30Una punzada invisible #2
No tuve tiempo ni de reflexionar ni de pensar en cuál era mi siguiente movimiento, pero cuando quise darme cuenta, Draco movía las orejas feliz y caminaba conmigo hasta el coche. Un coche donde yo metía la llave y arrancaba con el pulso acelerado y el corazón en la garganta.
« Por Dios, no ». Aquella situación no podía darse. No .
Y durante el trayecto de cuarenta y cinco minutos hasta el astillero mi mente se puso histérica pensando en cualquier cosa relacionada con la boda y con todo lo que podría irse al traste.
Pensé incluso en Lucia, que nos llamaba cada tres horas para preguntarme algo que ya había contestado dos veces.
¿Qué pensaría esa mujer de mí si se enteraba de lo ocurrido?
¿Y Leandro? Y pensé también en Gennaro. Oh, joder. No.
En que dentro de cuarenta y ocho horas lo vería esperándome.
En que me pondría el anillo en el dedo.
En que seguramente haría alguna de sus bromas en el peor momento posible y yo tendría que contener la risa delante de todo el mundo.
En que yo quería eso. En que quería esa vida con él.
Y si Valentino abría la boca... «No». No podía hacerlo. Si debía suplicárselo, lo haría, pero no iba a permitir que tirara por la borda la vida de mis sueños.
No, no, no.
Infringí tantas leyes que podrían haberme retirado el carné, porque llegué treinta minutos después. Cuando entré en el puerto de Fiumicino ya estaba tan segura de mi decisión que incluso me pareció ridículo haber dudado. Se lo pediría, sí, y le daría algo a cambio.
Tal y como funcionaban las cosas en su mundo.
—Solo voy a hacer una cosa rápida. —Draco se levantó—. Tú te quedas.
Me miró y se acercó igualmente a la puerta.
—Draco, no empieces —le dije por el espejo retrovisor.
Lloriqueó y me arrepentí enseguida. Resoplé abatida y me dejé caer en el asiento.
—Está bien. Pero nada de hacer imprudencias —le advertí, como si el más peligroso fuera él.
Me contempló con los ojillos muy redondos y las orejas hacia atrás.
Sonreí. Abrí y bajé del coche. Draco no esperó a que diera la vuelta. Se coló por medio de los asientos y saltó.
Miré la nave. Aquella sería la última vez. La última. Después no volvería a verlo, ni a seguirlo ni a permitir que sus ojos verdes se metieran en mi cabeza.
Crucé la entrada de los Cantieri Navali Sabello sin colarme, sin tarjetas robadas y sin ninguna intención oculta. Me acerqué al primer trabajador que encontré y le pregunté:
—¿Está Valentino Sabello?
El hombre me miró con parsimonia, sin quitarse la máscara de soldar, y señaló con el dedo el fondo de la nave. Enarqué una ceja sin entenderlo y dijo:
—Nave E, puerta seis.
Le di las gracias con un murmullo, miré a Draco, pegado a mi pierna, y cabeceé para que me siguiera. Sobraba decir que toda la nave nos contemplaba con desconfianza. Seguramente pensando qué hacía una tía como yo con un perro tan enorme como aquel.
—Nos juzgan por las apariencias, bebé —susurré y gruñó—. Si supieran que tú eres el bueno y yo soy la rebelde...
Reí tontamente. Quizá era producto de los nervios.
Igualmente, no me detuve. Atravesamos la nave principal.
Tuvimos que esquivar carros de herramientas, piezas de motores y a varios trabajadores que se movían de un lado a otro.
Cuanto más me alejaba de la entrada, menos estruendo había; las radiales y los golpes contra el metal fueron quedándose atrás hasta convertirse en un rumor lejano.
Las letras enormes pintadas sobre las paredes me sirvieron para encontrar la E.
Esa parte del astillero era diferente. Más despejada y mucho más silenciosa, dividida en varios espacios independientes mediante grandes puertas industriales numeradas.
Algunas permanecían abiertas y dejaban ver embarcaciones a medio desmontar, motores fuera de borda sobre soportes y estructuras cubiertas con lonas.
En otras trabajaban apenas dos o tres personas.
Vi la seis en la distancia. Allí apenas había nadie.
La puerta corredera estaba abierta lo suficiente para pasar y, desde fuera, distinguí parte del casco de una embarcación elevada sobre enormes caballetes, con una escalera metálica apoyada en uno de los laterales.
Había herramientas extendidas sobre una mesa, varias lámparas de trabajo encendidas y piezas desmontadas.
Draco olfateó el suelo y se adelantó un par de pasos.
—Cerca —le indiqué por costumbre en un susurro, como cuando estábamos en un operativo.
Me fijé en los paneles laterales de rejilla metalizada cuando oí un ruido extraño. Extendí una mano para que Draco se detuviera de manera inmediata. No había ido hasta allí para buscar problemas. Solo tenía que encontrarlo, hablar con él y largarme.
De repente, un nudo se me colocó en la garganta. Me aproximé a la puerta y me detuve, pues entre las rejillas apenas podía localizar la procedencia de... de... un gemido. Una punzada invisible se me clavó en el estómago.
Me deslicé más hacia la puerta, hasta llegar al filo.
—Oh, joder. —Jadeó una mujer—. Oh, sí, capitano, sigue. ¡Sigue!
« Capitano ».
Solo había escuchado a una mujer llamarlo así. A la rubia que me había mirado como si quisiera matarme en el traslado de los camiones. A Donna.
Apreté los dientes, sin saber el motivo. Fui descarada, masoca y una imprudente, lo que había prometido no hacer. Miré a Draco un segundo, ordenándole que se detuviera y no hiciera ruido, me pegué más al borde y... me asomé.
Contuve la respiración al verlo tan espectacular.
Donna estaba apoyada en el borde de una especie de panel, con las piernas encajadas alrededor de su cintura, subiendo y bajando de manera salvaje, mientras que Valentino la tenía firmemente sujeta del trasero y la movía a su antojo como si fuera aire entre sus manos.
La escena me pareció tan agresiva como desbocada, tan ruda como prohibida, tan pasional, que esa punzada invisible me atravesó por segunda vez cuando la cabeza de ella se hundió por completo en su cuello.
Imaginé cómo lo olía, cómo lo besaba o lamía mientras él se dejaba, sin parar de embestirla de aquella forma tan deliciosa que te hacía perder la cordura.
«¿ Qué estás diciendo, Beatrice ?».
El corazón me tronó en los oídos. Apoyé la cabeza en la reja, con los ojos muy abiertos y la rudeza de Valentino en la retina.
Tenía ganas de vomitar y pensé que lo apropiado era salir de allí pitando; sin embargo, la estupidez me pudo más incluso que el pensamiento de que en cuarenta y ocho horas me casaba. Mucho más.
Cerré los ojos, auné las fuerzas suficientes y respiré hondo. Parecía haberse amplificado todo. Ahora escuchaba con mayor intensidad los gemidos de Donna, los gruñidos de Valentino, el choque de sus cuerpos, cómo ella mencionaba que se corría.
Me asomé por segunda vez.
Y casi me desmayé.
Unos ojos verdes, tan verdes que brillaban en medio de aquella nave tenue, me observaban con fijeza y sin detenerse. ¿Cómo era posible que supiera que estaba allí? Creí que saldría corriendo, que no miraría atrás...
Y todo eso se quedó en una creencia cuando Valentino elevó el mentón, apretó las muelas y, por cómo se le hincharon las aletas de la nariz, supe que se estaba corriendo.
No le quité la mirada. Vi cómo embestía con una brutalidad tremenda a Donna, sin dejar de contemplarme, pese a que ella reclamaba con su boca, con sus gritos y su cuerpo al hombre que se la follaba en el astillero.
Valentino la sujetó del pelo con una mano y le apartó la cabeza hacia el hueco de su cuello para ganar más visibilidad.
Me mordí la lengua con los dientes y me obligué a tragar saliva. Debía alejarme de allí, pero mi altanería provocó que hiciera todo lo contrario. Tomé aire, lo solté y le pregunté:
—¿Vas a tardar mucho?
Fue inmediato.
Donna se revolvió hacia atrás, me observó y lo miró a él con un breve carraspeo.
Me aparté de la puerta, con el espectáculo suficientemente dado, y esperé con los nervios a flor de piel.
No sabía si la mirada de Valentino acababa de tornarse de esa forma tan animal que asustaba.
No quería pensarlo o la opción de correr tomaría más fuerza.
Donna no tardó en aparecer en la entrada, con mala cara y uno de los tirantes bajados. Me contempló con arrogancia; la misma que yo le devolví, sin hablar.
—No se husmea detrás de las puertas. ¿No te enseñan eso en la academia, poli ?
Draco gruñó. Lo detuve con un movimiento de mano, al ver que ella no reparaba en él. Di un paso para entrar, no sin antes decirle muy de cerca:
—¿Y a ti no te han enseñado que donde tienes la olla no hay que meter la polla?
Sonreí cínica, igual que ella. No le di margen para que me respondiera. Mis botas militares fueron las que resonaron en el suelo de la nave y pronto el olor a sexo inundó mis fosas nasales.
La punzada me recordó que no era el olor a nuestro sexo.
Aparté aquel pensamiento como si quemara en mi cabeza, viendo de reojo el preservativo que habían usado en una esquina de la mesa. Valentino se encontraba con los brazos cruzados, apoyado en una viga, con una pierna flexionada y sin perder detalle de mis movimientos.
Me crucé de brazos en actitud defensiva, con Draco pegado a mi pierna. Él no dejó de mirarme de una manera que me produjo más nerviosismo del que ya sentía. ¿Por qué me devoraba con los ojos?
« Ese cabrón no te ha ayudado para que lo dejes en paz, Bea. Sé cómo te mira ». Las palabras de Gennaro regresaron a mí con fuerza .
—En unas horas me voy a casar —le solté sin ser capaz de aguantarle la mirada.
Era maquiavélico y no pude evitar desviar la mirada de un punto a otro.
¡ Joder !
—¿Pretendes que te dé la enhorabuena?
Ahora sí lo miré.
—¿Por qué no ibas a darme la enhorabuena? —inquirí confusa y manoteé en el aire para que no me respondiera a eso—. Me da igual, Valentino. Esa no es la cuestión.
Se separó de la viga y Draco gruñó. Le di una orden de inmediato para que se mantuviera quieto, sin excepciones. Me generó ansiedad y caminé de un lado a otro, buscando alejarme de él.
—¿A qué has venido, lupina? —remarcó muy despacio cada palabra, sin detenerse.
Un depredador.