién se llevaba el infarto antes.

—Papà, a ver, que yo te lo explico...

—¡Te mato, Alessandro! ¡Cuando vengas esta noche te mato!

Resoplé y me pasé la mano libre por la cara.

—De eso te iba a hablar, que yo hoy me quedo en la casa de Valentino. Que nos vamos a comer luego.

Abrí los ojos de par en par al recordar a mi lupina. Fue la primera vez que hablé, porque ni siquiera me había defendido cuando habían mencionado que Donna trabajaba para mí, anteriormente para Tiziano, y que también había caído en mi colchón. «Por ser un poco finos», había mencionado Claudio.

—No voy a poder quedar hoy.

—Papà, cálmate —le pidió Piero—. ¿Cómo coño querías que nadie supiera nada?

—¡Italia es muy grande! Será que no hay mujeres —bramó il papà encabronado.

—¿Cómo que no puedes quedar hoy ? —me preguntó Dante.

—¿Y a mí por qué no se me ha invitado a esa comida? ¿Es que estoy excluido de las comidas de hermanos? —cuestionó Tiziano indignado.

—¡¡¡Que os habéis follado a vuestras primas, desgraciados!!! —Il papà de nuevo.

—Tengo jaleo en el astillero. Os aviso.

—Valentino... —Ese fue Enzo.

Le di una calada al porro. No sabía ni cómo conseguíamos enterarnos de la conversación, porque hablábamos a la vez. Oí en la lejanía unos pasos.

Habían llegado.

Le di un último trago a la botella, apagué el canuto en el cenicero y les dije con urgencia:

—Os dejo. Tengo una reunión. —Y colgué.

Donna tocó y abrió, me lanzó una mirada que preguntaba con claridad si debía quedarse; yo negué con la cabeza de manera breve. Se quedó apoyada en el marco de la puerta, sin perder detalle.

Caputo entró en mi despacho con cara de venir a matarme, y no era una suposición.

Conocía bien esa clase de expresión porque la había visto infinidad de veces justo antes de que alguien sacara un arma, y el teniente de la Guardia di Finanza tenía los hombros tan tensos que parecía haber conducido hasta Fiumicino ensayando mentalmente dónde iba a pegarme el primer tiro.

Beatrice entró detrás de él, y eso sí que me hizo gracia. Estaba permitiendo que tomara el control de la situación.

Me levanté, bordeé la mesa y me quedé apoyado en el filo de esta, con los brazos cruzados, observándolos avanzar mientras Donna cerraba la puerta al salir con un movimiento de cabeza en mi dirección.

No me pasó desapercibida la amenaza muda de ambas mujeres al verse frente a frente.

Mi lupina llevaba dos carpetas sujetas y no me miró inmediatamente, quizá porque sabía que conocía demasiadas versiones de aquella cara como para que intentara engañarme con una nueva.

La había visto enfadada, altanera, dispuesta a matarme y, sobre todo, había visto la otra expresión que tanto se empeñaba en esconder, la que aparecía cuando su cuerpo le llevaba la contraria a todo lo que salía por su boca.

—¿A qué debo este honor, agente Costa?

La miré directamente a ella. Siempre a ella.

Entonces sus ojos me buscaron, pero no tuvo tiempo de abrir la boca cuando Caputo intervino:

—A que vamos a cerrar un acuerdo. El último —recalcó.

Desvié lentamente la atención hacia él y comprendí que, efectivamente, venía con la escopeta cargada. No sabía qué le habría contado Beatrice ni hasta dónde habría llegado su versión de los hechos, pero su manera de plantarse delante de mí tenía algo más que enfado profesional .

—Tenente.

—Sabello.

Aquello prometía.

Beatrice avanzó hasta la mesa y depositó las dos carpetas delante de mí con un golpe seco. No las cogí. Ni siquiera bajé la vista hacia ellas, porque me interesaba más la manera en la que evitaba sostenerme la mirada durante demasiado tiempo.

—Esto es para ti, Valentino. Por ayudarme con la Mano di Caino —mencionó, supuse que para esclarecer los límites de esa información que le había dado a su prometido.

« Prometido ». La palabra me chirrió en las entrañas .

Su tono de voz era bajo, comedido. Cuidadoso y expectante. Tenía miedo.

De mí.

—¿Qué clase de ayuda, lupina?

Me fulminó con la mirada debido a mi tono ronco, a mis ojos fijos en ella de manera provocativa.

—Beatrice. Se llama Beatrice —matizó Gennaro, sin apartar su mirada titánica de mí.

Sonreí altanero.

Vi moverse la mandíbula de Caputo y tuve que contener una risa sardónica. Beatrice también lo percibió, porque se colocó ligeramente de lado, como si estuviera anticipando una pelea absurda entre dos hombres que no necesitábamos excusas para ver quién la tenía más grande.

Yo, por supuesto.

—Son los nombres, sociedades y movimientos que pudimos relacionar con las otras mafias —me explicó con tono firme y acelerado. Deseaba marcharse cuanto antes—. Hay suficiente información para que puedas encontrarlos.

Mis ojos descendieron sin querer hasta su boca antes de regresar a los suyos, y el mínimo cambio en su expresión me confirmó que había entendido perfectamente por dónde iba mi cabeza.

Caputo también.

—Entiendo que es una especie de pago... ¿Para que...?

Las pupilas de mi lupina se oscurecieron.

—Para que a partir de ahora no nos debamos nada —sentenció.

Me separé de la mesa y avancé un paso hacia ella. Caputo hizo exactamente lo mismo, aunque Beatrice permaneció inmóvil.

—Qué tajante, lupina.

—Valentino...

Caputo puso una mano en mi hombro y lo miré primero a él; después a la mano.

—No voy a repetirte que se llama Beatrice, Sabello.

Lo observé unos segundos, entretenido por una reacción que ya empezaba a confirmar mis sospechas.

—¿Te preocupa que pueda gustarle el apelativo? ¿Ahora nos tuteamos, tenente Caputo? —le vacilé.

El silencio cayó de golpe en el despacho y Beatrice cerró los ojos durante un segundo, seguramente contando hasta diez para no matarme. Caputo, en cambio, sonrió, aunque no era precisamente la sonrisa de un tipo dispuesto a invitarte a una cerveza.

—No. —Dejó pasar un silencio meditado—. Me preocupa que seas tan gilipollas como para no entender cuándo una mujer te está diciendo que se acabó.

La respuesta me gustó más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—¿Qué se acabó exactamente, lupina?

Beatrice me atravesó con la mirada cuando me fijé en ella, no sin antes ver cómo Caputo endurecía el gesto. Ahí sí tuve que contener la risa. La llevaba al límite, y eso me encantaba.

—La relación que haya entre vosotros. Está bastante claro, Valentino.

—Oh. —Me hice el sorprendido—. ¿También nos llamamos por nuestros nombres, Gennaro ?

Miré a Beatrice y vi con absoluta claridad que me estaba pidiendo, sin abrir la boca, que no dijera una puta palabra. Podría haberle contado todo.

Haberle jodido la vida, como me había dicho. Aplastarla. El astillero, las cadenas, su cuerpo, mi mordisco, la forma en la que había vuelto a mí con cualquier excusa y yo regresaba a ella sin saber por qué.

Sin querer ponerle un nombre.

Podría haber reventado toda aquella escena con una sola frase.

Y, sin embargo, me callé. Eso fue precisamente lo que más me cabreó.

—Lamento decirte, Caputo , que la agente Costa odia que la llame lupina y que no tenemos ningún tipo de relación que romper.

Mentira. Veía en el reflejo de sus ojos lo mucho que le gustaba que la llamara así.

Beatrice soltó el aire que había retenido. El teniente no hizo lo mismo. Continuó observándome con esa expresión de quien sabe que le falta una pieza pero todavía no consigue descubrir dónde está.

Se acercó hasta quedarse frente a mí. No era tan grande como yo; tampoco necesitaba serlo para imponer. Tenía presencia, esa clase de seguridad que albergaban los hombres que sabían quiénes eran.

—Perfecto, pues Beatrice te entrega las carpetas, tú tienes la información. Ella no vuelve a investigar nada relacionado contigo, no entra más en este astillero y tú no vuelves a buscarla.

Incliné la cabeza despacio.

—¿Me estás dando órdenes, Caputo?

—Te estoy ahorrando una conversación futura.

Beatrice se metió entre los dos antes de que aquello siguiera creciendo. La olí. Olí esa mezcla de vainilla y azahar con la que soñaba inevitablemente. Me noté el pecho rabioso, los latidos fuertes, como queriendo escapar y, entonces, me enfureció escucharla.

Escucharla decir que se iba con su teniente:

—Ya podemos irnos —dijo mirándolo a él.

Beatrice se movió, me observó durante unos segundos y algo en aquella mirada no terminaba de encajar con toda la seguridad que acababa de mostrar. No sabía si era culpa, rabia, miedo o simplemente la misma locura que llevaba días carcomiéndome a mí.

Caputo se dio cuenta de que nos mirábamos.

Y quizá eso fue todavía peor, porque Gennaro la observó a ella antes de volver a mí, y en la expresión del teniente apareció algo que no había visto hasta entonces.

No comprendía qué coño había ocurrido entre nosotros, pero ya tenía claro que algo había ocurrido.

Él sabía que había algo. Yo sabía que él lo sabía .

Y Beatrice, atrapada entre ambos, era la única que estaba rezando para que ninguno de los dos decidiera averiguarlo.

Sonreí. Caputo no.

—Ciao, Valentino —murmuró.