29Una cena familiar #3
Tiziano se tapó la boca porque empezó a reírse de manera histérica, lo siguió Enzo con aquel pavo que provocaba que su risa fuera estruendosa con enormes carcajadas, y eso fue un bucle.
Dante entró en modo tetera, Piero se contagió y hasta Claudio rio por lo bajo y negó con la cabeza.
Tuve que pasarme una mano por la cara y darme la vuelta para no seguir viendo a Donna.
Sobre todo cuando Dante, atacado de los nervios, soltó por lo bajo —aunque demasiado alto—:
—Y este se folla a Donna.
Otro «¡¿Qué?!» colectivo ocasionó lo que ninguno habría querido. Ya no había quien ocultara aquello, y me dio una vergüenza que casi me liquida en el sitio cuando escuché a il papà a grito pelado:
—¡¡¡Sssheee!!! ¡Ya está bien!
Era imposible. No había quien nos detuviera y sabía que desde fuera parecíamos un corral de adolescentes hormonados que no habían visto a unas tías en su vida, pero había que ponerse en situación.
Traté de calmarme y me fijé en Donna. Estaba preciosa, con un vestido rojo, un escote barco que dejaba entrever los tatuajes del inicio de sus pechos, un abrigo de pelo blanco y unos tacones muy altos. ¿Cómo se mantenía encima de aquello?
Disimuló y decidí seguirle la corriente, pese a los carraspeos de mis hermanos, porque fue la única que se acercó para darnos dos besos a todos. Cuando llegó a mí nos miramos y pensé en la de veces que me había caído en esa boca.
—Te he llamado —musitó al besar mi mejilla.
—Mi prima —susurré y contuve la misma sonrisa que ella.
Se giró hacia sus dos hermanas y las señaló extendiendo la mano.
—Ella es Filippa, la mayor, y ella Arabela, mi gemela.
Asentimos como borregos con la cabeza y aprecié la rojez en las mejillas de las dos. El capu fue el primero en quedarse muy cerca de nosotros. Donna había trabajado durante mucho tiempo en los equipos de seguridad de Tiziano.
—Intuyo que hay secretillos familiares.
—Intuyes bien, capu. —Asintió en señal de respeto.
Tiziano me contempló, tiró de su mujer con suavidad y se encaminaron hacia el interior de la casona, seguidos del resto.
Hice tiempo y me esperé hasta que il papà se quedó el último, me observó desde la entrada con una ceja alzada y solo le faltó añadir: «Verás cuando te pille a ti y a tus hermanos».
Conmigo no lo haría, porque pensaba salir despavorido en cuanto terminara la cena. No sería yo el que continuara sometido a un interrogatorio que todavía me tenía perplejo.
Conseguimos quedarnos solos haciéndonos los rezagados, no supe muy bien por qué. Me esperé el tiempo suficiente para que Francesco accediera, me detuve en la puerta y la miré. Estaba irreconocible sin el mono de trabajo.
—¿Lo sabías? —le pregunté demasiado hosco.
—No nos han querido decir adónde íbamos hasta que hemos llegado aquí. —Movió las cejas con sarcasmo, sin inmutarse por mi tono.
—¿Sabías que tenías más familia?
—Me enteré ayer. —Se hizo un silencio entre los dos—. Capitano...
—Capitano... —repetí con una sonrisa irónica.
—Mi familia no sabe que he trabajado para los Sabello.
Cabeceé en señal afirmativa recordando pequeños matices que me había contado e intuyendo también que me pedía silencio por la parte que me tocaba.
Tenía que imaginar todo, porque tampoco sabía por qué nos habían ocultado que teníamos una jodida familia tan grande.
Y nada más y nada menos llevaban sin verse treinta y tres años.
—De ahí que los negocios de tu familia no te interesaran.
Prensó los labios, sujetó el bolso de mano con más fuerza y suspiró con un asentimiento de cabeza. Me encontraba estupefacto; como ella. Ni siquiera sabía cómo reaccionar sin sonar brusco, inquieto o poco asertivo.
Joder, que era mi prima.
—Capitano. —Colocó su mano sobre mi antebrazo y la miré—. Existen circunstancias más raras en el mundo.
Me acerqué un poco a ella.
—¿Más raras que algunos de tus primos hayan follado con todas sus primas?
—¿Con todas? —Abrió los ojos de par en par y asentí—. ¡¿Filippa no es virgen?!
—Shhh, ¡cállate! —la regañé y me dio la risa por su asombro.
Se llevó una mano a la boca y me pareció más despampanante de lo que ya lo era.
—Tienes que inventarte una excusa para invitarme a una copa después.
—Mi madre os ha preparado la habitación de invitados —le confesé y retomamos el paso para entrar.
—Bueno, siempre podéis colaros en nuestra habitación. —Me guiñó un ojo y negué con la cabeza—. ¿Con quién ha estado Arabela?
La contemplé con mala cara; ella se colgó de mi brazo y con un gesto de cabeza me pidió que se lo contara. Resoplé y se lo dije, claro.
—Con Enzo.
—¡Será hija de puta!
—Intuyo que también pensabas que era virgen —me mofé.
—No. Esa es igual de zorra que yo, capitano.
Sonreí y le di las gracias a Francesco cuando empujó la puerta que separaba el pasillo del salón. Miré una vez más a Donna antes de que se soltara de mi brazo y me preparé para afrontar el papel de esa noche.
No tenía muy claro cómo iba a salir la cena; la situación no pintaba muy bien con aquellas idas y venidas de miradas, aunque las expectativas de unas horas más tarde eran mucho mejores, si no nos cazaba il papà.
Y para eso tenía que ocurrir un milagro.