30Una punzada invisible #3
Eso había sido el día que me sorprendió en el astillero y eso estaba siendo ahora.
Otro paso más largo. Yo retrocedí. Draco se puso nervioso y lo silencié con una mirada. No me perdonaría por nada del mundo que le ocurriera algo.
—No me llames así —rumié, marcando la distancia—. Tengo información de las otras dos mafias que te pisaban los talones y Gennaro quiere entregártela en una hora.
Otro paso más. Entrecerró la mirada en mi dirección.
—¿Tu prometido quiere entregármela? —ironizó, sin dejar de caminar; yo ya bordeaba el cuadrilátero que separaba una barandilla enorme de un canal donde flotaban pocas barcas.
—Le he contado todo.
—¿Todo? —Torció la cabeza, cabrón.
—Todo lo que se puede contar.
Su expresión cambió a una de cachondeo. Mi espalda chocó contra una pared de la pasarela y me vi atrapada entre la pared y su enorme cuerpo. Respiré con dificultad.
—Y, adivino, que vienes a pedirme que me porte bien y no le cuente que te has corrido como una zorra sobre mi polla.
El pecho me subía y bajaba a una velocidad de vértigo, y más lo hizo cuando su mano se elevó y su pulgar cayó sobre mi labio inferior para tirar de él. El aire dejó de entrar en mis pulmones y tuve la necesidad de salir de allí cuanto antes.
—Valentino... —soné a súplica.
No podía permitir que me tocara. No si pensaba olvidarme de lo ocurrido y enterrarlo en lo más profundo.
—¿Por qué no puedo llamarte lupina? —me preguntó ido.
Tragué saliva con esfuerzo.
—Dame tu palabra —le solicité.
Su mano abandonó mi cuello, recorrió mi brazo y descendió por mi pecho, mi cintura... Jadeé despacio. Olía a sexo, a una bebida fuerte que no identifiqué y a peligro. Valentino siempre olía a ese peligro extremo al que no debías acercarte.
—¿Por qué? —insistió.
—Porque me llamo Beatrice. Valentino, dame tu palabra de que no mencionarás nada. —Pareció salir del trance en el que se había sumido y me miró. Los ojos se le habían oscurecido—. Por favor.
Su mano subió hasta la cinturilla de mi pantalón y se detuvo allí. Lo sujeté por la muñeca y lo frené en seco. Me contempló, acercando más su rostro a mí.
—¿Te da miedo lo que encuentre, lupina ? —recalcó.
—Te estoy hablando de algo serio.
Rio macabro.
—Vienes a mi puta casa a pedirme que le mienta a tu puto prometido. —El semblante le cambió a uno de enfado—. ¿Tengo cara de gilipollas?
Me acerqué a él, intimidante.
—Tienes cara de haberte cobrado la deuda demasiadas veces. No me jodas más la vida —le dije entre dientes esto último.
—¿Yo te he jodido la vida?
Aquello me arrancó una oleada de furia que no supe contener.
Le di un empujón con ambas manos para que se apartase y todo se desató.
Draco comenzó a ladrar desde la distancia, sin moverse, Valentino me sujetó del cuello y yo fui más rápida y lo golpeé con el codo en la mejilla.
El espacio que teníamos era demasiado reducido, no había margen para los golpes que comenzamos a darnos.
Y fue entonces cuando perdí de nuevo, porque me apretó de cara contra la barandilla y su cuerpo me aprisionó por detrás. Sujetó mis muñecas con ambas manos, coló sus rodillas de manera que las mías quedaron atrapadas y me inmovilizó. Parecía una jodida inútil cuando estaba con él. ¡Era frustrante!
—¿Qué tal si lo espero así y cuando venga le entrego un cadáver?
—¡Eres un desgraciado! —me revolví e intenté morderle en el brazo.
Draco ladró con más fuerza a lo lejos. No me atrevía a darle la orden. No, porque tampoco me fiaba de Valentino. Si lo mataba... Dios, no podía pensarlo.
—No. Me. Insultes.
—¡Pues suéltame!
—¿Quieres que le diga que lo nuestro fue casual? ¿Buscado? ¿Que te corriste como una perra?
—¡Basta ya! —grité, empujándole con el trasero.
Y lo noté tan duro que me asusté. Me asusté porque, en el fondo... «No». Su boca llegó a mi oído y murmuró dañino:
—Lo deseas tanto que duele.
Apreté los dientes, sin querer darle la razón. Él tiró de mi piel con los dientes y me estremecí, pues un calambre llegó directo a mi sexo y me desestabilizó. ¿Cómo podía provocar esas reacciones en mí?
Recé para que mis siguientes palabras fueran suficientes para convencerlo y dejé de moverme, dándome por vencida.
—Tengo algo importante que darte.
Me obligué a respirar antes de que aquella pelea terminara en algo que no estaba dispuesta a nombrar.
Me giró con un movimiento brusco.
—¿Qué parte no has entendido de que lo nuestro se ha terminado?
—Es que nosotros no tenemos nada —escupí con mala leche.
Ocultó una sonrisa que se me clavó en el alma.
—No me convence.
—Lo hará cuando lo veas.
—No me interesan las cosas materiales.
—Esto sí —le aseguré.
Enarcó ambas cejas y suspiró.
—Prefiero joderte o follarte. Elige.
Coloqué una mano en su pecho para detener aquel pequeño avance. Los dedos me ardieron, me temblaron y... ¿qué me ocurría? ¿Por qué me vibraba toda la piel? ¿Qué estaba pasando? Vi con claridad cómo sus hombros se tensaban y la manera en la que enfocó aquella mano.
—Lo que tengo que darte es muy importante para ti. —Lo contemplé con los ojos brillantes—. Iré a donde me digas para entregártelo esta noche.
Algo ocurrió.
Algo que provocó que no respondiera, sino que se apartara de mí despacio, como si estar tan cerca le quemara. Como si el aire no fuera suficiente. ¿En qué jodida burbuja nos habíamos sumergido que costaba tanto respirar?
Una mirada fugaz por parte de los dos fue suficiente para que avanzara hacia la salida, con el corazón en la boca y una sensación inexplicable en el cuerpo.
—En una hora estaremos aquí. Por favor, Valentino, yo sí te juro que desapareceré de tu vida después de esta noche.