29Una cena familiar #2
El elenco de hermanos nos quedamos de piedra al oír la contundente voz de Adara.
Tiziano trató de frenarla sosteniendo su mano antes de que Paolo y la abuela se girasen; ella se soltó y avanzó.
Mia la contempló con Valentina en sus brazos, alerta, mientras que Romeo tenía a Galena.
El tío Paolo la inspeccionó de arriba abajo antes de que llegara a él.
Adara le tendió la mano. Tiziano descendió la suya y vi el filo de un arma brillar.
—Señorita —enseñó mucho los dientes—, ¿usted es?...
Le miró la mano con un despotismo disimulado.
—Adara Sabello. —No le apartó la mirada en ningún momento—. La donna del capu. Porque, imagino, que sabe perfectamente dónde y con quién está, ¿verdad?
No solo vi el orgullo de Tiziano en el reflejo de sus ojos. Lo sentí en la piel, en cómo se me erizó la nuca. Lo vi en mis hermanos, en la sonrisa cabrona de mi padre y en la fuerza que transmitió Adara cuando Paolo le estrechó la mano.
Acababa de marcar territorio, y Tiziano se acercó detrás de ella para rematar la fiesta. La vieja no sabía dónde meterse.
—Y todos estos mamones que ves detrás no son estatuas, son los Sabello, donde me incluyo. Los que vivimos en el palacio maravilloso, tío Paolito. —Le tendió la mano, con el cuchillo en vertical—. Tiziano.
Paolo sonrió más comedido.
—El capu.
—Me conoce.
—Toda Italia te conoce. —Y aceptó el apretón demasiado rápido y sin mirar—. ¡Ah!
La apartó y se la miró.
—¡Vaya! Soy un descuidado. —Rio macabro—. Se me ha desviado el cuchillito. Qué cosas.
Nos reímos casi de manera silenciosa. Casi.
Por supuesto, Giulia nos lanzó una mirada asesina que nos pasamos por el forro de los cojones.
Il papà nos observó con admiración, y creí que solo le faltaba una bandera que pusiera «Esos son mis hijos».
Guie la mirada hacia la entrada de la casona y me encontré de lleno con los ojos de Francesco. Su cara de mala hostia lo decía todo.
La mamma le ofreció muy considerada el botiquín que teníamos en el baño, a lo que Paolo añadió que solo era un poquito de sangre.
Yo dejé de pensar cuando el siguiente coche se detuvo y de él bajaron cinco personas.
En la lejanía, solo pude apreciar que se trataba de cuatro mujeres y un hombre con cara de malas pulgas.
Perdí el interés de inmediato, cansado de la cena, y eso que no habíamos ni empezado.
El único hombre avanzó hacia nosotros con paso ligero.
Era de estatura media, tenía una barriga prominente y alopecia.
Nada destacable aparte de parecer harto de la vida y, por extraño que pareciese, llegaba sudando.
Una de las mujeres, la que iba en el asiento delantero, se afanó en correr tras él y lo llamó:
—¡Filippo!
—Fiorella, ¡hija mía! —exclamó llevándose una mano al corazón la abuela.
La tía Fiorella miró con rapidez a su madre, regresó la vista a su marido, quien iba enfilado hacia il papà, y lo sujetó del brazo con una sonrisa más tensa que un cable de acero.
—Pues ya estamos aquí. —Filippo elevó los brazos en el aire—. ¿Para qué tanta pantomima y mierda? Si llevamos sin hablarnos...
—Treinta y tres años. La edad a la que murió Jesucristo —añadió il papà sin separar los brazos de la postura rígida; tenía las manos entrelazadas por delante del vientre.
—Lo mismo quiere decir algo —rumió el tal Filippo, que empezaba a caerme mal.
—Oh, Filippo, por favor, no digas esas cosas —dijo la abuela más falsa que Judas.
Il papà era experto en tapar bocas.
—Sí. Quizá esta noche te mueras.
El silencio reinó en el jardín. Tuve que contener una risa cuando vi las caras desencajadas de los recién llegados.
La mamma cubrió parte de su boca con un dedo, tratando de ocultar que le había hecho la misma gracia que al resto.
Se serenó y, después de darles dos besos a Filippo y a Fiorella, añadió:
—Disfrutemos de hoy. Lo demás ya se verá.
Pero Filippo no se quedó contento ni cuando la vieja lo saludó de manera efusiva y cariñosa.
Y comprendí lo que sucedía al instante, porque mis padres continuaban en esa zona, apartados del resto, incluso de nosotros, como si fueran los apestados.
La única diferencia fue que nuestros progenitores sí saludaron a Filippo y a Fiorella, al igual que ellos se presentaron a cada uno de nosotros.
Ahí estaba la diferencia cuando eras la oveja negra de una familia. Y en nuestro caso, la mamma había sido la oveja negra de la familia Rossi.
La apestada.
La que se había ido con un gitano callejero de la mafia.
Y la donna que regía la mafia de los Brambilli, aunque a todas luces pareciera que era el tío Filippo, era la señorita con clase. Como el pagafantas de Paolo; el guapo de Paolo...
Me cagaba en todos los muertos que tuvieran juntos por hacerle semejantes desprecios a la madre que me había parido.
Yo seguía pensando que ese apellido me sonaba de algo más y no conseguía recordar de qué.
—No me jodas...
El tono de Alessandro me hizo mirar hacia el frente, por donde venían tres mujeres rubias y despampanantes.
—Pues sí, tenemos primas —anunció Romeo.
Y el cuerpo se me destempló. Durante un segundo me vinieron muchos pensamientos de golpe, sin orden y confusos.
Seguidamente, mis ojos continuaron fijos en una de las rubias que caminaba con una seguridad temeraria hacia nosotros, con la única diferencia de que no la había visto vestida así en la vida.
—Te pregunté si tenía alguna prima —murmuró Enzo.
—No me lo puedo creer —dije entre dientes.
—Dante... —No me gustó el tono de Alessandro.
—¡¿Esa es Donna?! —exclamó el nombrado en voz muy baja.
Exacto. Esa era Donna, mi Donna. La reina de los mares y mi mano derecha allí estaba. En la puta casa de mis padres, con sus hermanas, con sus padres y...
¡ El apellido !
Toda la vida de silencio por parte de mis padres, y Donna había estado a mi lado durante años sin que ninguno de los dos supiera que compartíamos sangre.
Pero mis cavilaciones se fueron a la mierda cuando volví a escuchar a Enzo:
—Yo me he follado a la hermana.
Un «¡¿Qué?!» colectivo del gallinero formado por los hermanos se lio y nos apelotonamos más como si fuéramos gilipollas.
La mamma llevó la batuta de una conversación que il papà subió de tono cuando vio que en nuestro corrillo ocurría algo, y ahí comprendí una segunda cosa: se mantenían en la distancia para controlar que todo estuviera bien.
—Y nosotros le hemos dado a la otra. Pero por todos los agujeros.
Entré en shock. Aquello era un desmadre. Una oleada de preguntas recayó sobre Alessandro como una metralleta, y ya no sabía quién preguntaba qué, solo que ellas se acercaban y el tono de ellos iba en aumento.
—¿A la rubia de la izquierda?
—¿Quién se la ha follado? ¡¿Los dos?!
—¿Dante y tú?
—¿Cuándo?
—¡Eso qué más da! ¡Menuda cena! —Esa fue Adara.
—A ti no te suena ninguna, ¿verdad que no? No, Romeo, claro que no. —Y esa fue Mia, con una risa muy oscura y dirigida íntegramente a su marido.
—No las he visto en mi vida, piccola.