Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 30Una punzada invisible
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30Una punzada invisible

Una punzada invisible

Dos días.

Solo faltaban dos días para mi boda.

Me quedé unos segundos apoyada contra la puerta de la casa de Gennaro después de cerrarla, con Draco sentado a mi lado y la sensación extraña de que aquella semana había durado un mes entero.

Pero habían sido siete días.

Siete días en los que me había obligado a respirar, a dormir, a comer con normalidad y, sobre todo, a recordar qué vida era la que había elegido antes de que Valentino Sabello apareciera para ponerla patas arriba.

Gennaro había conseguido que Leandro le concediera prácticamente la misma parte del permiso que yo tenía.

No había sido sencillo. En realidad, estaba casi segura de que su padre había aceptado porque nuestra boda estaba encima y porque prefería tenernos organizando flores, menús y gilipolleces varias antes que separados y teniendo que interceder él para arreglar asuntos que no le venían a cuento.

También supuse que las posibilidades de meternos en un operativo conflictivo lo inquietaban como general.

No podía culparlo. Con nosotros juntos, la probabilidad de acabar metidos en algún operativo que no nos correspondiera se multiplicaba de manera preocupante.

Durante aquella semana habíamos vivido prácticamente en su casa del Aventino.

Habíamos vuelto a nosotros. A nuestras bromas, a las peleas absurdas por tonterías, a los cafés de dos minutos que nunca duraban dos minutos y a esa facilidad que tenía Gennaro para conseguir que me riera incluso cuando no me apetecía.

Y me había hecho bien. Muchísimo.

Habíamos recogido mi vestido, solucionado un problema con los zapatos, revisado las alianzas, ido al restaurante, probado parte del menú y discutido por una mesa que su madre insistía en colocar en un sitio en el que yo no quería ni verla.

Gennaro había defendido durante media hora que colocar a uno de sus tíos cerca de la barra era una estrategia de supervivencia familiar y yo había terminado llorando de risa cuando empezó a hacerme un esquema con las servilletas del restaurante.

En otro momento nos habría parecido una semana agotadora. Aquella vez me pareció un refugio.

Habíamos llegado a casa muertos algunas noches, habíamos cenado cualquier cosa en el sofá mientras Draco intentaba robarnos comida y habíamos acabado hablando de la boda hasta quedarnos dormidos.

Otras veces Gennaro había puesto música por toda la casa y me había obligado a bailar descalza en el salón porque, según él, necesitábamos practicar para no hacer el ridículo.

—Yo no hago el ridículo —le había dicho.

—Tú no. Yo llevo haciéndolo desde que te conocí.

Y me había reído sin obligarme, sin pensar durante unos segundos en nada más.

Era en esos momentos cuando recordaba por qué me había enamorado de él.

Gennaro tenía esa capacidad. Entraba en una habitación y parecía arrasarlo todo con su chulería, con esa sonrisa de cabrón que había utilizado durante media vida para llevarse a quien quisiera a la cama y con un descaro que me había sacado de mis casillas desde el primer día.

Pero conmigo había terminado siendo distinto.

El hombre al que buscaba cuando necesitaba respirar.

El que conocía mis silencios, mis manías y la forma exacta de hacerme reír cuando estaba a punto de mandarlo todo a la mierda.

Lo quería muchísimo y él me quería a mí.

Eso tampoco lo ponía en duda, porque se notaba en las cosas pequeñas.

En cómo me apartaba el pelo de la cara mientras yo revisaba algún detalle de la boda, en que recordara exactamente cómo me gustaba el café.

En que se empeñara en llevar todas las bolsas aunque después protestara porque compraba de más.

En la manera de buscar mi mano al caminar sin siquiera darse cuenta. No hacían falta grandes declaraciones.

Cuanto más avanzaba la semana, más fácil me resultaba convencerme de que podía volver exactamente al lugar en el que había estado antes de que todo comenzara. De que podríamos seguir con lo que habíamos construido desde la confianza y el amor verdadero.

Confianza que yo reventaría, si algún día se enteraba, por no haberle contado la versión completa de la historia con Valentino. ¿Cómo hacerlo? Esa espina se me clavaba muy hondo.

Después de aparecer en su puerta hecha una mierda, al día siguiente terminé contándoselo.

Le expliqué que había seguido a los hombres de la Mano di Caino hasta aquella fiesta y que Valentino había aparecido allí también.

Que después los había llevado al astillero para ayudarme, que los cuatro supervivientes terminaron de rodillas frente a mí y que intenté conseguir una respuesta que nunca llegó.

Le conté la parte importante y me justifiqué con que lo habría hecho para que dejara de tocarle las narices con sus negocios. La cara de Gennaro se tornó gris. De ese tono que indicaba claramente que no había colado pero que no iba a hacer más preguntas. No de momento.

Le expliqué que en la promoción todos dispararon, que ninguno sabía quién había apretado el gatillo contra mis padres y que Vittorio Carbone había recibido el encargo y los demás se habían limitado a cumplirlo sin hacer preguntas.

También le conté que yo no fui capaz de asesinarlos. Que fue Valentino quien los mató a los cuatro. No le conté que, reconociéndomelo a mí misma, sí había deseado que Valentino los liquidara por mí.

Gennaro se levantó de la cama al verme con las lágrimas recorriendo mis mejillas. No dijo nada durante un rato. Solo caminó de un lado a otro por su dormitorio mientras se pasaba las manos por el pelo y yo permanecía sentada, esperando que explotara.

Lo hizo, aunque solo un poco. Se cabreó porque había ido sola. Porque no lo llamé. Porque me había metido en una fiesta rodeada de mafiosos sin apoyo y, sobre todo, porque después me marché con Valentino sabiendo perfectamente quién era.

Pero me entendió, pese a que no lo aprobara. Eran dos cosas diferentes. Le susurré que solo quería que supiera por qué aquella noche llegué a su casa con la sensación de que alguien me había arrancado las entrañas.

Había dedicado trece años de mi vida a buscar una respuesta y, cuando por fin tuve delante a los únicos hombres capaces de dármela, descubrí que esa respuesta ya no existía. No sabía quién había asesinado a mis padres y jamás lo sabría.

Lo demás se quedó conmigo, almacenado en un lugar secreto del que no saldría.

Las manos de Valentino. Su boca. Mi cuerpo reaccionando como no debía. El mordisco que durante varios días tuve que ocultar. Y una oscuridad que me daba demasiado miedo reconocer incluso delante del hombre con el que iba a casarme.

Eso nunca se lo contaría aunque me convirtiera en una persona horrible. Quizá no se comprendía; no lo hacía ni yo, pero Valentino me había obligado a todo aquello. ¿Era una excusa? ¡Sí! Porque lo había disfrutado. ¿Quería olvidarlo? ¡Sí! Y era lo que iba a hacer.

Había situaciones que merecían morir contigo. Esas serían las primeras. Aun así, aquella confesión consiguió algo que no esperaba: Gennaro me soltó una bomba que provocó que se me erizara la piel de la nuca cuando le comenté que todavía guardaba las carpetas de las mafias que iba a entregarle.

—Primero arreglamos lo nuestro —me había dicho—. Después iremos a cerrar este círculo con Valentino para siempre.

No lo entendí al momento, porque ya no tenía nada que arreglar con Valentino.

La noche en el astillero, la última, ya habíamos acordado que no volveríamos a cruzarnos.

No sería una necia y me pondría en su camino de nuevo, y así se lo hice saber a Gennaro: no quería volver a investigar a Valentino, ni perseguirlo ni abrir otra operación relacionada con él.

Nada. El asunto se acabó con la Mano di Caino.

Las dos carpetas que había preparado antes de marcharme a Cefalú seguían guardadas y allí se quedarían.

La información relacionada con aquellas organizaciones que parecían moverse por encima de otras mafias, los nombres, las sociedades y los movimientos que había recopilado para que Valentino pudiera tirar del hilo si quería hacerlo, ya no serían ni un favor ni una deuda.

Gennaro pareció dejarlo estar hasta esa mañana, en la que yo me marcharía a mi casa para organizarlo todo y él se quedaría en la suya.

Hasta que me dijo que iría a entregarle las carpetas a Valentino. Aquello me puso tan nerviosa que tuve que disimular muy bien.

—No vamos a hacer nada de eso —repuse, con la bolsa en la mano.

Me besó en los labios y siguió recogiendo la mesa.

Aquella mañana el trabajo había decidido meterse por medio.

Leandro lo había llamado a primera hora porque necesitaban unos informes con urgencia relacionados con una nueva operación que quedaría pendiente durante su ausencia.

Tenía que cerrar la documentación, dejarla preparada y entregársela al oficial que asumiría temporalmente parte de sus funciones mientras durase el permiso.

—No tardaré. En cuanto entregue esto, voy a tu casa, me das las carpetas y vuelvo para recogerte. ¿Comemos en D’Enzo?

Lo miré perpleja y fui tras él.

—Gennaro —lo llamé con tono autoritario—. No vas a ir al astillero en busca de Valentino.

—Sí. —Me miró por encima del hombro, cogiendo una botella de agua—. Voy a ir y le voy a decir a ese mamonazo cuatro cosas.

El estómago se me encogió y lo atrapé del brazo cuando fue hacia la puerta.

—Ni se te ocurra. ¿Estás loco? ¡Nos casamos en cuarenta y ocho horas!

Me entraron ganas de vomitar de los nervios. Besó mi frente, después mis labios y musitó:

—Ese cabrón no te ha ayudado para que lo dejes en paz, Bea. —Lo contemplé con confusión—. Sé cómo te mira. Y no va a hacerlo más.

Me quedé en shock, sin ser capaz de argumentar nada o moverme para frenar su salida. Me dio otro beso, tocó la cabeza de Draco, se agachó, lo besó también y salió diciéndome que en un par de horas estaría por mi casa, que no me entretuviera.

Tragué saliva cuando la puerta se cerró. ¿Cómo me miraba Valentino? ¿De qué estaba hablando?